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Mayo del 2008
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Publicado el 30 de Mayo, 2008, 6:41.
en Alaprima.
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Mi
hijo estudia con los hijos del presidente. Salimos a llevarlos. Yo voy con la
mujer del presi y uno de sus hijos en una gran limusina, en la que nos precede,
va el presidente con mi hijo y sus otros dos chicos.
El
colegio está situado en una colina de tierra roja. Aparcamos frente a la
entrada de la cueva. Allí había un asentamiento indígena. En la parte exterior
hay un salón grande, los muebles son bloques de tierra contorneados y
apisonados, hay sofás, sillones, estanterías, todos de un hermoso color rojizo,
traspasamos esta especie de recibidor y accedemos a otra sala donde los muebles
también están empotrados a las paredes de la cueva y allí ya encontramos restos
indígenas, calaveras, esqueletos hermosa y tenuemente iluminados dándole a la
cueva una atmósfera acogedora e íntima. Seguimos avanzando y las galerías se
suceden más o menos iguales, lo único que cambia es el número de muebles,
algunos tienen más que otros, incluso hay galerías totalmente vacías. Cuando
llegamos más o menos al centro de la colina, encontramos las aulas del saber,
las sillas y las pizarras se hayan dispuestas en forma de teatro en la entraña
misma de la cueva. Dejamos a los chicos allí, orgullosos de darles esa
educación y salimos por la parte de atrás. Avanzamos unos cuantos metros y
mientras ellos se suben a los coches yo volteo a mirar la colina, me siento
emocionada al contemplar que por ese lado la montaña forma una especie de
castillo, una fortaleza construida por la lenta labor del tiempo, el edificio
termina en una torre a la que no se le pude ver la cúpula pues ésta se hunde en
la barriga de las nubes.
Tengo que capturar esa imagen en mi moderna lupa de
cristal para que no se esfume.
Por: Selvática
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Publicado el 30 de Mayo, 2008, 6:25.
en General.
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Toda
la noche estuvo repasando, como enloquecido, presa de temblores y escalofríos
por los resquicios de su memoria intentando recordar todo lo que le molestaba,
en esa inspección caían desde las coles de Bruselas que su madre y después su
mujer, le obligaban a engullir esgrimiendo razones totalmente absurdas, hasta su
timidez, rasgo que le había causado miles de dolores de cabeza, pérdidas
económicas y hasta el amor de su vida. En fin, que no podía ponerse a perder el
tiempo con los detalles, debía recordar cada cosa que le molestaba y apuntarla
en las hojas que tenía dispuestas sobre el escritorio.
Así
pasó toda la noche este buen vecino de barrio de clase media; buscaba entre
fotografías, escuchaba discos, corría hasta el escritorio y sacaba legajos
amarillentos del fondo de los cajones para descubrir allí periódicos viejos,
manifiestos escritos impulsivamente y llenos de tachaduras de la época en que
él y sus amigos redactaron las bases de un mundo feliz, pero el nerviosismo no
le daba tiempo de asimilar tanta vida, mientras abría el manifiesto, en la
mente se le aparecían las imágenes felices de algunos de sus familiares y
sentía que el pecho se le derretía de la envidia… envidia, eso también tendría
que anotarlo, entonces corría al escritorio y escribía casi ilegiblemente envvvidd
pero cuando su mano dibujaba la d, ya su mente estaba registrando la imagen de
su ex mujer con su mejor amigo y no podía terminar la palabra, empezaba con
cellloo y entonces el auto de su rival reemplazaba el rostro de su mujer, dejaba cellloo y garrapateaba coddicc; así se
le fueron pasando los minutos, las horas hasta que una tenue luz se filtró por
los resquicios que dejaba la gruesa cortina, heredada de su abuela. Rápidamente
recogió de cualquier manera los papeles, se los metió en los bolsillos de su
chaqueta y los que sobraban fueron a parar a los de sus pantalones, pasó una
mano sobre los cabellos medio grasientos de tanto repasárselos toda la noche y
salió de su casa, echó a correr por la ciudad mientras los transeúntes se iban
agregando al paisaje natural de una ciudad que se despierta temprano, todo eso
aumentaba su angustia, no quería que lo vieran en ese estado, no le convenía,
el trato era que absolutamente nadie presenciara su acción.
Al
cabo de una media hora llegó al borde de la carrilera del tren. Respiró
aliviado, había llegado a tiempo, aún el cielo permanecía oscuro y probablemente,
si la suerte lo acompañaba, nadie rondaría por ahí.
Tendió
los papeles sobre los raíles y los iba asegurando con cinta adhesiva para que
ni la más fuerte brisa los arrancara de su trágico destino. El tren debía
deshacerlos a su paso. Eso le había asegurado la maga, si algún papel no era
arrollado por el tren, los males volverían inexorablemente a su vida.
Terminó
su labor, se retiró unos cuantos metros para observar el paso del tren, que,
consultando su reloj, ya no podría tardar. Para matar el tiempo, repasó lo
escrito para convencerse de que no había olvidado nada, esa tarea logró
tranquilizarlo un poco. Estaba seguro de que había anotado todo, desde lo más
íntimo, eso que no nos atrevemos ni a decirnos a nosotros mismos, hasta las
cosas más prosaicas. Una vez que el tren con su poderío los deshiciera, él se
convertiría en un ser humano puro y feliz. Empezó a soñar con su nueva vida, su
mente se tomó el trabajo de crear unos minutos, unos segundos, un día y noche
del hombre nuevo, libre de todas las ataduras que lo harían tan infeliz en muy
pocos minutos. El tiempo pasó, los segundos se desgranaron sobre la humanidad
dando paso a las horas, la ciudad se vistió con el traje de todos los días, los
seres humanos que la poblaban salían de sus casas rumbo a sus obligaciones
cotidianas mientras nuestro buen vecino de barrio de clase media, esperaba que
el tren pasara, acurrucado bajo un letrero en el que la compañía de
ferrocarriles anunciaba la cancelación de esa ruta por falta de usuarios.
Por: Gladys
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Publicado el 30 de Mayo, 2008, 6:14.
en General.
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“No deje que la mente lo vuelva loco.”
“Si queremos crecer, cambiar, explorar
nuevas conductas y posibilidades en nuestra vida, si queremos dejar de hacer
cosas que no funcionan, hay que dejar de ser memoria…”
“Concéntrese en un único objetivo, elija lo
primordial y tráigalo a la mente cada vez que pueda”
“Imagine”, “decida”, “piense” “rodéese de
personas influyentes”, etc., etc.
