23 de Marzo, 2008, 15:07: Charo GonzálezHablando de...


"Apelo a la conciencia, a la mía propia, ¿qué tendría que esperar de las otras? ¿quién puede dejar tan en el aire las circunstancias? apelo sólo a mi conciencia."

"Suspendidos en el aire frecuentes pensamientos que al caer rompen estructuras de barro."

"Tránsito de existencias, paradas de frecuentes indulgencias, esperas inertes de búsquedas insatisfechas."

"Ciertas coincidencias despistan nuestras decisiones y nos presentan un nuevo marco en el que reconstruir la posición que habíamos idealizado."

" - Te conozco de algo...

  - Nunca nos han presentado.

  - ¿Cón quién hablo?

  - Contigo mismo."


Por: Charo González




23 de Marzo, 2008, 14:37: L.D.Hablando de...

¿Qué les pasa a los hombres?

Artículo publicado en el País, el domingo 2 de marzo de 2008, firmado por Soledad Gallego Díaz.

Dice Soledad: “si 340 mujeres hubiera matado a sus parejas en menos de 5 años habría muchos grupos femeninos buscando soluciones”

Y expone su teoría en la que plantea lo que harían las mujeres en caso de ser ellas las autoras de la violencia de género y a qué métodos recurrirían para erradicar ese problema.

Ahí está el quid del asunto, para ellas es un problema generalizado, para ellos, solamente “casos aislados” en mi opinión es esa diferencia conceptual la que impide unificar acciones que resulten verdaderamente efectivas y lo más importante, que sean a largo plazo.

Pero no se trata de lo que harían  ellas o ellos, no es un problema de un solo bando,  es un problema de educación desde el nacimiento, momento en que la familia es vital para los nuevos seres humanos que inician su recorrido por el mundo, ahí debe estar el germen oculto que convierte a los hombres en  maltratadores. En ese principio de formación debe existir algo que se tuerce y se queda latente hasta que son adultos.

Pero ¿quien, al ver el rostro de un bebé de seis meses, puede imaginar siquiera que en su mayoría de edad se convierta en un monstruo maltratador? Nadie. No podemos prever como responderá ese bebé ante el rechazo de una mujer, ante el desengaño de un amor, ante la falta de recursos, ante una situación de paro prolongado, y no podemos hacerlo porque la vida no tiene guión predeterminado. Por eso es a la familia a quien corresponde buscar soluciones, el padre y la madre, de común acuerdo y responsabilidad, son quienes forman a esos seres humanos, por tanto son ellos los forjadores de la personalidad de ese niño.

Ojo, que ahí empiezan las dificultades, ¿Qué tipo de familia tendrán esos bebés? Sin duda no será la misma de los abuelos o padres y no puede serlo porque esta generación de padres vive en un mundo diferente, lo cual es un reto para quien se enfrente a engendrar hijos, pues ya el ser humano es consciente, quizás más que en épocas anteriores, de que el mundo que vive él, no será el mismo para su hijo, así qué habría que reflexionar no solo sobre el mundo que ellos heredaran, sino la manera en que los hijos se adapten a éste.

L.D.

23 de Marzo, 2008, 14:05: GladysGeneral

 

 

-       Disculpe señor, ¿usted trabaja aquí?

-       Si señora...

-       Entonces, ¡abra la puerta que yo me quedo!

-    Señora, señora, espere – gritó el enfermero mientras corría detrás de la mujer, al tiempo que sus ojos buscaban afanosamente a alguien que pudiera ayudarlo a detener a esa tromba de mujer que se iba adentrando por los pasillos del asilo y que no hacía caso de sus atropelladas palabras, que tan pronto eran razones lógicas del por qué ella no debía estar allí y por otro lado, su propia conciencia y sentido del deber que le reprochaban el haber sido tan insensato al abrir la puerta de esa manera tan infantil.

El sentimiento de inutilidad era demasiado abrumador, aquel remolino de faldas se escabullía de su alcance con una facilidad insultante hasta que la perdió de vista y se quedó en medio del pasillo con las manos a lo largo de su cuerpo, mirando al frente con la misma ausencia de expresión que los internos a su cuidado. En ese estado lo encontró Manuel, quien se aproximaba abstraído, leyendo unos informes médicos y de no ser por un reflejo inconsciente, hubiera chocado con él. Manuel lo sacudió, lo zarandeó hasta que poco a poco Jairo fue recobrando el sentido de la realidad, sin embargo no se atrevía a confesarle a su compañero que había sido arroyado por una mujer que exigía de buenas a primeras ser recluida dentro del establecimiento y que en esos precisos momentos estaría ya confundida con los enajenados del ala sur.

Manuel al notar la palidez que cubría el rostro de Jairo lo condujo suavemente hasta el consultorio del Doctor, lo acomodó en una silla y lo obligó a beber un poco de agua, al tiempo que lo interrogaba acerca de lo que le había sucedido.

-       No sé, balbuceó Jairo, fue una especie de mareo, pero creo que ya estoy bien. Si no le importa me voy a quedar un rato más y luego lo ayudo con los informes.

-       Hombre, por eso no se preocupe, repuso Manuel, lo importante es que se tranquilice; esos mareos no son nada buenos. ¿Sería que algo le sentó mal? ¿Qué comió?

-       El almuerzo del hospital. Debe ser más bien cansancio, esta semana ha sido dura. Menos mal que hoy es viernes.

-       Bueno, lo mejor sería que lo viera un médico, aunque fuera el doctor Agudelo, ya sé que es siquiatra, pero estudió medicina ¿o no?

-       Supongo que sí, pero creo que pediré una cita el lunes e iré al seguro.

-       Bueno, si necesita algo llámeme.

Mientras Manuel salía de la habitación, Jairo cerró los ojos fuertemente esperando que al abrirlos su situación en el hospital fuera la misma de siempre, con sus enfermos ya conocidos y sin ese peso extraño que le oprimía el estómago.

Jairo se llevó las palmas de las manos a los ojos y ayudó a sus párpados para que la oscuridad fuera total, sintió el frío de éstas, la humedad se le prendió a las pestañas, pero aunque su visión le negaba la luz, su cerebro iluminaba la escena como si la estuviera viviendo de nuevo: un atardecer rojizo, a lo lejos las montañas desdibujándose por los efectos de la luz solar, una luz que llegaba hasta ellas tamizada por una delgada cortina de nubes; un maravilloso escenario donde su espíritu bailaba totalmente desinhibido al compás de acordes celestiales, su cuerpo y su mente eran una sola materia fundida con los tonos del atardecer; aunque tenía la certeza de que la parte sólida de su cuerpo lo contemplaba tras el cristal de la puerta; entre esa parte sólida y el Jairo que bailaba en el horizonte, estaba el jardín que bordea el edificio principal del asilo con sus enormes eucaliptos de plata, la piedra menuda que rellena el tramo de calle derivada de la lejana carretera principal, y él, en su arrobamiento se atrevió a infringir las normas, decidió que un atardecer así debería oler a inmensidad, a cosas profundas, definitivas, por eso entreabrió la puerta dejando penetrar el olor de la tarde, para paliar un poco los humos a desinfectante del asilo, fue en ese momento, justo mientras aspiraba el olor a eucalipto, cuando de repente una mujer mayor, aunque no precisamente anciana, se le echó encima preguntándole si trabajaba ahí; lo que sucedió inmediatamente después pierde claridad en su mente, pues los recuerdos, sumados a las evocaciones dan a la realidad carices tan diversos que uno llega a dudar si alguna vez existieron.  Cómo saber si aquella mujer entró de verdad a la clínica dejándole en las fosas nasales un olor a jazmines, que le dibujaron en su mente un cementerio, cómo saber si ese escalofrío que recorrió sus entrañas fue provocado por el roce de esa piel y cómo además, poder estar seguro de que esos ojos no lo habían traspasado como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. No, de eso estaba plenamente seguro, ya podrían cortarle la cabeza, someterlo a torturas, a humillaciones, a vejaciones de cualquier índole, nada lo haría cambiar de opinión, esa tarde había sido definitiva en su vida, por eso le daba miedo buscar a la mujer, esa presencia no merecía un desarrollo de acontecimientos tradicional, como llamar a los enfermeros, a los vigilantes, o a la policía y requisar vulgarmente cada centímetro del asilo hasta dar con ella para luego echarla de allí impunemente. Todas las cosas que nos suceden de forma inesperada e insólita deben desaparecer de la misma manera, es la única posibilidad de que la vida no se nos vuelva un trapo ajado entre las manos sudorosas; por eso no iba a avisar a nadie de la presencia de aquella mujer, se quedaría cumpliendo sus obligaciones de siempre, repitiendo el mismo rol que había desempeñado desde que empezó a trabajar en el asilo, no dejaría que nadie se diera cuenta del fundamental cambio que se había operado en su vida; sin embargo la buscaría, por supuesto que sí, la encontraría y ya vería lo que pasaría, siempre y cuando fuera a su manera. Con ese propósito salió del despacho, se dirigió al baño, quería comprobar si su rostro había cambiado, o si algo en su expresión delataba esas nuevas emociones que lo embargaban; con este propósito entró mirando receloso a lado y lado del pasillo, cerró pasando el pestillo, se acercó hasta el espejo, allí vio que su cara seguía siendo la misma, ahí estaban las pálidas mejillas, los ojos verdosos, las cejas pobladas, la misma dureza en la barbilla. Sí, no había cambiado, seguía  siendo el Jairo de siempre y así debía permanecer, por lo menos hasta la noche, cuando todos se fueran y él se quedara resguardando su territorio, por delante tenía más de ocho horas para determinar que camino seguir.

