Lo que hacemos es observar a la gente y no le voy a dar más vueltas al asunto. Nos gusta y a nadie le hacemos daño, porque nadie sabe que desde el último piso de un edificio del barrio Terrazas dominamos Bucaramanga. ¿Algo de miedo? Sí, por supuesto, un amigo medio paranoico dice que el miedo siempre triunfa y algún día esto terminará y tal vez termine mal, pero mientras tanto las pasamos bien. Martín, que es el dueño del telescopio, aunque últimamente soy yo el que más lo utiliza, dijo que deberíamos inventar un nombre para nuestro pequeño club de observadores, pero yo no creo que eso sea tan importante. A Johanna Bach, que desde hace un tiempo es la novia de Martín, sí le parece bien lo del nombre, pero no se le ocurre ninguno. Así que por ahora somos voyeuristas anónimos.

“¿Voyeuristas Inc. no sonaría bien?”.

No del todo. No se puede poner un nombre a la ligera.
La primera noche llegué a visitar a Eduardo y Martín me abrió la puerta. Me dijo que Eduardo estaba encerrado con Ilana en el cuarto y que no los molestáramos, que mejor mirara lo que había conseguido. En el balcón nos esperaba Johanna con un montón de tubos y lentes que trataba de ajustar de alguna manera, parando sólo para tomar algo de vino de la botella de Moscatel que tenía al lado. Con una ronda compartida por los tres el equipo estuvo completo y desde entonces hemos seguido siendo los mismos con tal cual invitado que se aburre rápido. Una noche vinieron Alejandra de Merak y Dani C. con el cuento de que querían ver las estrellas y nos descuadraron el equipo para al final decidir ir a verlas de cerca al Páramo de
Berlín. Al otro día regresar a contarnos que la lluvia no los perdonó y casi mueren de hipotermia. Ilana y Eduardo también nos acompañan a veces, pero tienen como mala suerte para este asunto y nunca logran ver nada. Las ciudades, y Bucaramanga sobre todo, exigen algo de coqueteo antes de desnudarse y por supuesto, se necesita saber coquetear. Las primeras noches las gastamos ajustando todas las piezas que el señor Brownstone, el papá de Martín, le había enviado desde Nirvana. Armar un telescopio no es fácil y menos para un ebrio y menos para tres ebrios: Martín y yo con los cócteles que él preparaba con licor robado del bar donde trabajaba y Johanna con su Moscato o Dubbonet o Nightrain o Grajales o St. Emillion o lo que fuera porque ella veía el beber exclusivamente vino como un destino independiente del precio y la marca. Esos días prácticamente vivimos donde Eduardo y Martín, pero últimamente sólo me reúno con ellos los viernes y los sábados, que son los días en que hay más para ver. Johanna en cambio más o menos se quedó a vivir del todo, aunque me parece que el asunto de la observación ya no le despierta el mismo entusiasmo que le vi la noche que terminamos de unir todas las piezas marca SODAL OPAR TX-E, que supusimos importadas de algún ya inexistente país de Europa Oriental. Hacer que a través del telescopio se logrará ver algo diferente a una mancha fuera de foco tomo al menos la misma cantidad de tiempo, pero superadas las cuestiones técnicas (que incluyen las cuestiones ópticas) comienza la parte realmente difícil que es encontrar escenas que valgan la pena para ser observadas. Digo situaciones porque, salvo la sesión sin éxito de Dani y Alejandra, nuestra intención nunca fue que el telescopio sirviera para mirar al cielo. Lo interesante está en la tierra, las cosas de los hombres, no de las estrellas que los rigen. El apartamento, en el último piso de un edificio en la Carrera 45, tenía de entrada una buena panorámica, pero una buena panorámica es nada para quien no tiene ojos abiertos, buenos músculos en el cuello y paciencia de pastilla en el frasco de un seguro suicida. Un proverbio Tuareg dice “Los detalles se aprenden en la práctica” y lo que vale para los cazadores de gacelas del Sahara vale para quien caza con un telescopio de segunda. Hay, por ejemplo, que favorecer las cortinas traslúcidas sobre las abiertas, que seguramente serían el primer objetivo de un inexperto: Nadie hace nada interesante frente a una cortina abierta, pero las traslúcidas dan una confianza que invita casi a hacer algo que no esté del todo bien, meterse los dedos en las orejas por ejemplo, sólo por el hecho de saber que nadie podrá observar ese acto. Las primeras noches desmoralizan y también nos pasó a nosotros al punto de que estábamos a punta de desarmar y empacar de nuevo el telescopio en un gesto que significaría nuestra adhesión a la creencia casi unánime de que en Bucaramanga nunca pasa nada. Entonces vimos dos escenas, un tipo calvo navegando en Internet y una pareja de ancianos viendo televisión. Ninguna de las dos situaciones tenía nada de particular, pero eso era parte de su encanto. No que las personas hicieran sus cosas de siempre mientras las observábamos, sino que las hacían aunque los observáramos. De ahí lo inofensivo del pasatiempo. El calvo trabajó en el computador hasta que se aburrió y los ancianos vieron televisión hasta que nosotros nos aburrimos. En las semanas siguientes vimos una partida de crucigrama animada con tequila, un tipo llorando por teléfono y pateando la pared, una mujer joven bailando mientras barría su cuarto, una dama que preparó para el almuerzo salmón ahumado y para la noche sopa de pajarilla, dos jóvenes, él sin camisa y ella con blusa negra, que se hacían señas de un edificio a otro y una familia perfecta: padres jóvenes y dos niñas monitas como de ocho y tres años, auto rojo estacionado frente a la casa, comiendo cereal importado y sonrientes a la mesa. Vivían en un tercer piso cerca de nuestro puesto de observación y aunque aparte de las cortinas traslúcidas tenían otras gruesas no las cerraban nunca. Eduardo los vio una vez y dijo que parecían salidos de una propaganda de televisores. Yo en ese momento no entendí la comparación.
