Ahora mismo está sentada en medio del campo, no se ve en la distancia ningún ser viviente, tampoco vestigios de que alguna vez existiese alguien por allí, ni una casa, ni una cerca, ni siquiera un espantapájaros con la risa eternamente paralizada; cae la noche y en medio de la nada Micaela hunde los cinco dedos en la tierra aún caliente. Con el pulgar y el índice desmorona los terrones, que convertidos en polvo fino van cayendo sobre la palma de su mano izquierda hasta rebosarla para irse a posar en montículos menudos sobre los terrones de tierra reseca que la rodean.

Ni una brisa ondea sus cabellos alborotados, los pliegues de su vestido parecen almidonados desde hace un siglo, el escote raído descubre un pecho apenas vibrante por la respiración, lo único vivo que existe en ese rincón del universo. Sobre su cabeza, el cielo parece bruñido en metal azul, solo en la línea del horizonte el sol reposa suavemente sobre nubes de colores. Abajo, en la tierra, junto a Micaela las grietas del terreno seco dibujan caminos oscuros en un laberinto de silencio y soledad.

Otro montículo de arenilla se va formando junto a sus rodillas, ya Micaela a construido unos cincuenta a su alrededor, algunos más grandes que otros, pues simplemente el polvo se ha ido acumulando alrededor y de vez en cuando desborda el montículo para formar otro a su lado, distante apenas unos milímetros.

Por las grietas de la tierra se han escapado sus ilusiones, el trabajo de toda la cosecha, el amor con qué dispersó las semillas de girasoles, porque Micaela quería sembrar en su pedazo de tierra un campo de girasoles, como en un cuadro de Van Gogh.

Después de la siembra, se levantaba al amanecer, apenas si tenía tiempo de tomarse un café para salir a ver los brotes verdes que se imponían al marrón de esa tierra, con sus dedos medía sus primeros progresos, al cabo de unos días las manos no le bastaron, entonces usó los piernas y por la noche, mientras se dormía medía la distancia entre su talón y la rodilla pensando: mañana las sobrepasaran y en pocos días llegaran al muslo, entonces brotaran los discos redondos, se abrirán los pétalos amarillos y las hojas peludas colgaran del tallo como pañuelos saludando el nacimiento de los soles. Entonces no podía conciliar el sueño, su cuerpo empezaba a calentarse, el sudor le brotaba a lo largo de su espina dorsal y contaba los minutos velozmente, como apurando al sol, como diciéndole: date prisa, solo tu calor abrirá mis soles en la tierra. No recuerda cómo pudo soportar el tiempo anterior a la floración, cómo vivió esos días en medio de la nada. Quizás por eso precisamente, porque cuando se está en esa nada, cualquier cambio es decisivo.

El día de la floración, Micaela bailó entre sus plantas, se levantó la falda y dejó que el sol quemara sus muslos, bailaba con cuidado de no tropezarse con los tallos de girasol, era una pena que esas flores no despidieran aroma alguno, como las rosas, o las camelias, pero eran sus soles, ante ella se extendía el campo, la saludaban esas hojas peludas, la miraban esos discos oscuros rodeados de párpados amarillos. Su campo de girasoles estaba a punto.

Desde el día de la floración no volvió a dormir en la enramada, decidió que debía vivir en medio de sus girasoles, debía aspirar el olor de la tierra al amanecer, secarse con ella al medio día, temblar como ella por el viento, dejarse empapar por las próximas lluvias, estar al lado de ellas, para vivir y cuidarlas. Sólo así podría preservarlas de todos los males, tanto de los hombres como de la naturaleza. Sus manos eran grandes, acostumbradas al trabajo, ellas protegerían sus plantas. Sus brazos eran largos, ningún tallo perdería su protección. Su voluntad era inquebrantable, nadie dañaría sus soles. Y así lo hizo, repetía el ritual una y otra vez, mientras sus flores crecían, se engordaban, desplegaban sus pétalos, y Micaela era feliz, satisfecha por lo que hacía con ellas y en medio de ellas, hablaba, soñaba, jugaba y reía, les contaba sus proyectos y hasta les pidió consejo cuando su alma se apretó el día que sintió aquel olor. Ellas no le supieron decir a qué olía, en su lenguaje biológico no existían los signos para nombrarlo. Micaela les pidió permiso para ir a mirar. Ellas parecieron asentir, ella habría jurado que la habían autorizado a investigar.

Y así lo hizo, caminó alrededor de su campo de girasoles y pronto se dio cuenta que el olor estaba en todos lados con una intensidad similar, ni aumentaba o disminuía, así ella se alejara o acercara a sus girasoles, entonces se dio cuenta que no existía tal olor, o por lo menos no existía fuera de ella. Estaba dentro y tal vez no era un olor sino un dolor emanado de la tierra que le entraba por la nariz y le llegaba cerca del corazón, donde ella pensaba que se hallaba el alma. Tenía miedo, eso era, un miedo terrorífico pero sin causa, ¿por qué tenía miedo? ¿De qué tenía miedo?

Estuvo caminando todo el día, oliendo el aire a ver si encontraba el agujero por donde se le entraban los miedos al cuerpo, pero no podía hallarlo, de repente, unas gruesas gotas golpearon su rostro, eran gotas de hielo del tamaño de una pelota de ping pong, los pedruscos le herían los ojos, los labios, rebotaban en su pecho y se clavaban a sus pies. Entonces lo supo, supo que el olor que la persiguió por dos noches era el agua que se avecinaba, el agua que lavaría el polvo de sus girasoles, y que ella lamería de sus pétalos, pero no estos bloques, el agua que esperaba debía ser menuda, dulce, suave, acariciadora, no estos latigazos que le hacían daño. Entonces corrió, el corazón saltaba en su pecho, se caía y se levantaba una y otra vez protegiéndose con las manos el cráneo, el agua que le chorreaba por la frente empezó a teñir de rosa su cara, luego el líquido que le escurría era más denso y de color rojo, con la lengua lamía su propia sangre sin dejar de correr hasta llegar a su pedazo de tierra donde no pudo reconocer a sus girasoles deshechos.

Por: Gladys