Toda la noche estuvo repasando, como enloquecido, presa de temblores y escalofríos por los resquicios de su memoria intentando recordar todo lo que le molestaba, en esa inspección caían desde las coles de Bruselas que su madre y después su mujer, le obligaban a engullir esgrimiendo razones totalmente absurdas, hasta su timidez, rasgo que le había causado miles de dolores de cabeza, pérdidas económicas y hasta el amor de su vida. En fin, que no podía ponerse a perder el tiempo con los detalles, debía recordar cada cosa que le molestaba y apuntarla en las hojas que tenía dispuestas sobre el escritorio.

Así pasó toda la noche este buen vecino de barrio de clase media; buscaba entre fotografías, escuchaba discos, corría hasta el escritorio y sacaba legajos amarillentos del fondo de los cajones para descubrir allí periódicos viejos, manifiestos escritos impulsivamente y llenos de tachaduras de la época en que él y sus amigos redactaron las bases de un mundo feliz, pero el nerviosismo no le daba tiempo de asimilar tanta vida, mientras abría el manifiesto, en la mente se le aparecían las imágenes felices de algunos de sus familiares y sentía que el pecho se le derretía de la envidia… envidia, eso también tendría que anotarlo, entonces corría al escritorio y escribía casi ilegiblemente envvvidd pero cuando su mano dibujaba la d, ya su mente estaba registrando la imagen de su ex mujer con su mejor amigo y no podía terminar la palabra, empezaba con cellloo y entonces el auto de su rival reemplazaba el rostro de su mujer,  dejaba cellloo y garrapateaba coddicc; así se le fueron pasando los minutos, las horas hasta que una tenue luz se filtró por los resquicios que dejaba la gruesa cortina, heredada de su abuela. Rápidamente recogió de cualquier manera los papeles, se los metió en los bolsillos de su chaqueta y los que sobraban fueron a parar a los de sus pantalones, pasó una mano sobre los cabellos medio grasientos de tanto repasárselos toda la noche y salió de su casa, echó a correr por la ciudad mientras los transeúntes se iban agregando al paisaje natural de una ciudad que se despierta temprano, todo eso aumentaba su angustia, no quería que lo vieran en ese estado, no le convenía, el trato era que absolutamente nadie presenciara su acción.

Al cabo de una media hora llegó al borde de la carrilera del tren. Respiró aliviado, había llegado a tiempo, aún el cielo permanecía oscuro y probablemente, si la suerte lo acompañaba, nadie rondaría por ahí.

Tendió los papeles sobre los raíles y los iba asegurando con cinta adhesiva para que ni la más fuerte brisa los arrancara de su trágico destino. El tren debía deshacerlos a su paso. Eso le había asegurado la maga, si algún papel no era arrollado por el tren, los males volverían inexorablemente a su vida.

Terminó su labor, se retiró unos cuantos metros para observar el paso del tren, que, consultando su reloj, ya no podría tardar. Para matar el tiempo, repasó lo escrito para convencerse de que no había olvidado nada, esa tarea logró tranquilizarlo un poco. Estaba seguro de que había anotado todo, desde lo más íntimo, eso que no nos atrevemos ni a decirnos a nosotros mismos, hasta las cosas más prosaicas. Una vez que el tren con su poderío los deshiciera, él se convertiría en un ser humano puro y feliz. Empezó a soñar con su nueva vida, su mente se tomó el trabajo de crear unos minutos, unos segundos, un día y noche del hombre nuevo, libre de todas las ataduras que lo harían tan infeliz en muy pocos minutos. El tiempo pasó, los segundos se desgranaron sobre la humanidad dando paso a las horas, la ciudad se vistió con el traje de todos los días, los seres humanos que la poblaban salían de sus casas rumbo a sus obligaciones cotidianas mientras nuestro buen vecino de barrio de clase media, esperaba que el tren pasara, acurrucado bajo un letrero en el que la compañía de ferrocarriles anunciaba la cancelación de esa ruta por falta de usuarios.

Por: Gladys