No hay un cielo de brillante gloria,

ni un infierno donde los pecadores se quemen.

Anton LaVey

 El martes desperté en el parque y la borrachera no me había pasado del todo. Los últimos días habían sido una sola borrachera solitaria de vino barato en los parques de Nirvana. No quería encontrármela en algún bar antes de tiempo. De hecho nadie, al menos nadie conocido, sabía que yo había llegado a la ciudad el viernes anterior, ocho días antes de la Noche de Quema, ocho días antes de un aniversario más del día que la conocí.
Alejandra de Merak (la he visto escribir su nombre de varias maneras) era amiga de Federico y yo iba con él cuando nos la encontramos por casualidad en la Plaza de los Héroes, frente a la catedral. Todos llevábamos en la mano o en el morral las listas de los sucesos malos del año en la vida de cada uno y la idea era arrojarlos a la enorme hoguera que unos minutos después se encendería en la plaza. Para mí era la primera vez; ellos, que habían pasado en Nirvana toda la vida, lo hacían año tras año y cuando se iban de la ciudad, porque había que irse de Nirvana para ser alguien, trataban de volver a finales de octubre para estar en la ciudad esa noche. Federico arriesgó alguna explicación sobre el origen de la celebración, pero no lo escuché porque para entonces yo ya estaba bobo mirando a Alejandra. A sus ojos sobre todo, que destacaban por grandes y por un color particular que yo terminaría por definir como “aguapanela clarita”. Como uno nunca imagina lo que va a pasar con las personas que conoce, puede que en realidad yo sí escuchara la explicación de Federico “era una fiesta pagana que luego de la llegada de la iglesia siguió siendo pagana” o algo así; pero ahora mi recuerdo es mirando los ojos de Alejandra que miraba a otra parte, a la gente que iba hacia la Plaza con los papelitos en la mano, por ejemplo, que se iban a quemar en la hoguera, que se iban a convertir cenizas más o menos uniformes y luego en barro gris cuando cayera la lluvia. Siempre llovía en la Noche de Quema, eso era lo que Federico anunciaba mientras yo miraba la mirada de Alejandra.
“Desde temprano hay que saber dónde va uno a terminar la noche con los amigos”
Uno cosa que uno no sabe nunca. Ni siquiera se sabe la hora a la que la noche termina.
Yo terminé la noche empapado junto a Alejandra y desde entonces, cuando había que romper ese cierto silencio cómplice, en los encabezados de las cartas, cuando ella lloraba y se me recostaba en el hombro pidiéndome que le cantara alguna canción y en los momentos en los que uno cree que dos palabras pueden traer a una mujer de regreso, la llamé “Alejandra de la Lluvia”. A veces he dicho que esa noche la besé por primera vez. Otras veces, y ha sido con cierta rabia desde que se fue, he dicho que esa noche hicimos el amor bajo la lluvia.
Lo cierto es que hablamos de cualquier cosa. Le conté de mi tío Jaime, que siempre llevaba una botella de whisky en su fiat y coleccionaba multas de transito, lo que lo hacía el segundo coleccionista más excéntrico de mi familia porque mi tío Hernando coleccionaba cajas de pollo asado. Le conté que mis padres coleccionaban discos de Leonardo Favio (pero siempre ponían el mismo) y yo no coleccionaba nada pero viajando en autostop había llegado a Nirvana.
“Pensé que habías venido con Federico” dijo ella. “que él te había invitado”
No eran amigos cercanos, pero tenían esa cierta relación que se da entre las personas de ciudades pequeñas que a fuerza de verse durante años terminan por sentirse amigos. A Federico, cualquiera recordaría sobre todo que adoraba la salsa clásica, yo lo conocía de Bucaramanga y sólo hasta que lo encontré por casualidad en una esquina supe que había nacido en Nirvana y jamás se perdía la oportunidad de regresar para la Noche de Quema.
De todas maneras yo no hablé toda la noche, Alejandra me contó por ejemplo:
Que estaba en último año del colegio y Federico había salido hace tres, lo que me dejaba en la mitad de los dos.
