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Bajo
la luz de las imponentes lámparas, los objetos cotidianos adquieren un halo
mágico, el cristal de las copas y la porcelana de la vajilla lanzan destellos
luminosos sobre los rostros de los elegantes comensales, los cubiertos exhiben
orgullosos el mimo a que son sometidos después de cada comida por las ásperas
manos de los sirvientes, los manteles caen impecablemente sobre el abismo de la
mesa para depositarse suavemente sobre las rodillas de esos seres humanos que,
indiferentes a todo ese que hacer cotidiano, se disponen a engullir unos alimentos
por los que pagaran un precio exorbitante, pero que consideran como una especie
de señal que los hace sentirse únicos,
privilegiados y que les permite saborear de antemano un sentimiento de
superioridad sobre los demás “pobres mortales”.
Y
allí están, en un rincón del salón
principal, junto a una ventana que les permite admirar el bien iluminado
y bien cuidado jardín, tres mujeres de cierta edad, elegantemente vestidas para
la ocasión, perfumadas, maquilladas y peinadas, estudiándose mutuamente, analizando
cada movimiento de las manos, del cuello al girar la cabeza, la leve
inclinación de la cintura al sentarse, el gesto de la mano enjoyada retirando
la servilleta, el aire mundano de sus ojos recorriendo la estancia en una
búsqueda disimulada de viejos conocidos.
Elena
ronda los sesenta, exhibe descaradamente cinco cirugías desde el torso hasta la
cabeza, luce un traje sastre rojo, un tanto clásico pero que se adapta
maravillosamente a su cuerpo recién esculpido por el bisturí de moda; en este
momento está leyendo atentamente el menú, repite en un susurro los nombres de
los platos y se pregunta si ese omelette estará tan espumoso como lo recuerda
de aquellos tiempos en que la abuela batía ruidosamente los huevos en la cocina
de la casa paterna.
Marta,
a sus cincuenta y ocho, luce como una estrella de cine con un traje de cóctel
color ocre muy escotado y ha escogido un enorme collar de bisutería fina,
terminado en una gran piedra irisdicente que dirige todas las miradas hacía esa
voluptuosa zanja entre pecho y pecho. Sin embargo disimula muy bien las manchas
oscuras de sus manos. Es una lastima que tenga programada esa cirugía hasta
dentro de seis meses. Marta también lee el menú y se imagina una sopa tibia de
verduras, con trocitos de carne flotando al lado de trozos de zanahoria cocida,
y tiritas de queso salado sobre la superficie del plato, mientras el aroma a
hierbas penetra suavemente por su nariz.
Beatriz,
la más joven de ellas, siente un especial placer al saberse nacida unos cuantos
años después que sus amigas, eso no quita que las quiera profundamente, al
contrario le permite agradecerles esa especie de afecto maternal que siempre le
deparan. Ella ha escogido un top de terciopelo azul marino y una falda de seda
blanca que cae justo encima de sus rodillas lo que le permite exhibir unas
piernas aún firmes y sin ninguna vena delatora, igualmente lee el menú pero no
logra traer a su mente la imagen de platos cotidianos, ni el aroma de especias
amorosamente mezcladas, aquellos omelettes, aquellos patès, fromages, vius,
salades y demás “curiositès” son a
sus sentidos como el Esperanto, por eso no se decide, mientras lamenta su
absoluta incapacidad para entregarse a placeres nuevos, así que termina
recurriendo a lo tradicional, una ensalada, un caldo, dos o tres clases de queso
y el vino… pues que aconseje el camarero.
Ahí
están nuestras tres mujeres, las que vemos al fondo del salón, las que se
destacan por su imponente presencia en medio de aquellos hombres sebosos
forrados en trajes de fino paño. El susurro de las conversaciones se confunde
con el alegre tintineo del cristal, con el efervescente gorgoteo del vino
generoso cayendo en el vientre de las copas.
Al
cabo de un rato, el camarero trae los platos, los coloca elegantemente delante
de cada una de las tres mujeres y ni la buena crianza, ni los rígidos modales
impiden el gesto de desilusión de cada de una de ellas al contemplar sus
respectivos platos.
En
el Museo Moderno:
Manuel
se retira prudentemente del lienzo. Piensa que quizás viendo el cuadro a una
distancia des-usual logre encontrar algún sentido a aquellas manchas roja, ocre
y azul marino, que parecen cambiar de forma a medida que él cambia de posición,
ya son mujeres, ya son manchas; Ileana en cambio se acerca hasta casi rozar la
superficie del cuadro con su nariz.
-
¿Qué haces? le pregunta Manuel
- Es
que creo que huele a comida, como a tortilla, sopa de verduras o quesos…
Por: Gladys
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