Es de madrugada. Voy a la cocina.
Me muero por un café.
Enciendo la luz.
Sobre el mesón de la cocina, a la izquerda, hay dos serpientes muy gruesas.
Me paralizo.
No llamo a nadie.
Las contemplo.
Luego me doy vuelta, y sin darme cuenta las estoy triturando con el minipimer.
De las serpientes sólo queda un líquido pastoso, pero sus dos cabezas
se quedan adheridas
al lateral de mi taza de café.


Por. Selvática