Y uno escucha estas cosas de labios de aquellos
amigos más queridos, esos, por los que ponías la mano en el fuego
considerándolos libre pensadores y tienes que hacer de tripas corazón, pues no
quieres decepcionarte de ellos, tampoco los quieres ofender, pero en el fondo,
te rechinan los dientes al sentir que te han defraudado, no era eso lo que
esperabas que te dijeran. Cómo es
posible que ellos, a quienes considerabas tan libres, te suelten ahora esa
jerga de autoayuda populachera, no lo entiendes y tragas saliva intentando
poner cara de inteligente para soltar alguna frase que desvíe el tema sin pasar
por un mal educado corta rollos rompe pelotas. En esos
momentos darías cualquier cosa por recurrir al manual de instrucciones
(protocolo, lo llaman las ciencias modernas), o simplemente soñar que estás en
un reality y usas el control remoto de la tele cambiando el canal. Igual sucede
que te culpas por ello y pensamientos como no debí contarle, te atormentan toda
la noche. Pero si es una tontería, te dices, no debería preocuparme. No. eso no
funciona, uno siempre se queda rumiando esos no debería hasta que el despertador ulula por el cuarto. Entonces,
una vez que el despertador se ha silenciado, suena la alarma en tu interior. La
culpa no es de tus amigos, no es de esos brujos que exhalan frases de autoayuda
ya estén vestidos de hermanos cristianos o de catedráticos Honoris Causa de
alguna universidad salmantina, la culpa, en mi opinión, es de Dios o de sus publicistas que no
previeron una campaña de seguimiento a dos mil años vista, por eso ha perdido
participación de mercado llegando al punto de que un alto porcentaje de
consumidores lo ignora olímpicamente, eso es lo malo, ya ni siquiera se debate
si tenía o no razón, si existía o no, simplemente lo ignoran y eso señores es
lo peor que pudo haber pasado. Porque ahora
sin Dios que nos ayude en nuestras desgracias o, Paraíso pagado en cómodas
cuotas mensuales, nos sentimos solos, huérfanos, desamparados, perdidos e
indefensos. Por eso no sabemos qué hacer ni a quien recurrir para encontrar
sosiego, cosa que jamás reconoceríamos a los cuatro vientos para no dejar ver
nuestras debilidades. Cómo no vamos a tener el control, si hemos pasado como
una gran apisonadora sobre nuestra civilización, si hemos asolado pueblos
enteros simplemente porque no pensaban como nosotros ¿Hasta
dónde ha llegado la humanidad? primero eliminamos nuestra sabiduría intuitiva,
aquella que fundaba su existencia en el orden natural de las cosas, el rayo,
los truenos, las tempestades, huracanes, etc.; después creamos unos dioses:
Zeus, Hera y una pléyade maravillosa, a quien también le dimos la espalda. Una
vez nos cansamos de ellos, nos dio por crear la leyenda de Dios, Yavé, Mahoma,
Buda, etc., que también sucumbió a nuestro voraz apetito consumidor, con tan
mala suerte que éste también se agotó y seguimos solos, huérfanos, desamparados,
perdidos e indefensos, eso si, bien parapetados tras las teorías mágicas de
auto ayuda que me promete la portada de este libro que estoy a punto de pagar
en la librería más importante de mi civilizada ciudad.
La Dirección.
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Publicado el 30 de Mayo, 2008, 5:56.
en Hablando de....
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Un comienzo de
año siniestro, en vista de la crisis que generaba la manifiesta y veraz
infiltración del paramilitarismo en el Congreso, se atenuó con la muerte de
Wilber Varela, alias "Jabón", el primero de febrero, en Barinas, Venezuela. Así, se cerró la vida delictiva de uno
de los narcotraficantes más buscados del Cartel del Norte del Valle, quien
protagonizara una sangrienta guerra por el control del tráfico de
estupefacientes en esa zona del país. Numerosas pérdidas humanas
dejó aquel trágico enfrentamiento que, en ese entonces, favoreció a la banda de "Los Mellizos", ya fortalecidas por la captura de "Don Diego" en septiembre de
2007. El "gran logro" en la lucha contra el
narcotráfico enarbolaba las banderas urbistas, que ya se ondeaban, como
presagio del respaldo multitudinario que el país le expresaría al presidente
Uribe en la marcha del 4 de febrero. La iniciativa, que se presentaba como
un aparente mecanismo apolítico de hacer
converger los esfuerzos de la ciudadanía por reclamar el fin de la lucha armada de las Farc, al final, no lo fue
tanto y se convirtió en la plataforma de un uribismo visiblemente agotado hasta
ese momento. Entonces, la alianza siempre vigente
que el mandatario colombiano parece mantener con los medios de comunicación más
importantes del país hizo que la consigna de millones de compatriotas, en
contra de la guerra, se transformase en el respaldo fervoroso hacia su
presidente. No en vano, diez días antes de la
majestuosa movilización, Caracol Radio reveló una encuesta en la que los
colombianos declaraban respaldar casi unánime e irrestrictamente a Uribe. 80 puntos
de popularidad alcanzó el mandatario, tras una consulta más bien amañada. Aunque suene poco revelador para
muchos, bien cabe esclarecer que la consulta fue contratada por el grupo
español Prisa y que fue practicada a no más de mil ciudadanos en Cali,
Medellín, Barranquilla y Bogotá. Ante el resurgimiento de ese ferviente
uribismo que, desde la "para política",
comenzaba a tambalear, la oposición intentó contrarrestar sus efectos
arrolladores con una movilización similar en la que la ciudadanía señalaría al
Estado como el culpable de miles de asesinatos y desapariciones forzosas
enmarcadas en el delito político. Iván Cepeda, hijo del ex dirigente de
la Unión Patriótica, UP, Manuel Cepeda Vargas, asesinado el 9 de Agosto de
1994, lideró la convocatoria para marchar a favor de las víctimas de los
crímenes de Estado y del paramilitarismo, que se efectuaría el 6 de marzo. Con una cachetada descalificadora y
calumniosa respondió el uribismo, a través del asesor presidencial José Obdulio
Gaviria, quien se atrevió a asegurar que quienes salieran a apoyar esa
iniciativa estarían respaldando a la guerrilla, pues aquella era la "marcha de
las Farc", puntualizó. Las punzantes declaraciones volvieron a
tener eco en la opinión que, desde entonces, libró un debate insulso e
improcedente, tratando de dilucidar si la organización armada se encontraba
tras la propuesta popular. Además, luego de la sentencia, seis de los
organizadores de la marcha resultaron muertos y otros fueron víctimas de
amenazas contra su vida. El primero de marzo, a cinco días de la
movilización, otro chispazo de suerte
para la administración Uribe se produjo, con la muerte de "Raúl Reyes". La
noticia no fue la descarada violación a la soberanía ecuatoriana por parte de
las Fuerzas Militares colombianas sino su pericia para dar de baja a uno de los
más importantes hombres de las Farc. Así, se fraguaba otro gran bocado para
la arrodillada prensa nacional que dejaría de fijar su atención en el
vergonzoso caso de la para política, para dedicarse a glorificar al Gobierno y
su Ejército que "demostraba inigualables resultados en la lucha contra la
