20 de Abril, 2008, 8:43: SelváticaAlaprima


Es de madrugada. Voy a la cocina.
Me muero por un café.
Enciendo la luz.
Sobre el mesón de la cocina, a la izquerda, hay dos serpientes muy gruesas.
Me paralizo.
No llamo a nadie.
Las contemplo.
Luego me doy vuelta, y sin darme cuenta las estoy triturando con el minipimer.
De las serpientes sólo queda un líquido pastoso, pero sus dos cabezas
se quedan adheridas
al lateral de mi taza de café.


Por. Selvática
20 de Abril, 2008, 8:34: ÁgataUn libro para ti



Título: El orden natural de las cosas

Autor: Antonio Lobo Antunes

Editorial: Debolsillo

 

Disfruté mucho con un libro de este autor titulado “en el culo del mundo”, quizás por eso, cuando este ejemplar de EL ORDEN NATURAL DE LAS COSAS cayó en mis manos no dudé en escogerlo, disfrutando anticipadamente del placer que recordaba de la anterior experiencia, leí la reseña de la editorial y no pude posponer su lectura; el comentario habla de “diez voces monologando sobre la soledad, el dolor, la desesperación y el miedo, la enfermedad y la locura, pero sobre todo de la muerte...”

El libro esta compuesto de una serie de capítulos llamados libro primero: dulces olores, dulces muertos; el libro segundo: Los argonautas; el tercero: El viaje a China, el cuarto: La vida contigo y el quinto: La representación alucinatoria del deseo.

La prosa empezó a envolverme de una manera sutil, iba paseando por esos lugares que el autor me describía y era un viaje enormemente gratificante, pero en un momento determinado el camino empezó a hacerse difícil, como si estuviese paseando por una empinada columna y me quedara sin aire, no lograba alcanzar las cotas del autor, no podía ver nada más allá de la línea de mi horizonte y tenía que volver a empezar la página una y otra vez, pensando seriamente en desistir y batirme en retirada.

No entendía a donde iba a parar, las historias se me desvanecían en el aire, me preguntaba de quien estaba hablando y no sabría responder. Finalmente lo dejé, quizás era eso lo que quería el autor, enredar tanto el lenguaje, dar tantas vueltas y revueltas para que el lector se canse y lo deje en paz.


Por. Ágata
20 de Abril, 2008, 8:26: Charo GonzálezHablando de...



"Recordaba que en algún cajón había guardado la foto que le atormentaba, sentía la llamada de ésta, pero era completamente incapaz de encontrar el mueble poseedor de dicho cajón."

"Con suma paciencia escuchó la feroz descarga de insultos. Al fín la voz dejó de chillar ¿qué tenía que ver toda aquella puesta en escena con el problema real?

Tal vez podría tomar la opción de dar media vuelta y seguir, pero pensó que hacía tiempo que no hablaban del muro de barro...

Puede que su indignación fuese justificada, porque cuando descubres que lo que te rodea, sea construido por tí o no, vagamente permanece firme justo cuando no puedes prescindir de ello, la decepción suele producir rabia incontrolada.

¡Cómo echaba de menos volver a hablar del muro de barro...!"

Por Charo González

20 de Abril, 2008, 8:12: GladysGeneral

Son las seis menos cuarto, cuatro mujeres de cierta edad se disponen a salir de sus respectivas casas, todas hacen el mismo gesto al mirarse en el espejo de sus respectivos e idénticos  vestíbulos: guiñan los ojos para verse mejor el rostro – tanto maquillaje no logra borrar los años - con un gesto de la mano dan un toque al pañuelo que llevan en el cuello – un mal viento a esta edad puede ser peligroso – una última mirada a su atuendo y un gesto de resignación – medianamente bien – Una revisión al bolso para asegurarse de que las llaves están en su sitio y salen en dirección a la cercana cafetería donde se han citado – las rodillas ya no dan para mucho

Las cuatro mujeres llegan casi al tiempo, se saludan, los labios quedan dibujados en las mejillas – un kleennex lo soluciona

Rosalía piensa en la cara que pondrán sus amigas cuando vean la foto de su último nieto – un adorable bebé de pocos meses – María cree por su parte que la receta del arroz caldoso provocará muchos ayyyy de sus amigas – Alicia repasa el número de invitaciones que trajo para la comunión de su nieta, una de las medianas – Josefa no trae nada, solo piensa en pasar bien el rato hasta que sea la hora de irse a casa a dormir sola –

En la puerta  son recibidas por Anita, la camarera suramericana – tan linda ella, tan educadita y tan bien puesta que va siempre – las conduce a la mesa, las amigas se quitan los abrigos y se disponen a ordenar.

