-¿Otra vez, Elvira?- dijo doña Esther, sacudiendo un libro en la cara de Elvira.

Elvira le tenía terror a su jefa. O más bien, asco. Era una vieja completamente insoportable, que hacía de su trabajo una desgracia.

-No sé, doña Esther, yo siempre tengo todo ventilado, limpio los estantes, las cubiertas de los libros… pero nunca los abro, yo no tengo nada que ver con eso…- Era mentira, en sus escasos ratos de ocio, Elvira adoraba perderse entre las letras de cuanto libro le llamara la atención -.

-Pero por algo tiene que ser, ya va más de una docena de libros que nos devuelven porque no se pueden leer, y estuve viendo que en las estanterías hay más.

-¿No será algún hongo… o humedad?

-Justamente… ¿No será que usted no mantiene la higiene del lugar como es debido? Esta noche me voy a quedar a ver bien cuántos libros están en ese estado… ¡Esto es un desastre,  no puede ser!... ¿Qué se queda mirándome? Siga limpiando, antes de que no quede un libro legible.

- "Cómo me gustaría verla culo para arriba refregando los estantes, qué sabrá lo que es el dolor de espalda, siempre pintadita y perfumada, atendiendo a los clientes toda estirada, como si ella hubiera escrito los libros. Por qué no se morirá de una vez, vieja de m…" Elvira siguió mascullando su impotencia, como todos los días.

A la mañana siguiente, al bajar del ómnibus que la dejaba casi en la puerta de la biblioteca, vio una aglomeración de gente, tres patrulleros y una ambulancia negra. El lugar estaba cerrado y precintado. Entre los curiosos se encontró con su compañera Susana, y se acercó a preguntarle qué había pasado.

-Es doña Esther, la encontraron muerta hoy temprano, parece que está desde anoche.

Elvira sintió primero un ataque de culpa, que fue rápidamente reemplazado por un gozo creciente. Pero puso cara de circunstancia:

-Pobre… ¿Qué le pasó? ¿Entraron ladrones?

-Parece que no, no tiene ninguna herida.

-Habrá sido un infarto… Tenía tan mal carácter, siempre se hacía mala sangre por cualquier cosa… - Elvira no podía evitar dejar traslucir cuánto la odiaba, pero decir ahora que era una vieja de… no sería apropiado.

-¿Y si fue el asesino de las bibliotecas?

-¿Quién???

-¡No me digas que no sabes nada! Ya pasó en otras bibliotecas, salió en el noticiero. Encuentran empleados muertos, y nadie sabe qué les pasó.

Elvira se fastidió. El gozo que la embargaba se había velado.

-¿En otras bibliotecas de Buenos Aires?

-No, de todo el mundo. Supongo que mañana estará cerrado por duelo, pero pasado tenemos que venir… ¿No te da miedo? Yo creo que las bibliotecas están malditas, por eso se muere gente y se borran los libros. Me da una angustia cuando me tengo que quedar hasta tarde sola limpiando…

-A mí miedo no me… daba. ¿Lo de que se borran los libros también está pasando en otros lados? ¡Y doña Esther que me echaba la culpa a mí! ¡Vieja de…! Bueno, digo… Que en paz descanse…

 

 Nofret

 

II

 

La gran fiesta de aquella ciudad de provincias se presentaba fría y neblinosa, la gente del lugar no recordaba una Semana Santa con tanta niebla, los pasos de las procesiones caminaban perdidos por las callejuelas de la vieja ciudad.

Y llegó la noche del miércoles santo, aquella procesión siempre había tenido algo muy especial. Su indumentaria sencilla y campestre (una capa utilizada por los pastores para protegerse del frío y la lluvia); unos faroles con luz mortecina de velas, el sonido lúgubre de instrumentos solemnes de viento (trombón, bombardino), y una talla del Cristo llamado por el pueblo "de la calavera", junto con unas rudas matracas, hacían de esta procesión algo más que un desfile al uso. Las calles angostas y empedradas, aumentaban el ambiente de funeral y tragedia.

