Esta frase, acompañada de un golpecito en la espalda la recibimos de nuestros padres cuando nos iban a sacar fotos de primera comunión, bodas, cumpleaños, etc. No hace mucho, lo recuerdo muy bien. Y me viene a la mente ahora, así de repente, en medio de la calle cuando camino entre la gente y la observo tan compuesta y compulsivamente expuesta.

Todos a mi alrededor parecen caminar erguidos y sonreír, ¿por qué? Simplemente porque nos están mirando, porque vivimos en el show de Truman y en el momento menos pensado, nuestra cara irá a parar a algún móvil y quien sabe quien nos verá y nos juzgara en este gran hermano universal.

Vivimos para los demás, por eso nos exprimimos hasta conseguir el mejor coche, el más elegante, más brillante, mejor equipado y lo abordamos, cada mañana, emulando a Isabel paseando en su rolls saludando a las multitudes; pasamos hambre o nos damos de cabeza contra las dietas milagrosas por caber en una talla 36  que le vimos a Kate Moss o a George Clooney y hemos vendido nuestra alma a movistar por tener aquel aparatito de última generación.

¿Y todo para qué? Para estar en el mundo, para caminar por él, vivirlo porque de lo contrario no existiríamos. El objetivo primordial de nuestra viva es mostrarnos, QUE NOS VEAN y ay de aquel que quiera pasar de incógnito.

Hemos perdido el encanto de lo oculto, la magia de lo sugerido, el espacio de silencio entre las voces, la libertad de decidir… y vivimos en un mundo libre.

La Dirección