La imagen de Ingrid Betancourt, senadora colombiana secuestrada por las FARC, es la de la desolación, la tristeza y el desencanto. Viéndola uno siente la necesidad imperiosa de parar el mundo. Acabar con esa situación, no consentir que se cometan más atrocidades y la pregunta es obvia ¿cómo?

Esta claro que no es posible un acuerdo humanitario, pues en vez de razón e inteligencia, se imponen los intereses personales. Tampoco habrá despeje de territorio, ya se dio hace unos años y se probó que a la guerrilla le parece insuficiente. La renuncia de Alvaro Uribe no solucionaría nada, pues la derecha radical no se condensa en un solo hombre. Políticos de la oposición como Carlos Gaviria o Gustavo Petro,  no tienen la fuerza política para gobernar un país como Colombia, un país que rápidamente se está  transformando en un desierto, no sólo a causa de los gravísimos atentados ecológicos contra sus bosques y ríos, sino por los asesinatos masivos de sus campesinos y la migración excesiva de sus habitantes.

¿Qué queda entonces?

Una sombra terrible se cierne sobre los cielos colombianos, está ahí, aun cuando nadie se atreva a nombrarla, es la imagen del máximo jefe de la guerrilla de las FARC: Manuel Marulanda – alias Tirofijo – como presidente del país.

Vale la pena plantarle cara, preguntarse, cómo sería el país gobernado por un hombre que ha vivido el ochenta por ciento de su vida agazapado entre la maleza, un hombre que sólo practica el lenguaje de las balas y los gritos de la violencia, cuyo carácter ha sido tallado en condiciones infrahumanas, sus experiencias vivénciales y su contacto con los demás se limita al avasallaje, la cohersión, la intimidación, sus amores son fugaces encuentros y hasta sus necesidades fisiológicas están determinadas por los accidentes geográficos de una existencia en fuga. ¿Qué vida puede ofrecer a los futuros colombianos quien no disfruta de ella?

Y cómo él, son sus colaboradores, gente nacida en la violencia, educada y adiestrada en tales artes. Imaginen por un momento al Mono Jojoy ejerciendo de Ministro de la Salud, o a Joaquín Gómez o Alfonso Cano negociando el nuevo salario mínimo de todos los colombianos.

Ante tal futuro no es de extrañar que los colombianos huyan del país, pues cualquier cosa es preferible a morir con un tiro fijo en la nuca o en el palacio de Nariño, que vendría a ser lo mismo.

Por: L.D.