¿Por qué no soy capaz de vivir unos segundos sin ti?
    ¿Por qué saltas a mis pensamientos intermitentemente como las pelotas del pin ball?
    Si estoy despierta apareces a mi lado o te metes en mi barriga.
    Si sueño, te deslizas por mis pestañas y apareces en la mitad de la montaña que justo, voy a escalar, o colgado de la luna que alumbra mis fantasías.
    Si camino por las calles, saltas entre las baldosas, jugueteas de rama en rama, apareces tras de mi cabeza en los cristales de las vitrinas y juegas con los rostros muertos de los maniquís.
    Estás ahí, siempre estarás ahí y apenas hoy me doy cuenta de lo afortunada que soy, pues a diferencia de los demás mortales, soy la única mujer que posee dos sombras.  

II

    Esta noche he recobrado el placer de andar, recuerdo perfectamente todo lo que sentí justo antes de tal acontecimiento.
    Mi cuerpo gravitaba sobre las luces de la ciudad, no podía abandonar esos atardeceres bogotanos y aunque mi partida ya se estaba retrasando, aunque por algunos instantes la gama de colores se enturbiara, no podía abandonarla, debían esperarme un poco, darme tiempo para asimilar la separación, ¿acaso no entienden lo duro qué es abandonar lo que nos ha acompañado por años?
    Pero mi deseo era una brizna de polvo ante la inmensidad, mi ciudad, sus luces, sus murmullos, sus gentes, sus olores, sus alientos, empezaron a materializarse en una sustancia viscosa que se abría paso como un enorme torrente formando caminos sinuosos a mi alrededor; las montañas mutaban en areniscas asfixiantes mientras la luna iba alumbrando el caos imponiendo su impronta de plata en el universo; en ese momento mis piernas volvieron a agitarse, se irguieron firmes dibujando sobre el paisaje lunar mi cuerpo y sus dos sombras, los  tres empezamos a vagar por el universo recién estrenado, redescubriendo una nueva dimensión en las motas de polvo que nos rodeaban. De repente, una pequeña piedra ya no era una piedra, sino un mundo que cabía perfectamente en la palma de mi mano, las farolas de las calles dejaban de ser un invento de este siglo y se convertían en las proyecciones de mi cuerpo dividido en tres; la floristería de la esquina, la papelera a rebozar, el restaurante oscuro donde los hombres se desgañitan en un intento de cantarle a la inmensidad que ellos siguen siendo los reyes, en medio de los vapores a ajo frito en la sartén de la doña.
    Y mis rodillas cumplían su objetivo, y mis muslos obedecían, las plantas de mis pies se colocaban una detrás de otra, plenas de sentir a su lado a sus dos negros compañeros…
    Entonces la vimos.
    Su cuerpo descansaba apoyado junto a un carro que empezaba igualmente a derretirse en la desembocadura de una calle ciega…
    Lucía el mismo vestido que mi memoria guardaba desde que la ví por primera vez, hace como quince años atrás, un vestido negro salpicado de flores blancas, diminutas, los senos casi le saltaban del pecho amenazando con romper la tela y desbordarse en un torrente de carne blanca, la falda, que apenas le cubría las montañas de celulitis de sus muslos se levantó con un golpe de viento y en ese segundo agradecí a la naturaleza el dejarme entre ver, al menos fugazmente y por última vez, el pubis más experto del callejón ciego, en ese segundo imaginé más que ví el vello negro como tibia pelusa entre las piernas. Imaginé la calidez, la humedad, el olor…
    Pero al levantarse la falda, lo que descubrí con horror fue un gran trozo de carne rosada de piel de estómago colgándole sobre le pubis como una horrible enagua de carne.
    Yo quise avanzar, cerrar los ojos, seguir caminando indiferente, pero mis dos sombras se negaron, rebeldes se aferraron al cemento y me  impidieron seguir caminando, me clavaron en el pavimento y cuando lograron reducirme a la inmovilidad, tuve la certeza de que ahora yo formaba parte de aquel callejón ciego…
    Tener dos sombras tiene su precio, y aún me están esperando, donde quieran que vayan los muertos.

    Por: Gladys