-       Disculpe señor, ¿usted trabaja aquí?

-       Si señora...

-       Entonces, ¡abra la puerta que yo me quedo!

-    Señora, señora, espere – gritó el enfermero mientras corría detrás de la mujer, al tiempo que sus ojos buscaban afanosamente a alguien que pudiera ayudarlo a detener a esa tromba de mujer que se iba adentrando por los pasillos del asilo y que no hacía caso de sus atropelladas palabras, que tan pronto eran razones lógicas del por qué ella no debía estar allí y por otro lado, su propia conciencia y sentido del deber que le reprochaban el haber sido tan insensato al abrir la puerta de esa manera tan infantil.

El sentimiento de inutilidad era demasiado abrumador, aquel remolino de faldas se escabullía de su alcance con una facilidad insultante hasta que la perdió de vista y se quedó en medio del pasillo con las manos a lo largo de su cuerpo, mirando al frente con la misma ausencia de expresión que los internos a su cuidado. En ese estado lo encontró Manuel, quien se aproximaba abstraído, leyendo unos informes médicos y de no ser por un reflejo inconsciente, hubiera chocado con él. Manuel lo sacudió, lo zarandeó hasta que poco a poco Jairo fue recobrando el sentido de la realidad, sin embargo no se atrevía a confesarle a su compañero que había sido arroyado por una mujer que exigía de buenas a primeras ser recluida dentro del establecimiento y que en esos precisos momentos estaría ya confundida con los enajenados del ala sur.

Manuel al notar la palidez que cubría el rostro de Jairo lo condujo suavemente hasta el consultorio del Doctor, lo acomodó en una silla y lo obligó a beber un poco de agua, al tiempo que lo interrogaba acerca de lo que le había sucedido.

-       No sé, balbuceó Jairo, fue una especie de mareo, pero creo que ya estoy bien. Si no le importa me voy a quedar un rato más y luego lo ayudo con los informes.

-       Hombre, por eso no se preocupe, repuso Manuel, lo importante es que se tranquilice; esos mareos no son nada buenos. ¿Sería que algo le sentó mal? ¿Qué comió?

-       El almuerzo del hospital. Debe ser más bien cansancio, esta semana ha sido dura. Menos mal que hoy es viernes.

-       Bueno, lo mejor sería que lo viera un médico, aunque fuera el doctor Agudelo, ya sé que es siquiatra, pero estudió medicina ¿o no?

-       Supongo que sí, pero creo que pediré una cita el lunes e iré al seguro.

-       Bueno, si necesita algo llámeme.

Mientras Manuel salía de la habitación, Jairo cerró los ojos fuertemente esperando que al abrirlos su situación en el hospital fuera la misma de siempre, con sus enfermos ya conocidos y sin ese peso extraño que le oprimía el estómago.

