
Ilana tenía el cabello largo y clarísimo casi blanco y los ojos más
bien pequeños y casi sin pupilas. Era exalumna del Pilar como casi todas las
amigas que tengo en Bucaramanga. ¿Qué más le puedo decir de ella? Tenía
brackets, pero a pesar de eso, y no sé por qué digo “a pesar”, su sonrisa era
muy bacana, muy inocente, como de niña chiquita por decirlo de alguna manera,
¿Ha visto cuando a una niña consentida le preguntan por qué hizo algo y ella no
tiene ni idea de por qué pero sonríe como pidiendo perdón? Haga de cuenta. Ella
sonreía así y yo la besaba. ¿Ha besado alguna vez una mujer con brackets? No se
enreda la lengua ni nada, es rico. Ilana besaba rico y tenía los pies fríos.
Siempre andaba de falda larga y botas militares y se ponía un montón de
manillas y collares de los que venden los artesanos de Cabecera. Tenía un
bolsito que se cerraba con una tachuela verde y allí llevaba los libros. Todos
llevábamos libros en el morral en esa época, pero ella leía cantidades, más que
cualquiera de nosotros. Le gustaba Borges porque le gustaba el ajedrez y Borges
tenía un poema sobre el ajedrez que ella me leyó la primera vez que salimos a
tomar café. Fue en el café de la UNAB Terrazas, ¿Ve usted cómo cuando uno las mira
hacia atrás las cosas encajan siempre? Yo acababa de salir de entrenamiento de
lucha libre. Le dije que si me recordaba, aunque tenía que recordarme después
de lo que había pasado en el bar. Ella pidió un sobre de azúcar, yo dos. Ilana
había vivido en una finca y no había hecho primaria y aún así había aprendido a
tocar violín y jugábamos a inventarnos canciones, ella ponía la música y yo la
letra y creo que la letra era muy mala para semejante música; sobre todo le
gustaba ir a cine, por eso casi todos los martes íbamos a ver algo, así fuera a
algún cinema comercial o a las películas que daban gratis en Casa Sur o en la Facultad de Salud. Con
ella vimos “Azul”, que era una película llena de color azul pero de la que más
me acuerdo es de “Casablanca” que la vimos en Floridablanca, porque a la salida
de esa la invité a tomar una cerveza a Sueños de Pan y luego otra por el
Pequeño Ámsterdam, porque allí eras más barato y de regreso caminando por la
27ahí fue que nos cuadramos. Claro que no duramos mucho, pero después de que
terminamos me la seguí pasando bastante con ella. Al menos hasta que se cuadró
con un tipo que me caía como una patada en el culo y empezó a portarse toda
boleta conmigo. A mí no me molestaba que saliera con él, aunque el tipo me
cayera mal, pero odiaba la barrera que significaba que ella estuviera con él.
Las mujeres conocen la mayor humillación y la mayor tortura: negar el cuerpo
que se ha entregado. Eso duele y cuando le pregunté si alguna vez íbamos a
volver a estar juntos y ella contestó que ni muerta no volvía a visitarla. La
última vez que la llamé fue para contarle que acababa de llegar de Duitama y
que me había cuadrado con una pelada de allá y para pedirle el favor de que
comiera mierda. Entenderá entonces usted que fue una
sorpresa que, cuando ya casi ni pensaba en ella, me la volviera a encontrar en
el atajo que uno agarra para ir al barrio Terrazas. No sé si usted ha ido por
allá, en lugar de seguir derecho por la iglesia de los mormones hasta llegar al
CAI, usted se va por detrás de la pizzería en ruinas, baja unas gradas, cruza
un potrero y sale de una. Es mucho más cerca, pero no se lo recomiendo cuando
llueve, porque en las gradas se forma barro y uno puede resbalarse. Yo venía
caminando desde la casa de una amiga que se llama Alejandra y que vive cerca al
estadio y estaba medio prendo porque con ella y con un amigo, al que nunca le
he sabido el nombre verdadero pero que le dicen Dani Cobain porque es muy fan
de Nirvana y de un grupo de Black Metal que el cantante se llama Dani, habíamos
hecho una fogata y tomado bastante. Acababa de empezar a bajar las escaleras
cuando la vi. Ilana estaba sentada unas gradas más abajo, recostada contra el
primer árbol. Tenía falda larga y botas militares como siempre, pero le habían
quitado los brackets y se había cortado el cabello. Le dije que me alegraba
muchísimo de verla, que sabía que había peleado con el mancito con el que
andaba pero que fresca, que nadie en el mundo es irremplazable. Le hablé rápido
de “Casablanca” y “Azul” y el violín y Borges. Le dije que con seguridad ella
aún tendría fríos los pies, que había pasado tiempo, pero no tanto, que el
tiempo le pasa a uno pero no a las cosas que recuerda.