subversión". No obstante el delirio que produjo una
masacre en la que, además de "Reyes" murieron 21 personas más y resultaron
heridas tres estudiantes mexicanas, se vino la cumbre de Río en la que América
Latina, unánimemente, rechazó la abrupta invasión de los militares colombianos
sobre suelo ecuatoriano. Pero como en otras ocasiones, aquel
siete de marzo en el que el país fue abofeteado por todo el continente, una
buena parte de los colombianos no se abstuvo de sacar pecho por el glorioso
Gobierno de la mano dura. Previo a la firma de la declaración del
pacto de Río, las autoridades anunciaron la muerte al Comandante del Frente 47
de las Farc, "Iván Ríos". La valerosa acción no era más que el
producto de la traición de un hombre
sanguinario que, como alias "Rojas" , asesinó al líder insurgente y certificó
el hecho enviando uno de los dedos de la mano derecha del extinto jefe
guerrillero. Era una "gesta heroica" que el país no dejaría de premiar con el
pago de $5.000 millones de pesos. Así, la condena que recibimos de parte
de nuestros vecinos en toda la región terminó siendo un saludo a la bandera, en
virtud de los bríos que para muchos de nuestros compatriotas trajo la noticia
de abatimiento de "Ríos". Ante la crisis de legitimidad que
enfrentaba un Congreso casi por completo inmerso en la "para política", el
presidente Uribe parecía inmunizado. Ni
la vergonzosa actuación de su primo, el senador Mario Uribe, quien intentó
evadir a la justicia, logró si quiera despeinarlo. Tan increíble pero ciertamente quedó
demostrado el pasado 22 de abril, cuando la Fiscalía dictó medida de
aseguramiento en contra del ex senador. Al ser alertado sobre el particular, el
ex legislador aseguró que él mismo se presentaría en el búnquer del organismo
en Bogotá, oportunidad que aprovechó
para refugiarse en la embajada costarricense en Colombia y pedir asilo político
en ese país. Por el bien de la desprestigiada
justicia colombiana, los ticos se negaron a brindarle refugio Mario Uribe, pero
todavía queda en la memoria de quienes aún conservamos el dolor de patria esa
imagen indignante, que muchos se niegan
a reconocer como tal. Entonces, no hubo ni la más mínima alerta
de parte del alto Gobierno, pues la opinión de favorabilidad continuó vigente,
a pesar de este escándalo y a pesar de la inclusión casi completa de otra
bancada uribista en la "para política"
como Cambio Radical, incluyendo la presidenta del Congreso, Nancy Patricia
Gutiérrez. Ya no había necesidad de generar más
cortinas de humo, pero, por si las
dudas, el Gobierno siguió fortaleciéndose con una seguidilla de
golpes al narcotráfico y la subversión,
que iniciaron con la muerte de uno de "Los Mellizos", la consecuente captura
del restante y la reciente entrega de la sucesora de "Iván Ríos" en el Frente
47, "Karina", de quien se presume habría ordenado el asesinato del padre del
presidente, Alberto Uribe Sierra, el 14 de junio de 1983. Más sorprendente todavía fue la
extradición de los 14 ex jefes paramilitares
la semana pasada, que aparentemente desmentía la cercanía del presidente con el
grupo de extrema derecha. Nadie pensó en la
posibilidad de que el repentino traslado hacia los Estados Unidos de "Macaco" y los demás ex líderes paramilitares podría significar el alto
definitivo a la "para política". Nadie se cuestiona lo casual que se
muestra el hecho de que sólo hasta hoy, horas antes de las revelaciones de la "Farc Política", las autoridades hayan
dado parte de los discos duros de los computadores de los ex paramilitares, extraviados desde hace
meses. No quisiéramos caer en la paranoia, tan frecuente en algunos líderes opositores,
pero resulta bastante coincidente el que todos los jefes guerrilleros muertos
hayan sido reconocidos como los más importantes administradores del tráfico de
drogas dentro de las Farc, una especie de
relación homóloga con los ex jefes paramilitares extraditados. Si se observa la relación, pareciera
vislumbrarse que hay una procura sistemática por sacar del camino a los jefes
del narcotráfico, cuando uno de sus más importantes representantes y declarado
enemigo de la cúpula del Cartel del Norte del Valle, "El Loco Barrera", sigue
delinquiendo. Y si a eso se le suman las versiones de
algunos periodistas, que aseveran que el hijo del extinto capo, Pablo Escobar,
está rearmando el Cartel de Medellín y su percepción según la cual el
presidente, ese mismo de que departiera en numerosas ocasiones con algunos de
sus líderes en los 80`s, estaría relacionado con él, podría armarse un
rompecabezas que muchos se niegan a construir.
Por: Yogoar
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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 8:17.
en minirelatos.
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- Hijos míos,
cuando vuestras buenas acciones superen en cantidad a las malas,
en la hora de vuestra muerte, el cuerpo se quedará en la tierra, elevándose el
alma hasta el Infinito. Imaginad que soy el alma. (Agarra con fuerza una
cantidad nada despreciable de globos inflados con Helio. Elevándole como una
pluma). ¿Lo véis?, mi alma es tan pura que se eleva sin obstáculo
alguno.
Los niños miran atónitos como el cuerpo del cura se eleva sin
encomendarse a Dios ni a nadie, perdiéndose entre las nubes.
Hoy, 8 días después algunos hablan del poder de sus palabras,
considerando un milagro su desaparición y elevación en los cielos. Las malas
lenguas hacen referencia a un cuerpo no identificado enmarañado entre la
porquería espacial que orbita alrededor de la Tierra.
Por: Jimul
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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 8:00.
en Alaprima.
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Voy
a dormir en la casa de unos amigos. Una enorme casa de campo. Pequeñas colinas
interrumpen el horizonte de un día gris.
Nos
han asignado una enorme cama para tres. Me cubro con la manta. Busco el calor en los cuerpos de mis hermanas. Cuando me siento relajada algo se desliza
sobre mi vientre. Me pongo rígida, miro hacía mis piernas y a la altura de las
rodillas emerge la cabeza de una serpiente moviéndose sinuosamente mientras
asoma y oculta su larga lengua bífida.
El
terror me paraliza. Mis hermanas me tranquilizan: esas serpientes no son
venenosas. Es cuestión de acostumbrarse.
Yo
no puedo fingir que eso no se desliza por mi cuerpo, pero intento ignorarla.
Cierro los ojos, al cabo de un rato, cuando los vuelvo a abrir veo que mi
cuerpo está totalmente cubierto de diminutas serpientes cascabel, han nacido
sobre mí millones de ellas.
Mi
hermana para calmarme me acerca el teléfono, llamamos al médico, mi madre dice
que no puede pagar el costo extra de que él venga a casa. El médico me contesta
y me dice que no pasa nada, que no le haga caso.
Yo
les hago un gesto de silencio con la
mano y me quedo totalmente rígida esperando que desaparezcan las serpientes.
Por: Selvática
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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:54.
en General.
