
Las Farc mintieron, el Gobierno colombiano y la prensa… también
El pequeño
Emmanuel, a quien el país reconoció como el hijo de la guerra, ha retornado a
los brazos de su madre, que después de seis años de cautiverio goza de su
libertad. Cabe cuestionarse qué tan humanas han sido las pretensiones de
quienes lo permitieron.
Como ha sucedido
a lo largo de la era Uribe, también en el caso de Emmanuel la prensa colombiana
dejó ver su tendenciosidad y el oportunismo que precede a su deber de informar
veraz e imparcialmente. Una vez más la falta de ética fue la nota predominante
de la labor mediática; esa que siembra y acrecienta los odios ya existentes en
nuestras sociedades, mucho menos humanas y conscientes, mucho más crueles y
volátiles.
Como en el caso
de la parapolítica, de los falsos positivos de las autoridades, de la cercanía
del alto Gobierno con la mafia, entre otras realidades deformadas u omitidas,
cuando no soslayadas, los medios nacionales desplegaron sus apolilladas
banderas uribistas y el pequeño Emmanuel se convirtió en el trofeo de guerra de
un Gobierno que, antes de la noticia, se encontraba al borde de la crisis.
Otra vez la
opinión cayó en el juego. Otra vez creyó en la victoria del bien, sin siquiera
preguntarse por qué quienes en su nombre tendrían derecho a abanderarse,
necesariamente, debían estar del lado del uribismo y lo malos –la guerrilla y
toda la oposición- estarían del otro lado.
Así, quien se
atreviese a cometer el pecaminoso acto del disentimiento, sin duda alguna,
guerrillero sería y con el nombre del mal se cobijaría. Una casería de brujas
se lanzaba entonces y los enemigos del establecimiento serían condenados, sin
el menor cuestionamiento de parte bastos sectores de la opinión nacional hacia
la administración Uribe.
Para beneplácito
de la coalición de Gobierno, la noticia no era que una víctima de la guerra que
el mismo Estado engendró estaba próximo a alcanzar la libertad que en cuatro
años de vida le era desconocida.
La rescatable no
era que Doña Clara Rojas por fin tendría entre sus brazos a su nietecito,
gracias a la satanizada mediación de la senadora Piedad Córdoba y la del presidente
venezolano Hugo Chávez.
Lo plausible no
era que por primera vez en la era Uribe uno de esos colombianos víctimas de la
guerra recobraría la libertad y no en virtud de la política de seguridad
democrática, injustificadamente elogiada, sino como producto del diálogo y del
consenso, totalmente adversos a la postura uribista.
Emmanuel, como
todas las víctimas de esta guerra era la presea que se disputaban los fetiches
del poder. Era el arma política que convertiría a su poseedor en un mesías; en
el hacedor de la verdad; en el más firme persecutor de la paz. Emmanuel era no
menos que un comodín y así lo vieron desde el presidente Chávez, pasando por la
coalición uribista, hasta RCN y Caracol.
Cuando el
presidente del vecino país anunció la liberación del pequeño, su madre y la ex
senadora Consuelo González, un sospechoso silencio y una hipócrita complacencia
se dejaron observar en las huestes uribistas. Ningún portavoz se inventó excusa
alguna, como antes había acaecido, y parecía que esta vez nadie frenaría esta
respuesta humanitaria a las tensiones de la guerra. Un hecho que indudablemente
realzaría la imagen de un Chávez fuertemente criticado en Colombia
La impaciencia
difundida desde los medios se hizo extensiva a la sociedad civil y mientras
propios y extraños clamaban porque Doña Clara Rojas por fin se reencontrara con
su hija y Emmanuel, tanto como las familiares del ex senadora Consuelo González
anhelaban abrazar a su pariente, en el alto Gobierno nadie se pronunciaba.
No obstante,
Chávez sugería tranquilidad y se mostraba confiado en hacerse a la victoria
política que significaba el hecho, al ser el principal gestor, junto con la
senadora Piedad Córdoba, de este gesto unilateral que tendrían las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc.