Un rato más tarde estábamos en mi
apartamento.
Pero no le he contado cómo fue que conocí
a Ilana. ¿Usted se ha rumbeado a alguien para darle celos a otra persona? Me
imagino, todo mundo lo ha hecho alguna vez y a todo mundo se la han hecho. Aquí
usted se va a reir, va a decir “Cosas de la juventud” y va a pensar en esa
mujer por la que lo hizo, pero la gente cambia en todo excepto en la manera de
quererse. Yo en esa época, salía con Natalia Hetfield, una caleña hija de
gringos que me gustaba mucho. De ella no volví a saber porque una vez la llamé
y le dije que quería verla, que por qué no se pasaba por la casa y me dijo que
otro día porque esa tarde tenía una cita con un tipo que había conocido en un
bus y que el día anterior había pasado por mi casa y mi mamá la había tratado
muy mal. Cuando mi mamá estaba en la ciudad, porque ella vivía en Duitama y de
vez en cuando venía a visitarme un par de semanas, nunca me decía que Natalia
había ido a buscarme. Mi mamá creía que Natalia era hasta satánica por la
música que escuchaba y quedó convencida cuando la única vez que logré sentarlas
a comer juntas, en el Viejo Chiflas ella contó la historia de Elizabeth
Bathory, quedó convencida. Natalia me gustaba resto y como ya habían pasado
varias cosas con ella, estaba decidido a pedirle cuadre esa noche en un bar que
acababan de abrir a media cuadra de la Clínica Bucaramanga.
El bar se llamaba Calabozo. Los destinos se deciden siempre en bares con
nombres curiosos. Esa noche le invitaría una cerveza y bailaríamos un rato y
luego le invitaría otra y nos la tomaríamos bailando y así hasta que ella
dijera “Estoy cansada, sentémonos un rato” y nos sentaríamos a la mesa y yo le
diría “Natalia, yo propongo cuadre” y ella diría “Yo he estado pensando lo
mismo. Ya han pasado muchas cosas”. Pero el sábado había noche de “tome la
cerveza que pueda” y todos terminaron yendo al bar. “Todos” es Alejandra &
Dani y Andrés & Ariadna y Fernando & la nueva novia de Fernando. Habían
cambiado todas las luces por lámparas ultravioleta, la gente miraba los dibujos
secretos en las cédulas de ciudadanía y los billetes de mil. Sobre la barra
había un despertador que sonaría a las dos de la mañana. Hasta esa hora se
serviría toda la cerveza que cada uno quisiera. Había mucho humo y mucha gente,
Natalia estaba de un mal genio mortal. A las dos menos cinco, todos los tipos
del bar estábamos al lado de la barra vaciando y volviendo a llenar los vasos.
Cuando el reloj sonó y el barman nos amenazó con un palo de golf, un deporte
que por demás hay que ser muy imbécil para practicar en Bucaramanga, volví a la
mesa y Natalia no estaba allí. La encontré estaba con un tipo al lado de la
ventana. “Ven te presento a mi novio, volvimos que días” dijo.
Y yo qué piedra tan hijueputa.
