Jesús al fin se había decidido, el resto de su vida la pasaría con Gisela, aquella mujer desconcertante y voluptuosa que descubrió en un bar de ambiente decadente al que iba cada vez que tenía que cerrar un negocio. Gisela se dejaba querer, él deseaba querer a alguien. Fue una relación rápida, que no inmediata. Jesús se fue integrando en su círculo extraño de amigos.

          Fue el lluvioso 5 de diciembre, ése y no otro día en el que pediría la mano de Gisela, era muy tradicional para estas cosas. Y lo haría en Salamanca, bajo la calavera de la sabiduría y la inteligencia, dos cualidades que le iban a hacer mucha falta para que aquella intrépida mujer aceptase. Pero tendría que sufrir un poquito, debía de llevarla a hacer un examen a la universidad de Salamanca.

   Su ansiedad era tan evidente que se manifestaba en la conducción de aquel mercedes, la lluvia no aconsejaba tal osadía en la conducción por aquélla carretera, de doble sentido. La imaginación de ambos volaba más de la cuenta, extrañamente, ambos pensaban en su futura relación. Gisela quería tener ya hijos, Jesús manifestar su proyecto. Y fue ese viraje repentino en medio de aquella curva, cuyo asfalto estaba mojado quien paró todos los proyectos en seco. Un depósito de combustible se interpuso quemando sus vidas.

 

          Una vez más se eliminaron los pequeños detalles.

Por: Jimul