Salió del baño, se encaminó a la primera sala, revisó los historiales de cada enfermo, consultó los horarios de las medicinas, tomó la tensión a quien debía tomársela y de paso, disimuladamente examinaba los cuartos, abría los armarios, registraba los baños, mientras su voz daba explicaciones que nadie le había pedido; frases como: este baño necesita una buena mano de desinfectante, o le arreglo la cama, o déjeme alcanzarle las zapatillas, servían  de escudos para su búsqueda incógnita; los enfermos lo  miraban, algunos se sonreían, otros ni lo escuchaban, actuaban como siempre, pero Jairo veía en ellos sonrisas ladinas, miradas furtivas y un cierto aire de burla empezaba a molestarle pero no sabía muy bien como sacárselo de encima.

En ese recorrido por sus rutinas sanitarias se le fue lo que quedaba de la mañana y pronto oyó el silbato para almorzar. Un sudor frío empezó a recorrerle la espalda, una desazón en el estómago le impidió tragar la comida. Se excusó con sus compañeros alegando tener trabajo atrasado y se refugió en el despacho. Desde la ventana Jairo contemplaba el jardín sin verlo, su mente se había quedado congelada en un lugar inaccesible para su entendimiento, parecía como sí se le hubiera separado del cuerpo para  convertirse en un ente ajeno a su ser; no pensaba en nada, no recordaba nada, simplemente se había quedado rígido ante la ventana sin saber qué hacer, como si de un momento a otro hubiera aparecido en una tierra extraña donde nada de lo que le rodeaba tenía nombre, o recuerdo, u olor conocidos. Y, sin embargo la vida en el asilo transcurría ajena al estado cataléptico en que se encontraba Jairo, los enfermos iban y venían por el parque vigilados por Manuel, quien desde lejos no perdía de vista ninguno de sus movimientos. Algunos vagaban solos, cabizbajos contando los pasos sobre las lozas de los caminos laterales, otros avanzaban en grupo pero sin hablarse, eran como una manada de leones que busca la compañía de los de su casta para atravesar ciertos parajes de su territorio, y una vez salvada la dificultad, se separan sin decirse adiós, sin darse las gracias por esa especie de solidaridad de género,  cada cual sigue su camino sin siquiera recordar que hace apenas unos instantes había necesitado de los demás; otros, los menos jugaban o por lo menos aparentaban jugar  al ajedrez o al dominó, pero entre jugada y jugada podía pasar toda una eternidad, hasta que uno de los dos, quien menos paciencia tuviera se levantaba de la mesa protestando y haciendo saltar las fichas por los aires. Más o menos ese era el escenario, ellos, los actores que diariamente representaban las rutinas del asilo; los demás, los considerados peligrosos o definitivamente descartados de toda posibilidad de curación se hallaban encerrados en sus celdas o eternamente sujetos a sus camisas de fuerza mientras los días pasaban, mientras la vida se agotaba. Así, y tal vez precisamente por eso, Jairo recurría a esas huidas del presente, siempre lo había hecho, desde que tiene memoria y nunca podría precisar en qué momento empezó a ser consciente de aquellos raptos. Quizás todo comenzó cuando llegó su hermano, o cuando su madre desaparecía al llegar el padre a casa, - ese sería un gran reto para cualquier psicoanalista – pero a él no le importaba saber cuando había empezado a escaparse y mucho menos los motivos que causaban esos raptos de la realidad, en el fondo de su alma estaba muy contento de ser así, lo consideraba una cualidad más que un defecto; allá los otros que desperdiciaban su tiempo tratando de averiguar los por qués del comportamiento humano, los que se enredaban en largas y tediosas teorías acerca del ser y del no ser, sin embargo, más idiotas eran aquellos que se gastaban su dinero sentándose en un sillón para contar sus cosas mientras el doctor dormita con la grabadora encendida y que a él no le viniera nadie a decir que el tal señor que se inventó el psicoanálisis había hecho algo positivo por la humanidad, todo lo contrario, entre más sabio es el ser humano, más refinado se vuelve para sembrar el mal.

Y no bien acababa de condenar a los sabios, Jairo tuvo un sobresalto, justo en frente a su ventana, en el pabellón de aislados le pareció ver la silueta de una mujer deslizándose tras los cristales del pasillo. ¿Sería la misma que en la mañana lo había traspasado? ¿La misma, cuyo recuerdo le mordía el hígado? Sin detenerse a pensarlo salió apresuradamente del despacho, bajó los escalones que lo separaban de la primera planta de tres en tres. En un abrir y cerrar de ojos se hallaba atravesando el jardín hasta alcanzar el edificio del frente. Sin embargo sus esfuerzos no fueron recompensados, por más que inspeccionó una a una las habitaciones, los pasillos, baños o cualquier recoveco del edificio, no pudo hallar a la mujer que lo había trastornado. Finalmente, cuando decidió darse por vencido, retomó sus pasos, volvió al despacho considerándose afortunado al no encontrarse con nadie en el parque ni en los pasillos interiores, una vez allí, buscó entre las gavetas los formularios exigidos por el centro para el ingreso de los pacientes y cuando los tuvo todos en regla se dispuso a llenarlos con los datos imprescindibles para que en la mañana, cuando el médico viniera a hacer la revisión obligatoria, no encontrara nada fuera de lugar en la admisión de aquella mujer madura.

En ello se entretuvo casi toda la tarde, una tarde de por sí bastante inútil porque su cerebro se negó a coordinar sus pensamientos, lo único que podía sacar en claro de aquel desbarajuste era que tenía que calmarse si quería poner en orden sus teorías acerca de la extraña mujer, pero, ¿cómo hacerlo? ¿Por dónde empezar? Y encima el tiempo corría en su contra, porque si alguien la encontraba primero, quien sabe en qué terminaría la historia de esa mujer madura que por la mañana entró en su vida sacudiéndole el polvo de tantos años perdidos.