Que su abuelito era escandinavo, “De Noruega para ser exactos”, lo que no encajaba para nada ni con el color de sus ojos ni con el de su piel por el que uno le atribuiría más bien ancestros hindúes o moldavos.
Que de vez en cuando escribía para Texto Diario Que la mamá era abogada, se había metido a cristiana y no había ido a la Noche de Quema y que ella había escrito eso “Mi mamá se volvió cristiana” en su lista de cosas a quemar.
Que tenía una amiga en Bucaramanga, que se llamaba Ilana, que la había visitado o que la iba a visitar pronto, que podríamos vernos allá.
Que podríamos vernos más tarde si yo la llamaba.
En todo caso nos vimos mucho desde entonces. Primero en la sala de su casa en Nirvana y luego en el cuarto de su casa en Nirvana cuando mamá y hermana (tenía una hermana y se llamaba Adriana) se iban a dormir y no soportábamos más la estática del televisor después del mal final de una mala película en un mal canal peruano. Uno nunca sabe lo qué va a pasar cuando conoce a alguien (aunque ya había cierta atracción, es cierto) y por eso no tenía idea de que viajaríamos en autostop por todo el país pagando la comida con lo que nos daban por canciones traducidas que vendíamos como poemas escritos por nosotros, que a punta de pulgar levantado y poemas falsos conoceríamos las playas del Tayrona y los desiertos junto al mar que hay en la Guajira, dormiríamos bajo las estrellas en la Mesa de Los Santos y un par de veces íbamos a terminar bañándonos desnudos en los pozos de Curití. Yo acabé por decirle que la había besado en todos los pisos térmicos (lo que era cierto) y arrendamos en Bucaramanga un apartaestudio en el edificio que construyeron en Love Street 16-66 luego de tumbar la casa donde ella había tenido una habitación hasta que nos encontraron durmiendo juntos.
Y un día se fue de ese apartamento. Yo me había ido antes pero volví, lo que no hace ninguna diferencia porque cuando volví ella ya no estaba.
Hace tres meses de eso y a pesar de que sabía que la encontraría en Nirvana aplacé mi regreso hasta la Noche de Quema. Por eso, aunque que la guerra ya había comenzado, me bajé de un camión en la glorieta del ciclista desconocido, compré dos garrafas de Moscatel y desperté todavía medio borracho en el parque la mañana del martes, después de una siesta que había comenzado desde la noche del domingo y que sólo había interrumpido un par de veces para tomar un poco más de Moscatel y otro par de veces para ir a orinar al árbol más cercano.
Cuando acabé de abrir los ojos vi que había un tipo dormido en otra de las bancas del parque. Tenía la cara tapada con un papel, que retiré con cuidado para no despertarlo. Lo había visto antes. Se me ocurrió que era alguien de Texto Diario y que Alejandra me lo había presentado. Ella siempre me presentaba gente, pero yo nunca recordaba sus nombres. Al lado de la banca había tres botellas de whisky Indio Pedro - “The Best Scotch from Valledupar”-. Recordaba la marca, la había tomado alguna vez (un par de veces en realidad) y todavía tenía presentes su bajo precio y su aún más baja calidad. Lucas Wall, el novio de una amiga de Alejandra, decía que era una mezcla de alcohol de farmacia con la juagadura de los toneles donde se preparaba el whisky de verdad. Como licor era un asco, pero había una botella sin destapar a los pies del borracho durmiente y aún faltaban tres días para la Noche de Quema y de todas maneras el Indio Pedro me había dado algunos buenos momentos. El whisky sabía tan mal como siempre. La Noche de Quema iba a volver a verla, a Alejandra no a la botella. Un trago y estaba pensando en ella, aunque estaba pensando en ella antes de empezar. Dos tragos para recordar que no tenía un peso para comer y era preferible quedarme dormido antes de empezar a sentir el hambre. El tipo se veía molesto por el sol, así que recogí el papel para volver a taparle la cara. Mi madre dice que yo leo cualquier basura que encuentro en la calle. Mi madre dice también que tengo mala memoria, pero las primeras líneas del comunicado las recuerdo bastante bien:

 SE INFORMA A LA POBLACIÓN EN GENERAL QUE LA CIUDAD DE NIRVANA  HA QUEDADO BAJO EL CONTROL OPERACIONAL DE LA JUNTA DE GOBIERNO LOCAL, PRESIDIDA POR EL COMANDANTE FRANCISCO ANZOÁTEGUI. CONSIDERANDO QUE AÚN SE PRESENTAN COMBATES EN INMEDIACIONES DE LA CIUDAD Y QUE EL OBJETIVO PRIMORDIAL ES LA DEFENSA DELA MISMA, EL ROBO Y EL HOMICIDIO SERÁN CASTIGADOS CON LA PENA CAPITAL Y SE PROCEDERÁ A LA EJECUCIÓN EN UN TÉRMINO MÁXIMO DE 48 HORAS. SE HAN TOMADO ADEMÁS LAS SIGUIENTES MEDIDAS:

El resto no lo recuerdo tan bien. Tal vez mi madre tenía razón. Hablaba de la prohibición del porte de armas, lo que no me importaba porque no tenía ninguna, y de una hora más allá de la cual nadie podía estar en la calle, lo que me importaba un montón porque no tenía dinero para un hotel. No sé si es porque tomé un trago de W. I. P. antes de leerlo, porque el final lo recuerdo bien:

COMUNÍQUESE Y CÚMPLASE.

Lo que no es nada original como final para un comunicado.

Me pregunté quién era Francisco Anzoátegui, un tipo al que imaginé iguazo y de gafas oscuras aunque nunca hubiera oído hablar de él. El hecho de no saber en manos de cuál de los dos bandos estaba la ciudad (dos es un decir, podrían ser tres o cuatro) no se me convirtió en una preocupación vital hasta el día siguiente, porque ahora tenía una botella nueva de whisky y de la botella dejé caer unas gotas al piso. Dije en voz alta “Para las almas”, como debí haber hecho desde el primer trago, y volví a ponerle el comunicado en la cara al hombre que dormía porque el sol de clima frío que le estaba dando de frente.

Y dije otra vez “para las almas” y luego recordé que es de mala suerte brindar dos chorros a los muertos. Cinco o seis tragos después (“para las almas, qué diablos”) intenté terminar la botella de un golpe y fracasé en el intento. A estas alturas de la vida vomité por primera vez sobre mi ropa.

O eso creo.

Porque no supe en el momento qué día era, sólo que tenía un guayabo brutal, todo me daba vueltas y “me ardía la gastritis” como Alejandra decía a veces. No había acabado de abrir los ojos cuando sentí la primera patada, luego un par de golpes más hasta que medio reaccioné. Golpes y gritos, que levántese hijueputa y luego le-ván-te-se-hi-jue-pu-ta. Para entonces tenía la cara contra el suelo y uno de los soldados, aunque puede que no fueran soldados, me amarraba las manos a la espalda. Les iba a decir que habían olvidado leerme mis derechos o algo que sirviera para romper la tensión, pero sentí en la boca sabor a sangre y como no me dolía pensé que estaba reventado por dentro. Los tipos que ahora me levantaban por los brazos, me habían pateado la cara en el proceso de despertarme. Lo primero que vi fue al borracho de cejas grandes. Lo segundo que el borracho tenía el cuello cortado casi de lado a lado y lo tercero un charco de sangre que me hizo pensar en una foto que había visto en El Espacio de dos mujeres a las que les habían sacado toda la sangre para llenar una bañera. En el diario habían atribuido la muerte de las mujeres a no sé qué clase de ritual satánico y el tipo se veía tan pálido como las mujeres de la foto. En mi vida sólo había visto un par de muertos y ese par debidamente arreglados y perfumados. El tipo no lucía tan mal, pero la herida era asquerosa. La sangre es asquerosa después de un rato, cuando deja de ser roja y brillante y se convierte en una cosa casi negra como la que manchaba en mi suéter. Lo que pensé en ese instante fue:

EN ESTE MOMENTO SU DINERO PUEDE ESTAR EN EL LUGAR EQUIVOCADO

Que era el slogan de un banco. Es curioso lo que uno puede pensar cuando tiene enfrente a un tipo más bajito que uno que le muestra una navaja ensangrentada sin decir nada. Los soldados eran dos. Uno tenía cara de indio y una boca enorme, el otro más bien cara achinada. Los dos olían mal. Como no decían nada me sentía prisionero del ejército vietnamita. El que tenía cara oriental (pero no era de Vietnam, qué iba a hacer un vietnamita en Nirvana) le quitó la navaja al otro, me la volvió a mostrar y dijo “¿Por qué lo mató?”

Yo estaba seguro de que no lo había matado. Uno tiene que saber cuando ha matado a alguien. Imaginé que alguien había venido en medio de la noche y como el borracho número1 (el muerto) y yo (el borracho número 2) estábamos dormidos no nos habíamos dado cuenta. Que ese alguien le había cortado el cuello al borracho #1 y que habría que encontrarlo y preguntarle.

“Puede mirar las huellas en la navaja” dije. Los dos tipos se rieron con ese tipo de risa de pandilla, que no nace sino busca ser ofensiva y termina de repente.

“Qué huellas ni qué nada. No somos CSI” dijo el otro.

De hecho tenían brazaletes que decían CSI y no les gustó que se los hiciera notar, pero mientras salíamos del parque (después de que los dos soldados requisaran al muerto sin encontrarle ni dinero ni documentos) me dijeron que en este caso particular CSI quería decir Central de Seguridad e Inteligencia.

“En mi vida he escuchado eso” dije.

“Es un cuerpo nuevo, especial” dijo el cara de indio. Estaba orgulloso de pertenecer al CSI (volví a mirar el brazalete, era de tela y las letras estaban en marcador) pero yo podría jurar que él tampoco sabía de que se trataba.

Por un lado es difícil caminar con las manos atadas a la espalda; por otro, con los pies atados a la espalda es imposible. Los tipos me llevaban de los brazos. Los muros donde siempre había visto carteles de corridas de toros, conciertos de vallenato o jornadas de adoración de la Sagrada Iglesia del Reino (el hermano Pedro debía llegar de Costa Rica esa semana, eso había leído), estaban tapizados con cientos de copias del comunicado que el borracho de cejas grandes había utilizado para taparse la cara y carteles que decían FRANCISCO ANZOÁTEGUI ESTÁ CON USTEDES. No vi una sola persona en la calle en los diez minutos que caminamos hasta el colegio donde estudiaba Aleja cuando la conocí. Cruzando la puerta había mucha gente y mucho ruido, el opuesto exacto a la soledad de las calles. Puede ser que los edificios se acostumbran a ser ruidosos, porque de cuando Alejandra estudiaba allí recuerdo sobre todo el ruido y es todo un descubrimiento que el ruido de un patio de recreo sea tan parecido al de un colegio convertido a las carreras en centro de detención. La diferencia se nota cuando uno trata de aislar los sonidos. Dentro del ruido de mis recuerdos distinguía un partido de fútbol, un tipo tocando guitarra que tal vez era Andrés Aldebarán y a Alejandra corriendo para recibirme diciendo “Viniste, Dani”. Para poder meterme en ese ruido había cerrado los ojos. Para descomponer el ruido presente tuve que volverlos a cerrar. Se escuchaba a alguien gritando que quería ir al hijueputa baño o se iba a cagar ahí mismo y a otro diciendo “cuidado te cagas porque te molemos”, se escuchaba una puerta pesada que se abría o se cerraba en algún lugar y un golpe de tacones casi simultáneo del cara de indio y el cara de chino que me presentaban a otros dos tipos con brazaletes de CPD. El aindiado me dijo al oído que era Centro de Prevención del Delito, que ahora estaría a cargo de ellos. Luego volvió a golpear los zapatos contra el piso y dio la vuelta.