Humberto las mira por el espejo que tiene en frente de la barra – otra vez las viejas esas, parece que no tienen nada mejor que hacer – y se pasa la mano por los cabellos. – ¿qué piensa, alguien que está al borde de la muerte? -Lleva más de dos horas en el café y el cuaderno que tiene a su lado muestra la hoja en blanco – no se le ocurre nada para escribir – y encima ahora con esas parcas detrás. – no sabe cómo quitárselas de encima -

Yo debería más bien dedicarme a buscar un trabajo rentable y disfrutar del billete –reflexiona- pero sé que no aguantaría mucho, y menos con esta ansiedad, con esta desazón que no me deja en paz sin saber por qué. No, no me van los trabajos fijos… o si me invento algo, a lo mejor - y vuelve a mirar los periódicos del día – con tanta grasa no se ven las noticias, tendría que venir por las mañanas temprano, antes de que lleguen los clientes, - maldita pereza - así me entero de lo que dicen los diarios. ¿Y si me dedico a escribir sobre los inmigrantes en Europa?, eso podría estar bien, pero nunca escucho nada que ya no se sepa, o hablar de las mujeres maltratadas, eso tiene mucho juego y me ganaría un público solidario con las mujeres – no que va -   

Siente el alboroto de las mujeres como ácido en sus orejas, alza la cabeza. Las ancianas se ríen, hablan bajo, parece como si tramaran algo. Alicia mira hacía él y las mejillas de Humberto se ponen rojas. Debió ser más rápido. Se siente muy mal al verse pillado de esa manera. Vuelve a su hoja en blanco y garrapatea algo sin sentido: “mujer mayor que mira a hombre joven con visibles muestras de…” ¿Por qué no? un Lolita pasadita de años y se ríe.

Cuando levanta la mirada tropieza con la de Alicia, muy cerquita a su rostro. Se sobresalta.

- ¿Qué pasa escritor? ¿No llega la inspiración verdad?– pregunta Alicia sin pudores –

- Si – responde seco Humberto – mientras se maldice por tonto, - ahora me va a preguntar que qué escribo, – si…-

- ¡Vaya que es cruel la inspiración! – dice Alicia mirando la hoja, lee la frase pero no lo demuestra –

- No, si, si, claro es que reflexiono antes de… - alega como a la carrera el joven escritor –

Las otras mujeres se acercan, rodean al escritor sonriéndole.

- Venga siéntese con nosotras - le dice Alicia – a lo mejor necesita algo de… distracción.

Humberto se levanta de su silla, recoge el cuaderno y las sigue.

- Así que usted escribe – dice Rosalía con un tono muy neutro –

- Si, pero…

- No le llega la inspiración – dice Alicia –

- Si, son malos tiempos para los escritores, me imagino que añora los bares roñosos de principios de siglo, llenos de humo, gente que habla fuerte, beben absenta y se rodean de putas maduras… - dice María –

- O impúberes – dice Alicia -

Humberto la mira y se sonroja otra vez – ¿cómo diablos supo esa mujer que…?

- A lo mejor echa de menos las tertulias de la bohem – recalca María –

- Si, malos tiempos para los artistas, con tanta comunicación y tantos medios, verdad, da la impresión de que todo el mundo se ha vuelto escritor de la noche a la mañana – dice Alicia –

- Y a usted le gustaría hacer algo original ¿no es así? – le pregunta Rosalía con una sonrisa enigmática en los labios.

- Por supuesto – dice Humberto – me gustaría escribir una novela genial, algo así como el Quijote –

- El Quijote no es una novela – dice Alicia –

- Usted perdone señora, esa es tal vez la mejor novela de habla…

- Una sarta de alucinaciones, válgame Dios – dice Maria –

- Señora, no permito que en mi presencia se hable en esos términos de, de, de, de lo que considero la Biblia de la lengua…

- La lengua – dijo Alicia mirando a sus amigas –

- Van Gogh se cortó una oreja ¿no? – preguntó con una mirada inocente Anita, la camarera –

Humberto sintió que el estómago se le retorcía, aquellas brujas, lo iban a enloquecer.