Jairo se llevó las palmas de las manos a los ojos y ayudó a sus párpados para que la oscuridad fuera total, sintió el frío de éstas, la humedad se le prendió a las pestañas, pero aunque su visión le negaba la luz, su cerebro iluminaba la escena como si la estuviera viviendo de nuevo: un atardecer rojizo, a lo lejos las montañas desdibujándose por los efectos de la luz solar, una luz que llegaba hasta ellas tamizada por una delgada cortina de nubes; un maravilloso escenario donde su espíritu bailaba totalmente desinhibido al compás de acordes celestiales, su cuerpo y su mente eran una sola materia fundida con los tonos del atardecer; aunque tenía la certeza de que la parte sólida de su cuerpo lo contemplaba tras el cristal de la puerta; entre esa parte sólida y el Jairo que bailaba en el horizonte, estaba el jardín que bordea el edificio principal del asilo con sus enormes eucaliptos de plata, la piedra menuda que rellena el tramo de calle derivada de la lejana carretera principal, y él, en su arrobamiento se atrevió a infringir las normas, decidió que un atardecer así debería oler a inmensidad, a cosas profundas, definitivas, por eso entreabrió la puerta dejando penetrar el olor de la tarde, para paliar un poco los humos a desinfectante del asilo, fue en ese momento, justo mientras aspiraba el olor a eucalipto, cuando de repente una mujer mayor, aunque no precisamente anciana, se le echó encima preguntándole si trabajaba ahí; lo que sucedió inmediatamente después pierde claridad en su mente, pues los recuerdos, sumados a las evocaciones dan a la realidad carices tan diversos que uno llega a dudar si alguna vez existieron.  Cómo saber si aquella mujer entró de verdad a la clínica dejándole en las fosas nasales un olor a jazmines, que le dibujaron en su mente un cementerio, cómo saber si ese escalofrío que recorrió sus entrañas fue provocado por el roce de esa piel y cómo además, poder estar seguro de que esos ojos no lo habían traspasado como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. No, de eso estaba plenamente seguro, ya podrían cortarle la cabeza, someterlo a torturas, a humillaciones, a vejaciones de cualquier índole, nada lo haría cambiar de opinión, esa tarde había sido definitiva en su vida, por eso le daba miedo buscar a la mujer, esa presencia no merecía un desarrollo de acontecimientos tradicional, como llamar a los enfermeros, a los vigilantes, o a la policía y requisar vulgarmente cada centímetro del asilo hasta dar con ella para luego echarla de allí impunemente. Todas las cosas que nos suceden de forma inesperada e insólita deben desaparecer de la misma manera, es la única posibilidad de que la vida no se nos vuelva un trapo ajado entre las manos sudorosas; por eso no iba a avisar a nadie de la presencia de aquella mujer, se quedaría cumpliendo sus obligaciones de siempre, repitiendo el mismo rol que había desempeñado desde que empezó a trabajar en el asilo, no dejaría que nadie se diera cuenta del fundamental cambio que se había operado en su vida; sin embargo la buscaría, por supuesto que sí, la encontraría y ya vería lo que pasaría, siempre y cuando fuera a su manera. Con ese propósito salió del despacho, se dirigió al baño, quería comprobar si su rostro había cambiado, o si algo en su expresión delataba esas nuevas emociones que lo embargaban; con este propósito entró mirando receloso a lado y lado del pasillo, cerró pasando el pestillo, se acercó hasta el espejo, allí vio que su cara seguía siendo la misma, ahí estaban las pálidas mejillas, los ojos verdosos, las cejas pobladas, la misma dureza en la barbilla. Sí, no había cambiado, seguía  siendo el Jairo de siempre y así debía permanecer, por lo menos hasta la noche, cuando todos se fueran y él se quedara resguardando su territorio, por delante tenía más de ocho horas para determinar que camino seguir.

Salió del baño, se encaminó a la primera sala, revisó los historiales de cada enfermo, consultó los horarios de las medicinas, tomó la tensión a quien debía tomársela y de paso, disimuladamente examinaba los cuartos, abría los armarios, registraba los baños, mientras su voz daba explicaciones que nadie le había pedido; frases como: este baño necesita una buena mano de desinfectante, o le arreglo la cama, o déjeme alcanzarle las zapatillas, servían  de escudos para su búsqueda incógnita; los enfermos lo  miraban, algunos se sonreían, otros ni lo escuchaban, actuaban como siempre, pero Jairo veía en ellos sonrisas ladinas, miradas furtivas y un cierto aire de burla empezaba a molestarle pero no sabía muy bien como sacárselo de encima.

