Son las seis menos cuarto, cuatro mujeres de cierta edad se disponen a salir de sus respectivas casas, todas hacen el mismo gesto al mirarse en el espejo de sus respectivos e idénticos  vestíbulos: guiñan los ojos para verse mejor el rostro – tanto maquillaje no logra borrar los años - con un gesto de la mano dan un toque al pañuelo que llevan en el cuello – un mal viento a esta edad puede ser peligroso – una última mirada a su atuendo y un gesto de resignación – medianamente bien – Una revisión al bolso para asegurarse de que las llaves están en su sitio y salen en dirección a la cercana cafetería donde se han citado – las rodillas ya no dan para mucho

Las cuatro mujeres llegan casi al tiempo, se saludan, los labios quedan dibujados en las mejillas – un kleennex lo soluciona

Rosalía piensa en la cara que pondrán sus amigas cuando vean la foto de su último nieto – un adorable bebé de pocos meses – María cree por su parte que la receta del arroz caldoso provocará muchos ayyyy de sus amigas – Alicia repasa el número de invitaciones que trajo para la comunión de su nieta, una de las medianas – Josefa no trae nada, solo piensa en pasar bien el rato hasta que sea la hora de irse a casa a dormir sola –

En la puerta  son recibidas por Anita, la camarera suramericana – tan linda ella, tan educadita y tan bien puesta que va siempre – las conduce a la mesa, las amigas se quitan los abrigos y se disponen a ordenar.

Humberto las mira por el espejo que tiene en frente de la barra – otra vez las viejas esas, parece que no tienen nada mejor que hacer – y se pasa la mano por los cabellos. – ¿qué piensa, alguien que está al borde de la muerte? -Lleva más de dos horas en el café y el cuaderno que tiene a su lado muestra la hoja en blanco – no se le ocurre nada para escribir – y encima ahora con esas parcas detrás. – no sabe cómo quitárselas de encima -

Yo debería más bien dedicarme a buscar un trabajo rentable y disfrutar del billete –reflexiona- pero sé que no aguantaría mucho, y menos con esta ansiedad, con esta desazón que no me deja en paz sin saber por qué. No, no me van los trabajos fijos… o si me invento algo, a lo mejor - y vuelve a mirar los periódicos del día – con tanta grasa no se ven las noticias, tendría que venir por las mañanas temprano, antes de que lleguen los clientes, - maldita pereza - así me entero de lo que dicen los diarios. ¿Y si me dedico a escribir sobre los inmigrantes en Europa?, eso podría estar bien, pero nunca escucho nada que ya no se sepa, o hablar de las mujeres maltratadas, eso tiene mucho juego y me ganaría un público solidario con las mujeres – no que va -   

Siente el alboroto de las mujeres como ácido en sus orejas, alza la cabeza. Las ancianas se ríen, hablan bajo, parece como si tramaran algo. Alicia mira hacía él y las mejillas de Humberto se ponen rojas. Debió ser más rápido. Se siente muy mal al verse pillado de esa manera. Vuelve a su hoja en blanco y garrapatea algo sin sentido: “mujer mayor que mira a hombre joven con visibles muestras de…” ¿Por qué no? un Lolita pasadita de años y se ríe.

Cuando levanta la mirada tropieza con la de Alicia, muy cerquita a su rostro. Se sobresalta.

- ¿Qué pasa escritor? ¿No llega la inspiración verdad?– pregunta Alicia sin pudores –

- Si – responde seco Humberto – mientras se maldice por tonto, - ahora me va a preguntar que qué escribo, – si…-

- ¡Vaya que es cruel la inspiración! – dice Alicia mirando la hoja, lee la frase pero no lo demuestra –

- No, si, si, claro es que reflexiono antes de… - alega como a la carrera el joven escritor –

Las otras mujeres se acercan, rodean al escritor sonriéndole.

- Venga siéntese con nosotras - le dice Alicia – a lo mejor necesita algo de… distracción.

Humberto se levanta de su silla, recoge el cuaderno y las sigue.

- Así que usted escribe – dice Rosalía con un tono muy neutro –

- Si, pero…

- No le llega la inspiración – dice Alicia –

- Si, son malos tiempos para los escritores, me imagino que añora los bares roñosos de principios de siglo, llenos de humo, gente que habla fuerte, beben absenta y se rodean de putas maduras… - dice María –

- O impúberes – dice Alicia -

Humberto la mira y se sonroja otra vez – ¿cómo diablos supo esa mujer que…?

- A lo mejor echa de menos las tertulias de la bohem – recalca María –

- Si, malos tiempos para los artistas, con tanta comunicación y tantos medios, verdad, da la impresión de que todo el mundo se ha vuelto escritor de la noche a la mañana – dice Alicia –

- Y a usted le gustaría hacer algo original ¿no es así? – le pregunta Rosalía con una sonrisa enigmática en los labios.

- Por supuesto – dice Humberto – me gustaría escribir una novela genial, algo así como el Quijote –

- El Quijote no es una novela – dice Alicia –

- Usted perdone señora, esa es tal vez la mejor novela de habla…

- Una sarta de alucinaciones, válgame Dios – dice Maria –

- Señora, no permito que en mi presencia se hable en esos términos de, de, de, de lo que considero la Biblia de la lengua…

- La lengua – dijo Alicia mirando a sus amigas –

- Van Gogh se cortó una oreja ¿no? – preguntó con una mirada inocente Anita, la camarera –

Humberto sintió que el estómago se le retorcía, aquellas brujas, lo iban a enloquecer.

- Perdónenme, debo ir al baño – se disculpó Humberto –

- No hay cuidado – dijo Alicia –

Humberto se alejó en dirección al baño, las manos le sudaban y las piernas le temblaban, a duras penas llegó a la puerta donde el dibujo del hombrecito con paraguas le indicaba: Aquí es.

Cerró la puerta tras de sí, estaba completamente bañado en sudor, esas viejas, esas viejas algo tramaban – pensó – la cabeza empezó a  darle vueltas, las frases de las mujeres retumbaban en su cabeza: El quijote no es una novela… una sarta de alucinaciones… venga con nosotras… no tiene inspiración… no tiene inspiración… no tiene inspiración…

Se acurrucó debajo del lavamanos oprimiéndose  fuertemente los ojos con la palma de las manos intentando calmarse, cuando creyó que lo había conseguido abrió los ojos, el cuarto de baño ahora estaba iluminado por una luz rojiza, los rostros de las mujeres danzaban alrededor de su cara, las bocas de ellas se reían, se reían…la oreja de Van…

 

 

Una hora más tarde nuestras amigas se levantan de la mesa, le dan la propina a  Anita quien con dulce acento les pregunta por el joven.

- Salio de prisa – dijo Alicia – ¿se despidió de nosotras?

- No – dijo Josefa.

- Malos tiempos para los buenos modales – dijo Rosalía, sin embargo creo que lo último que le escuche decir fue…  algo de…

- Una oreja – se rió Josefa –

Salen a la calle dejando intrigada a la camarera, caminan tomadas del brazo, desean aprovechar al máximo el tiempo que les queda antes de despedirse.

 - No pensé que fuera tan sensible – dijo Alicia –

- Maria – susurro Rosalía - en serio piensas eso del Quijote

María la miró, se detuvo en medio de la calle, buscó en su bolso, extrajo un papel cuidadosamente doblado y empezó a leer: Ajos tiernos, cebolla bien picada, un ramito de perejil…

 Por: Gladys