Con la mirada perdida y las manos empapadas de sudor, Jairo se acercó a la ventana, como buscando que los árboles le dieran alguna pista, pero al cabo de unos minutos ellos seguían tan mudos e inertes como él mismo. Sacudió la cabeza, cerró los ojos fuertemente y decidió que debía empezar por algo, cualquier cosa era preferible a ese estado latente e improductivo; entonces volvió a la mitad de la habitación, miró en derredor y se decidió a examinar los expedientes de los pacientes; allí estaban archivados en perfecto orden alfabético, las letras separadoras lucían brillantes bajo la cubierta de plástico azul, en una secuencia metódica, ahí estaba toda una gaveta con los resúmenes de las vidas de los internos hasta la letra M, seguramente en el cajón inferior se hallaban los de la N hasta la Z, podría escoger cualquiera, así, al azar, como dejándose llevar por una fuerza extraña, que no era más que su miedo a enfrentarse a alguna actividad práctica, su mano bajó hasta la letra C y tomó el cuarto expediente. Una vez lo sacó del montón, notó un ligero alivio en su pecho y una sonrisa le iluminó el rostro. Por fin estaba haciendo algo. Lo acarició y sintió el frío del cartón sobre la palma de su mano, deslizó los dedos por el lomo de la carpeta, lentamente se fue a sentar en el escritorio, sin embargo, en un súbito impulso se decidió a coger unos cuantos expedientes más, por si ese no le servía de mucho. Con los brazos repletos de carpetas se dirigió de nuevo al escritorio, los alineó a su izquierda. Encendió la lámpara y abrió el primero que se ofreció a su vista: correspondía a un tal Carrasco López Jesús Alberto, varón, mayor de edad, nacido en Santa Fe de Bogotá, el día 18 de mayo de 1945 en el hospital de la Misericordia, hijo de Rafael Carrasco y Margarita López Trujillo, residentes en el barrio de... – No esto no me interesa pensó Jairo – debo buscar en su diagnóstico, a ver, debe estar por aquí – Sus manos temblorosas pasaban las páginas y en su afán por llegar a las correspondientes a los resúmenes de los médicos, dejaba sin observar muchas de ellas, por lo que tenía que volver a revisar una y otra vez mojando las yemas de sus dedos para pasar de una en una, hasta que finalmente logró llegar donde se hallaban formando una especie de subarchivo, los tan necesitados informes médicos. Octubre de 1960, - después de la fecha seguían los datos relativos al centro de salud de donde provenía Jesús Alberto y en letra enrevesada se podía deducir lo siguiente: "…a la fecha el paciente cuenta con quince años, se presenta acompañado de su madre, mujer de unos treinta años aproximadamente, aunque por su aspecto descuidado se podría pensar que tiene más edad, pero algo en sus ojos revela que no debe sobrepasar la treintena. Su manera de hablar es atropellada y repetitiva, contesta a las preguntas que le hago al paciente mientras que el chico mira hacía el frente sin inmutarse y sin pretender aclarar o explicar lo que la madre está relatando. Dice que Jesús Alberto siempre fue un niño muy bueno, algo callado y solitario, pero que nunca hizo ningún mal a nadie, hasta que empezó a salir con aquellos muchachos (se refiere al grupo con que salía el joven Jesús Alberto), entonces si empezó a hablar, hasta a bromear con sus hermanos y yo, imagínese doctor, estaba feliz porque por fin mi hijo empezaba a hacer lo que hacen todos los niños de su edad, salía, iban al cine, a paseos, a sus fiesticas, como todo el mundo hasta que de un momento a otro le dio por quemar cosas, al principio yo no le di importancia, veía como malgastaba los fósforos de la cocina, o como se quedaba mirando embobado mientras las hojas de algún cuaderno o periódico se quemaban y yo debí darme cuenta, yo sabía que ese brillo en los ojos no era normal, pero que quiere doctor, uno nunca se imagina... – en este punto Jairo alzó la vista hacía la ventana, a su mente le llegaban las imágenes de un chico quemando sus cuadernos, quizás en el patio de su casa, en la cocina y se preguntaba si encendería todos los fósforos al mismo tiempo o se tomaría su tiempo para irlos encendiendo uno a uno y si esperaría a que se apagaran, o se conformaba con el primer chispazo – pero no – se dijo – esta mujer, mi mujer y él mismo se extrañó al darse cuenta del término usado inconscientemente, "mi mujer", ella no era su mujer, al menos en el sentido familiar de esa frase, era su mujer desde el punto de vista ocasional que le habían brindado las circunstancias de hallarse él solo en la portería en el momento en que ella apareció como un ángel ante la puerta del manicomio, pero igual podría haber estado otra persona en su lugar y todo eso no le estaría pasando precisamente a él. Pero volviendo al expediente, era imposible que la enigmática mujer de esa mañana  pudiera ser la madre del pirómano, su mente se negaba a admitir tal teoría; sacudiendo la cabeza de un lado a otro, decidió volver al escritorio a tomar otro expediente. Sus manos se posaron sobre las carátulas, allí se leían nombres como Salgado Perea Ana Lucrecia, Santos Cuadrado Juan Carlos, nombres que no decían nada, que no anticipaban el destino que guardaban aquellas cartulinas, nombres compuestos, comunes y vulgares como rótulos de mercancía en un gran almacén. ¿Quién sería aquella Lucrecia? ¿De qué color serían sus ojos, su cabello, su piel? ¿Tendría su voz un tono dulce y suave o sería imperioso y dominante? O este Juan Carlos, bien podría ser un misántropo o un violador. Vidas, aquellos nombres eran los restos de unas vidas que tal vez no conocería nunca, y su mente jamás podría dibujar al menos un boceto borroso de esos rostros, de esos cuerpos que seguramente respondían a esos nombres Lucrecia, nombre antiguo, lleno de reminiscencias históricas, nombre de una mujer que talló su huella en la humanidad para bien o para mal, pero ahí estaba en las páginas de enciclopedias, en los tratados de los estudiosos y Juan Carlos, nombre de rey, nombre igualmente con sabor a rancio; nombres dispuestos para mi en una carpeta debidamente ordenada, pero quién era Jairo para penetrar de esa manera en sus vidas, ¿quién era él para tomar renglones de una vida y agruparlos en un párrafo de otra?

Jairo se levantó dejando los expedientes sobre el escritorio, los miró como de lejos y se quedó de pie en medio de la habitación pensando qué hacer. Pero las respuestas no llegaban, si al menos fumara, ese sería el momento de tomar un cigarrillo lentamente de la cajetilla, llevárselo a los labios y como al descuido sacar de su bolsillo el encendedor, frotarlo con sus manos, entonces el rostro se le iluminaría con una bonita luz rojiza que quedaría perfecta para un encuadre cinematográfico de alguna película de las llamadas de autor, que al provenir de un país subdesarrollado o en vía de desarrollo como la lástima había generalizado, ganaría un montón de premios en las salas sacras del séptimo arte, pero él no era actor de ninguna película de ese tipo, mucho menos director de cine, era un simple auxiliar de enfermería  que empezó haciendo prácticas en un hospital psiquiátrico y que por pereza o desidia se fue quedando allí, adoptando a los enfermos como a su familia y a los médicos y demás compañeros como sus hermanos de sangre. Ese era Jairo, pero también era ese otro que se quedaba pasmado en medio de una habitación pensando hacía donde  dirigir sus más ínfimos pasos o deseos y ahora tenía en sus manos una cosa grande, un algo enorme e insondable que le daba a su vida una segunda oportunidad, no sabía qué hacer.            Era como encontrarse en medio del desierto y de pronto, al atravesar una duna encontrarse con dos caminos igual de llanos, ¿cuál elegir? El lógico y sensato: decir la verdad y devolver a esa mujer al mundo exterior para que luego él pudiera tomarse tranquilamente el café con leche caliente, o sentarse en medio de sus amigos por las mañanas con la única preocupación de llenar anotaciones en las hojas de cada paciente, o por último enfrentarse a aquella mujer,  preguntarle, hablar con ella... y sin embargo una tercera vía se abría frente a sus plantas: Jairo podría ser un creador, un dios, podría perfectamente tomar de la nada ese cuerpo de mujer, darle un nombre, rotular una carátula de alguna carpeta limpia y empezar a llenarla de vida, si, es verdad, una vida imaginada pero ¿quién podría desmentirlo?. Nadie, porque sería su secreto.