En ese recorrido por sus rutinas sanitarias se le fue lo que quedaba de la mañana y pronto oyó el silbato para almorzar. Un sudor frío empezó a recorrerle la espalda, una desazón en el estómago le impidió tragar la comida. Se excusó con sus compañeros alegando tener trabajo atrasado y se refugió en el despacho. Desde la ventana Jairo contemplaba el jardín sin verlo, su mente se había quedado congelada en un lugar inaccesible para su entendimiento, parecía como sí se le hubiera separado del cuerpo para  convertirse en un ente ajeno a su ser; no pensaba en nada, no recordaba nada, simplemente se había quedado rígido ante la ventana sin saber qué hacer, como si de un momento a otro hubiera aparecido en una tierra extraña donde nada de lo que le rodeaba tenía nombre, o recuerdo, u olor conocidos. Y, sin embargo la vida en el asilo transcurría ajena al estado cataléptico en que se encontraba Jairo, los enfermos iban y venían por el parque vigilados por Manuel, quien desde lejos no perdía de vista ninguno de sus movimientos. Algunos vagaban solos, cabizbajos contando los pasos sobre las lozas de los caminos laterales, otros avanzaban en grupo pero sin hablarse, eran como una manada de leones que busca la compañía de los de su casta para atravesar ciertos parajes de su territorio, y una vez salvada la dificultad, se separan sin decirse adiós, sin darse las gracias por esa especie de solidaridad de género,  cada cual sigue su camino sin siquiera recordar que hace apenas unos instantes había necesitado de los demás; otros, los menos jugaban o por lo menos aparentaban jugar  al ajedrez o al dominó, pero entre jugada y jugada podía pasar toda una eternidad, hasta que uno de los dos, quien menos paciencia tuviera se levantaba de la mesa protestando y haciendo saltar las fichas por los aires. Más o menos ese era el escenario, ellos, los actores que diariamente representaban las rutinas del asilo; los demás, los considerados peligrosos o definitivamente descartados de toda posibilidad de curación se hallaban encerrados en sus celdas o eternamente sujetos a sus camisas de fuerza mientras los días pasaban, mientras la vida se agotaba. Así, y tal vez precisamente por eso, Jairo recurría a esas huidas del presente, siempre lo había hecho, desde que tiene memoria y nunca podría precisar en qué momento empezó a ser consciente de aquellos raptos. Quizás todo comenzó cuando llegó su hermano, o cuando su madre desaparecía al llegar el padre a casa, - ese sería un gran reto para cualquier psicoanalista – pero a él no le importaba saber cuando había empezado a escaparse y mucho menos los motivos que causaban esos raptos de la realidad, en el fondo de su alma estaba muy contento de ser así, lo consideraba una cualidad más que un defecto; allá los otros que desperdiciaban su tiempo tratando de averiguar los por qués del comportamiento humano, los que se enredaban en largas y tediosas teorías acerca del ser y del no ser, sin embargo, más idiotas eran aquellos que se gastaban su dinero sentándose en un sillón para contar sus cosas mientras el doctor dormita con la grabadora encendida y que a él no le viniera nadie a decir que el tal señor que se inventó el psicoanálisis había hecho algo positivo por la humanidad, todo lo contrario, entre más sabio es el ser humano, más refinado se vuelve para sembrar el mal.

Y no bien acababa de condenar a los sabios, Jairo tuvo un sobresalto, justo en frente a su ventana, en el pabellón de aislados le pareció ver la silueta de una mujer deslizándose tras los cristales del pasillo. ¿Sería la misma que en la mañana lo había traspasado? ¿La misma, cuyo recuerdo le mordía el hígado? Sin detenerse a pensarlo salió apresuradamente del despacho, bajó los escalones que lo separaban de la primera planta de tres en tres. En un abrir y cerrar de ojos se hallaba atravesando el jardín hasta alcanzar el edificio del frente. Sin embargo sus esfuerzos no fueron recompensados, por más que inspeccionó una a una las habitaciones, los pasillos, baños o cualquier recoveco del edificio, no pudo hallar a la mujer que lo había trastornado. Finalmente, cuando decidió darse por vencido, retomó sus pasos, volvió al despacho considerándose afortunado al no encontrarse con nadie en el parque ni en los pasillos interiores, una vez allí, buscó entre las gavetas los formularios exigidos por el centro para el ingreso de los pacientes y cuando los tuvo todos en regla se dispuso a llenarlos con los datos imprescindibles para que en la mañana, cuando el médico viniera a hacer la revisión obligatoria, no encontrara nada fuera de lugar en la admisión de aquella mujer madura.

En ello se entretuvo casi toda la tarde, una tarde de por sí bastante inútil porque su cerebro se negó a coordinar sus pensamientos, lo único que podía sacar en claro de aquel desbarajuste era que tenía que calmarse si quería poner en orden sus teorías acerca de la extraña mujer, pero, ¿cómo hacerlo? ¿Por dónde empezar? Y encima el tiempo corría en su contra, porque si alguien la encontraba primero, quien sabe en qué terminaría la historia de esa mujer madura que por la mañana entró en su vida sacudiéndole el polvo de tantos años perdidos.