Esas eran las cosas de todos los días.
El sueño, o mejor, los sueños de los observadores como nosotros, pueden resumirse en captar una instantánea de sexo o crimen, las dos fuerzas románticas por excelencia. Para la primera no necesitamos esperar mucho tiempo. Cinco semanas después de empezar nuestras observaciones nos dimos cuenta que con algo de trabajo y dependiendo de si el viento movía una palma que nos cortaba la línea directa podíamos enfocar sobre las ventanas de tres cuartos en un motel sobre la carretera antigua a Floridablanca. Siempre son las mujeres quienes cierran la cortina y si me lo preguntan diría que no es que los hombres no la noten abierta sino que les encantaría que los vieran, pero eso lo pienso sin saber lo que se dice en los cuartos. La única vez que una cortina permaneció abierta fue, entonces, porque ella decidió abrirla. Los dos jugaron en la bañera y se persiguieron por todo el cuarto hasta atraparse, pero luego, cuando Martín y Johanna ya habían decidido imitarlos y yo seguía solo en el balcón, sacaron no sé de dónde dos libros y se pusieron a leer en el momento en que la pequeña complicidad, de la que yo debería ser testigo, parecía inevitable. Amaneció, en todo caso y siguieron leyendo y se fueron ya bien entrada la mañana.
Ilana decía, luego supe que la idea no era de ella, que somos piezas con las que Dios juega ajedrez y que Dios es la pieza de ajedrez con la que juega un Dios más grande. Desde nuestra torre de vigías hemos visto sobretodo gente que juega póker y ventiuna. Hemos visto discusiones, esfuerzos culinarios, bailes y un par de robos pequeños. Niños que juegan video durante horas, un violinista que mira todo el tiempo la partitura con su instrumento en la mano pero no toca jamás y un gordo de gafas que gasta sus noches mirando pornografía dura en Internet. Una noche muy clara alcanzamos a ver un tropel en Provenza y a tres borrachos mechudos de saco y corbata huyéndole a otro en pantaloneta y con un machete en la mano. De todo esto importa sobre todo el gordo, porque él fue la primera persona en la que nos interesamos, digamos que de manera constante. El protagonista, no el hecho, no lo que pasa un en un día sino lo que le pasa siempre aunque entonces nos movía una pregunta más bien concreta ¿Es posible que alguien pase todas sus noches viendo porno? y la respuesta es sí. El gordo las pasaba, de lunes a domingo, una y otra vez. Con el tiempo y agotada la pregunta, dejamos de observarlo, pero esa idea de observación constante la aplicamos a la familia perfecta por la casualidad simple de que el auto se les dañó al día siguiente a aquel en el que habíamos decidido dejar de mirar al gordo.
Así nos fuimos dando cuenta, por ejemplo, que el papá se enciende un porro todos los días después de que su esposa sale con las niñas para el colegio (creemos que ella es profesora o psicóloga porque siempre sale y regresa con las niñas en el bus escolar) y después el tipo sale a trabajar vestido con saco y levando en la mano la corbata que debe ponerse antes de entrar a la ofician y que no se quita al regresar a casa, cuando las niñas están listas para irse a dormir.
“Se los dije” dijo Eduardo cuando le contamos acerca de la familia perfecta en una noche en la que la niebla que sube de Ciudad Norte hacía imposible cualquier observación “como de propaganda de televisores”.