Por: Gladys

 


7 de Marzo, 2008, 16:49: La Dirección.General





Todas las teorías apuntan a una posible conexión entre ciertos asesinatos, con el hecho de que en varias bibliotecas del mundo el texto de los libros está desapareciendo... eso al menos exponen ciertos entendidos...


La Dirección
7 de Marzo, 2008, 16:43: La DirecciónHablando de...

 

Ya hemos llegado al punto de que con nuestros teléfonos o sencillas cámaras filmamos nuestras experiencias vitales, desde un cumpleaños, hasta la forma en que nuestra madre corta las berenjenas o las arrugas de la sábana, por no hablar de lo que esas sábanas presencian. Pero lo que no termino de entender es esa fascinación de la gente por filmar sus gamberradas para colgarlas en you tube.
Ese servidor está lleno a rebozar de chicos que golpean a sus compañeros con auténtica saña a la salida del colegio, o a sus perros o gatos, con tomas de acercamiento para plasmar mejor la agonía de los animales o el dolor de quien es golpeado, también se ven videos en que los chicos destrozan coches, rompen cristales, queman a ancianas en los cajeros de los bancos.
Pero no es una fiebre solo de los jóvenes, los mayores han caído en la tentación, así que vemos a viudas contando sus fantasías, a abuelas erigidas en orientadoras de juventudes, a hombres maduros buscando ponerle un poco de sal a sus ya marchitas facultades.
Y todo ¿para qué? Por el simple placer de hacerlo, por demostrar de lo que sé es capaz, ante el mundo entero, no solo ante los colegas de la cuadra, sino al mundo entero.
“Puedo hacerlo, y entre más publico tenga mejor me siento”.
No se entiende, al menos no yo, desde mi cómodo sofá, apertrechado en la tranquilidad de mi casa. Sé que mi mundo es otro, mis días quizás les parezcan aburridos a estos protagonistas de la nueva realidad, mi vida será monótona, plana y sin riesgo de infarto, a menos que me encuentre con un grupo de estos en el cajero de mi banco.
Ellos necesitan hablar, contar hasta sus más íntimos pensamientos, los más jóvenes derrochan energía, sienten hervir la adrenalina entre sus músculos en proceso de formación y no encuentran nada mejor que retar la vida, jugar a ser todopoderoso y que todo el mundo lo vea.
El hecho de que ciertos autores de videoblogs salten a la fama de un momento a otro, llevándose un montón de dinero a los bolsillos, ha iniciado una guerra sin límites por llamar la atención, tenemos el caso de Brook Buses (Diablo Cody) guionista de la múlti galardonada cinta Juno, que despertó el afán consumista de Hollywood, eso por hablar solamente de un caso en el que afortunadamente no perdieron la vida ni fueron maltratados otros seres humanos.
Que puede ser una erupción de verano, un brote de juventud, un alarde rebeldía… no lo sé, pero no me parece excusa válida para los familiares de esa señora que murió en el cajero del banco, ni para los padres de los niños maltratados, ni siquiera para los gatos o perros que diariamente mueren apaleados por las calles de nuestras ciudades.

La Dirección

7 de Marzo, 2008, 16:37: ÁgataUn libro para ti


Título: Las abuelas

Autor: Doris Lessing

Editorial:  byblos

 

La vejez, esa palabra que por estas épocas nadie se atreve a decir en voz alta. Vejez que no quiere mirarse al espejo, vejez que se queda en las camillas de las salas de cirugía es a la que se refiere Doris Lessing en este libro compuesto por cuatro relatos sorprendentes por su visión sobre lo inevitable, narrados en un tono a medio camino entre la fantasía y la realidad.

Los cuatro relatos: Las abuelas;  Victoria y los Stanveney; El motivo; y Un hijo del amor, se recrean en el proceso biológico y anímico del tránsito entre la juventud y la vejez. Toda una pintura de la vida captada entre las bambalinas de unos ambientes, reales o no, pero vibrantes, velados tras una sonrisa de mujer mayor al contemplar el mar, o mirar por encima de las gafas a su amiga de toda la vida. Gestos vívidos que dicen muco más que las palabras, lenguaje de cuerpos, diálogo de sudores es lo que emana de esta bella recopilación de cuentos.

No les hablo más porque espero haberles despertado el interés necesario para que abran el libro.

Por: Ágata

7 de Marzo, 2008, 16:30: Charo GonzálezHablando de...


"El lago estaba cubierto por la niebla y aún así el cazador podía distinguir a sus presas...Aunque pensemos que podemos cubrirnos con un manto natural contra las incursiones externas, ese manto es ficticio y al descubrir su fragilidad nos encontramos indefensos frente al otro"

"Y resurgieron nuevamente las flores de las plantas aletargadas durante el invierno, del mismo modo se renuevan nuestros sentidos después de haberlos alimentado en nuestro propio letargo."

"Aunque no tengamos tiempo para las sorpresas, éstas siempre encuentran hora en la agenda de nuestra vida."

"Si tomando caminos paralelos continuamos encontrándonos, tal vez deberíamos proponernos, sin temor, seguir el mismo sendero."

"De formas sencillas se muestran los destronados lienzos de vidas complejas, de firmes consuelos se deshacen eternas muestras.”

Por: Charo González

7 de Marzo, 2008, 16:23: Jimulminirelatos

   


    Jesús al fin se había decidido, el resto de su vida la pasaría con Gisela, aquella mujer desconcertante y voluptuosa que descubrió en un bar de ambiente decadente al que iba cada vez que tenía que cerrar un negocio. Gisela se dejaba querer, él deseaba querer a alguien. Fue una relación rápida, que no inmediata. Jesús se fue integrando en su círculo extraño de amigos.

          Fue el lluvioso 5 de diciembre, ése y no otro día en el que pediría la mano de Gisela, era muy tradicional para estas cosas. Y lo haría en Salamanca, bajo la calavera de la sabiduría y la inteligencia, dos cualidades que le iban a hacer mucha falta para que aquella intrépida mujer aceptase. Pero tendría que sufrir un poquito, debía de llevarla a hacer un examen a la universidad de Salamanca.

   Su ansiedad era tan evidente que se manifestaba en la conducción de aquel mercedes, la lluvia no aconsejaba tal osadía en la conducción por aquélla carretera, de doble sentido. La imaginación de ambos volaba más de la cuenta, extrañamente, ambos pensaban en su futura relación. Gisela quería tener ya hijos, Jesús manifestar su proyecto. Y fue ese viraje repentino en medio de aquella curva, cuyo asfalto estaba mojado quien paró todos los proyectos en seco. Un depósito de combustible se interpuso quemando sus vidas.

 

          Una vez más se eliminaron los pequeños detalles.

Por: Jimul

7 de Marzo, 2008, 16:11: Ricardo AbdahllahGeneral



No hay un cielo de brillante gloria,

ni un infierno donde los pecadores se quemen.