Con la mirada perdida y las manos empapadas de sudor, Jairo se acercó a la ventana, como buscando que los árboles le dieran alguna pista, pero al cabo de unos minutos ellos seguían tan mudos e inertes como él mismo. Sacudió la cabeza, cerró los ojos fuertemente y decidió que debía empezar por algo, cualquier cosa era preferible a ese estado latente e improductivo; entonces volvió a la mitad de la habitación, miró en derredor y se decidió a examinar los expedientes de los pacientes; allí estaban archivados en perfecto orden alfabético, las letras separadoras lucían brillantes bajo la cubierta de plástico azul, en una secuencia metódica, ahí estaba toda una gaveta con los resúmenes de las vidas de los internos hasta la letra M, seguramente en el cajón inferior se hallaban los de la N hasta la Z, podría escoger cualquiera, así, al azar, como dejándose llevar por una fuerza extraña, que no era más que su miedo a enfrentarse a alguna actividad práctica, su mano bajó hasta la letra C y tomó el cuarto expediente. Una vez lo sacó del montón, notó un ligero alivio en su pecho y una sonrisa le iluminó el rostro. Por fin estaba haciendo algo. Lo acarició y sintió el frío del cartón sobre la palma de su mano, deslizó los dedos por el lomo de la carpeta, lentamente se fue a sentar en el escritorio, sin embargo, en un súbito impulso se decidió a coger unos cuantos expedientes más, por si ese no le servía de mucho. Con los brazos repletos de carpetas se dirigió de nuevo al escritorio, los alineó a su izquierda. Encendió la lámpara y abrió el primero que se ofreció a su vista: correspondía a un tal Carrasco López Jesús Alberto, varón, mayor de edad, nacido en Santa Fe de Bogotá, el día 18 de mayo de 1945 en el hospital de la Misericordia, hijo de Rafael Carrasco y Margarita López Trujillo, residentes en el barrio de... – No esto no me interesa pensó Jairo – debo buscar en su diagnóstico, a ver, debe estar por aquí – Sus manos temblorosas pasaban las páginas y en su afán por llegar a las correspondientes a los resúmenes de los médicos, dejaba sin observar muchas de ellas, por lo que tenía que volver a revisar una y otra vez mojando las yemas de sus dedos para pasar de una en una, hasta que finalmente logró llegar donde se hallaban formando una especie de subarchivo, los tan necesitados informes médicos. Octubre de 1960, - después de la fecha seguían los datos relativos al centro de salud de donde provenía Jesús Alberto y en letra enrevesada se podía deducir lo siguiente: "…a la fecha el paciente cuenta con quince años, se presenta acompañado de su madre, mujer de unos treinta años aproximadamente, aunque por su aspecto descuidado se podría pensar que tiene más edad, pero algo en sus ojos revela que no debe sobrepasar la treintena. Su manera de hablar es atropellada y repetitiva, contesta a las preguntas que le hago al paciente mientras que el chico mira hacía el frente sin inmutarse y sin pretender aclarar o explicar lo que la madre está relatando. Dice que Jesús Alberto siempre fue un niño muy bueno, algo callado y solitario, pero que nunca hizo ningún mal a nadie, hasta que empezó a salir con aquellos muchachos (se refiere al grupo con que salía el joven Jesús Alberto), entonces si empezó a hablar, hasta a bromear con sus hermanos y yo, imagínese doctor, estaba feliz porque por fin mi hijo empezaba a hacer lo que hacen todos los niños de su edad, salía, iban al cine, a paseos, a sus fiesticas, como todo el mundo hasta que de un momento a otro le dio por quemar cosas, al principio yo no le di importancia, veía como malgastaba los fósforos de la cocina, o como se quedaba mirando embobado mientras las hojas de algún cuaderno o periódico se quemaban y yo debí darme cuenta, yo sabía que ese brillo en los ojos no era normal, pero que quiere doctor, uno nunca se imagina... – en este punto Jairo alzó la vista hacía la ventana, a su mente le llegaban las imágenes de un chico quemando sus cuadernos, quizás en el patio de su casa, en la cocina y se preguntaba si encendería todos los fósforos al mismo tiempo o se tomaría su tiempo para irlos encendiendo uno a uno y si esperaría a que se apagaran, o se conformaba con el primer chispazo – pero no – se dijo – esta mujer, mi mujer y él mismo se extrañó al darse cuenta del término usado inconscientemente, "mi mujer", ella no era su mujer, al menos en el sentido familiar de esa frase, era su mujer desde el punto de vista ocasional que le habían brindado las circunstancias de hallarse él solo en la portería en el momento en que ella apareció como un ángel ante la puerta del manicomio, pero igual podría haber estado otra persona en su lugar y todo eso no le estaría pasando precisamente a él. Pero volviendo al expediente, era imposible que la enigmática mujer de esa mañana  pudiera ser la madre del pirómano, su mente se negaba a admitir tal teoría; sacudiendo la cabeza de un lado a otro, decidió volver al escritorio a tomar otro expediente. Sus manos se posaron sobre las carátulas, allí se leían nombres como Salgado Perea Ana Lucrecia, Santos Cuadrado Juan Carlos, nombres que no decían nada, que no anticipaban el destino que guardaban aquellas cartulinas, nombres compuestos, comunes y vulgares como rótulos de mercancía en un gran almacén. ¿Quién sería aquella Lucrecia? ¿De qué color serían sus ojos, su cabello, su piel? ¿Tendría su voz un tono dulce y suave o sería imperioso y dominante? O este Juan Carlos, bien podría ser un misántropo o un violador. Vidas, aquellos nombres eran los restos de unas vidas que tal vez no conocería nunca, y su mente jamás podría dibujar al menos un boceto borroso de esos rostros, de esos cuerpos que seguramente respondían a esos nombres Lucrecia, nombre antiguo, lleno de reminiscencias históricas, nombre de una mujer que talló su huella en la humanidad para bien o para mal, pero ahí estaba en las páginas de enciclopedias, en los tratados de los estudiosos y Juan Carlos, nombre de rey, nombre igualmente con sabor a rancio; nombres dispuestos para mi en una carpeta debidamente ordenada, pero quién era Jairo para penetrar de esa manera en sus vidas, ¿quién era él para tomar renglones de una vida y agruparlos en un párrafo de otra?

