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 Volver...
Lo excitante de partir es el regreso, y no es solamente una
frase hecha, como casi todo lo que oímos por ahí, en el ascensor, en los
encuentros furtivos con conocidos, de los cuales ni el nombre recordamos. No
hablo del regreso físico de un lugar geográfico a otro, me refiero a los
espacios imaginarios, a ese territorio inmenso que solemos abandonar por ocho
horas de trabajo o tonterías de ese tipo con demasiada ligereza.
Ese regreso siempre es excitante, nos preguntamos ansiosos
si volveremos a sentir, con la misma intensidad las emociones ya vividas, si
los olores, las texturas o los sabores serán los mismos y nos producirán ese
placer que nos impulsa a sonreír cuando caminamos a solas por la calle.
Ese nerviosismo y esa ansiedad me asaltaron cuando me
paseaba por los pasillos de la biblioteca pública y me detuve ante Dostoievski.
¿Cómo sería leerlo ahora después de tantos años? Me detuve un rato dudando, mi
mano iba por sus libros sin decidirme a tomar ninguno, mientras mi mente
revivía los años universitarios cuando todos amábamos la literatura rusa,
cuando todo el mundo era nuevo y uno desarrugaba pliegues para observarlos con
atención. Era consciente de que ya había visto mucho, de que ya había llenado
vacíos con los clásicos y había dado paso a los nuevos, algunos con mejor
fortuna que otros, pero no podía decidirme. Cerré los ojos y dejé que mi mano
decidiera por mí: Crimen y castigo fue en mi cartera a casa.
No voy a hablar del libro, ni del autor, no tiene sentido,
dado su carácter de clásico de la literatura universal, lo que si quiero
compartir con ustedes, son los sentimientos que volvieron a aflorar mientras lo
leía y los sucesos que estaban en la actualidad, justo esa semana habían
capturado al hombre que encerró veinticuatro años a su hija en un sótano, que
la violó y mantuvo en cautiverio a los hijos que concibió con ella. ¿Qué lo
llevó a actuar así? y sobre todo, ¿por qué piensa que no hizo nada malo?.
¿Qué que tiene esto que ver con el libro?
La naturaleza humana, la capacidad de hacer o no daño, los
motivos que nos impulsan a tales extremos y por último, la certeza de que en nuestra
condición humana conviven la maldad y la bondad en igual medida. Por eso,
volviendo al libro, en mi imaginario infinito, supe que no hay que abandonar a
los clásicos tanto tiempo.
Por: Ágata
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