Antes de tomarme a su cargo, los del CPD me preguntaron mi nombre y ocupación y el propósito de mi estadía en Nirvana. Contesté que me llamaba Dani Cobain, que era periodista y que estaba en Nirvana buscando a mi novia. La primera respuesta era cierta en un cuarenta por ciento, la segunda en nada, pero Alejandra, que lo era en cierta forma aunque estudiara ingeniería, me decía que a los periodistas siempre les dan cierto trato especial. En cambio era completamente cierto que estaba en Nirvana buscando a mi novia y eso fue lo único que no me creyeron.

“Y de paso matar al doctor Villeta”

Los nombres suelen activar la memoria mejor que los rostros. El borracho era Arturo Jersey Villeta, había dirigido Texto Diario y cuando el whisky le dejaba tiempo escribía alguna columna. Alejandra me lo presentó un día que lo encontramos tomando en el Soul Kitchen. Ese día me pareció un alcohólico con clase, no imaginé que tomara Indio Pedro en los parques. El que parecía el jefe del CPD me habló como quien pide disculpas:

“Usted no sabe el daño que nos está haciendo Van a empezar a decir que bajo el mando de mi coronel Anzoátegui en Nirvana se están matando periodistas”.

Alejandra de Merak, tendría que decirte que en la ciudad de Nirvana el trato preferencial es sobre todo para los periodistas muertos.

Sin embargo tuve cierto trato preferencial, porque en lugar de meterme en las (j)aulas del primer piso donde la gente hervía como gusanos vencidos, me llevaron al cuarto de los elementos deportivos en el segundo. Cuando me empujaron hacia dentro caí de cara sobre un guante de béisbol. Una pesa hubiera sido un desastre. El tipo que me había hecho el pequeño interrogatorio me levantó dejándome de rodillas y con una navaja soltó (ya era hora) la cuerda que me amarraba las manos. Luego cerró la reja y volvió a bajar las escaleras.

Había una repisa de cemento en la parte de arriba. Con algo de trabajo logré subirme. Me acosté boca arriba y me quité el suéter para ponerlo de almohada. El techo estaba húmedo y manchado. Ya no sentí el sabor a sangre y eso me tranquilizó bastante. En una borrachera, Andrés Aldebarán había “compuesto” una canción que decía que los colegios eran prisiones, y aunque esto ya era demasiado literal a mí también cuando estaba en el colegio me daban ganas de hacer una hoguera y quemar tal cual profesor. 

No debe haber peor muerte que quemado. Tuve dos segundos de compasión por los papelitos de la Noche de Quema antes de caer en cuenta que las cosas estaban bastante mal. Yo estaba encerrado y comencé a pensar si sería posible que me soltaran antes del viernes. Era el viernes cuando tenía que volver a verla. El día de la Noche de Quema, inevitable contradicción. Con su cierta vocación de Juana de Arco, tal vez estaba en algún sótano de la Avenida Continental imprimiendo en fotocopias la edición clandestina de Texto Diario, pero la imaginé bailando en alguna parte. Tal vez Soul Kitchen seguía abierto. Tal vez Charlie le estaba sirviendo un whisky en el Soul Kitchen, tal vez tomaba una cerveza con alguna otra amiga llegada para la Noche de Quema. El hecho de pensarla me dio cierta tranquilidad. Alejandra de la Lluvia estaba en algún lado. Alejandra tenía abiertos sus ojos enormes en alguna parte de la ciudad.