Anton LaVey

 El martes desperté en el parque y la borrachera no me había pasado del todo. Los últimos días habían sido una sola borrachera solitaria de vino barato en los parques de Nirvana. No quería encontrármela en algún bar antes de tiempo. De hecho nadie, al menos nadie conocido, sabía que yo había llegado a la ciudad el viernes anterior, ocho días antes de la Noche de Quema, ocho días antes de un aniversario más del día que la conocí.
Alejandra de Merak (la he visto escribir su nombre de varias maneras) era amiga de Federico y yo iba con él cuando nos la encontramos por casualidad en la Plaza de los Héroes, frente a la catedral. Todos llevábamos en la mano o en el morral las listas de los sucesos malos del año en la vida de cada uno y la idea era arrojarlos a la enorme hoguera que unos minutos después se encendería en la plaza. Para mí era la primera vez; ellos, que habían pasado en Nirvana toda la vida, lo hacían año tras año y cuando se iban de la ciudad, porque había que irse de Nirvana para ser alguien, trataban de volver a finales de octubre para estar en la ciudad esa noche. Federico arriesgó alguna explicación sobre el origen de la celebración, pero no lo escuché porque para entonces yo ya estaba bobo mirando a Alejandra. A sus ojos sobre todo, que destacaban por grandes y por un color particular que yo terminaría por definir como “aguapanela clarita”. Como uno nunca imagina lo que va a pasar con las personas que conoce, puede que en realidad yo sí escuchara la explicación de Federico “era una fiesta pagana que luego de la llegada de la iglesia siguió siendo pagana” o algo así; pero ahora mi recuerdo es mirando los ojos de Alejandra que miraba a otra parte, a la gente que iba hacia la Plaza con los papelitos en la mano, por ejemplo, que se iban a quemar en la hoguera, que se iban a convertir cenizas más o menos uniformes y luego en barro gris cuando cayera la lluvia. Siempre llovía en la Noche de Quema, eso era lo que Federico anunciaba mientras yo miraba la mirada de Alejandra.
“Desde temprano hay que saber dónde va uno a terminar la noche con los amigos”
Uno cosa que uno no sabe nunca. Ni siquiera se sabe la hora a la que la noche termina.
Yo terminé la noche empapado junto a Alejandra y desde entonces, cuando había que romper ese cierto silencio cómplice, en los encabezados de las cartas, cuando ella lloraba y se me recostaba en el hombro pidiéndome que le cantara alguna canción y en los momentos en los que uno cree que dos palabras pueden traer a una mujer de regreso, la llamé “Alejandra de la Lluvia”. A veces he dicho que esa noche la besé por primera vez. Otras veces, y ha sido con cierta rabia desde que se fue, he dicho que esa noche hicimos el amor bajo la lluvia.
Lo cierto es que hablamos de cualquier cosa. Le conté de mi tío Jaime, que siempre llevaba una botella de whisky en su fiat y coleccionaba multas de transito, lo que lo hacía el segundo coleccionista más excéntrico de mi familia porque mi tío Hernando coleccionaba cajas de pollo asado. Le conté que mis padres coleccionaban discos de Leonardo Favio (pero siempre ponían el mismo) y yo no coleccionaba nada pero viajando en autostop había llegado a Nirvana.
“Pensé que habías venido con Federico” dijo ella. “que él te había invitado”
No eran amigos cercanos, pero tenían esa cierta relación que se da entre las personas de ciudades pequeñas que a fuerza de verse durante años terminan por sentirse amigos. A Federico, cualquiera recordaría sobre todo que adoraba la salsa clásica, yo lo conocía de Bucaramanga y sólo hasta que lo encontré por casualidad en una esquina supe que había nacido en Nirvana y jamás se perdía la oportunidad de regresar para la Noche de Quema.
De todas maneras yo no hablé toda la noche, Alejandra me contó por ejemplo:
Que estaba en último año del colegio y Federico había salido hace tres, lo que me dejaba en la mitad de los dos.
Que su abuelito era escandinavo, “De Noruega para ser exactos”, lo que no encajaba para nada ni con el color de sus ojos ni con el de su piel por el que uno le atribuiría más bien ancestros hindúes o moldavos.
Que de vez en cuando escribía para Texto Diario Que la mamá era abogada, se había metido a cristiana y no había ido a la Noche de Quema y que ella había escrito eso “Mi mamá se volvió cristiana” en su lista de cosas a quemar.
Que tenía una amiga en Bucaramanga, que se llamaba Ilana, que la había visitado o que la iba a visitar pronto, que podríamos vernos allá.
Que podríamos vernos más tarde si yo la llamaba.
En todo caso nos vimos mucho desde entonces. Primero en la sala de su casa en Nirvana y luego en el cuarto de su casa en Nirvana cuando mamá y hermana (tenía una hermana y se llamaba Adriana) se iban a dormir y no soportábamos más la estática del televisor después del mal final de una mala película en un mal canal peruano. Uno nunca sabe lo qué va a pasar cuando conoce a alguien (aunque ya había cierta atracción, es cierto) y por eso no tenía idea de que viajaríamos en autostop por todo el país pagando la comida con lo que nos daban por canciones traducidas que vendíamos como poemas escritos por nosotros, que a punta de pulgar levantado y poemas falsos conoceríamos las playas del Tayrona y los desiertos junto al mar que hay en la Guajira, dormiríamos bajo las estrellas en la Mesa de Los Santos y un par de veces íbamos a terminar bañándonos desnudos en los pozos de Curití. Yo acabé por decirle que la había besado en todos los pisos térmicos (lo que era cierto) y arrendamos en Bucaramanga un apartaestudio en el edificio que construyeron en Love Street 16-66 luego de tumbar la casa donde ella había tenido una habitación hasta que nos encontraron durmiendo juntos.
Y un día se fue de ese apartamento. Yo me había ido antes pero volví, lo que no hace ninguna diferencia porque cuando volví ella ya no estaba.
Hace tres meses de eso y a pesar de que sabía que la encontraría en Nirvana aplacé mi regreso hasta la Noche de Quema. Por eso, aunque que la guerra ya había comenzado, me bajé de un camión en la glorieta del ciclista desconocido, compré dos garrafas de Moscatel y desperté todavía medio borracho en el parque la mañana del martes, después de una siesta que había comenzado desde la noche del domingo y que sólo había interrumpido un par de veces para tomar un poco más de Moscatel y otro par de veces para ir a orinar al árbol más cercano.
Cuando acabé de abrir los ojos vi que había un tipo dormido en otra de las bancas del parque. Tenía la cara tapada con un papel, que retiré con cuidado para no despertarlo. Lo había visto antes. Se me ocurrió que era alguien de Texto Diario y que Alejandra me lo había presentado. Ella siempre me presentaba gente, pero yo nunca recordaba sus nombres. Al lado de la banca había tres botellas de whisky Indio Pedro - “The Best Scotch from Valledupar”-. Recordaba la marca, la había tomado alguna vez (un par de veces en realidad) y todavía tenía presentes su bajo precio y su aún más baja calidad. Lucas Wall, el novio de una amiga de Alejandra, decía que era una mezcla de alcohol de farmacia con la juagadura de los toneles donde se preparaba el whisky de verdad. Como licor era un asco, pero había una botella sin destapar a los pies del borracho durmiente y aún faltaban tres días para la Noche de Quema y de todas maneras el Indio Pedro me había dado algunos buenos momentos. El whisky sabía tan mal como siempre. La Noche de Quema iba a volver a verla, a Alejandra no a la botella. Un trago y estaba pensando en ella, aunque estaba pensando en ella antes de empezar. Dos tragos para recordar que no tenía un peso para comer y era preferible quedarme dormido antes de empezar a sentir el hambre. El tipo se veía molesto por el sol, así que recogí el papel para volver a taparle la cara. Mi madre dice que yo leo cualquier basura que encuentro en la calle. Mi madre dice también que tengo mala memoria, pero las primeras líneas del comunicado las recuerdo bastante bien:

 SE INFORMA A LA POBLACIÓN EN GENERAL QUE LA CIUDAD DE NIRVANA  HA QUEDADO BAJO EL CONTROL OPERACIONAL DE LA JUNTA DE GOBIERNO LOCAL, PRESIDIDA POR EL COMANDANTE FRANCISCO ANZOÁTEGUI. CONSIDERANDO QUE AÚN SE PRESENTAN COMBATES EN INMEDIACIONES DE LA CIUDAD Y QUE EL OBJETIVO PRIMORDIAL ES LA DEFENSA DELA MISMA, EL ROBO Y EL HOMICIDIO SERÁN CASTIGADOS CON LA PENA CAPITAL Y SE PROCEDERÁ A LA EJECUCIÓN EN UN TÉRMINO MÁXIMO DE 48 HORAS. SE HAN TOMADO ADEMÁS LAS SIGUIENTES MEDIDAS:

El resto no lo recuerdo tan bien. Tal vez mi madre tenía razón. Hablaba de la prohibición del porte de armas, lo que no me importaba porque no tenía ninguna, y de una hora más allá de la cual nadie podía estar en la calle, lo que me importaba un montón porque no tenía dinero para un hotel. No sé si es porque tomé un trago de W. I. P. antes de leerlo, porque el final lo recuerdo bien:

COMUNÍQUESE Y CÚMPLASE.