Primero por creer que ella iba a
cuadrarse conmigo y segundo porque yo sabía que al tipo acababa de conocerlo. Fue en ese momento exacto cuando vi por
primera vez a Ilana. Voltear la cabeza, verla. Todo en una sola acción. Estaba sentada en una mesa, sola y
fumando un Pielroja ella solo fuma Pielroja, aunque eso lo supe después. Sonaba
una de Rage, y todo mundo saltaba y gritaba now you do what they told ya ta-ta
ta…now you do what they told ya ta-ta ta…y ella sin embargo quieta, estática y
extática y etstática pensando en quién sabe qué cosa, vestida con falda larga y
botas militares. Sobre todo sola en una mesa frente a una silla desocupada en
un bar en el que no había lugar, como si quién sabe qué cosa, un cono de luz
diferente a la ultravioleta del bar la protegiera. No le dije nada. Tenía
derecho a sentarme en esa silla. Ella dijo que podía sentarme en las dos si quería,
que ella se iba. Yo le dije que también me iba, que me había sentado sólo para
amarrarme los zapatos. Ella podría también estar sentada allí sólo para
amarrarse los zapatos, amarrar sus botas debía tardar otras. Ya estábamos
bajando las escaleras cuando empezó a sonar una canción de Queen que me gusta
mucho ¿usted la ha escuchado?, es la que dice mamma mia mamma mia que después
un grupo mexicano versioneó en español hasta que en un concierto un fan subió
gritando “Por Freddy Mercury” y mató al cantante de catorce puñaladas. Yo lo
hubiera hecho también ¿Usted no?. A mí me gusta Queen. Me gusta mucho. Fue por
eso que le pedí a Ilana que nos devolviéramos a escucharla. La mesa estaba
ocupada, el cono protector se había deshecho. Nos sentamos en el piso. Natalia
estaba sentada en frente de nosotros. Yo podía verla, en ultravioleta, a través
de las piernas de la gente que bailaba y veía que ella me miraba, que en lugar
de cerveza tenía entre sus manos, una botella de Moscatel barato, que si estaba
agarrando esa botella con la misma fuerza en los dedos con la que uno se aferra
a un salvavidas, era porque estaba triste y estaba sola. Y no importó, ¿sabe?
mientras la música cambiaba de opera ligera a guitarra heavymetalera, besé a
Ilana con la única intención de que Natalia me viera y mientras la besaba abrí
un poco los ojos. Natalia se había ido. En el momento en el que mi teléfono
sonara y fuera ella le diría que no había sido más que un beso. Pero no sólo Natalia no volvió a llamarme
en mucho tiempo sino que no fue sólo un beso. Ni mucho menos. Nunca un beso es nada más que un beso. A la madrugada Ilana y yo seguíamos
besándonos en la Carrera
33 frente a un letrero en la pared blanca del Club Unión que decía “Dios te
ama”. La última broma que hice mientas Ilana subía a un taxi tenía algo que ver
con el amor de Dios y con lo difícil que debía ser desamarrar su botas. La primera broma que hice en mi
apartamento luego de encontrarla en el atajo que uno toma para ir al barrio
Terrazas, tenía que ver con Dios y con lo difícil que era desamarrar sus botas.
“No voy a acabar nunca” dije esperando
que ella sonriera.
Yo todavía pienso mucho en Ilana, aunque
pienso en muchas otras cosas. Hay talleres para ocuparse pero de todas maneras
uno tiene un montón de tiempo para pensar, para leer también. Yo leía antes de
conocerla, pero con ella empecé a leer de verdad, ¿Me entiende?, a Filemón de Sausage, a Cátulo, los clásicos.
Todos esos libros que ve ahí son clásicos, me los trajo un profesor que se
llama el profesor Medina. Él nos hacía talleres, pero hace rato no viene. Ahora
viene el hermano Pedro, un pastor evangélico, pero yo no voy a verlo. Fui una
vez pero había un ángel tomando apuntes de lo que decía. Entonces prefiero
quedarme leyendo. ¿De pronto usted podría decirme cuál es el mayor clásico de
la literatura francesa? A mí me gusta Baudelaire, me gusta decir “Es hora de
embriagarnos” aunque ya no tome nada. Pero no sé si Baudelaire es el mayor
clásico de la literatura francesa. Tal vez usted sabe. Ese otro libro es de
Borges. Me lo trajo el doctor Aguas, pero ahí no está el poema del ajedrez
y por eso no lo he leído. Los pequeños son de filosofía. Algunos de los
compañeros de acá leen mucha filosofía. Mucha.¿Vio al tipo de está ahí sentado
con un trapo rojo amarrado al cuello? Ese es Supermán, es uno de los tipos con
los que se puede hablar de filosofía. En realidad se llama Federico. Yo lo
conocí antes de que los dos llegáramos aquí. Estábamos con Ilana en Calisón. Él
la sacó a bailar. Luego salimos con él un par de veces, pero él rara vez se
acuerda. Todas las mañanas a las ocho y cuarto Federico se para en la mitad del
patio y se echa un discurso. Hoy nos habló de las tarántulas, ayer de los
relegados o algo así. A veces se corta las yemas de los dedos con un vidrio y
se pone a escribir en el piso cosas con la sangre. Él lleva rato aquí, otros
duran menos. Las mujeres sobre todo. A la familia le da miedo que den con algún
degenerado y se las llevan para la casa. Por aquí pasó una muchacha super
bonita que se volvió loca de tanto ver luces en el cielo. Hubo otro que se
fritó el cerebro de tanto comer hongos en La
Mesa. La novia venía a verlo y él decía que
ella era un fantasma, que ella estaba muerta, y ella le trataba de acariciar el
cabello y él le decía que no, que ella estaba muerta y con Federico decíamos
que la novia era bonita, que aunque estuviera muerta era bonita y antes más.