El miércoles santo de aquella Semana Santa del 2008, iba a tener un ingrediente más para aumentar la leyenda. En el momento en que todo  el pueblo se congregaba en la reducida plaza empedrada y con una cruz de piedra en el medio para escuchar el Miserere castellano, interpretado por el coro, compuesto por algunos hermanos de la Cofradía, se produjo algo inesperado: de la cruz de piedra, comenzó a brotar sangre que se mezclaba con tinta negra, en un hilillo fino pero incesante. Poco a poco  se inundó la plaza de gente asustada, miraba aterrada hacia un lado y otro, unos rezaban de rodillas y la mayoría se quedaron petrificados. Alguien dio la voz de alarma:

- Allí, allí… ¡¡¡Mirad!!!

Una capa alistana se perdía entre la niebla, al tiempo que una jauría exaltada le seguía el rastro, dejando la plaza vacía. Pronto se internaron en la Avenida. del Mengue, la valla protectora impidió que descarrilaran como ovejas en los brazos del río Duero; éste, ajeno una vez más a las confabulaciones humanas, acunaba en su regazo una niebla densa, y justo en el medio, una luz roja persistente se iba alejando dirección oeste. Al cabo de 5 minutos, la gente volvió de nuevo a la plaza, y allí encontraron algo aún más espectacular: el párroco de la iglesia había sido crucificado boca abajo y de cara a la cruz de piedra de la plaza, junto a su cabeza, una Biblia aparecía abierta en blanco, con un charco de tinta junto al lomo del libro.

 

Jimul

 

III

 

- Buenas hermano, ¿qué tal todo por aquí?

- Tranquilo más bien, ahí le dejo las llaves y me voy pitando porque no me quiero perder el partido.

- Váyase de una, que yo me doy una vuelta y después enciendo la tele, ¿en qué canal lo pasan?

- En Caracol, creo. Nos vemos.

- Chao.

Antonio acompañó a su compañero hasta la puerta principal de la biblioteca, se dieron la mano y volvió a su puesto. Se quitó la gorra, y encendió el aparato de televisión. Localizó el canal pero como estaban presentando entrevistas, decidió hacer la ronda por la sala general. Su cuerpo delgado, casi enjuto, pequeño y cetrino proyectaba una sombra achatada sobre las paredes de la sala, avanzó por entre las mesas casi de puntillas, tantos años trabajando de celador en la biblioteca y aún no se acostumbraba a ese silencio de tumba. Apagó algunas luces, disminuyó la intensidad de las lámparas del centro, avanzó hasta el pasillo, desembocando en la hemeroteca, escogió unos cuantos periódicos, apagó un lector de textos que se había quedado encendido y volvió a la sala. Consultó su reloj. Aún faltaba un cuarto de hora para que empezara el partido, así que decidió buscar un libro para entretenerse por si se aburría de los periódicos. Escogió uno de Vargas Llosa y otro de un tal Truman Capote. No necesitaba más.

Revisó los baños, los pasillos, y se dispuso a preparar un café. Dejó los libros y los periódicos en su escritorio, dio un golpe a la tele a ver si mejoraba la imagen, pues el viejo trasto ya estaba pidiendo reemplazo. Se sirvió una taza grande, sin azúcar y mientras lo saboreaba se sentó echando el espaldar hacía atrás y colocando los pies sobre la tapa del escritorio.

El locutor presentaba excusas a la audiencia, el partido se retrasaba por problemas de luz en el  Maracaná, así que decidió llamar a su mujer y entretenerse un rato.

Antonio hablaba en voz baja, por costumbre, pues se hallaba completamente solo, las palabras cariñosas salían de sus labios despacio, mientras sus ojillos brillantes recorrían la estancia para detenerse en sus manos, contemplaba sus uñas pero estaba pendiente de la voz de María que le hablaba de su trabajo como secretaria, y de un curso al que la empresa la obligaba a asistir.

Una especie de goteo suave llamó en un momento su atención y pensó que ya estaba lloviendo, se lo dijo a María quien le contesto que por su barrio no llovía; Antonio recordó a su compañero, que en esos momentos estaría esperando el bus para irse a su casa, seguro que se empaparía, pues esas lluvias repentinas son muy traicioneras.