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Desde que se despertó sintió que este viernes sería perfecto. Tenía el ánimo optimista, su cuerpo respondía a los estiramientos matinales de forma adecuada, un poco como agradeciéndole ponerlo a punto; el desayuno le supo delicioso y la ropa que decidió lucir era de lo mejor que contenía su armario. Al llegar a la oficina se enteró de que el jefe estaba de viaje, lo que significaba poco trabajo y le ahorraría el esfuerzo de disimular que se hallaba desbordado. Los compañeros también se hallaban de buen humor, bromeaban por cualquier cosa, las secretarias parecían más sexis que Angelina Jolie y en el ambiente se palpaba la expectación de lo que podría traerle la noche. Después del almuerzo lo llamó Manuel, su amigo de las grandes juergas, quedaron para ir al teatro a ver a una famosa cantante de jazz que estaba de gira por el país, luego irían a bailar con unas amigas y terminarían la noche… Cumplió toda la tarde con las pocas labores que le quedaban, incluso tuvo tiempo de actualizar el archivo de los recibos de caja menor, una actividad que detestaba, pero que ese día, incluso le causó placer. No jugó al solitario, y se asombró por ello, pero no tenía ganas - es un juego insulso y tonto - que sólo le sube la adrenalina cuando está el jefe pues tiene que estar pendiente de que no lo descubra. Jugar al solitario con absoluta libertad no tiene gracia, concluyó. Cuando dieron las seis, el sentimiento de libertad y felicidad fue tan abrumador que tuvo que esperar un rato frente al espejo para poder asimilarlo. Al cabo de unos minutos reconoció ese rostro como suyo, se supo atractivo, bien vestido, con dinero, aunque no le sobraba, no se quejaba y lo mejor: toda la noche de un maravilloso viernes por delante. Salió, fue al encuentro de su amigo. Caminaron por la Jiménez en medio de la humanidad que se apresuraba para empezar la noche, confundidos en sus millones de historias, como decía aquella canción del salsero famoso; entraron a un bar de la zona, empezaron a paladear el sabor de la cerveza mientras esperaban la hora de entrar al teatro, contemplando por la ventana el ir y venir de la gente, susurrándose apenas sucesos sin importancia que les habían ocurrido durante la semana que no se habían visto, pues la amistad con Manuel se reducía a las juergas, él trabajaba en una empresa de comercio exterior, cerca de su propia oficina, se veían sólo los fines de semana y lo pasaban bien, les gustaba la misma música, las mismas discotecas, además algún que otro evento, preferentemente musical, por eso iban esa noche al teatro Colón. Habían estudiado en la misma universidad, empezaron juntos el primer semestre, pero Manuel lo adelantó casi un año, cuando él perdió un semestre que lo obligó a actualizar asignaturas y ya no pudo alcanzarlo, desde esa época su relación se había estabilizado nutriéndose de los fines de semana, ¿Cuándo fue la primera vez que salieron juntos? Debió ser como en el noventa y nueve o dos mil, la fecha no la recordaba, pero si tenía y hasta saboreaba lo que hicieron, fue una noche lluviosa, de esas jartas noches bogotanas en que la llovizna empapa en cámara lenta todos los resquicios de la ciudad, habían salido de la universidad, se encontraron en un bar de chapinero con otros compañeros de la facultad y de pronto uno de ellos dijo que había una fiesta en Cajica, en casa de una buena amiga y que todos estaban invitados. Manuel y él por supuesto no la conocían, pero no importaba, los viernes uno es amigo de todo el mundo. Salieron del bar, caminaron hasta la parada de la flota y se encaminaron a la tal fiesta. El bus los dejó en la mitad de la población, pero nadie estaba muy seguro de dónde quedaba la casa, empezaron a dar vueltas por el pueblo hasta que sus pasos los llevaron fuera de la población y así, sin darse cuenta empezaron a caminar por un sendero enfangado, los zapatos se les quedaban pegados, las botas de los pantalones empezaron a pesarles y la llovizna ya les estaba calando las costillas mientras las luces del pueblo iban quedando a sus espaldas. Por estar mirando donde ponían los pies, casi tropiezan con un hombre montado en un burro que los contemplaba en silencio, totalmente estático en medio de la noche y bajo la lluvia. Cuando lograron espabilarse del susto preguntaron por la casa y el campesino los condujo hasta allí. Eso era todo lo que recordaba de aquella primera vez que salieron juntos, lo de después fue lo típico de una fiesta donde casi nadie se conoce, todo el mundo quiere aparecer simpático y se bebe más de la cuenta para olvidar las propias soledades. Ya es hora – le dijo Manuel – Se encaminaron al Colón, se confundieron con la gente y disfrutaban del ambiente mientras buscaban su lugar. Poco a poco la gente ocupó sus respectivos asientos y palcos, los murmullos se fueron acallando, las luces se atenuaron. Manuel se recostó en su silla y se relajó para disfrutar del concierto. Él, en cambio se sentía incómodo, parecía que la cerveza le había sentado mal, empezó a temer que la excesiva alegría de todo el día iba a terminar precisamente cuando la noche comenzaba tan bien. Su incomodidad se debía a un ardor de estómago, una llama en la mitad de su barriga le quemaba las tripas, que en su defensa, se endurecían duplicando su tamaño y por lo tanto, inflaban su estómago. Tuvo que desabrocharse el primer botón del pantalón y ni aún así alivió la presión. Disimuladamente se daba masajes sobre la barriga y por algunos instantes el dolor desaparecía pero era un alivio muy fugaz, en menos de un segundo éste le atacaba con más virulencia; entre tanto una luz se encendió en el centro del escenario descubriendo a una hermosa mujer rubia vestida con un traje de color plata que se inclinaba ante él - bueno a él le parecía que ella se dirigía en exclusiva a su persona – luego le guiñó un ojo y se encaminó sensualmente hasta el piano que la esperaba a la izquierda del escenario, se sentó y sus manos acariciaban las teclas, mientras él sentía que tenía el piano en su pecho y que cada una de sus costillas eran las teclas de ese instrumento maravilloso, que con su sonido aliviaba todas sus tristezas. Luego surgió la voz ronca de ella, una voz que parecía brotar de las ancestrales gargantas negras que poblaron el Mississipi, rasgándole el alma, despedazándosela y lanzando los jirones al aire. Él se desintegró, perdió la conciencia, por un tiempo, cantante-música, cantante-hombre, fueron la misma esencia ascendiendo hasta el techo rococó del teatro Colón para traspasarlo hasta el infinito de la noche bogotana. Cuando se encontraba a millones de kilómetros luz de la tierra un ruido sordo lo fue rescatando de su abstracción, era como si le hubiesen lanzado una soga y ésta se hubiera arrollado a su vientre atrayéndolo a la realidad, rescatando cada una de sus partículas, cohesionándolas en un todo que tenía una vida terrenal, un trabajo tradicional y un amigo que pateaba enfurecido el piso del teatro Colón en compañía de toda una muchedumbre que gritaba enfurecida improperios que él no lograba entender. Esto es el colmo, exigía Manuel, nos tienen que devolver las entradas, es una estafa, un insulto que no vamos a tolerar y su grito se ahogaba entre los gritos de la multitud que exigía la devolución del dinero.
Vámonos de aquí – le dijo Manuel enfurecido – cómo se atreven a cancelar el concierto sin avisarnos con tiempo.
Por: Gladys

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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:45.
en Un libro para ti.
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 Volver...
Lo excitante de partir es el regreso, y no es solamente una
frase hecha, como casi todo lo que oímos por ahí, en el ascensor, en los
encuentros furtivos con conocidos, de los cuales ni el nombre recordamos. No
hablo del regreso físico de un lugar geográfico a otro, me refiero a los
espacios imaginarios, a ese territorio inmenso que solemos abandonar por ocho
horas de trabajo o tonterías de ese tipo con demasiada ligereza.
Ese regreso siempre es excitante, nos preguntamos ansiosos
si volveremos a sentir, con la misma intensidad las emociones ya vividas, si
los olores, las texturas o los sabores serán los mismos y nos producirán ese
placer que nos impulsa a sonreír cuando caminamos a solas por la calle.
Ese nerviosismo y esa ansiedad me asaltaron cuando me
paseaba por los pasillos de la biblioteca pública y me detuve ante Dostoievski.
¿Cómo sería leerlo ahora después de tantos años? Me detuve un rato dudando, mi
mano iba por sus libros sin decidirme a tomar ninguno, mientras mi mente
revivía los años universitarios cuando todos amábamos la literatura rusa,
cuando todo el mundo era nuevo y uno desarrugaba pliegues para observarlos con
atención. Era consciente de que ya había visto mucho, de que ya había llenado
vacíos con los clásicos y había dado paso a los nuevos, algunos con mejor
fortuna que otros, pero no podía decidirme. Cerré los ojos y dejé que mi mano
decidiera por mí: Crimen y castigo fue en mi cartera a casa.
No voy a hablar del libro, ni del autor, no tiene sentido,
dado su carácter de clásico de la literatura universal, lo que si quiero
compartir con ustedes, son los sentimientos que volvieron a aflorar mientras lo
leía y los sucesos que estaban en la actualidad, justo esa semana habían
capturado al hombre que encerró veinticuatro años a su hija en un sótano, que
la violó y mantuvo en cautiverio a los hijos que concibió con ella. ¿Qué lo
llevó a actuar así? y sobre todo, ¿por qué piensa que no hizo nada malo?.