Ayer, jueves, duré todo el día pidiendo un lapicero y una hoja de papel que nadie quiso darme. Quería escribirle una carta a Alejandra para entregársela personalmente cuando la viera. El primero que vi en el día fue un tipo del DAB.“Es el Departamento de Alimentos y Bienestar del CPD” dijo. Su brazalete era tan artesanal como de costumbre. Llegó puntual a eso de las seis y me trajo un pan y una naranja que vomité puntualmente a las siete y media. A él fue al primero al que le pedí un lapicero, dijo que me lo traería más tarde. El tipo que entró a las doce con un balde de agua que tiró por el piso para limpiar el vomito tenía también un brazalete del DAB y tampoco quiso traerme el lapicero que le pedí a cuanto guardia, soldado o lo que fuera pasara frente a la reja del cuarto de implementos deportivos. Luego no pude dormir. Comenzó a llover poco después del atardecer y como no aguanté el frío tuve que ponerme el saco y tratar de dormir con la cabeza sobre el cemento. Eso fue lo más pasable, luego volví a imaginar a Alejandra y entre pensamientos, porque no fue un sueño exactamente, me imaginé que hacíamos el amor llorando y el mundo que se extendía más allá de la puerta del cuarto de los implementos deportivos era exactamente una mezcla de sexo, lluvia y lágrimas. Entonces se me ocurrió que, aunque todo seguía dependiendo del bando al que perteneciera, quizás no habría Noche de Quema este año. Lo siguiente que pensé, fue que ya debían haber identificado al que había matado al doctor Villeta y que en algún momento alguien con un brazalete de la DBNYRA (Dirección de Buenas Noticias y Reencuentros, hay que ver cómo me pongo de cursi cuando pienso en Alejandra) iba a entrar para decirme que me largara y a lo mejor que en unos días pasara para recibir una indemnización. Y aunque llegara al final de la tarde, no iba a importar. Y aunque no haya Noche de Quema yo salgo corriendo bajo corriendo por la Avenida Continental hasta su casa, timbro y ella sale con esa cara cincuenta por ciento de “Pensé que no iba a volver a verte” cincuenta por ciento de “Sabía que vendrías para la Noche de Quema”, le digo que no me diga nada todavía y prendemos una fogata pequeñita en el patio, y allí puedo verme de nuevo en sus ojos grandes iluminados por el fuego, y ella va a tener esa mirada que a mí tanto me gusta y entonces yo sabré que estamos empezando de nuevo, que somos la excepción a lo de Nothing lasts forever y luego esperamos a que llueva y el agua apague la fogata y nos vamos a caminar hasta el mirador y ahí, lavados y contentos nos acostamos en el suelo y esperamos hasta que amanezca y el sol nos encuentre, dormidos, entrelazados y desnudos sobre la hierba.

El guardia sin brazalete que había llegado hizo cara de no entender “¿Cuál mirador?” dijo. Llevaba un pan y una gaseosa que comí/tomé en segundos. El guardia ya se había ido y yo jugaba a darle vueltas en le piso a la botella cuando escuché los disparos. En el patio del primer piso había siete cuerpos. Tal vez eran más, yo podía ver siete desde la reja del cuarto de los implementos deportivos. Varios soldados se acercaron con unas bolsas y comenzaron a empacarlos. Yo saqué los brazos por la reja y comencé a gritarles. Gritaba que tenía que irme, que no podía pasar la noche sin que viera a Alejandra de Merak.

Y duré así, gritando, un rato largo. Un par de soldados pasaron varias veces sin voltear a mirar. En el primer piso también se escuchaban gritos. Nadie respondió. Me arrodillé en el suelo y me puse a llorar. Y llorando duré un rato todavía más largo.  