Una media hora estuvo hablando con María hasta que empezó el partido, se despidió y prometió llamarla en cuanto finalizara.

Se acomodó, se concentró en el partido y gritaba o se ponía de pie a medida que transcurría la acción, cosa que no pasaba muy a menudo pues el juego estaba resultando bastante aburrido, ninguno de los equipos se atrevía a atacar. Antonio pensó – ¿y para jugar así viajan tan lejos?, les hace falta verraquera, eso es lo que les falta sí señor.

 

El goteo se hacía más fuerte, pero Antonio seguía viendo el partido aunque a veces lanzaba grandes bostezos a la pantalla.

Una vez concluida la primera parte, decidió darse una vuelta por los pasillos, el ruido del goteo se hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba a la sala general. – Debe ser por la marquesina del techo – se dijo dándose la vuelta para volver a su escritorio; sin embargo al avanzar casi pierde el equilibrio, había pisado un líquido viscoso y se agachó a mirar, palpó y le dio la impresión de que era aceite o algo parecido, comprobó con sus dedos la consistencia y no supo qué podría ser.

De lejos oyó la voz del locutor. La segunda parte del partido estaba por empezar.

 Dudó entre volver a su sitio o echar una ojeada a la sala general,

para ver qué diablos era esa mierda. Se decidió a abrir la puerta y todo parecía estar igual a como lo había dejado antes, sin embargo por el suelo se veían chorreones del mismo líquido. Siguiendo con la linterna los caminos sinuosos llegó hasta los estantes traseros, de allí parecía manar aquello. Se acercó, estiró el mentón como para poder oler, pero solamente el olor de los libros llegó a su nariz, y sin embargo pensó en el olor de los cementerios.

Revisó las paredes, no había grietas, tomó uno de los libros que estaba a su alcance, lo abrió y el libro estaba completamente blanco.

A la mañana siguiente la biblioteca no abrió sus puertas al público. Nadie le informa a María dónde está su marido Antonio y en la morgue hay un cadáver totalmente desangrado e imposible de identificar pues no tiene huellas dactilares, ni muelas, y su piel está tan fosilizada que es casi imposible determinar su ADN.

 

Gladys

 

IV

 

          Dos semanas después, cuando María salió a fumarse un cigarro tras la penúltima conferencia del curso que su empresa le obligaba a hacer – reciclaje profesional, le habían dicho – la asaltó una muchacha con gabardina, sombrero y pipa en la boca.

          - Es usted María Doscientos?, la esposa del desaparecido Antonio Cien mil que trabajaba en una Biblioteca de Bogotá, como vigilante nocturno?

          - Así es - contesto nerviosa, llevaba dos semanas en vilo intentando rehacer su vida normal sin conseguirlo - ¿sabe dónde se encuentra?

          - Verá usted – explicó la mujer ataviada de Sherlock – creo que su marido corrió la misma suerte que Doña Esther, mi jefa en una biblioteca de Buenos Aires.

          - ¿Ester? – preguntó extrañada María.

          - No, no, Esther, con te-hache, es que era extranjera, supongo.

          - ¡Ah!

          - Bien, soy Elvira Uno. Trabajaba de dependienta en una librería, allí, como en otras muchas librerías y bibliotecas, dejó su huella el Asesino de las bibliotecas.

          - ¿El Asesino de las bibliotecas?, ¿quiere decir que mi marido fue asesinado?

          - Eso me temo señora. Lo siento mucho o I"m sorry so much, que diría nuestro amigo Holmes.

          - ¿¿¿???.

          -Es igual, no me haga caso, ando practicando mi Inglés, my English, ¿sabe?, para mi viaje a Londres. Allí también han ocurrido varios asesinatos del mismo estilo.

          - ¿En las bibliotecas de Londres?

          - ¡Hum…! , no, allí actúa el asesino del cumpleaños, que es el hermano gemelo del asesino de las bibliotecas, es igual, pero asesina sólo a personas que cumplen años, les tira de las orejas hasta que se desangran.

          - ¡Ahhh!

