caminaré con mi bandera de sombras dentro de tu jardín de piedra
Pearl Jam “Garden”
Ya está atardeciendo y estoy algo cansado. Es lógico que lo esté,
hoy caminé bastante. Ignoro si la gente de Bucaramanga tiene todavía la
costumbre de salir a caminar porque sí y la verdad tampoco me importa. A mí, al
menos, me gusta. Hoy caminé hasta el centro, a muchas personas no adoran pasar
por ahí pero a mí me parece bacano. Todo, hasta la olla de la treinta, tiene su
gracia. Lo importante es caminar despacio, cuando uno camina despacio lucen
todos se ven desesperados. Todos en realidad están desesperados y gritan y se
detienen para mirar el accidente de tráfico y lo que hay que hacer es lo
contrario, pasar en silencio, ignorar los comentarios que dicen que la
atropellada es una mujer joven y que el tipo que se bajó del bus es el novio.
Ignorar incluso al tipo que se desbarata gritando. La idea es siempre hacerse
el idiota. La idea es bajar despacio por el lado de la Compañía de Tabaco,
sentir el aroma de las hojas secas y leer los graffitis que los estudiantes de la UIS escribieron en la última
marcha. Caminar por el separador de la avenida con los brazos abiertos a la
brisa de la tarde, nada hace tanto bien, no hay desfiladero en el mundo, ni
acantilado ni ribera de río ni cúpula de edificio donde pueda sentirse la
libertad que se siente al caminar con los brazos abiertos por el separador de la Avenida 27. Luego giras en la 36, en sentido
contrario sube un ladrón esposado corriendo un paso adelante de los policías
que lo escoltan hasta el CAI donde se efectuará la repartición del botín, y más
allá hay almacenes de colchones y de electrodomésticos y una salsamentaria que
alguien trató sin suerte de hacer parecer un chalet suizo, lo que además es
tonto porque los propietarios deben ser herederos de esas familias alemanas,
los Harders, los Schicksals, a lo mejor hasta es de gringos, de los hermanos
Usher, toda esa gente que pasó por aquí y ya no se fue, pero pasó de todas
maneras y luego está la 21 y el Parque Santander, porque aquí a todo le ponemos
“parque” y don Isidoro Bosnio atravesando el parque, él, el mensajero eterno,
los fotógrafos del Parque Santander y los niños que se suben en un caballo de
mentiras que hace una cara de sufrimiento de verdad para una fotografía y los
fotógrafos se quejan de que usted sabe la fotografía digital está acabando con
esto. El vendedor de tiza china para matar las hormigas y el que vende forros
para el control remoto. El ciego, el sordo, el que llegó desplazado de un
pueblito de la costa. El poeta que imita ruidos de pájaros, el mendigo que se
baña en la fuente y la señora de los pinchos de carne de caballo que inundan
con su aroma, que no está mal, todo el aire del parque. El anciano que pide
limosna sentado frente al edificio de la Lotería de Santander y a media cuadra del Club
del Comercio y el predicador que te dice que le dice a la gente que se aleje de
la mala vida, que el domingo hay culto en la Sagrada Iglesia del Reino. El
tragafuego que maldice los aguaceros porque no lo dejan trabajar y la vendedora
de mango verde con sal. Ahí están, desfilando frente a la catedral que sigue
siendo blanca, el loquito de rastas y sin camisa que insulta a los transeúntes
de la calle treinta y seis y el estudiante que va tarde a hacer las vueltas
para pedirle al ICETEX un crédito que no acaba de pagar y los blackers, con sus
camisetas negras decoradas con manchas rojas y símbolos de Baphtomet, leyendo
el cartel que anuncia el concierto de death metal - Blasphemator, Satanizer y
Profanum Devil- que se llevará a cabo en
dos semanas en el Coliseo Peralta. Boletas en Café Jazz con el auspicio de
“Proyecto Rock”. Ahí está el artesano con su siempre fiel botella de Moscatel
de Pasas y la casetica amarilla con verde donde el vendedor, ya que ese es el
acuerdo, introduce disimuladamente el último número de “Suecas” dentro del más
reciente ejemplar de The Economist. El centro de Bucaramanga es distinto a
cada segundo del día pero igual en el mismo segundo del día siguiente. Donde estoy ahora es diferente. Aquí
todas las calles se parecen, son muy empinadas y hay muchas escaleras. Cuando
uno sube siente como si estuviera subiendo al cielo, pero cuando uno llega le
dan ganas de llorar porque el cielo está vacío. El horizonte ha enrojecido pero
los tonos rojos no alcanzan a quitarle la monotonía a este atardecer y a este
cielo vacío que, como cumpliendo un deber, como quien lo hace de mala gana,
cubre una ciudad que también se ve vacía. Como no puedo hacer parte de esos
colores, maldigo mi ascenso, pero tengo una recompensa: La ciudad está vacía,
los humanos desaparecieron y la naturaleza vuelve lentamente para tomar
posesión de todo lo que le fue arrebatado. Y sólo quedan como testigos las luces del
alumbrado público que, dentro de unos meses, o unos años quién sabe, también
terminarán por apagarse.
Por: Ricardo Abdahllah
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