Jairo se levantó dejando los expedientes sobre el escritorio, los miró como de lejos y se quedó de pie en medio de la habitación pensando qué hacer. Pero las respuestas no llegaban, si al menos fumara, ese sería el momento de tomar un cigarrillo lentamente de la cajetilla, llevárselo a los labios y como al descuido sacar de su bolsillo el encendedor, frotarlo con sus manos, entonces el rostro se le iluminaría con una bonita luz rojiza que quedaría perfecta para un encuadre cinematográfico de alguna película de las llamadas de autor, que al provenir de un país subdesarrollado o en vía de desarrollo como la lástima había generalizado, ganaría un montón de premios en las salas sacras del séptimo arte, pero él no era actor de ninguna película de ese tipo, mucho menos director de cine, era un simple auxiliar de enfermería  que empezó haciendo prácticas en un hospital psiquiátrico y que por pereza o desidia se fue quedando allí, adoptando a los enfermos como a su familia y a los médicos y demás compañeros como sus hermanos de sangre. Ese era Jairo, pero también era ese otro que se quedaba pasmado en medio de una habitación pensando hacía donde  dirigir sus más ínfimos pasos o deseos y ahora tenía en sus manos una cosa grande, un algo enorme e insondable que le daba a su vida una segunda oportunidad, no sabía qué hacer.            Era como encontrarse en medio del desierto y de pronto, al atravesar una duna encontrarse con dos caminos igual de llanos, ¿cuál elegir? El lógico y sensato: decir la verdad y devolver a esa mujer al mundo exterior para que luego él pudiera tomarse tranquilamente el café con leche caliente, o sentarse en medio de sus amigos por las mañanas con la única preocupación de llenar anotaciones en las hojas de cada paciente, o por último enfrentarse a aquella mujer,  preguntarle, hablar con ella... y sin embargo una tercera vía se abría frente a sus plantas: Jairo podría ser un creador, un dios, podría perfectamente tomar de la nada ese cuerpo de mujer, darle un nombre, rotular una carátula de alguna carpeta limpia y empezar a llenarla de vida, si, es verdad, una vida imaginada pero ¿quién podría desmentirlo?. Nadie, porque sería su secreto.

Por: Gladys