¿Qué que tiene esto que ver con el libro?
La naturaleza humana, la capacidad de hacer o no daño, los
motivos que nos impulsan a tales extremos y por último, la certeza de que en nuestra
condición humana conviven la maldad y la bondad en igual medida. Por eso,
volviendo al libro, en mi imaginario infinito, supe que no hay que abandonar a
los clásicos tanto tiempo.
Por: Ágata
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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:38.
en Hablando de....
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"Fruto
de nuestra pasividad son las incongruencias de nuestra sociedad"
"Transmitir
el sentir de nuestros sentidos renueva la capacidad de los mismos y deja
espacio a más experiencias, viejas por el mundo y nuevas por la vida."
"Que
decidan los pensamientos si desean continuar siendo nuestros"
"Entretenidos
en elucubraciones y actos perdemos la coraza de la retaguardia."
"En
la versátil lucidez de un segundo de inspiración se encuentra el momento
liberador del prisionero que llevamos dentro."
"Las
pasiones desvelan el verdadero rostro del paseante anónimo."
Por:Charo González
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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:22.
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Lo que hacemos es observar a la gente y
no le voy a dar más vueltas al asunto. Nos gusta y a nadie le hacemos daño, porque nadie sabe que desde el último piso de un
edificio del barrio Terrazas dominamos Bucaramanga. ¿Algo de miedo? Sí, por
supuesto, un amigo medio paranoico dice que el miedo siempre triunfa y algún
día esto terminará y tal vez termine mal, pero mientras tanto las pasamos bien.
Martín, que es el dueño del telescopio, aunque últimamente soy yo el que más lo
utiliza, dijo que deberíamos inventar un nombre para nuestro pequeño club de
observadores, pero yo no creo que eso sea tan importante. A Johanna Bach, que
desde hace un tiempo es la novia de Martín, sí le parece bien lo del nombre,
pero no se le ocurre ninguno. Así que por ahora somos voyeuristas anónimos.
“¿Voyeuristas
Inc. no sonaría bien?”.
No del todo.
No se puede poner un nombre a la ligera. La primera
noche llegué a visitar a Eduardo y Martín me abrió la puerta. Me dijo que
Eduardo estaba encerrado con Ilana en el cuarto y que no los molestáramos, que
mejor mirara lo que había conseguido. En el balcón nos esperaba Johanna con un
montón de tubos y lentes que trataba de ajustar de alguna manera, parando sólo
para tomar algo de vino de la botella de Moscatel que tenía al lado. Con una
ronda compartida por los tres el equipo estuvo completo y desde entonces hemos
seguido siendo los mismos con tal cual invitado que se aburre rápido. Una noche
vinieron Alejandra de Merak y Dani C. con el cuento de que querían ver las
estrellas y nos descuadraron el equipo para al final decidir ir a verlas de
cerca al Páramo de Berlín. Al otro día regresar a
contarnos que la lluvia no los perdonó y casi mueren de hipotermia. Ilana y
Eduardo también nos acompañan a veces, pero tienen como mala suerte para este
asunto y nunca logran ver nada. Las ciudades, y Bucaramanga sobre todo, exigen
algo de coqueteo antes de desnudarse y por supuesto, se necesita saber
coquetear. Las primeras noches las gastamos ajustando todas las piezas que el
señor Brownstone, el papá de Martín, le había enviado desde Nirvana. Armar un
telescopio no es fácil y menos para un ebrio y menos para tres ebrios: Martín y
yo con los cócteles que él preparaba con licor robado del bar donde trabajaba y
Johanna con su Moscato o Dubbonet o Nightrain o Grajales o St. Emillion o lo
que fuera porque ella veía el beber exclusivamente vino como un destino
independiente del precio y la marca. Esos días prácticamente vivimos donde
Eduardo y Martín, pero últimamente sólo me reúno con ellos los viernes y los
sábados, que son los días en que hay más para ver. Johanna en cambio más o
menos se quedó a vivir del todo, aunque me parece que el asunto de la
observación ya no le despierta el mismo entusiasmo que le vi la noche que
terminamos de unir todas las piezas marca SODAL OPAR TX-E, que supusimos importadas
de algún ya inexistente país de Europa Oriental. Hacer que a través del
telescopio se logrará ver algo diferente a una mancha fuera de foco tomo al
menos la misma cantidad de tiempo, pero superadas las cuestiones técnicas (que
incluyen las cuestiones ópticas) comienza la parte realmente difícil que es
encontrar escenas que valgan la pena para ser observadas. Digo situaciones
porque, salvo la sesión sin éxito de Dani y Alejandra, nuestra intención nunca
fue que el telescopio sirviera para mirar al cielo. Lo interesante está en la
tierra, las cosas de los hombres, no de las estrellas que los rigen. El
apartamento, en el último piso de un edificio en la Carrera 45, tenía de
entrada una buena panorámica, pero una buena panorámica es nada para quien no
tiene ojos abiertos, buenos músculos en el cuello y paciencia de pastilla en el
frasco de un seguro suicida. Un proverbio Tuareg dice “Los detalles se aprenden
en la práctica” y lo que vale para los cazadores de gacelas del Sahara vale
para quien caza con un telescopio de segunda. Hay, por ejemplo, que favorecer
las cortinas traslúcidas sobre las abiertas, que seguramente serían el primer
objetivo de un inexperto: Nadie hace nada interesante frente a una cortina
abierta, pero las traslúcidas dan una confianza que invita casi a hacer algo
que no esté del todo bien, meterse los dedos en las orejas por ejemplo, sólo
por el hecho de saber que nadie podrá observar ese acto. Las primeras noches
desmoralizan y también nos pasó a nosotros al punto de que estábamos a punta de
desarmar y empacar de nuevo el telescopio en un gesto que significaría nuestra
adhesión a la creencia casi unánime de que en Bucaramanga nunca pasa nada.
