Mi generación nació cuando él ya había triunfado, y los difíciles años de la implementación del sistema, apenas si entraron por la ventana de nuestras alcobas, crecimos escuchando a nuestros padres simpatizar con sus ideas y lamentarse de que no pasara lo mismo en nuestro país. El señor presidente de Cuba era un hombre recio, recto, firme en sus convicciones y algunas veces tenía que imponerse a los intereses inmediatos, para que lo verdaderamente importante, echara raíces profundas.

En nuestra adolescencia, con la visita a las casas de nuestros amigos, fuimos escuchando que los padres de algunos de ellos no simpatizaban con Castro, lo llamaban dictador, porque no convocaba a elecciones, o porque le había quitado el dinero y las tierras a los ricos y su gente estaba muerta de hambre.

Dos polos opuestos para el rostro de un hombre al que empezábamos a conocer y al que, dependiendo de con quien estuviéramos, adquiría alas de ángel o  rabo de demonio. En aquella preadolescencia teníamos tanto en qué pensar, tantas cosas por hacer y tanto en qué divertirnos, que apenas si teníamos espacio para dejar un rincón de nuestro cerebro al conocimiento. Fue más adelante, cuando los años limaron nuestra insensatez y  nuestra inteligencia supo leer entre líneas, cuando descubrimos la  dimensión de “ese señor”, que ahora llamábamos Fidel Castro con todo el respeto y la admiración que nos inspiraba. Nos interesamos entonces en él, en su vida, en su proyecto, en el carácter y la inteligencia para burlar triquiñuelas, componendas, alianzas, declaraciones de guerra  y un embargo eterno.

Comprendimos que no fue un éxito en todo sentido, que quedan muchas grietas por restaurar, pero fue un buen comienzo y los cubanos deben sentirse orgullosos de haber vivido semejante experiencia.

Y entonces, también empezamos a preguntarnos, ¿Por qué nosotros no?, ¿por qué quienes luchan en nuestro país por un mundo mejor, se rinden ante el color del dinero a la primera de cambio? ¿No existe nadie en nuestro país capaz de trabajar y entregar su vida al país?

La respuesta tristemente es no. La lección del caudillo, su ejemplo viviente no germinó más allá de sus fronteras, ojalá que en su país la semilla haya caído en tierra fértil, haya tenido tiempo de crecer, madurar y esté lista no solo a dar sus frutos, sino a mejorar lo realizado, a trabajar por alcanzar nuevas y mejores metas para el hombre, la sociedad y las futuras generaciones.

Por eso no quiero decir adiós, al menos no en el sentido literal de la palabra y, porque además, por lo menos a los de  nuestra generación, nos resuenan en los oídos sus palabras,  mantenemos vivo el timbre y la fuerza de su voz, tenemos la certeza de que si bien, no podemos esperar nada de un solo ser humano, si podemos contribuir con nuestro pensamiento y con nuestras acciones, por mínimas que sean para cambiar lo que haya que cambiar, para solidificar y llenar grietas, para acortar las distancias y desigualdades, el hecho mismo de ser protagonistas de nuestra época nos da ese sentido de responsabilidad para con nosotros mismos y las generaciones futuras, para que por fin, los hombres sean cada vez más, mejores personas.

L.D.