Esa fue la primera gran noche, porque entonces entendí lo que Eduardo había querido decir.
La segunda gran noche fue hace tres meses. Johanna había sido la primera en notar que la mamá de la familia perfecta ya no llegaba con las niñas y ahora la traía un tipo que la dejaba a media cuadra de la casa despidiéndola con un beso en la boca. No creo que llevaran mucho tiempo, porque nos hubiéramos enterado y al papá de la familia perfecta tampoco debió costarle mucho trabajo descubrirlo. Era sábado, la mamá de la familia perfecta salió temprano con las niñas y nosotros cumplíamos un año de observaciones. Martín, para conmemorar la ocasión, preparó un cóctel que llamó “Voyeur” y con el primera trago supe que debía tener hasta whisky Indio Pedro porque lo sentí bajar por mi garganta tratando de frenar su caída agarrándose con uñas de ácido sulfúrico, pero al otro lado del tubo el papá de la familia perfecta bebía tanto como nosotros. Hay noches que avanzan como avalanchas, convencidas desde el principio de que no dejarán sobrevivientes. Hacia la madrugada, ya ebrios en el punto de que dormíamos por ratos, Martín dio la voz de alarma. El papá de la familia perfecta caminaba de un lado a otro de la habitación con un revólver en la mano. A veces se detenía apuntando hacia una silla vacía y luego se metía el revólver a la boca. La situación exigía por supuesto que hiciéramos algo.
“¿Cómo qué?” dijo Martín mientras servía aún otro vaso de su coctel.
“No podemos llamar a la policía” dijo Johanna. “¿Cómo les vamos a explicar?”
“Van a pensar que si los vigilamos es para secuestrarlos”
En eso tenía razón. La gente andaba muy paranoica en Bucaramanga. Había comenzado a pensar en ir frente a la puerta para advertir a la mamá de la familia perfecta en cuanto llegara.
“No podemos hacer eso” dijo Johanna.
“Él no está preparando un regalo de cumpleaños” dije. Johanna y Martín me miraron casi con lástima y apostaría que pensaron expulsarme antes de que Martín me explicara con tono de profesor de primaria.
“No podemos hacer nada más que observar” dijo. Johanna tomaba otro trago de vino mientras miraba.
“La policía no va a creer que queríamos secuestrar a la persona a la que le vamos a salvar la vida” dije.
“Dije lo de la policía por decirlo” dijo Johanna y pasó para pasar el trago “la razón es que nosotros no somos del tipo de los bomberos voluntarios que miran desde el cerro Morrorrico para avisar de los incendios”
“Somos observadores, lo que hacemos es ob-ser-var”
Pocas cosas son tan ofensivas como una palabra dicha por sílabas.
“No estamos haciendo un documental” dije “tampoco tenemos estatutos o algo así”
“¿Por qué la gente odia los policías?” dijo Martín.
“¿Porque le pegan a los demás?”
“Porque intervienen. El ladrón tiene unas causas que lo explican. Roba por algo. La víctima debería defenderse, el policía rompe el equilibrio”
A Johanna no le quedaba mucha paciencia cuando dijo que finalmente había dos razones.
“La ética y la práctica y conste que odio ponerme a utilizar palabras complicadas. La ética es la del camarógrafo de la National Geographic que sabe que no puede salvar un hipopotamito. La práctica es que si intervenimos hoy, en dos semanas estaremos ayudando a resolverle los problemas al mundo
“Otra cosa” dijo Martín “No sabemos lo que ha pasado antes. Sólo una parte. A lo mejor ella ha hecho cosas horribles”
Era el “sólo una parte” lo que más me sonaba de todo. Sólo sabía, para empezar, lo que Martín y Johanna habían hablado frente a mí, pero ignoraba lo que se habían dicho cada vez que se iban al cuarto de Martín o cuando ella lo esperaba a la salida del bar y subían caminando de la mano por el atajo que uno toma para llegar a Terrazas. A ellos los había mirado tan de lejos como al papá de la familia perfecta, al otro lado del telescopio.
Ya casi amanecía cuando la mamá de la familia perfecta bajó del carro que la traía todos los días dando un portazo y sin besar al conductor. Se supone que sólo podía verla pero me parecía escuchar sus pasos mientras subía las escaleras hacia su apartamento justo mientras el papá abría del todo la cortina traslucida y apuntaba hacia la puerta.
“Está llorando” dijo Johanna y aunque ya me había convencido de que Dios no sabe jugar ajedrez y sólo ve la partida pensando que existen reglas, me sentí tranquilo pensando que después de llorar nadie dispara.

Por: Ricardo Abdahllah