Entonces vimos dos escenas, un tipo calvo navegando en Internet y una pareja de
ancianos viendo televisión. Ninguna de las dos situaciones tenía nada de
particular, pero eso era parte de su encanto. No que las personas hicieran sus
cosas de siempre mientras las observábamos, sino que las hacían aunque los observáramos. De ahí lo
inofensivo del pasatiempo. El calvo trabajó en el computador hasta que se
aburrió y los ancianos vieron televisión hasta que nosotros nos aburrimos. En
las semanas siguientes vimos una partida de crucigrama animada con tequila, un
tipo llorando por teléfono y pateando la pared, una mujer joven bailando
mientras barría su cuarto, una dama que preparó para el almuerzo salmón ahumado
y para la noche sopa de pajarilla, dos jóvenes, él sin camisa y ella con blusa
negra, que se hacían señas de un edificio a otro y una familia perfecta: padres
jóvenes y dos niñas monitas como de ocho y tres años, auto rojo estacionado
frente a la casa, comiendo cereal importado y sonrientes a la mesa. Vivían en
un tercer piso cerca de nuestro puesto de observación y aunque aparte de las
cortinas traslúcidas tenían otras gruesas no las cerraban nunca. Eduardo los
vio una vez y dijo que parecían salidos de una propaganda de televisores. Yo en
ese momento no entendí la comparación. Esas eran las cosas de todos los días. El sueño, o mejor, los sueños de los
observadores como nosotros, pueden resumirse en captar una instantánea de sexo
o crimen, las dos fuerzas románticas por excelencia. Para la primera no
necesitamos esperar mucho tiempo. Cinco semanas después de empezar nuestras
observaciones nos dimos cuenta que con algo de trabajo y dependiendo de si el
viento movía una palma que nos cortaba la línea directa podíamos enfocar sobre
las ventanas de tres cuartos en un motel sobre la carretera antigua a
Floridablanca. Siempre son las mujeres quienes cierran la cortina y si me lo
preguntan diría que no es que los hombres no la noten abierta sino que les
encantaría que los vieran, pero eso lo pienso sin saber lo que se dice en los
cuartos. La única vez que una cortina permaneció abierta fue, entonces, porque ella
decidió abrirla. Los dos jugaron en la bañera y se persiguieron por todo el
cuarto hasta atraparse, pero luego, cuando Martín y Johanna ya habían decidido
imitarlos y yo seguía solo en el balcón, sacaron no sé de dónde dos libros y se
pusieron a leer en el momento en que la pequeña complicidad, de la que yo
debería ser testigo, parecía inevitable. Amaneció, en todo caso y siguieron
leyendo y se fueron ya bien entrada la mañana. Ilana decía, luego supe que la idea no
era de ella, que somos piezas con las que Dios juega ajedrez y que Dios es la
pieza de ajedrez con la que juega un Dios más grande. Desde nuestra torre de
vigías hemos visto sobretodo gente que juega póker y ventiuna. Hemos visto
discusiones, esfuerzos culinarios, bailes y un par de robos pequeños. Niños que
juegan video durante horas, un violinista que mira todo el tiempo la partitura
con su instrumento en la mano pero no toca jamás y un gordo de gafas que gasta
sus noches mirando pornografía dura en Internet. Una noche muy clara alcanzamos
a ver un tropel en Provenza y a tres borrachos mechudos de saco y corbata
huyéndole a otro en pantaloneta y con un machete en la mano. De todo esto
importa sobre todo el gordo, porque él fue la primera persona en la que nos
interesamos, digamos que de manera constante. El protagonista, no el hecho, no
lo que pasa un en un día sino lo que le pasa siempre aunque entonces nos movía
una pregunta más bien concreta ¿Es posible que alguien pase todas sus noches
viendo porno? y la respuesta es sí. El gordo las pasaba, de lunes a domingo,
una y otra vez. Con el tiempo y agotada la pregunta, dejamos de observarlo,
pero esa idea de observación constante la aplicamos a la familia perfecta por
la casualidad simple de que el auto se les dañó al día siguiente a aquel en el
que habíamos decidido dejar de mirar al gordo. Así nos fuimos dando cuenta, por ejemplo,
que el papá se enciende un porro todos los días después de que su esposa sale
con las niñas para el colegio (creemos que ella es profesora o psicóloga porque
siempre sale y regresa con las niñas en el bus escolar) y después el tipo sale
a trabajar vestido con saco y levando en la mano la corbata que debe ponerse
antes de entrar a la ofician y que no se quita al regresar a casa, cuando las
niñas están listas para irse a dormir. “Se los dije” dijo Eduardo cuando le
contamos acerca de la familia perfecta en una noche en la que la niebla que
sube de Ciudad Norte hacía imposible cualquier observación “como de propaganda
de televisores”. Esa fue la primera gran noche, porque
entonces entendí lo que Eduardo había querido decir. La segunda gran noche fue hace tres
meses. Johanna había sido la primera en notar que la mamá de la familia
perfecta ya no llegaba con las niñas y ahora la traía un tipo que la dejaba a
media cuadra de la casa despidiéndola con un beso en la boca. No creo que
llevaran mucho tiempo, porque nos hubiéramos enterado y al papá de la familia
perfecta tampoco debió costarle mucho trabajo descubrirlo. Era sábado, la mamá
de la familia perfecta salió temprano con las niñas y nosotros cumplíamos un
año de observaciones. Martín, para conmemorar la ocasión, preparó un cóctel que
llamó “Voyeur” y con el primera trago supe que debía tener hasta whisky Indio
Pedro porque lo sentí bajar por mi garganta tratando de frenar su caída
agarrándose con uñas de ácido sulfúrico, pero al otro lado del tubo el papá de
la familia perfecta bebía tanto como nosotros. Hay noches que avanzan como
avalanchas, convencidas desde el principio de que no dejarán sobrevivientes.
Hacia la madrugada, ya ebrios en el punto de que dormíamos por ratos, Martín
dio la voz de alarma. El papá de la familia perfecta caminaba de un lado a otro
de la habitación con un revólver en la mano. A veces se detenía apuntando hacia
una silla vacía y luego se metía el revólver a la boca. La situación exigía por
supuesto que hiciéramos algo. “¿Cómo qué?” dijo Martín mientras servía
aún otro vaso de su coctel. “No podemos llamar a la policía” dijo
Johanna. “¿Cómo les vamos a explicar?” “Van a pensar que si los vigilamos es
para secuestrarlos” En eso tenía razón. La gente andaba muy
paranoica en Bucaramanga. Había comenzado a pensar en ir frente a la puerta
para advertir a la mamá de la familia perfecta en cuanto llegara. “No podemos hacer eso” dijo Johanna. “Él no está preparando un regalo de
cumpleaños” dije. Johanna y Martín me miraron casi con lástima y apostaría que
pensaron expulsarme antes de que Martín me explicara con tono de profesor de
primaria. “No podemos hacer nada más que observar”
dijo. Johanna tomaba otro trago de vino mientras miraba. “La policía no va a creer que queríamos
secuestrar a la persona a la que le vamos a salvar la vida” dije. “Dije lo de la policía por decirlo” dijo
Johanna y pasó para pasar el trago “la razón es que nosotros no somos del tipo
de los bomberos voluntarios que miran desde el cerro Morrorrico para avisar de
los incendios” “Somos observadores, lo que hacemos es
ob-ser-var” Pocas cosas son tan ofensivas como una
palabra dicha por sílabas. “No estamos haciendo un documental” dije
“tampoco tenemos estatutos o algo así” “¿Por qué la gente odia los policías?”
dijo Martín. “¿Porque le pegan a los demás?” “Porque intervienen. El ladrón tiene unas
causas que lo explican. Roba por algo. La víctima debería defenderse, el
policía rompe el equilibrio” A Johanna no le quedaba mucha paciencia
cuando dijo que finalmente había dos razones. “La ética y la práctica y conste que odio
ponerme a utilizar palabras complicadas. La ética es la del camarógrafo de la National Geographic
que sabe que no puede salvar un hipopotamito. La práctica es que si
intervenimos hoy, en dos semanas estaremos ayudando a resolverle los problemas
al mundo “Otra cosa” dijo Martín “No sabemos lo
que ha pasado antes. Sólo una parte. A lo mejor ella ha hecho cosas horribles” Era el “sólo una parte” lo que más me
sonaba de todo. Sólo sabía, para empezar, lo que Martín y Johanna habían
hablado frente a mí, pero ignoraba lo que se habían dicho cada vez que se iban
al cuarto de Martín o cuando ella lo esperaba a la salida del bar y subían
caminando de la mano por el atajo que uno toma para llegar a Terrazas. A ellos
los había mirado tan de lejos como al papá de la familia perfecta, al otro lado
del telescopio. Ya casi amanecía cuando la mamá de la
familia perfecta bajó del carro que la traía todos los días dando un portazo y
sin besar al conductor. Se supone que sólo podía verla pero me parecía escuchar
sus pasos mientras subía las escaleras hacia su apartamento justo mientras el
papá abría del todo la cortina traslucida y apuntaba hacia la puerta. “Está llorando” dijo Johanna y aunque ya
me había convencido de que Dios no sabe jugar ajedrez y sólo ve la partida
pensando que existen reglas, me sentí tranquilo pensando que después de llorar
nadie dispara.