Quien ríe de
último ríe mejor, reza el adagio popular, y a carcajadas lo hizo el Gobierno
Colombiano cuando el último día del 2007 anunció que gracias a la llamada de un
desconocido habría localizado al pequeño Emmanuel en el Instituto Colombiano de
Bienestar Familiar, ICBF. Emmanuel no estaba en poder de las Farc y era el
Estado quien había dado con su paradero.
Así,
aparentemente fue desmentida la postura de los insurgentes, quienes horas antes
anunciaron la suspensión de la liberación aduciendo ser objeto de la
persecución de la fuerza pública, cuando el presidente Uribe reiteraba que las
operaciones militares se habían suspendido mientras se producía esta
liberación.
Nadie se
preguntó por qué el presidente inició su discurso diciendo que desde hacía
tiempo le venían siguiendo la pista a ese niño para luego rectificar e indicar
que había sido tras los datos suministrados por un informante como habían
logrado ubicar el paradero del menor. No había por qué cuestionar tan
improcedentes detalles, pues la gran revelación demostraba que las Farc eran
los enemigos de la paz y que el presidente Chávez era su escudero.
"Las
Farc mienten, el gobierno colombiano cumple" era lo que pregonaban de
manera concluyente el presidente Uribe y el alto comisionado para la paz, Luis
Carlos Restrepo, luego de conocer la maravillosa coincidencia que era encontrar
al menor entre no se sabe cuántos miles más, justo cuando un Estado vecino
cercano a la oposición, estuvo a punto adjudicarse su liberación.
Una vez más las
indulgencias recaían sobre el Gobierno Nacional. La mediación de Chávez y
Piedad Córdoba en el retorno a la libertad de Consuelo González y Clara Rojas
habían pasado a un segundo plano, luego de que la gestión de nuestro Gobierno
permitió el reencuentro entre el pequeño Emmanuel y su madre.
La euforia fue
tal que las declaraciones de Consuelo González al periodista William Parra de
Telesur no nos dejaron considerar la parte que condenaba y desmentía al
Gobierno Uribe y sí la que convertía a los guerrilleros de las Farc en los más
temibles terroristas.
Tal vez la
indignación que produjo el conocer las condiciones en las que los insurgentes
mantuvieron cautivos a Consuelo González, privó a nuestros medios de
retransmitir al país la verdadera revelación: que efectivamente el Ejército
Nacional tenía ubicada la ruta que recorrían los secuestrados y que los
guerrilleros a cargo de la operación se vieron obligados a suspenderla, debido
a los bombardeos de los que fueron objeto.
Las Farc
mentían, incuestionablemente, pero el Gobierno Colombiano también, por partida
doble, y demostrando que su mayor interés no era el de encontrar a Emmanuel
sino el de frustrar toda la iniciativa de liberar a los tres
secuestrados.
Al final, muy
pocos cuestionaron la actitud de un gobierno que, obviamente, conocía el
paradero de Emmanuel mucho antes de lo expuesto y que hizo cuanto estuvo a su
alcance por frustrar la liberación de los secuestrados, únicamente por el afán
de evitar la reivindicación de sus detractores políticos.
Gracias al
soslayo de los medios de comunicación, el caso de Emmanuel no fue otra prueba
del indolente oportunismo que han expuesto en numerosas ocasiones el presidente
y sus copartidarios, como tampoco lo fue la campaña de desprestigio que inició
en contra de la oposición para arrebatarle la alcaldía de Bogotá y tampoco lo
serán su notable sectarismo, totalitarismo y maquiavelismo.
Mientras el
uribismo cuente con una plataforma tan eficiente como la que le ofrecen los
medios, jamás se verá afectado por las mil y una pruebas de su cercanía con la
mafia y el paramilitarismo. Nunca será noticia el crecimiento negativo de
nuestra economía, debido al elevado gasto público, sobre todo destinado al
equipamiento de las fuerzas militares y no lo serán todos los dramatismos sociales
que ha dejado su administración.
Así, por más
Emmanueles que pululen en la selva debido a la soberbia de nuestro mandatario,
la realidad seguirá fuera de nuestro alcance y los Uribes seguirán
reproduciéndose y acrecentando su poder, en virtud de las falacias que permite
nuestra democracia, más débil y nociva de lo que muchos reconocen.
Por Giovanni
González Arango / Redactor / 8º A. N.
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