Sausage dice que la muerte embellece, yo lo había pensado antes de leerlo. Con
Federico siempre hablamos de las visitas de los demás, hay que hablar de algo,
¿No cree?. El otro que está allá no habla mucho, pero a él también lo vi antes
afuera. Tenía rastas hasta la cintura y se paraba en la mitad de la calle 36 a insultar a todo el que
pasaba y ahora que lo raparon se sienta en un rincón. A mí también me raparon
cuando entré y me dio mucha rabia porque llevaba desde que salí de prestar el
servicio en la policía dejándome el cabello, porque cuando estaba en el equipo
de lucha tenía que pelear con el entrenador para que no me obligaran a cortarme
el cabello. También Ilana tenía el cabello corto cuando volví a verla. ¿Quiere
ver una foto? No de Ilana, una foto mía con el cabello largo. Ese libro es un
álbum de fotos, creo que en casi todas tengo el cabello largo, las fotos con el
cabello largo son las que uno con más cariño recuerda. Esta es cuando estaba en
el equipo de lucha. Esta es en un lago cerca de Paipa en un paseo que hicimos.
Esta es bien bacana, es con el doctor Patarroyo y nos la tomaron cuando vino a
dictar una conferencia a la UIS.
Yo le digo a la gente de acá que soy amigo de Patarroyo y más
de uno me cree. También les gusta mucho la foto del lago, aunque la última vez
que mi mamá vino me dijo que ya se había secado. La que está al lado mío es mi
novia de Duitama, la que tuve después de Ilana. Ella nunca ha venido, pero me
manda decir con mi mamá que es porque ha estado ocupada porque ahora entró a la
universidad en Bogotá. De todas maneras como sé que mi mamá y ella se ven en
Duitama, le escribo seguido. Mi mamá viene cada dos meses más o menos, son ocho
horas de carretera y lo dijo Daville citando a Sausage “El dinero va y viene.
Sobre todo, va”. Cuando mi mamá viene siempre estoy
contento. De resto hay días buenos y malos. Aunque a veces se me saltan las
letras como en los libros que uno encuentra cuando está soñando acá me sobra el
tiempo para leer. Si he dormido bien me levanto temprano, recibo las pastillas,
me baño, leo un rato y después de escribir salgo al patio y hago algunos rollos
de lucha libre, como para que no se me olvide. Los compañeros me dicen “El Hijo
del Santo” y “Mascarita Sagrada” aunque que si estoy muy empepado termino
estrellándome contra el piso y todos se ríen. A mí no me importa tampoco, yo me
río con ellos. Eso en los días buenos, porque hay noches en las que el frío no
me deja dormir. Entonces no me levanto, ni siquiera para escuchar el discurso
diario de Federico y no me tomo las pastillas y me duelen los huesos y paso
toda la mañana pensando en cómo seguirá el mundo allá afuera y primero es en si
arreglaron algún parque o si hicieron un puente nuevo en alguna parte de
Bucaramanga, y hasta allí está todo bien, pero luego llegan todas. Usted sabe,
todas al tiempo con sus preguntas, Ilana y Natalia y mi novia de Duitama, todas
como si fueran transparentes, y se acercan y me muerden el cuello y me torturan
con sus cuerpos que tengo tan cerca y no puedo tocar me gritan que por qué he
sido tan hijueputa con ellas. Yo sé que para no verlas sólo tendría que
salir de aquí, pero no me dejan salir y le juro que hay días que agarro la
pared a cabezazos y entonces termino por gritarle, a Ilana, a mi novia de
Duitama que no lee mis cartas, a todo mundo, que yo no hice nada malo, que
después de lo que fue la mejor noche de mi vida, volví a amarrarle a Ilana sus
botas militares y la dejé tan linda y tan muerta como la había encontrado unas
horas antes, recostada contra el primer árbol que hay por el atajo que uno coge
para ir al barrio Terrazas.
Por: Ricardo Abdahllah
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