- Perdónenme, debo ir al baño – se disculpó Humberto –

- No hay cuidado – dijo Alicia –

Humberto se alejó en dirección al baño, las manos le sudaban y las piernas le temblaban, a duras penas llegó a la puerta donde el dibujo del hombrecito con paraguas le indicaba: Aquí es.

Cerró la puerta tras de sí, estaba completamente bañado en sudor, esas viejas, esas viejas algo tramaban – pensó – la cabeza empezó a  darle vueltas, las frases de las mujeres retumbaban en su cabeza: El quijote no es una novela… una sarta de alucinaciones… venga con nosotras… no tiene inspiración… no tiene inspiración… no tiene inspiración…

Se acurrucó debajo del lavamanos oprimiéndose  fuertemente los ojos con la palma de las manos intentando calmarse, cuando creyó que lo había conseguido abrió los ojos, el cuarto de baño ahora estaba iluminado por una luz rojiza, los rostros de las mujeres danzaban alrededor de su cara, las bocas de ellas se reían, se reían…la oreja de Van…

 

 

Una hora más tarde nuestras amigas se levantan de la mesa, le dan la propina a  Anita quien con dulce acento les pregunta por el joven.

- Salio de prisa – dijo Alicia – ¿se despidió de nosotras?

- No – dijo Josefa.

- Malos tiempos para los buenos modales – dijo Rosalía, sin embargo creo que lo último que le escuche decir fue…  algo de…

- Una oreja – se rió Josefa –

Salen a la calle dejando intrigada a la camarera, caminan tomadas del brazo, desean aprovechar al máximo el tiempo que les queda antes de despedirse.

 - No pensé que fuera tan sensible – dijo Alicia –

- Maria – susurro Rosalía - en serio piensas eso del Quijote

María la miró, se detuvo en medio de la calle, buscó en su bolso, extrajo un papel cuidadosamente doblado y empezó a leer: Ajos tiernos, cebolla bien picada, un ramito de perejil…