Por: Ricardo Abdahllah
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Publicado el 1 de Mayo, 2008, 9:40.
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Bajo
la luz de las imponentes lámparas, los objetos cotidianos adquieren un halo
mágico, el cristal de las copas y la porcelana de la vajilla lanzan destellos
luminosos sobre los rostros de los elegantes comensales, los cubiertos exhiben
orgullosos el mimo a que son sometidos después de cada comida por las ásperas
manos de los sirvientes, los manteles caen impecablemente sobre el abismo de la
mesa para depositarse suavemente sobre las rodillas de esos seres humanos que,
indiferentes a todo ese que hacer cotidiano, se disponen a engullir unos alimentos
por los que pagaran un precio exorbitante, pero que consideran como una especie
de señal que los hace sentirse únicos,
privilegiados y que les permite saborear de antemano un sentimiento de
superioridad sobre los demás “pobres mortales”.
Y
allí están, en un rincón del salón
principal, junto a una ventana que les permite admirar el bien iluminado
y bien cuidado jardín, tres mujeres de cierta edad, elegantemente vestidas para
la ocasión, perfumadas, maquilladas y peinadas, estudiándose mutuamente, analizando
cada movimiento de las manos, del cuello al girar la cabeza, la leve
inclinación de la cintura al sentarse, el gesto de la mano enjoyada retirando
la servilleta, el aire mundano de sus ojos recorriendo la estancia en una
búsqueda disimulada de viejos conocidos.
Elena
ronda los sesenta, exhibe descaradamente cinco cirugías desde el torso hasta la
cabeza, luce un traje sastre rojo, un tanto clásico pero que se adapta
maravillosamente a su cuerpo recién esculpido por el bisturí de moda; en este
momento está leyendo atentamente el menú, repite en un susurro los nombres de
los platos y se pregunta si ese omelette estará tan espumoso como lo recuerda
de aquellos tiempos en que la abuela batía ruidosamente los huevos en la cocina
de la casa paterna.
Marta,
a sus cincuenta y ocho, luce como una estrella de cine con un traje de cóctel
color ocre muy escotado y ha escogido un enorme collar de bisutería fina,
terminado en una gran piedra irisdicente que dirige todas las miradas hacía esa
voluptuosa zanja entre pecho y pecho. Sin embargo disimula muy bien las manchas
oscuras de sus manos. Es una lastima que tenga programada esa cirugía hasta
dentro de seis meses. Marta también lee el menú y se imagina una sopa tibia de
verduras, con trocitos de carne flotando al lado de trozos de zanahoria cocida,
y tiritas de queso salado sobre la superficie del plato, mientras el aroma a
hierbas penetra suavemente por su nariz.
Beatriz,
la más joven de ellas, siente un especial placer al saberse nacida unos cuantos
años después que sus amigas, eso no quita que las quiera profundamente, al
contrario le permite agradecerles esa especie de afecto maternal que siempre le
deparan. Ella ha escogido un top de terciopelo azul marino y una falda de seda
blanca que cae justo encima de sus rodillas lo que le permite exhibir unas
piernas aún firmes y sin ninguna vena delatora, igualmente lee el menú pero no
logra traer a su mente la imagen de platos cotidianos, ni el aroma de especias
amorosamente mezcladas, aquellos omelettes, aquellos patès, fromages, vius,
salades y demás “curiositès” son a
sus sentidos como el Esperanto, por eso no se decide, mientras lamenta su
absoluta incapacidad para entregarse a placeres nuevos, así que termina
recurriendo a lo tradicional, una ensalada, un caldo, dos o tres clases de queso
y el vino… pues que aconseje el camarero.
Ahí
están nuestras tres mujeres, las que vemos al fondo del salón, las que se
destacan por su imponente presencia en medio de aquellos hombres sebosos
forrados en trajes de fino paño. El susurro de las conversaciones se confunde
con el alegre tintineo del cristal, con el efervescente gorgoteo del vino
generoso cayendo en el vientre de las copas.
Al
cabo de un rato, el camarero trae los platos, los coloca elegantemente delante
de cada una de las tres mujeres y ni la buena crianza, ni los rígidos modales
impiden el gesto de desilusión de cada de una de ellas al contemplar sus
respectivos platos.
En
el Museo Moderno:
Manuel
se retira prudentemente del lienzo. Piensa que quizás viendo el cuadro a una
distancia des-usual logre encontrar algún sentido a aquellas manchas roja, ocre
y azul marino, que parecen cambiar de forma a medida que él cambia de posición,
ya son mujeres, ya son manchas; Ileana en cambio se acerca hasta casi rozar la
superficie del cuadro con su nariz.
-
¿Qué haces? le pregunta Manuel
- Es
que creo que huele a comida, como a tortilla, sopa de verduras o quesos…
Por: Gladys
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Publicado el 1 de Mayo, 2008, 8:34.
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caminaré con mi bandera de sombras dentro de tu jardín de piedra
Pearl Jam “Garden”
Ya está atardeciendo y estoy algo cansado. Es lógico que lo esté,
hoy caminé bastante. Ignoro si la gente de Bucaramanga tiene todavía la
costumbre de salir a caminar porque sí y la verdad tampoco me importa. A mí, al
menos, me gusta. Hoy caminé hasta el centro, a muchas personas no adoran pasar
por ahí pero a mí me parece bacano. Todo, hasta la olla de la treinta, tiene su
gracia. Lo importante es caminar despacio, cuando uno camina despacio lucen
todos se ven desesperados. Todos en realidad están desesperados y gritan y se
detienen para mirar el accidente de tráfico y lo que hay que hacer es lo
contrario, pasar en silencio, ignorar los comentarios que dicen que la
atropellada es una mujer joven y que el tipo que se bajó del bus es el novio.
