Aquí en Colombia, suceden tantas situaciones, sin tregua,   que las unas desplazan vertiginosamente a las otras, y uno apenas alcanza a registrarlas, sin que se hayan asimilado debidamente.

Por ejemplo, nunca entendí bien porque Colombia no coordinó con el gobierno de Ecuador  el golpe al campamento de las Farc, en donde murió Raúl Reyes. Parece  que anteriores intentos de operativos conjuntos no habían arrojado resultados positivos, por eso las Fuerzas Armadas decidieron actuar por  su cuenta. Creo que si hay tantas evidencias (como parece que las hay) de campamentos de las Farc en territorio ecuatoriano, Colombia ha debido y debería generar una presión a ese país, y si ellos no actuaran como se  esperara, entonces hacer una denuncia internacional. En todo caso Colombia dio un golpe duro a las Farc, y la reacción de Ecuador no se hizo esperar, una reacción, a mi parecer, desmedida, sobreactuada. Y la parte de Venezuela que avivó el avispero no fue menos. Chávez rompió relaciones con Colombia y mandó militarizar la frontera. Tengo que confesar que a mi me entusiasmó Chávez en su primera etapa. Creí que un hombre con esa nueva visión, que no hacía parte de la clase política tradicional, ni de los grandes poderes, podía sacar a Venezuela adelante, resolver problemas sociales atrasados. Cuando le dieron el golpe, aunque muchos lo aplaudieron, yo lo lamenté, pues me parecía que de esta manera se boicoteaba una gran posibilidad política, de espíritu democrático. De pronto, este hombre con  mucha resistencia pero al que muchos creímos, se desató en una delirante campaña bolivariana, vociferando ideas populistas en la región, interviniendo ostentosamente en países vecinos, resucitando implícitamente modelos que  habían colapsado estrepitosamente en muchos lugares del mundo, reiterando egolátricamente su mesianismo y,  todo esto, deplorablemente, sin haber resuelto los grandes problemas de su país. Peor aún, mientras Chávez arenga públicamente en América latina, Venezuela al  parecer se complica, se polariza y se descompone social y políticamente.

      Sí, una desilusión. Hoy, lo que en un momento pareció una posibilidad, se redujo a una colorida charada, que casi todo el mundo repele y no le conceden importancia. A mi la verdad me pareció insólito cuando el  gobierno aceptó que fuera mediador frente a el problema de los  secuestrados de las Farc. Sin embargo allí se enredó, quiso torpemente autopublicitarse sin medida, se congració abiertamente con las Farc y terminó vinculado a ellas y desprestigiado. Me molestaba mucho como de manera casi chabacana le pedía a Uribe que le autorizara encuentros con la cúpula de las Farc. Daba la sensación que, por el tono que utilizaba, para él éste era un asunto corriente, algo casi folclóriko que podía resolver  fácilmente. Si para quienes creímos en algún momento en él nos fastidiaba con esta trivialización, imagínense como podría ser para sus permanentes detractores. En fin, del Chávez inicial, que pudo generar expectativa y posibilidades, sólo va quedando un sainete pobre, al que además le caen  encima todos los posibles contradictores. Y sus permanentes desafíos a Estados Unidos tampoco le ayudan mucho.

      Del presidente Correa me extraña que haya llevado el asunto a semejantes  extremos radicales. Se entiende que su gobierno sea de izquierda y que no deba complacerse con una intervención militar de Colombia. ¿Pero acaso no se da cuenta que estos campamentos no eran temporales, y que allí se guarecían las cabezas de una organización perseguida como terrorista? Creo que también aprovecha para cobrar protagonismo y derrochar demagogia, pero tengo la impresión que no le paran tantas bolas. Por otra parte a las Farc ya las tienen super ubicadas y que es el problema de los secuestrados el que les sirve de escudo y protección. Por otra parte resulta amargamente paradójico, que la organización que alguna  vez nació con el ideal de cambio para el país hoy se haya convertido en un obstáculo para resolver los graves problemas de nuestro país. Pues a mi me parece que tanto esfuerzo, tanto recurso y tanta atención política dedicados a este problema con las Farc, desplazan la mira y la prioridad de los sentidos y muy serios problemas que viven los colombianos. Lo de la  muerte de Reyes me pareció que se cobró con un triunfalismo excesivo y un poco crudo, algo raro, pues Uribe, aunque es firme y categórico no es ostentoso en sus victorias.

      Sí, aún subsisten en algunos de mi generación una rara decepción por los  ideales que nunca se dieron. Pero en cuanto a Reyes, en la época del  Caguán, por donde desfilaron admirativas o por lo menos coincidentes  muchas organizaciones sociales del país, él era, de los jefes, el que más parecía reacio, desconfiado, arrogante, intransigente. A mí nunca me gustó el gobierno de Pastrana. O mas exactamente Pastrana, por su frivolidad y  ligereza. Pero nadie puede desconocer que abrió una valiosa puerta en la negociación política, para la paz. Las Farc, hábilmente la utilizaron, se sirvieron de ella dándose un inusitado baño de popularidad, luego se burlaron  del asunto y la despreciaron con un portazo. Fue una gran oportunidad.

      Ahora las cosas son distintas. Son como son.
  

Por: Ricardo Suárez R.