 Por: Gladys

20 de Abril, 2008, 7:54: Ricardo AbdahllahGeneral

Ilana tenía el cabello largo y clarísimo casi blanco y los ojos más bien pequeños y casi sin pupilas. Era exalumna del Pilar como casi todas las amigas que tengo en Bucaramanga. ¿Qué más le puedo decir de ella? Tenía brackets, pero a pesar de eso, y no sé por qué digo “a pesar”, su sonrisa era muy bacana, muy inocente, como de niña chiquita por decirlo de alguna manera, ¿Ha visto cuando a una niña consentida le preguntan por qué hizo algo y ella no tiene ni idea de por qué pero sonríe como pidiendo perdón? Haga de cuenta. Ella sonreía así y yo la besaba. ¿Ha besado alguna vez una mujer con brackets? No se enreda la lengua ni nada, es rico. Ilana besaba rico y tenía los pies fríos. Siempre andaba de falda larga y botas militares y se ponía un montón de manillas y collares de los que venden los artesanos de Cabecera. Tenía un bolsito que se cerraba con una tachuela verde y allí llevaba los libros. Todos llevábamos libros en el morral en esa época, pero ella leía cantidades, más que cualquiera de nosotros. Le gustaba Borges porque le gustaba el ajedrez y Borges tenía un poema sobre el ajedrez que ella me leyó la primera vez que salimos a tomar café. Fue en el café de la UNAB Terrazas, ¿Ve usted cómo cuando uno las mira hacia atrás las cosas encajan siempre? Yo acababa de salir de entrenamiento de lucha libre. Le dije que si me recordaba, aunque tenía que recordarme después de lo que había pasado en el bar. Ella pidió un sobre de azúcar, yo dos. Ilana había vivido en una finca y no había hecho primaria y aún así había aprendido a tocar violín y jugábamos a inventarnos canciones, ella ponía la música y yo la letra y creo que la letra era muy mala para semejante música; sobre todo le gustaba ir a cine, por eso casi todos los martes íbamos a ver algo, así fuera a algún cinema comercial o a las películas que daban gratis en Casa Sur o en la Facultad de Salud. Con ella vimos “Azul”, que era una película llena de color azul pero de la que más me acuerdo es de “Casablanca” que la vimos en Floridablanca, porque a la salida de esa la invité a tomar una cerveza a Sueños de Pan y luego otra por el Pequeño Ámsterdam, porque allí eras más barato y de regreso caminando por la 27ahí fue que nos cuadramos. Claro que no duramos mucho, pero después de que terminamos me la seguí pasando bastante con ella. Al menos hasta que se cuadró con un tipo que me caía como una patada en el culo y empezó a portarse toda boleta conmigo. A mí no me molestaba que saliera con él, aunque el tipo me cayera mal, pero odiaba la barrera que significaba que ella estuviera con él. Las mujeres conocen la mayor humillación y la mayor tortura: negar el cuerpo que se ha entregado. Eso duele y cuando le pregunté si alguna vez íbamos a volver a estar juntos y ella contestó que ni muerta no volvía a visitarla. La última vez que la llamé fue para contarle que acababa de llegar de Duitama y que me había cuadrado con una pelada de allá y para pedirle el favor de que comiera mierda.
Entenderá entonces usted que fue una sorpresa que, cuando ya casi ni pensaba en ella, me la volviera a encontrar en el atajo que uno agarra para ir al barrio Terrazas. No sé si usted ha ido por allá, en lugar de seguir derecho por la iglesia de los mormones hasta llegar al CAI, usted se va por detrás de la pizzería en ruinas, baja unas gradas, cruza un potrero y sale de una. Es mucho más cerca, pero no se lo recomiendo cuando llueve, porque en las gradas se forma barro y uno puede resbalarse. Yo venía caminando desde la casa de una amiga que se llama Alejandra y que vive cerca al estadio y estaba medio prendo porque con ella y con un amigo, al que nunca le he sabido el nombre verdadero pero que le dicen Dani Cobain porque es muy fan de Nirvana y de un grupo de Black Metal que el cantante se llama Dani, habíamos hecho una fogata y tomado bastante. Acababa de empezar a bajar las escaleras cuando la vi. Ilana estaba sentada unas gradas más abajo, recostada contra el primer árbol. Tenía falda larga y botas militares como siempre, pero le habían quitado los brackets y se había cortado el cabello. Le dije que me alegraba muchísimo de verla, que sabía que había peleado con el mancito con el que andaba pero que fresca, que nadie en el mundo es irremplazable. Le hablé rápido de “Casablanca” y “Azul” y el violín y Borges. Le dije que con seguridad ella aún tendría fríos los pies, que había pasado tiempo, pero no tanto, que el tiempo le pasa a uno pero no a las cosas que recuerda.

Un rato más tarde estábamos en mi apartamento.

Pero no le he contado cómo fue que conocí a Ilana. ¿Usted se ha rumbeado a alguien para darle celos a otra persona? Me imagino, todo mundo lo ha hecho alguna vez y a todo mundo se la han hecho. Aquí usted se va a reir, va a decir “Cosas de la juventud” y va a pensar en esa mujer por la que lo hizo, pero la gente cambia en todo excepto en la manera de quererse. Yo en esa época, salía con Natalia Hetfield, una caleña hija de gringos que me gustaba mucho. De ella no volví a saber porque una vez la llamé y le dije que quería verla, que por qué no se pasaba por la casa y me dijo que otro día porque esa tarde tenía una cita con un tipo que había conocido en un bus y que el día anterior había pasado por mi casa y mi mamá la había tratado muy mal. Cuando mi mamá estaba en la ciudad, porque ella vivía en Duitama y de vez en cuando venía a visitarme un par de semanas, nunca me decía que Natalia había ido a buscarme. Mi mamá creía que Natalia era hasta satánica por la música que escuchaba y quedó convencida cuando la única vez que logré sentarlas a comer juntas, en el Viejo Chiflas ella contó la historia de Elizabeth Bathory, quedó convencida. Natalia me gustaba resto y como ya habían pasado varias cosas con ella, estaba decidido a pedirle cuadre esa noche en un bar que acababan de abrir a media cuadra de la Clínica Bucaramanga. El bar se llamaba Calabozo. Los destinos se deciden siempre en bares con nombres curiosos. Esa noche le invitaría una cerveza y bailaríamos un rato y luego le invitaría otra y nos la tomaríamos bailando y así hasta que ella dijera “Estoy cansada, sentémonos un rato” y nos sentaríamos a la mesa y yo le diría “Natalia, yo propongo cuadre” y ella diría “Yo he estado pensando lo mismo. Ya han pasado muchas cosas”. Pero el sábado había noche de “tome la cerveza que pueda” y todos terminaron yendo al bar. “Todos” es Alejandra & Dani y Andrés & Ariadna y Fernando & la nueva novia de Fernando. Habían cambiado todas las luces por lámparas ultravioleta, la gente miraba los dibujos secretos en las cédulas de ciudadanía y los billetes de mil. Sobre la barra había un despertador que sonaría a las dos de la mañana. Hasta esa hora se serviría toda la cerveza que cada uno quisiera. Había mucho humo y mucha gente, Natalia estaba de un mal genio mortal. A las dos menos cinco, todos los tipos del bar estábamos al lado de la barra vaciando y volviendo a llenar los vasos. Cuando el reloj sonó y el barman nos amenazó con un palo de golf, un deporte que por demás hay que ser muy imbécil para practicar en Bucaramanga, volví a la mesa y Natalia no estaba allí. La encontré estaba con un tipo al lado de la ventana. “Ven te presento a mi novio, volvimos que días” dijo.