Ignorar incluso al tipo que se desbarata gritando. La idea es siempre hacerse
el idiota. La idea es bajar despacio por el lado de la Compañía de Tabaco,
sentir el aroma de las hojas secas y leer los graffitis que los estudiantes de la UIS escribieron en la última
marcha. Caminar por el separador de la avenida con los brazos abiertos a la
brisa de la tarde, nada hace tanto bien, no hay desfiladero en el mundo, ni
acantilado ni ribera de río ni cúpula de edificio donde pueda sentirse la
libertad que se siente al caminar con los brazos abiertos por el separador de la Avenida 27. Luego giras en la 36, en sentido
contrario sube un ladrón esposado corriendo un paso adelante de los policías
que lo escoltan hasta el CAI donde se efectuará la repartición del botín, y más
allá hay almacenes de colchones y de electrodomésticos y una salsamentaria que
alguien trató sin suerte de hacer parecer un chalet suizo, lo que además es
tonto porque los propietarios deben ser herederos de esas familias alemanas,
los Harders, los Schicksals, a lo mejor hasta es de gringos, de los hermanos
Usher, toda esa gente que pasó por aquí y ya no se fue, pero pasó de todas
maneras y luego está la 21 y el Parque Santander, porque aquí a todo le ponemos
“parque” y don Isidoro Bosnio atravesando el parque, él, el mensajero eterno,
los fotógrafos del Parque Santander y los niños que se suben en un caballo de
mentiras que hace una cara de sufrimiento de verdad para una fotografía y los
fotógrafos se quejan de que usted sabe la fotografía digital está acabando con
esto. El vendedor de tiza china para matar las hormigas y el que vende forros
para el control remoto. El ciego, el sordo, el que llegó desplazado de un
pueblito de la costa. El poeta que imita ruidos de pájaros, el mendigo que se
baña en la fuente y la señora de los pinchos de carne de caballo que inundan
con su aroma, que no está mal, todo el aire del parque. El anciano que pide
limosna sentado frente al edificio de la Lotería de Santander y a media cuadra del Club
del Comercio y el predicador que te dice que le dice a la gente que se aleje de
la mala vida, que el domingo hay culto en la Sagrada Iglesia del Reino. El
tragafuego que maldice los aguaceros porque no lo dejan trabajar y la vendedora
de mango verde con sal. Ahí están, desfilando frente a la catedral que sigue
siendo blanca, el loquito de rastas y sin camisa que insulta a los transeúntes
de la calle treinta y seis y el estudiante que va tarde a hacer las vueltas
para pedirle al ICETEX un crédito que no acaba de pagar y los blackers, con sus
camisetas negras decoradas con manchas rojas y símbolos de Baphtomet, leyendo
el cartel que anuncia el concierto de death metal - Blasphemator, Satanizer y
Profanum Devil- que se llevará a cabo en
dos semanas en el Coliseo Peralta. Boletas en Café Jazz con el auspicio de
“Proyecto Rock”. Ahí está el artesano con su siempre fiel botella de Moscatel
de Pasas y la casetica amarilla con verde donde el vendedor, ya que ese es el
acuerdo, introduce disimuladamente el último número de “Suecas” dentro del más
reciente ejemplar de The Economist. El centro de Bucaramanga es distinto a
cada segundo del día pero igual en el mismo segundo del día siguiente. Donde estoy ahora es diferente. Aquí
todas las calles se parecen, son muy empinadas y hay muchas escaleras. Cuando
uno sube siente como si estuviera subiendo al cielo, pero cuando uno llega le
dan ganas de llorar porque el cielo está vacío. El horizonte ha enrojecido pero
los tonos rojos no alcanzan a quitarle la monotonía a este atardecer y a este
cielo vacío que, como cumpliendo un deber, como quien lo hace de mala gana,
cubre una ciudad que también se ve vacía. Como no puedo hacer parte de esos
colores, maldigo mi ascenso, pero tengo una recompensa: La ciudad está vacía,
los humanos desaparecieron y la naturaleza vuelve lentamente para tomar
posesión de todo lo que le fue arrebatado. Y sólo quedan como testigos las luces del
alumbrado público que, dentro de unos meses, o unos años quién sabe, también
terminarán por apagarse.
Por: Ricardo Abdahllah
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Publicado el 1 de Mayo, 2008, 7:28.
en Hablando de....
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La imagen de
Ingrid Betancourt, senadora colombiana secuestrada por las FARC, es la de la desolación, la tristeza y el desencanto. Viéndola uno siente la necesidad
imperiosa de parar el mundo. Acabar con esa situación, no consentir que se
cometan más atrocidades y la pregunta es obvia ¿cómo?
Esta claro
que no es posible un acuerdo humanitario, pues en vez de razón e inteligencia,
se imponen los intereses personales. Tampoco habrá despeje de territorio, ya se
dio hace unos años y se probó que a la guerrilla le parece insuficiente. La
renuncia de Alvaro Uribe no solucionaría nada, pues la derecha radical no se
condensa en un solo hombre. Políticos de la oposición como Carlos Gaviria o
Gustavo Petro, no tienen la fuerza
política para gobernar un país como Colombia, un país que rápidamente se
está transformando en un desierto, no
sólo a causa de los gravísimos atentados ecológicos contra sus bosques y ríos,
sino por los asesinatos masivos de sus campesinos y la migración excesiva de
sus habitantes.
¿Qué queda
entonces?
Una sombra
terrible se cierne sobre los cielos colombianos, está ahí, aun cuando nadie se
atreva a nombrarla, es la imagen del máximo jefe de la guerrilla de las FARC:
Manuel Marulanda – alias Tirofijo – como presidente del país.
Vale la
pena plantarle cara, preguntarse, cómo sería el país gobernado por un hombre
que ha vivido el ochenta por ciento de su vida agazapado entre la maleza, un
hombre que sólo practica el lenguaje de las balas y los gritos de la violencia,
cuyo carácter ha sido tallado en condiciones infrahumanas, sus experiencias vivénciales
y su contacto con los demás se limita al avasallaje, la cohersión, la
intimidación, sus amores son fugaces encuentros y hasta sus necesidades fisiológicas
están determinadas por los accidentes geográficos de una existencia en fuga.
¿Qué vida puede ofrecer a los futuros colombianos quien no disfruta de ella?
Y cómo él,
son sus colaboradores, gente nacida en la violencia, educada y adiestrada en
tales artes. Imaginen por un momento al Mono Jojoy ejerciendo de Ministro de la
Salud, o a Joaquín Gómez o Alfonso Cano negociando el nuevo salario mínimo de
todos los colombianos.
Ante tal
futuro no es de extrañar que los colombianos huyan del país, pues cualquier
cosa es preferible a morir con un tiro fijo en la nuca o en el palacio de
Nariño, que vendría a ser lo mismo.
Por: L.D.
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Publicado el 1 de Mayo, 2008, 7:23.
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Son ya muchas las voces que acusan al escritor
peruano de incurrir en plagio. Cuando se presentó la primera reclamación nadie
hizo caso de ella por proceder de un autor desconocido, sin embargo, con el
paso del tiempo, medios de comunicación peruanos como el diario El Comercio
y Perú 21 presentaron sendas denuncias,
es ahí cuando la noticia empieza a trascender y se habla de hasta 27 casos, 16
de los cuales se han demostrado plenamente.
Por su parte, las explicaciones del propio
autor (acusa a su secretaria) son, por decir lo menos, infantiles.
Apartándonos del delito, ya las
autoridades harán su trabajo – espero - me pregunto sobre los motivos qué
pueden llevar a un autor al plagio: podría ser pereza, falta de inspiración,
ligereza al elegir, pensar e investigar acerca de un tema, o simplemente oportunismo,
¿para qué reinventar la rueda?
Cualquiera que sea la causa, es innegable
que se incurre en un fraude, que conlleva a una pérdida de credibilidad por
parte de sus lectores y conocidos, pues los artistas, desde la antigüedad
inspiran un halo especial que los ubica por encima del bien y del mal. La gente
generalmente cree que son inmunes a las debilidades de los demás mortales, los
encuentran objetivos, o poseedores de una inteligencia superdotada que les
permite ver más allá de lo que a los otros les es negado, por eso, sus
seguidores creen a pie juntillas sus teorías, debaten fervorosamente sus tesis,
analizan los posibles motivos que los llevan a culminar en determinadas teorías
e incluso se han convertido en íconos culturales decisivos en el desarrollo
histórico de la humanidad.
Por eso, no es raro que a un artista
caído, las masas lo apabullen, es lógico, los ha defraudado, ha mostrado sus
pies de barro y eso es inaceptable.
¿Por qué? Sencillamente porque con sus actos
fraudulentos nos grita que es igual a nosotros, que no posee nada divino y que,
en el fondo, era una ilusión a la que nos aferrábamos para creer que en nuestra
existencia podría suceder, algún día, algo maravilloso. No hay salvación,
nuestros pies dejan huellas de lodo… a menos que renuncie a su “divinidad” y
reconozca públicamente su fraude.
La Dirección.
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