Voy a dormir en la casa de unos amigos. Una enorme casa de campo. Pequeñas colinas interrumpen el horizonte de un día gris.

Nos han asignado una enorme cama para tres. Me cubro con la manta. Busco el calor en los cuerpos de mis hermanas. Cuando me siento relajada algo se desliza sobre mi vientre. Me pongo rígida, miro hacía mis piernas y a la altura de las rodillas emerge la cabeza de una serpiente moviéndose sinuosamente mientras asoma y oculta su larga lengua bífida.

El terror me paraliza. Mis hermanas me tranquilizan: esas serpientes no son venenosas. Es cuestión de acostumbrarse.

Yo no puedo fingir que eso no se desliza por mi cuerpo, pero intento ignorarla. Cierro los ojos, al cabo de un rato, cuando los vuelvo a abrir veo que mi cuerpo está totalmente cubierto de diminutas serpientes cascabel, han nacido sobre mí millones de ellas.

Mi hermana para calmarme me acerca el teléfono, llamamos al médico, mi madre dice que no puede pagar el costo extra de que él venga a casa. El médico me contesta y me dice que no pasa nada, que no le haga caso.

Yo les hago un gesto de silencio con la mano y me quedo totalmente rígida esperando que desaparezcan las serpientes.

Por: Selvática