Y yo qué piedra tan hijueputa.

Primero por creer que ella iba a cuadrarse conmigo y segundo porque yo sabía que al tipo acababa de conocerlo.
Fue en ese momento exacto cuando vi por primera vez a Ilana. Voltear la cabeza, verla. Todo en una sola acción.
Estaba sentada en una mesa, sola y fumando un Pielroja ella solo fuma Pielroja, aunque eso lo supe después. Sonaba una de Rage, y todo mundo saltaba y gritaba now you do what they told ya ta-ta ta…now you do what they told ya ta-ta ta…y ella sin embargo quieta, estática y extática y etstática pensando en quién sabe qué cosa, vestida con falda larga y botas militares. Sobre todo sola en una mesa frente a una silla desocupada en un bar en el que no había lugar, como si quién sabe qué cosa, un cono de luz diferente a la ultravioleta del bar la protegiera. No le dije nada. Tenía derecho a sentarme en esa silla. Ella dijo que podía sentarme en las dos si quería, que ella se iba. Yo le dije que también me iba, que me había sentado sólo para amarrarme los zapatos. Ella podría también estar sentada allí sólo para amarrarse los zapatos, amarrar sus botas debía tardar otras. Ya estábamos bajando las escaleras cuando empezó a sonar una canción de Queen que me gusta mucho ¿usted la ha escuchado?, es la que dice mamma mia mamma mia que después un grupo mexicano versioneó en español hasta que en un concierto un fan subió gritando “Por Freddy Mercury” y mató al cantante de catorce puñaladas. Yo lo hubiera hecho también ¿Usted no?. A mí me gusta Queen. Me gusta mucho. Fue por eso que le pedí a Ilana que nos devolviéramos a escucharla. La mesa estaba ocupada, el cono protector se había deshecho. Nos sentamos en el piso. Natalia estaba sentada en frente de nosotros. Yo podía verla, en ultravioleta, a través de las piernas de la gente que bailaba y veía que ella me miraba, que en lugar de cerveza tenía entre sus manos, una botella de Moscatel barato, que si estaba agarrando esa botella con la misma fuerza en los dedos con la que uno se aferra a un salvavidas, era porque estaba triste y estaba sola. Y no importó, ¿sabe? mientras la música cambiaba de opera ligera a guitarra heavymetalera, besé a Ilana con la única intención de que Natalia me viera y mientras la besaba abrí un poco los ojos. Natalia se había ido. En el momento en el que mi teléfono sonara y fuera ella le diría que no había sido más que un beso.
Pero no sólo Natalia no volvió a llamarme en mucho tiempo sino que no fue sólo un beso.
Ni mucho menos.
Nunca un beso es nada más que un beso.
A la madrugada Ilana y yo seguíamos besándonos en la Carrera 33 frente a un letrero en la pared blanca del Club Unión que decía “Dios te ama”. La última broma que hice mientas Ilana subía a un taxi tenía algo que ver con el amor de Dios y con lo difícil que debía ser desamarrar su botas.
La primera broma que hice en mi apartamento luego de encontrarla en el atajo que uno toma para ir al barrio Terrazas, tenía que ver con Dios y con lo difícil que era desamarrar sus botas.

“No voy a acabar nunca” dije esperando que ella sonriera.