Desde las cuatro comenzó a oírse afuera un murmullo que se fue haciendo más fuerte, y me hizo pensar en el ruido que se escucha en un estadio antes de que empiece el partido. La siguiente persona que abrió la puerta del cuarto de los implementos deportivos fue un cura. Dijo que en alguna época él había sido el párroco de la iglesia de San Francisco en Bucaramanga y creo que eso lo hizo sentir más cercano. A su favor diré que no perdió la paciencia con todo lo mal que yo pude hablar de Dios y que se despidió antes de salir y después de que yo lo mandara a la mierda. Un guardia con brazalete del SPAE no lo tomó tan bien. Cuando el cura se fue dijo que o no tenía por qué insultar a los representantes de la fe, que el cura había ido para que yo estuviera tranquilo durante la ejecución.

“¿Qué quiere decir SPAE?” pregunté.

Servicio de Protección a las Autoridades Eclesiásticas”

Mi peor pesadilla en las dos horas que le sobraron a esa tarde fue que ya no iba a ver a Alejandra, mi segunda peor pesadilla, que en el otro mundo la gente usara brazaletes con siglas. Un guardia entró cuando ya había oscurecido.

“¿Todavía le ponen a uno un pañuelo rojo en el corazón para que los tiradores puedan apuntar o es puro mito romántico?” pregunté.

“Las cosas en la ciudad están bastante mal. Anzoátegui pidió que cambiáramos los fusilamientos en el colegio por una ejecución pública en la Plaza de Los Héroes. Algo ejemplar. Hoy van a ejecutar a un asesino, o sea a usted, a un ladrón y un tipo o una mujer, no estoy seguro, que estaba difamando en público de Anzoátegui. Eso no lo sé bien. Es cosa de lo del SCPI”

Servicio de…”

“… Control de la Polución Ideológica

El guardia termino enredándose para explicarlo, pero la idea era que para evitar que las balas de los tiradores alcanzaran a alguien y para darle a la gente la Noche de Quema que varias personas le habían pedido por escrito no cancelar, el método de fusilamiento había sido remplazado por la hoguera.

No me gustó que hubiera utilizado la palabra “método” pero no fue eso lo que le pregunté mientras entraba otro guardia (brazalete AHF, no me importaba qué quería decir), me ponían de pie atándome las manos con la mayor delicadeza y bajábamos las escaleras para atravesar el patio hacia la calle.

“¿De parte de quién está Anzoátegui?” fue lo que pregunté. Como no me respondió traté de explicarle por qué era fundamental saberlo. Un dictador orwelliano, me había atrapado en un   pueblo macondiano.

“Si me ejecutan sin que yo sepa a qué poderes obedece mi muerte, le estaríamos añadiendo no poco Kafka” dije.

El guardia me dio una cachetada. Mi primera nota mental para mi próxima vida es no hacerle a un militar chistes para intelectuales de izquierda.