Lo que no es nada original como final para un comunicado.

Me pregunté quién era Francisco Anzoátegui, un tipo al que imaginé iguazo y de gafas oscuras aunque nunca hubiera oído hablar de él. El hecho de no saber en manos de cuál de los dos bandos estaba la ciudad (dos es un decir, podrían ser tres o cuatro) no se me convirtió en una preocupación vital hasta el día siguiente, porque ahora tenía una botella nueva de whisky y de la botella dejé caer unas gotas al piso. Dije en voz alta “Para las almas”, como debí haber hecho desde el primer trago, y volví a ponerle el comunicado en la cara al hombre que dormía porque el sol de clima frío que le estaba dando de frente.

Y dije otra vez “para las almas” y luego recordé que es de mala suerte brindar dos chorros a los muertos. Cinco o seis tragos después (“para las almas, qué diablos”) intenté terminar la botella de un golpe y fracasé en el intento. A estas alturas de la vida vomité por primera vez sobre mi ropa.

O eso creo.

Porque no supe en el momento qué día era, sólo que tenía un guayabo brutal, todo me daba vueltas y “me ardía la gastritis” como Alejandra decía a veces. No había acabado de abrir los ojos cuando sentí la primera patada, luego un par de golpes más hasta que medio reaccioné. Golpes y gritos, que levántese hijueputa y luego le-ván-te-se-hi-jue-pu-ta. Para entonces tenía la cara contra el suelo y uno de los soldados, aunque puede que no fueran soldados, me amarraba las manos a la espalda. Les iba a decir que habían olvidado leerme mis derechos o algo que sirviera para romper la tensión, pero sentí en la boca sabor a sangre y como no me dolía pensé que estaba reventado por dentro. Los tipos que ahora me levantaban por los brazos, me habían pateado la cara en el proceso de despertarme. Lo primero que vi fue al borracho de cejas grandes. Lo segundo que el borracho tenía el cuello cortado casi de lado a lado y lo tercero un charco de sangre que me hizo pensar en una foto que había visto en El Espacio de dos mujeres a las que les habían sacado toda la sangre para llenar una bañera. En el diario habían atribuido la muerte de las mujeres a no sé qué clase de ritual satánico y el tipo se veía tan pálido como las mujeres de la foto. En mi vida sólo había visto un par de muertos y ese par debidamente arreglados y perfumados. El tipo no lucía tan mal, pero la herida era asquerosa. La sangre es asquerosa después de un rato, cuando deja de ser roja y brillante y se convierte en una cosa casi negra como la que manchaba en mi suéter. Lo que pensé en ese instante fue:

EN ESTE MOMENTO SU DINERO PUEDE ESTAR EN EL LUGAR EQUIVOCADO

Que era el slogan de un banco. Es curioso lo que uno puede pensar cuando tiene enfrente a un tipo más bajito que uno que le muestra una navaja ensangrentada sin decir nada. Los soldados eran dos. Uno tenía cara de indio y una boca enorme, el otro más bien cara achinada. Los dos olían mal. Como no decían nada me sentía prisionero del ejército vietnamita. El que tenía cara oriental (pero no era de Vietnam, qué iba a hacer un vietnamita en Nirvana) le quitó la navaja al otro, me la volvió a mostrar y dijo “¿Por qué lo mató?”

Yo estaba seguro de que no lo había matado. Uno tiene que saber cuando ha matado a alguien. Imaginé que alguien había venido en medio de la noche y como el borracho número1 (el muerto) y yo (el borracho número 2) estábamos dormidos no nos habíamos dado cuenta. Que ese alguien le había cortado el cuello al borracho #1 y que habría que encontrarlo y preguntarle.

“Puede mirar las huellas en la navaja” dije. Los dos tipos se rieron con ese tipo de risa de pandilla, que no nace sino busca ser ofensiva y termina de repente.

“Qué huellas ni qué nada. No somos CSI” dijo el otro.

De hecho tenían brazaletes que decían CSI y no les gustó que se los hiciera notar, pero mientras salíamos del parque (después de que los dos soldados requisaran al muerto sin encontrarle ni dinero ni documentos) me dijeron que en este caso particular CSI quería decir Central de Seguridad e Inteligencia.

“En mi vida he escuchado eso” dije.

“Es un cuerpo nuevo, especial” dijo el cara de indio. Estaba orgulloso de pertenecer al CSI (volví a mirar el brazalete, era de tela y las letras estaban en marcador) pero yo podría jurar que él tampoco sabía de que se trataba.

Por un lado es difícil caminar con las manos atadas a la espalda; por otro, con los pies atados a la espalda es imposible. Los tipos me llevaban de los brazos. Los muros donde siempre había visto carteles de corridas de toros, conciertos de vallenato o jornadas de adoración de la Sagrada Iglesia del Reino (el hermano Pedro debía llegar de Costa Rica esa semana, eso había leído), estaban tapizados con cientos de copias del comunicado que el borracho de cejas grandes había utilizado para taparse la cara y carteles que decían FRANCISCO ANZOÁTEGUI ESTÁ CON USTEDES. No vi una sola persona en la calle en los diez minutos que caminamos hasta el colegio donde estudiaba Aleja cuando la conocí. Cruzando la puerta había mucha gente y mucho ruido, el opuesto exacto a la soledad de las calles. Puede ser que los edificios se acostumbran a ser ruidosos, porque de cuando Alejandra estudiaba allí recuerdo sobre todo el ruido y es todo un descubrimiento que el ruido de un patio de recreo sea tan parecido al de un colegio convertido a las carreras en centro de detención. La diferencia se nota cuando uno trata de aislar los sonidos. Dentro del ruido de mis recuerdos distinguía un partido de fútbol, un tipo tocando guitarra que tal vez era Andrés Aldebarán y a Alejandra corriendo para recibirme diciendo “Viniste, Dani”. Para poder meterme en ese ruido había cerrado los ojos. Para descomponer el ruido presente tuve que volverlos a cerrar. Se escuchaba a alguien gritando que quería ir al hijueputa baño o se iba a cagar ahí mismo y a otro diciendo “cuidado te cagas porque te molemos”, se escuchaba una puerta pesada que se abría o se cerraba en algún lugar y un golpe de tacones casi simultáneo del cara de indio y el cara de chino que me presentaban a otros dos tipos con brazaletes de CPD. El aindiado me dijo al oído que era Centro de Prevención del Delito, que ahora estaría a cargo de ellos. Luego volvió a golpear los zapatos contra el piso y dio la vuelta.

Antes de tomarme a su cargo, los del CPD me preguntaron mi nombre y ocupación y el propósito de mi estadía en Nirvana. Contesté que me llamaba Dani Cobain, que era periodista y que estaba en Nirvana buscando a mi novia. La primera respuesta era cierta en un cuarenta por ciento, la segunda en nada, pero Alejandra, que lo era en cierta forma aunque estudiara ingeniería, me decía que a los periodistas siempre les dan cierto trato especial. En cambio era completamente cierto que estaba en Nirvana buscando a mi novia y eso fue lo único que no me creyeron.

“Y de paso matar al doctor Villeta”

Los nombres suelen activar la memoria mejor que los rostros. El borracho era Arturo Jersey Villeta, había dirigido Texto Diario y cuando el whisky le dejaba tiempo escribía alguna columna. Alejandra me lo presentó un día que lo encontramos tomando en el Soul Kitchen. Ese día me pareció un alcohólico con clase, no imaginé que tomara Indio Pedro en los parques. El que parecía el jefe del CPD me habló como quien pide disculpas:

“Usted no sabe el daño que nos está haciendo Van a empezar a decir que bajo el mando de mi coronel Anzoátegui en Nirvana se están matando periodistas”.

Alejandra de Merak, tendría que decirte que en la ciudad de Nirvana el trato preferencial es sobre todo para los periodistas muertos.

