Continuación...

Para comprobarles cuán equivocado estaba, les pido que lean los siguientes fragmentos. Cada uno de ellos es el comienzo de una novela neoyorquina del siglo XX.

a) “Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños.” 

b) “La cocina del Infierno, Nueva York, debió ser el lugar más caluroso de la tierra durante el verano del cuarenta y seis. Viejos de piel rugosa y grises cabellos pegados a la nuca se asomaban a las ventanas, cual flores marchitas, tratando de abanicarse. No valía la pena, porque era preciso un esfuerzo excesivo que de todos modos no solucionaba nada”

c)“La primera cosa que oyeron fue el trémulo silbido de un vagoncito que humeaba al borde de la acera, frente a la entrada del ferry. Un chico se apartó del grupo de emigrantes que vagaba por el embarcadero y corrió el vagoncito. ‘Es como una máquina de vapor y está llena de tornillos y tuercas’ gritó al volverse.”

La pregunta es simple ¿Cuál de los tres fragmentos está mejor logrado y resulta una invitación más tentadora para la lectura del resto de la obra?
El primero es de Paul Auster. Se rumora que hace un par de años  tiene listo su discurso de agradecimiento por el Nóbel; el tercero de John Dos Passos, que ya no lo necesita. La segunda es el primer párrafo de Paradise Alley
Hay una razón para que haya presentado a ustedes la obra de esta manera. Un juicio de la obra de Stallone sólo puede hacerse si uno no sabe que es a Stallone a quién está leyendo. Lo contrario lleva a que se le censuren los mínimos fallos porque uno tiene en la cabeza a Rocky Balboa o, peor aún, a John Rambo, un tipo a quien resultaría difícil convencer de que la pluma es más poderosa que la ametralladora. Como sé que ustedes jamás admitirían una candidatura anómina (si lo hicieran, Vargas Llosa ya habría ganado) espero que al menos ese comienzo les sirva para que desde la primera escena (escena en términos de libro, no de cine) cuando el joven Victor Carboni conduce su camión repartidor de hielo y saluda a sus vecinos, no lo imaginen con la cara cuadrada, un mechón de pelo sudoroso cayéndole en la frente y los bíceps enormes y compactos y en lugar de eso aprecien la prosa ágil y fluida que nos permite en cuestión de pocas páginas enterarnos que Victor tiene dos hermanos, Lenny, un veterano de guerra, y Cosmo, un timador sin suerte que en la versión filmada (la hay, la hay, pero no es de eso que quiero hablarles) fue interpretado por Stallone, y que la Cocina del Infierno está regida por una pandilla de mafiosos a pequeña escala que Sly ha bautizado con nombres tan geniales como “Mahon el Perragorda”, “Frankie el Triturador” y “El Flaco Manitas”.Es ese ambiente el que Victor sueña con abandonar para poder vivir en Nueva Jersey con su amada Rose.
Sin embargo no es a los puños, como tal vez ustedes piensan, que Victor se abre camino. Un rumbo pugilístico sería demasiado obvio para un autor de la talla (XL) de Stallone.

Victor se dedica a la lucha libre.

Entonces el hermano Cosmo se convierte en su entrenador, el hermano Lenny se encarga de conseguir las peleas y la amada Rose le dice que no es necesario, que lo quiere como es, lo que seguramente no es cierto porque Victor es pobre. Todos son pobres con esa pobreza peculiar e irremediable de los inmigrantes que lleva a Cosmo a ganar dinero en la calle vendiendo paraguas robados en una peluquería y a Lenny a trabajar en la funeraria que Stallone toma como escenario para, cuando apenas vamos en el Capítulo 27, darnos una muestra de hasta dónde puede llegar en una escena de delirium tremens propia de las mejores páginas de Efe Gómez o su émulo norteamericano Malcolm Löwry
“Tragó la bebida con desesperación, casi con hambre y sus ojos inyectados en sangre quedaron fijos en la contemplación de una hilera de ataúdes baratos.
Los ataúdes se movieron ¡Lenny estaba seguro de que se habían movido! ¡Y estaba seguro de que veía cuerpos! ¡Cuerpos putrefactos! Cubiertos de harapos que habían sido uniformes nazis.”
Flujo de conciencia del más puro. Literatura psicológica. Manejo del ritmo en la escritura de ficción que se confirma en el capítulo 31, cuando a pesar de dar un paso en falso comenzando con una frase como “A las ocho de la mañana, el rostro de Annie era un retrato de agotamiento sensual”, (lo que habla muy mal de Annie), el autor se hace perdonar la salida de tono con una metáfora genial:
“Cosmo oyó abrirse dos ventanas de un piso superior. A una de ellas se asomó un hombre muy delgado y en la otra una mujer con cara de furúnculo

que trepa más aún las cumbres literarias un par de líneas más adelante cuando el furúnculo

“se asomó a la ventana tanto que los pechos le colgaban como una marquesina llena de bultos.”
Pero Stallone no sólo es un maestro de la prosa, a la altura de un Borges, a quien no sé si sea apropiado mencionar ya que siempre fue más querido por los suizos que por los suecos, se defiende en el duro combate de la poesía en la conclusión del capítulo 34:
“Víctor contó su miserable salario y sonrió al capataz

Pero,
     Los ojos de Víctor ya no
                              Sonreían.”