Así que la Noche de Quema ha llegado. A estas alturas Alejandra ya habrá huido de la ciudad y yo ya nunca saldré de Nirvana. Alejandra volverá algún día, en autobús ya no en autostop, deshaciendo pasos con un tipo a su lado a quien le dirá “Aquí estudié, aquí vivía” pero no le dirá “aquí besé a Dani por primera vez, en ese bosque nos fotografiamos desnudos”. Después de mucho preguntar le dirán que maté a un borracho en el parque y que por eso me quemaron, que eso pasó en los primeros días de la guerra. Esa será la verdad oficial y por asesino de borrachos nunca me harán una estatua a pesar de los vivas al mártir que los prisioneros del primer piso me lanzaron cuando pasé. La Noche de Quema ha llegado y morir no es la gran cosa porque sabía que me iba a morir algún día, porque fantaseaba con la muerte en los autobuses, en los cruces de calles. Morir no es la gran cosa, aunque debí haber roto la botella de gaseosa y haberme cortado las venas para no darles el gusto. Morir no es la gran cosa. La gran cosa es que no podré ver los ojos de Alejandra de Merak a la luz de la fogata, diciéndome con la mirada que éramos la excepción a eso de Nothing lasts forever, que iríamos esa noche al mirador y de ahí estaríamos juntos para siempre. Morir no sería la gran cosa si no tuviera esta urgencia de salir corriendo por la Avenida Continental para ver a los ojos a Alejandra de la Lluvia. Doblamos en una esquina, el ruido de la gente se hace más fuerte y yo imagino que vienen a salvarme. Son miles. Toda la ciudad de Nirvana. Mis amigos en la primera fila. Alejandra de Merak a la cabeza. Van a descuartizar a los que me llevan y luego irán por la cabeza de Anzoátegui. Llegamos a la plaza. Ahí está la multitud pero nadie se mueve.¿Dónde está la estaca donde van a clavar la cabeza de Anzoátegui? Necesitan una estaca para la cabeza. La gente nos abre paso para que podamos pasar. Algunos me gritan “Asesino” pero la mayoría permanece en silencio con los ojos muy abiertos. Los guardias me llevan hasta un poste con un montón de leña en la base. Un hombre comienza a hablar por un micrófono, lo escucho bien. La Plaza de Los Héroes jamás tendrá en otra Noche de Quema un sistema de sonido como ese. “A continuación se dirigirá a ustedes mi comandante Francisco Anzoátegui, jefe de la Junta de Gobierno Local…” La gente aplaude. Los mismos que debieron salvarme aplauden. Anzoátegui comienza a hablar y dice que debemos mantener el orden aunque para eso tengamos que llegar a extremos y que es una lástima que estos tres jóvenes hayan desviado el camino hasta terminar así. Que el robo, el asesinato y la difamación eran intolerables en la nueva época que comenzaba en la ciudad, porque de ellos nacían y se alimentaban la destrucción y el terrorismo y por eso esa noche se ejecutaría a un hombre que habían atrapado en el segundo piso de una cafetería luego de atracar un camión que repartía alimentos a los refugiados, a otro que había asesinado a un ciudadano tan distinguido como el doctor Arturo Jersey Villeta por robarle una botella de whisky y a una mujer que fue encontrada repartiendo un periódico con versiones equívocas de lo ocurrido desde la caída de la ciudad. El discurso de Anzoátegui no dice de qué lado esta. Su rostro tal vez tampoco lo diga pero tengo que verlo. Intento darme la vuelta, pero uno de los guardias me lo impide. Anzoátegui termina su discurso y la gente aplaude. Bajo la cabeza y miro el suelo de la plaza. Cualquier cosa menos los rostros de la gente. Entre dos guardias sin brazalete me desnudan y me levantan sobre los leños. Opongo una resistencia inútil mientras me amarran los brazos detrás del poste. Los guardias se retiran y comienzan a rociar gasolina sobre la madera. El olor es fuerte y pienso “Huele a una estación de servicio” y me imagino una estación de servicio abandonada en medio de la carretera y en medio de la noche. Una estación que marca el límite del desierto y donde los forajidos y las parejas que huyen beben agua sucia y licor ilegal. Alguien se acerca con una antorcha. Quiero conocer a mis compañeros de muerte. A mi derecha, amarrado a un poste un poco más bajo que el mío, hay un hombre que parece inconsciente y tiene los ojos vendados. Quizás corrió con suerte y ya esté muerto. Los leños comienzan a arder lentamente, al principio es como una fogata de campamento, perfecta para una noche tan fría. La gente se acerca, quizás para calentarse, quizás para poder ver de cerca y sentir mejor el olor de la carne quemada. Miro hacía el otro lado, es una mujer muy joven, por el color de su piel casi del todo desnuda que brilla por el sudor no podría decirse que es de Nirvana. Uno le atribuiría más bien ancestros hindúes o moldavos.
“Mi abuelo es escandinavo, de Noruega para ser exactos” dijo Alejandra de la Lluvia en la primera Noche de Quema que pasamos juntos. En sus ojos grandes brillan las llamas que se van haciendo más altas pero también puedo ver mi reflejo, ella sonríe y con su sonrisa me dice que no importa, que morir no es la gran cosa si de todas maneras vamos a estar juntos para siempre.

Por: Ricardo Abdahllah