Sin embargo tuve cierto trato preferencial, porque en lugar de meterme en las (j)aulas del primer piso donde la gente hervía como gusanos vencidos, me llevaron al cuarto de los elementos deportivos en el segundo. Cuando me empujaron hacia dentro caí de cara sobre un guante de béisbol. Una pesa hubiera sido un desastre. El tipo que me había hecho el pequeño interrogatorio me levantó dejándome de rodillas y con una navaja soltó (ya era hora) la cuerda que me amarraba las manos. Luego cerró la reja y volvió a bajar las escaleras.

Había una repisa de cemento en la parte de arriba. Con algo de trabajo logré subirme. Me acosté boca arriba y me quité el suéter para ponerlo de almohada. El techo estaba húmedo y manchado. Ya no sentí el sabor a sangre y eso me tranquilizó bastante. En una borrachera, Andrés Aldebarán había “compuesto” una canción que decía que los colegios eran prisiones, y aunque esto ya era demasiado literal a mí también cuando estaba en el colegio me daban ganas de hacer una hoguera y quemar tal cual profesor. 

No debe haber peor muerte que quemado. Tuve dos segundos de compasión por los papelitos de la Noche de Quema antes de caer en cuenta que las cosas estaban bastante mal. Yo estaba encerrado y comencé a pensar si sería posible que me soltaran antes del viernes. Era el viernes cuando tenía que volver a verla. El día de la Noche de Quema, inevitable contradicción. Con su cierta vocación de Juana de Arco, tal vez estaba en algún sótano de la Avenida Continental imprimiendo en fotocopias la edición clandestina de Texto Diario, pero la imaginé bailando en alguna parte. Tal vez Soul Kitchen seguía abierto. Tal vez Charlie le estaba sirviendo un whisky en el Soul Kitchen, tal vez tomaba una cerveza con alguna otra amiga llegada para la Noche de Quema. El hecho de pensarla me dio cierta tranquilidad. Alejandra de la Lluvia estaba en algún lado. Alejandra tenía abiertos sus ojos enormes en alguna parte de la ciudad.

Ayer, jueves, duré todo el día pidiendo un lapicero y una hoja de papel que nadie quiso darme. Quería escribirle una carta a Alejandra para entregársela personalmente cuando la viera. El primero que vi en el día fue un tipo del DAB.“Es el Departamento de Alimentos y Bienestar del CPD” dijo. Su brazalete era tan artesanal como de costumbre. Llegó puntual a eso de las seis y me trajo un pan y una naranja que vomité puntualmente a las siete y media. A él fue al primero al que le pedí un lapicero, dijo que me lo traería más tarde. El tipo que entró a las doce con un balde de agua que tiró por el piso para limpiar el vomito tenía también un brazalete del DAB y tampoco quiso traerme el lapicero que le pedí a cuanto guardia, soldado o lo que fuera pasara frente a la reja del cuarto de implementos deportivos. Luego no pude dormir. Comenzó a llover poco después del atardecer y como no aguanté el frío tuve que ponerme el saco y tratar de dormir con la cabeza sobre el cemento. Eso fue lo más pasable, luego volví a imaginar a Alejandra y entre pensamientos, porque no fue un sueño exactamente, me imaginé que hacíamos el amor llorando y el mundo que se extendía más allá de la puerta del cuarto de los implementos deportivos era exactamente una mezcla de sexo, lluvia y lágrimas. Entonces se me ocurrió que, aunque todo seguía dependiendo del bando al que perteneciera, quizás no habría Noche de Quema este año. Lo siguiente que pensé, fue que ya debían haber identificado al que había matado al doctor Villeta y que en algún momento alguien con un brazalete de la DBNYRA (Dirección de Buenas Noticias y Reencuentros, hay que ver cómo me pongo de cursi cuando pienso en Alejandra) iba a entrar para decirme que me largara y a lo mejor que en unos días pasara para recibir una indemnización. Y aunque llegara al final de la tarde, no iba a importar. Y aunque no haya Noche de Quema yo salgo corriendo bajo corriendo por la Avenida Continental hasta su casa, timbro y ella sale con esa cara cincuenta por ciento de “Pensé que no iba a volver a verte” cincuenta por ciento de “Sabía que vendrías para la Noche de Quema”, le digo que no me diga nada todavía y prendemos una fogata pequeñita en el patio, y allí puedo verme de nuevo en sus ojos grandes iluminados por el fuego, y ella va a tener esa mirada que a mí tanto me gusta y entonces yo sabré que estamos empezando de nuevo, que somos la excepción a lo de Nothing lasts forever y luego esperamos a que llueva y el agua apague la fogata y nos vamos a caminar hasta el mirador y ahí, lavados y contentos nos acostamos en el suelo y esperamos hasta que amanezca y el sol nos encuentre, dormidos, entrelazados y desnudos sobre la hierba.

El guardia sin brazalete que había llegado hizo cara de no entender “¿Cuál mirador?” dijo. Llevaba un pan y una gaseosa que comí/tomé en segundos. El guardia ya se había ido y yo jugaba a darle vueltas en le piso a la botella cuando escuché los disparos. En el patio del primer piso había siete cuerpos. Tal vez eran más, yo podía ver siete desde la reja del cuarto de los implementos deportivos. Varios soldados se acercaron con unas bolsas y comenzaron a empacarlos. Yo saqué los brazos por la reja y comencé a gritarles. Gritaba que tenía que irme, que no podía pasar la noche sin que viera a Alejandra de Merak.

Y duré así, gritando, un rato largo. Un par de soldados pasaron varias veces sin voltear a mirar. En el primer piso también se escuchaban gritos. Nadie respondió. Me arrodillé en el suelo y me puse a llorar. Y llorando duré un rato todavía más largo.  

Desde las cuatro comenzó a oírse afuera un murmullo que se fue haciendo más fuerte, y me hizo pensar en el ruido que se escucha en un estadio antes de que empiece el partido. La siguiente persona que abrió la puerta del cuarto de los implementos deportivos fue un cura. Dijo que en alguna época él había sido el párroco de la iglesia de San Francisco en Bucaramanga y creo que eso lo hizo sentir más cercano. A su favor diré que no perdió la paciencia con todo lo mal que yo pude hablar de Dios y que se despidió antes de salir y después de que yo lo mandara a la mierda. Un guardia con brazalete del SPAE no lo tomó tan bien. Cuando el cura se fue dijo que o no tenía por qué insultar a los representantes de la fe, que el cura había ido para que yo estuviera tranquilo durante la ejecución.

“¿Qué quiere decir SPAE?” pregunté.

Servicio de Protección a las Autoridades Eclesiásticas”

Mi peor pesadilla en las dos horas que le sobraron a esa tarde fue que ya no iba a ver a Alejandra, mi segunda peor pesadilla, que en el otro mundo la gente usara brazaletes con siglas. Un guardia entró cuando ya había oscurecido.

“¿Todavía le ponen a uno un pañuelo rojo en el corazón para que los tiradores puedan apuntar o es puro mito romántico?” pregunté.

“Las cosas en la ciudad están bastante mal. Anzoátegui pidió que cambiáramos los fusilamientos en el colegio por una ejecución pública en la Plaza de Los Héroes. Algo ejemplar. Hoy van a ejecutar a un asesino, o sea a usted, a un ladrón y un tipo o una mujer, no estoy seguro, que estaba difamando en público de Anzoátegui. Eso no lo sé bien. Es cosa de lo del SCPI”

Servicio de…”

“… Control de la Polución Ideológica

El guardia termino enredándose para explicarlo, pero la idea era que para evitar que las balas de los tiradores alcanzaran a alguien y para darle a la gente la Noche de Quema que varias personas le habían pedido por escrito no cancelar, el método de fusilamiento había sido remplazado por la hoguera.

No me gustó que hubiera utilizado la palabra “método” pero no fue eso lo que le pregunté mientras entraba otro guardia (brazalete AHF, no me importaba qué quería decir), me ponían de pie atándome las manos con la mayor delicadeza y bajábamos las escaleras para atravesar el patio hacia la calle.