un párrafo que roza con la sencilla belleza del haikú y es coherente con la paciencia zen que Victor demuestra dos capítulos más adelante cuando le ocurre un accidente en una de sus entregas de bloques de hielo a domicilio:
“Hasta el segundo piso no tuvo ningún problema, pero a medio camino del tercero tropezó con una botella vacía y cayó rodando por la escalera. El hielo le golpeó la cabeza y le hizo sangrar la parte posterior de las orejas. Victor estuvo a punto de soltar una maldición.”
¡Estuvo a punto de soltar una maldición! A punto cuando cualquier otro mortal hubiera lanzado una exclamación que, sin que pudiéramos saber si fue dicha en inglés o en italiano en la versión original, aparecería en las traducciones barcelonesas como uno de esos juramentos españoles que incluyen en una misma frase la mamá (no la de nadie, la mamá en general) y las funciones excretoras humanas. Victor es un ser humano ejemplar (“al machacar a sus rivales hasta dejarlos inconscientes, todos, absolutamente todos, le dieron pena”) y siendo en cierta forma el alter-ego del autor no sería forzado pensar que Stallone también es un tipo de cualidades tan enormes como su espalda. Ustedes siempre han visto con buenos ojos a los buenos autores que además son buenas personas. No por nada el premio ha caído en manos de defensores de los pueblos oprimidos como Kippling, humanistas como Winston Churchill, personajes del carisma de Elfriede Jelinek y exscouts como Günter Grass. Stallone, si se quiere ver así, es la encarnación misma del inmigrante en tierras norteamericanas, un gremio que hasta el momento ustedes no han aún incluido tal vez por un involuntario exceso en nominaciones de socialistas y víctimas del Holocausto. Paradise Alley podría ser entonces la gran novela-Nóbel de los inmigrantes, como Un puente sobre el Drina es la gran novela-Nóbel de los atormentados Balcanes.
“El premio debe ser entregado a un autor que se destaque con una obra de tendencia idealista” decía el testamento de Alfred Nobel.
“¿Crees que irse a vivir a Nueva Jersey compensa que te abran la cabeza?” le preguntan
“Sí… creo que sí” contesta Victor.
Poco que agregar al drama de los “idealistas” buscadores del Sueño Americano, como, el irlandés Patty McLade, primer contrincante de Victor, a quien Stallone describe como “un luchador experto al que le habían retocado las facciones con puños de cuero” y que al final del combate cae al suelo “como se cae el camisón de una puta”, como cae al agua otro luchador fracasado bautizado con genial ironía Gran Gloria que se despide del mundo con un “Dentro de cien años esto no va a tener ninguna importancia”.
Una frase muy por encima del “¿Dónde estoy?, ¿Qué hago?, ¿Para qué?. Señor, perdóname” de Anna Karenina, que sirve de pretexto para recordar que Tolstoi murió indignado por no haber recibido el Nóbel y no sería ahora el momento de cometer otra injusticia de esa magnitud.
No temo arruinar el suspenso contando el final de la historia. Es sabido que, a pesar de ser suecos, ustedes son personas ocupadas que no tienen tiempo de leer demasiado y se guían sobre todo por las cartas que lectores anónimos de todo el mundo enviamos para ayudarlos en la escogencia del ganador de ese Campeonato Mundial de la Literatura que es el Premio Nóbel. En el capítulo más largo de los 54 que conforman Paradise Alley, Stallone nos sorprende haciendo que su historia concluya en una gran pelea donde Victor enfrenta a lo largo de doce páginas a Frankie El Triturador. Victor ha apostado en esta pelea todo el dinero que ha ganado a punta de narices rotas (incluida la suya) desde que empezó su carrera como luchador.
Victor pierde.

No muere, pero pierde.
He ahí la grandeza de la obra. Victor ya ha aprendido, literalmente a los golpes, esa sentencia atribuida a Victor Daville, aunque más probablemente de autoría de Filemón de Sausage:
“El dinero va y viene.
Sobre todo, va”.
Como la gloria, como casi todo excepto tal vez el Premio Nóbel que se queda.
Señores de la academia, sé bien que el paso de los directores de cine por la literatura no ha sido afortunado más allá del simpático libro ilustrado La melancólica muerte de Chico Ostra de Tim Burton, que las novelas de Orson Welles sólo tienen gracia una vez llevadas a la pantalla, la Julieta novelada de Fellini ni siquiera se acerca a la previa versión fílmica que llevaba por apellido de los espíritus y los escritos políticos de Pasolini son tan aburridos como sólo los escritos políticos pueden serlo. Hitchcock, más prudente, agrupó sus relatos favoritos en el género de suspenso para un par de antologías respetables que son respetables principalmente porque no fue él quién los escribió. Debe tranquilizarlos el hecho de que como Rocky fue dirigida por John G. Avildsen, Stallone jamás ganó el Oscar, por la que el título de único doble ganador de Oscar y Nóbel seguirá en manos de George Bernard Shaw. El hecho de que después buscara el Grammy y ante su fracaso musical se dedicara a los aforismos escapa al alcance de esta carta.
Si Stallone recibe el Nóbel es posible que retome su carrera como novelista, se convierta en la excepción a la regla según la cual nadie escribe algo bueno después de ganar el Nóbel y en todo caso decida dejar guardadas para siempre Rambo IV, Cobra II y Rocky VII y en lugar de eso aparezca por fin la segunda parte de Paradise Alley, a la que seguirán (en libro) las versiones III, IV, V y una grandiosa “Victor Carboni, el regreso” donde el ya viejo luchador se enfrentará al campeón vigente de la WWF.
Porque es tan valiosa la obra literaria de Stallone como insufribles sus películas.
Por mi parte, y como promotor de la candidatura, me comprometo a que “Sly” hablará articuladamente durante su discurso en la ceremonia de entrega y sobre todo a que no se presentará ante ustedes en bata de boxeador. De cosas por el estilo ustedes ya han tenido suficiente.

Por: Ricardo Abdahllah