Yo todavía pienso mucho en Ilana, aunque pienso en muchas otras cosas. Hay talleres para ocuparse pero de todas maneras uno tiene un montón de tiempo para pensar, para leer también. Yo leía antes de conocerla, pero con ella empecé a leer de verdad, ¿Me entiende?, a  Filemón de Sausage, a Cátulo, los clásicos. Todos esos libros que ve ahí son clásicos, me los trajo un profesor que se llama el profesor Medina. Él nos hacía talleres, pero hace rato no viene. Ahora viene el hermano Pedro, un pastor evangélico, pero yo no voy a verlo. Fui una vez pero había un ángel tomando apuntes de lo que decía. Entonces prefiero quedarme leyendo. ¿De pronto usted podría decirme cuál es el mayor clásico de la literatura francesa? A mí me gusta Baudelaire, me gusta decir “Es hora de embriagarnos” aunque ya no tome nada. Pero no sé si Baudelaire es el mayor clásico de la literatura francesa. Tal vez usted sabe. Ese otro libro es de Borges. Me lo trajo el doctor Aguas, pero ahí no está el poema del ajedrez y por eso no lo he leído. Los pequeños son de filosofía. Algunos de los compañeros de acá leen mucha filosofía. Mucha.¿Vio al tipo de está ahí sentado con un trapo rojo amarrado al cuello? Ese es Supermán, es uno de los tipos con los que se puede hablar de filosofía. En realidad se llama Federico. Yo lo conocí antes de que los dos llegáramos aquí. Estábamos con Ilana en Calisón. Él la sacó a bailar. Luego salimos con él un par de veces, pero él rara vez se acuerda. Todas las mañanas a las ocho y cuarto Federico se para en la mitad del patio y se echa un discurso. Hoy nos habló de las tarántulas, ayer de los relegados o algo así. A veces se corta las yemas de los dedos con un vidrio y se pone a escribir en el piso cosas con la sangre. Él lleva rato aquí, otros duran menos. Las mujeres sobre todo. A la familia le da miedo que den con algún degenerado y se las llevan para la casa. Por aquí pasó una muchacha super bonita que se volvió loca de tanto ver luces en el cielo. Hubo otro que se fritó el cerebro de tanto comer hongos en La Mesa. La novia venía a verlo y él decía que ella era un fantasma, que ella estaba muerta, y ella le trataba de acariciar el cabello y él le decía que no, que ella estaba muerta y con Federico decíamos que la novia era bonita, que aunque estuviera muerta era bonita y antes más. Sausage dice que la muerte embellece, yo lo había pensado antes de leerlo. Con Federico siempre hablamos de las visitas de los demás, hay que hablar de algo, ¿No cree?. El otro que está allá no habla mucho, pero a él también lo vi antes afuera. Tenía rastas hasta la cintura y se paraba en la mitad de la calle 36 a insultar a todo el que pasaba y ahora que lo raparon se sienta en un rincón. A mí también me raparon cuando entré y me dio mucha rabia porque llevaba desde que salí de prestar el servicio en la policía dejándome el cabello, porque cuando estaba en el equipo de lucha tenía que pelear con el entrenador para que no me obligaran a cortarme el cabello. También Ilana tenía el cabello corto cuando volví a verla. ¿Quiere ver una foto? No de Ilana, una foto mía con el cabello largo. Ese libro es un álbum de fotos, creo que en casi todas tengo el cabello largo, las fotos con el cabello largo son las que uno con más cariño recuerda. Esta es cuando estaba en el equipo de lucha. Esta es en un lago cerca de Paipa en un paseo que hicimos. Esta es bien bacana, es con el doctor Patarroyo y nos la tomaron cuando vino a dictar una conferencia a la UIS. Yo le digo a la gente de acá que soy amigo de Patarroyo y más de uno me cree. También les gusta mucho la foto del lago, aunque la última vez que mi mamá vino me dijo que ya se había secado. La que está al lado mío es mi novia de Duitama, la que tuve después de Ilana. Ella nunca ha venido, pero me manda decir con mi mamá que es porque ha estado ocupada porque ahora entró a la universidad en Bogotá. De todas maneras como sé que mi mamá y ella se ven en Duitama, le escribo seguido. Mi mamá viene cada dos meses más o menos, son ocho horas de carretera y lo dijo Daville citando a Sausage “El dinero va y viene. Sobre todo, va”.
Cuando mi mamá viene siempre estoy contento. De resto hay días buenos y malos. Aunque a veces se me saltan las letras como en los libros que uno encuentra cuando está soñando acá me sobra el tiempo para leer. Si he dormido bien me levanto temprano, recibo las pastillas, me baño, leo un rato y después de escribir salgo al patio y hago algunos rollos de lucha libre, como para que no se me olvide. Los compañeros me dicen “El Hijo del Santo” y “Mascarita Sagrada” aunque que si estoy muy empepado termino estrellándome contra el piso y todos se ríen. A mí no me importa tampoco, yo me río con ellos. Eso en los días buenos, porque hay noches en las que el frío no me deja dormir. Entonces no me levanto, ni siquiera para escuchar el discurso diario de Federico y no me tomo las pastillas y me duelen los huesos y paso toda la mañana pensando en cómo seguirá el mundo allá afuera y primero es en si arreglaron algún parque o si hicieron un puente nuevo en alguna parte de Bucaramanga, y hasta allí está todo bien, pero luego llegan todas. Usted sabe, todas al tiempo con sus preguntas, Ilana y Natalia y mi novia de Duitama, todas como si fueran transparentes, y se acercan y me muerden el cuello y me torturan con sus cuerpos que tengo tan cerca y no puedo tocar me gritan que por qué he sido tan hijueputa con ellas.
Yo sé que para no verlas sólo tendría que salir de aquí, pero no me dejan salir y le juro que hay días que agarro la pared a cabezazos y entonces termino por gritarle, a Ilana, a mi novia de Duitama que no lee mis cartas, a todo mundo, que yo no hice nada malo, que después de lo que fue la mejor noche de mi vida, volví a amarrarle a Ilana sus botas militares y la dejé tan linda y tan muerta como la había encontrado unas horas antes, recostada contra el primer árbol que hay por el atajo que uno coge para ir al barrio Terrazas. 