“¿De parte de quién está Anzoátegui?” fue lo que pregunté. Como no me respondió traté de explicarle por qué era fundamental saberlo. Un dictador orwelliano, me había atrapado en un   pueblo macondiano.

“Si me ejecutan sin que yo sepa a qué poderes obedece mi muerte, le estaríamos añadiendo no poco Kafka” dije.

El guardia me dio una cachetada. Mi primera nota mental para mi próxima vida es no hacerle a un militar chistes para intelectuales de izquierda.

Así que la Noche de Quema ha llegado. A estas alturas Alejandra ya habrá huido de la ciudad y yo ya nunca saldré de Nirvana. Alejandra volverá algún día, en autobús ya no en autostop, deshaciendo pasos con un tipo a su lado a quien le dirá “Aquí estudié, aquí vivía” pero no le dirá “aquí besé a Dani por primera vez, en ese bosque nos fotografiamos desnudos”. Después de mucho preguntar le dirán que maté a un borracho en el parque y que por eso me quemaron, que eso pasó en los primeros días de la guerra. Esa será la verdad oficial y por asesino de borrachos nunca me harán una estatua a pesar de los vivas al mártir que los prisioneros del primer piso me lanzaron cuando pasé. La Noche de Quema ha llegado y morir no es la gran cosa porque sabía que me iba a morir algún día, porque fantaseaba con la muerte en los autobuses, en los cruces de calles. Morir no es la gran cosa, aunque debí haber roto la botella de gaseosa y haberme cortado las venas para no darles el gusto. Morir no es la gran cosa. La gran cosa es que no podré ver los ojos de Alejandra de Merak a la luz de la fogata, diciéndome con la mirada que éramos la excepción a eso de Nothing lasts forever, que iríamos esa noche al mirador y de ahí estaríamos juntos para siempre. Morir no sería la gran cosa si no tuviera esta urgencia de salir corriendo por la Avenida Continental para ver a los ojos a Alejandra de la Lluvia. Doblamos en una esquina, el ruido de la gente se hace más fuerte y yo imagino que vienen a salvarme. Son miles. Toda la ciudad de Nirvana. Mis amigos en la primera fila. Alejandra de Merak a la cabeza. Van a descuartizar a los que me llevan y luego irán por la cabeza de Anzoátegui. Llegamos a la plaza. Ahí está la multitud pero nadie se mueve.¿Dónde está la estaca donde van a clavar la cabeza de Anzoátegui? Necesitan una estaca para la cabeza. La gente nos abre paso para que podamos pasar. Algunos me gritan “Asesino” pero la mayoría permanece en silencio con los ojos muy abiertos. Los guardias me llevan hasta un poste con un montón de leña en la base. Un hombre comienza a hablar por un micrófono, lo escucho bien. La Plaza de Los Héroes jamás tendrá en otra Noche de Quema un sistema de sonido como ese. “A continuación se dirigirá a ustedes mi comandante Francisco Anzoátegui, jefe de la Junta de Gobierno Local…” La gente aplaude. Los mismos que debieron salvarme aplauden. Anzoátegui comienza a hablar y dice que debemos mantener el orden aunque para eso tengamos que llegar a extremos y que es una lástima que estos tres jóvenes hayan desviado el camino hasta terminar así. Que el robo, el asesinato y la difamación eran intolerables en la nueva época que comenzaba en la ciudad, porque de ellos nacían y se alimentaban la destrucción y el terrorismo y por eso esa noche se ejecutaría a un hombre que habían atrapado en el segundo piso de una cafetería luego de atracar un camión que repartía alimentos a los refugiados, a otro que había asesinado a un ciudadano tan distinguido como el doctor Arturo Jersey Villeta por robarle una botella de whisky y a una mujer que fue encontrada repartiendo un periódico con versiones equívocas de lo ocurrido desde la caída de la ciudad. El discurso de Anzoátegui no dice de qué lado esta. Su rostro tal vez tampoco lo diga pero tengo que verlo. Intento darme la vuelta, pero uno de los guardias me lo impide. Anzoátegui termina su discurso y la gente aplaude. Bajo la cabeza y miro el suelo de la plaza. Cualquier cosa menos los rostros de la gente. Entre dos guardias sin brazalete me desnudan y me levantan sobre los leños. Opongo una resistencia inútil mientras me amarran los brazos detrás del poste. Los guardias se retiran y comienzan a rociar gasolina sobre la madera. El olor es fuerte y pienso “Huele a una estación de servicio” y me imagino una estación de servicio abandonada en medio de la carretera y en medio de la noche. Una estación que marca el límite del desierto y donde los forajidos y las parejas que huyen beben agua sucia y licor ilegal. Alguien se acerca con una antorcha. Quiero conocer a mis compañeros de muerte. A mi derecha, amarrado a un poste un poco más bajo que el mío, hay un hombre que parece inconsciente y tiene los ojos vendados. Quizás corrió con suerte y ya esté muerto. Los leños comienzan a arder lentamente, al principio es como una fogata de campamento, perfecta para una noche tan fría. La gente se acerca, quizás para calentarse, quizás para poder ver de cerca y sentir mejor el olor de la carne quemada. Miro hacía el otro lado, es una mujer muy joven, por el color de su piel casi del todo desnuda que brilla por el sudor no podría decirse que es de Nirvana. Uno le atribuiría más bien ancestros hindúes o moldavos.
“Mi abuelo es escandinavo, de Noruega para ser exactos” dijo Alejandra de la Lluvia en la primera Noche de Quema que pasamos juntos. En sus ojos grandes brillan las llamas que se van haciendo más altas pero también puedo ver mi reflejo, ella sonríe y con su sonrisa me dice que no importa, que morir no es la gran cosa si de todas maneras vamos a estar juntos para siempre.

Por: Ricardo Abdahllah

7 de Marzo, 2008, 15:47: GladysGeneral



- ¿Un café?

- Si.

Él fue hasta la cocina, contempló un segundo la sucia cafetera, -no se lava para que el café coja más cuerpo – recordaba que ella le había dicho cuando le preguntó por qué nunca lavaba la cafetera. Sin pensar en más, tomó las dos tazas de café, colocó el azúcar y mientras la estufa cumplía su función, él se dedicó a contar las baldosas del trozo de pared que ascendía por detrás de los fogones hasta el techo; sucias también y pensó, misma justificación que con el café.

Un día de estos tendría que coger una lejía y darle una buena repasada a las baldosas, pero si le daba a esas baldosas, tendría que hacerlo con toda la cocina, porque si no las otras tres paredes gritarían su suciedad... y ¿por qué carajo estoy pensando yo en suciedad y en lejías, después de hacer el amor?

El café empezó a borbotear. Sirvió, revolvió con la cucharilla y  probó ambas tazas. Satisfecho, regresó al cuarto, su mujer se hallaba acostada soñolienta, los cabellos desparramados por la almohada, la piel sonrosada por el calorcito de las cobijas y tuvo ganas de volver a amarla de nuevo, de volver a refugiarse entre sus piernas, de escarbar en sus entrañas hasta encontrar el cordón umbilical de su amor, pero el instante se había desvanecido, la ternura había escapado por la ventana y ahora no eran más que dos seres humanos que comparten un piso en una ciudad cualquiera, dos seres que se han puesto de acuerdo para compartir gastos y poco más, ahora su piel es de látex perfecto, sus ojos le sonríen desde su rincón opaco y un cristal separa sus cuerpos, con un letrero en luces de neón. Prohibido.

- Te quiero, - Cree leer él -.

            Ella no lo mira, ella siente que la frase es falsa, que tal vez se la está dirigiendo a esa otra mujer, a otras palpitaciones, a otras tibiezas y no a su cuerpo. ¿Por qué ya no creo? – se pregunta, y su propia voz, con unos años de congelada adolescencia le responde: “es la falta de fe”.

- Yo también te quiero – le dice ella -

Por: Gladys


Artículos anteriores en Marzo del 2008