          - En fin, María, ahora marcho hacia Zamora, donde acaban de descubrir a un sacerdote crucificado bocabajo con una Biblia en blanco. ¿Le gustaría acompañarme en esta aventura detectivesca? Me vendría bien una compañera en plan Watson o Sancho Panza, ya sabe.

          - Sí, iré con usted. No descansaré hasta que encontremos al asesino de mi marido, era tan bueno él…

          María se compró una gabardina en la primera tienda que encontró y las dos mujeres, como si llevasen toda la vida trabajando juntas, salieron rumbo a Zamora en busca de más pistas que las condujesen hacia el Asesino de las bibliotecas.

 

 

Cerro

 

V

 

Las dos mujeres atravesaron finalmente una de las puertas de la BNF, ya les había tomado un buen tiempo ponerse de acuerdo sobre por cuál de las cuatro torres deberían comenzar su búsqueda.

- "No me pueden acabar de gustar las bibliotecas modernas" dijo una.

- "¿Por?"

- "Hay como algo, un presagio, como si ayudaran a esos profetas de lo libros digitales"

- "La BNF es linda, mira el Sena a un lado, al otro lado las vías de tren, uno diría que es un símbolo de viaje, el libro entre los trenes y los ríos"

- "No me hables de viajes, hemos andado por todo el mundo escuchando historias absurdas, de lo único que no nos han hablado es de ovnis"

- "No íbamos a terminar nunca si seguíamos escuchando a la gente. Ya la muerte de Esther anunciaba que el asesino estaba en los libros"

- "¿El Hongo?"

- "No. O no necesariamente, pero la clave debería estar en los libros. Si uno busca a un ladrón de ganado hay que buscar en las vacas"

- "Los libros no son ganado"

- "Con mayor razón, el asesino de las bibliotecas tenía que seguir algún patrón que estuviera dentro de los libros"

- "En ese caso, la BNF va bien, es la única biblioteca donde los edificios tienen forma de libros. La clave debe estar dentro de libros que están dentro de libros"

- "Sí, pero el asesino debe ser un buen lector, y un buen lector no piensa en metaliteraturas, la metaliteratura es repugnante"

- "¿Si no era eso porque no ir a la biblioteca del congreso de Estados Unidos?, allí hay aún más libros"

- "Está gastada como lugar, todas las teorías de conspiración tienen una escena en la Library"

- "Pero aquí hay una conspiración, cuatro personas muertas alrededor del mundo"

- "Sabes como es de delicada la frontera, algunos asuntos oscuros y tienes "Leviatán", muchos y tienes un beast seller"

- "De todas maneras estamos entrando a un libro lleno de libros, eso debe querer decir algo"

- "El problema con estos casos que parecen un cuento policíaco es que uno tiene una ecuación y sólo conoce el signo "igual"

- "¿Por dónde empezamos?"

- "Por la A, tenemos que seguir un orden"

Ninguna de las dos quiso siquiera pensar cuánto tiempo les tomaría encontrar una pista que podría saltar en el libro de Abdagamec que tenían en frente o el de Zwziengitz que las esperaba en la torre de enfrente. Sobre todo, y eso pensaban las dos, existía la posibilidad de que la pista no fuera tan evidente y al llegar al final (la última frase de Zwiengitz es "y ella ha estado esperando, pero cada vez deja más tiempo entre sus visitas a la estación de tren") tuvieran que volver a comenzar con el "Existió un momento en el que todas estas cosas no eran ciertas y ni siquiera imaginables"  que servía de inicio al libro de Abdagamec.

          - Aún en ese caso, y en el caso de que tuvieran que pasar dos o tres veces por cada libro de la BNF, esa era una perspectiva optimista, porque existía también la posibilidad de que la clave no estuviera en los libros, o incluso de que el asesino no leyera o no le importara leer.

- "SI es así tenderemos que pensar en otra hipótesis" dijo una de ellas. A ninguna de las dos se les ocurrió que exactamente catorce meses después, cuando apenas fueran en Borges, sólo una de ellas podría  salir de ese libro de vidrio y concreto que las encerraba y tendría que hacerlo evadiendo al mismo tiempo a los policías y a los reporteros.

 

          Ricardo Abdahllah