 Por: Ricardo Abdahllah

20 de Abril, 2008, 7:47: La Dirección.General

 

Un niño entra a una tienda y le enseña la mano con unas cuantas monedas a un anciano ante el mostrador.  Le dice que quiere comprar una hora para su mamá.

¿Para qué? Conteste usted,  ¿por qué ese espabilado niño quiere estar una hora con su mamá?

La escena nos lleva a la ternura. Que un niño, en estos tiempos que corren quiera estar con su mamá, es un sueño para algunas madres, irrealizable; pues por norma, los chicos las prefieren bien lejos.

Pero no hay que echar campanas al vuelo, por lo menos no todavía, esa escena corresponde a un anuncio de televisión, que usa, inteligentemente, el amor filial para vender un producto. Pobres ilusas las que creyeron que era un entrañable recuerdo familiar.

Y es que cada vez el papel de los padres se diluye en una interminable vorágine de teorías. Los padres dinosaurios eran unos tiranos que imponían absolutamente todo a sus hijos, desde su educación, hasta la pareja con que iban a vivir el resto de sus vidas; de ahí tanto trauma en la humanidad. Luego pasaron a ser absolutamente permisivos, abiertos, dialogantes y la cosa tampoco mejoró, aquello de que tu padre es tu mejor amigo produjo un efecto boomerang, los traumas siguen siendo el principal motivo de suicidio. Los términos medios no han  ayudado mucho, pues se han quedado en eso, en educación a medias y ahí tenemos a hijos que matan a sus padres para no verlos sufrir.

Es hora ya de que nos preguntemos qué mundo queremos vivir, que miremos de frente esta realidad y que comprendamos que la buena educación no da frutos en los mejores colegios, ni con becas jugosas, que ayudan, es verdad, y cada vez deberían cubrir espectros más amplios en la sociedad, pero no debemos contentarnos con eso; la verdadera educación, la trascendental es la que se recibe en el día a día, en la cotidianidad del hogar, en la comprensión, el amor, la relación con los miembros familiares.

Y de esos hogares somos responsables los mayores, resulta obvio en principio, pero no debe ser tanto, cuando un publicista pensó que podía llamar la atención de los padres hacía la compra de un producto, apelando a la necesidad de compañía materna de ese niño, hijo del siglo XXI. Sin embargo, no debemos engañarnos respecto a las intenciones comerciales del publicista, su naturaleza es esa, obligarnos a comprar usando cualquier método que tenga a mano, al fin y al cabo, nuestra sociedad siempre encuentra un filón aprovechable para comprar y vender.

 

La Dirección.