- ¿Un café?
- Si.
Él fue hasta la cocina, contempló un
segundo la sucia cafetera, -no se lava para que el café coja más cuerpo –
recordaba que ella le había dicho cuando le preguntó por qué nunca lavaba la
cafetera. Sin pensar en más, tomó las dos tazas de café, colocó el azúcar y
mientras la estufa cumplía su función, él se dedicó a contar las baldosas del
trozo de pared que ascendía por detrás de los fogones hasta el techo; sucias
también y pensó, misma justificación que con el café.
Un día de estos tendría que coger una
lejía y darle una buena repasada a las baldosas, pero si le daba a esas
baldosas, tendría que hacerlo con toda la cocina, porque si no las otras tres
paredes gritarían su suciedad... y ¿por qué carajo estoy pensando yo en
suciedad y en lejías, después de hacer el amor?
El café empezó a borbotear. Sirvió, revolvió
con la cucharilla y probó ambas tazas.
Satisfecho, regresó al cuarto, su mujer se hallaba acostada soñolienta, los
cabellos desparramados por la almohada, la piel sonrosada por el calorcito de
las cobijas y tuvo ganas de volver a amarla de nuevo, de volver a refugiarse
entre sus piernas, de escarbar en sus entrañas hasta encontrar el cordón
umbilical de su amor, pero el instante se había desvanecido, la ternura había
escapado por la ventana y ahora no eran más que dos seres humanos que comparten
un piso en una ciudad cualquiera, dos seres que se han puesto de acuerdo para
compartir gastos y poco más, ahora su piel es de látex perfecto, sus ojos le
sonríen desde su rincón opaco y un cristal separa sus cuerpos, con un letrero
en luces de neón. Prohibido.
- Te quiero, - Cree leer él -.
Ella no lo mira,
ella siente que la frase es falsa, que tal vez se la está dirigiendo a esa otra
mujer, a otras palpitaciones, a otras tibiezas y no
a su cuerpo. ¿Por qué ya no creo? – se pregunta, y su propia voz, con unos años
de congelada adolescencia le responde: “es la falta de fe”.
- Yo también te quiero – le dice ella -
Por: Gladys
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