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Si
todos están en contra de alguien, ¿quién está a favor de la paz?
La
posible liberación del exsenador Jorge Eduardo Géchem, por parte de las Farc,
indica que la mediación del presidente venezolano Hugo Chávez en una eventual
negociación con esa organización guerrillera podría traducirse en el inicio de
un esperanzador camino hacia la paz. Cabe preguntarse qué hay detrás de las
nobles intenciones del líder bolivariano y el por qué de la respuesta renuente
de las huestes uribistas.
La
noticia se sucede en medio de la expectativa producida por el anuncio de la
liberación de los otros tres secuestrados, según lo aseveran los alzados en
armas, en aras de reivindicar la imagen del primer mandatario venezolano. Luego
de una guerra mediática que atizó odios enfermizos en contra de Chávez, las
Farc se esfuerzan por convencer a la opinión de que las intenciones del
presidente de la hermana nación no son distintas a las de producir un
acercamiento entre el gobierno colombiano y la insurgencia.
Resulta
evidente que la mediación de Chávez en el conflicto armado colombiano responde
a pretensiones políticas precisas, más que al simple deseo de contribuir a la
paz de Colombia. Si bien en su iniciativa se vislumbra un claro deseo de
reivindicar el diálogo como la salida más indicada a la guerra intestina que
vive el país, también deja a las claras su intento por despertar las por estos
días poco probables simpatías hacia su gobierno, en un territorio
geoestratégico esencial que, como Colombia, parece ser el último reducto
importante de la derecha en Latinoamérica.
Pero
aunque su iniciativa pueda ir acompañada de intereses políticos, bien vale
reconocer que tal oportunismo recoge una plataforma más humana, que se enfrenta
con un oportunismo menos visible, pero terriblemente más destructivo como el
del gobierno colombiano: interesado en conquistar el apoyo popular hacia el
exterminio de las tendencias políticas que le disienten, más que en generar la
pacificación del país.
A
través de todo tipo de artimañas y a la voz de inverosímiles llamados a la
reconciliación, los organismos gubernamentales colombianos se han empeñado en
generar el absoluto rechazo de la opinión hacia el chavismo y hacia todo tipo
de oposición, como si esta representase una grave amenaza a los intereses de la
nación, mientras, bajo el respectivo soslayo de los medios y la coalición
uribista, se empieza a promover una reforma constitucional que permita una
reelección indefinida del actual gobierno.
Por
otro lado, si bien las impertinencias del propio Chávez han sido el caldo de
cultivo de la vehemente crítica que de él han realizado los medios nacionales,
resulta evidente también que muchos de los elementos puestos en el debate
carecen de fundamento. Son más el resultado de una campaña de desprestigio
suscitada desde el uribismo, encaminada a satanizar el esfuerzo de un gobierno
realmente interesado en la paz -aunque su propósito ulterior sea el de
conquistar indulgencias-.
En
síntesis, los últimos acontecimientos descubren dos realidades soterradas por
los medios de comunicación e ignoradas por la opinión: Mientras el gobierno
colombiano deroga su deber constitucional de atacar las condiciones objetivas
de la guerra –y ello implica también el esfuerzo por promover estrategias que
reduzcan los factores de riesgo a los que se pueda ver sometida la población
civil en medio del conflicto armado-, la mediación del estadista venezolano en
la liberación de los secuestrados demuestra que el diálogo es una salida más humana
y de menor costo, aún cuando su motivación sea menos altruista.
Por Giovanni González Arango
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