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Las
olas se acercan a mojar sus pies, van horadando la forma de su talón en la
arena mientras ella las contempla en silencio desde la lejanía, donde su mirada
elige la ola más profunda, más azul, más consistente, se pega a ella mientras
sigue su curso irremediable, ve como se encuentra con otras olas a las que
absorbe, la ve crecer, alzarse orgullosa sobre las demás, rugir de alegría ante
la proximidad de la playa para finalmente romper poderosa contra sus pies;
luego retrocede con prudencia no sin antes hacerle una última venia y después
muere de nuevo devorada por el mar.
Entonces
ella vuelve de revés los bolsillos de sus jeans, alisa la arena y va colocando
uno a uno todos los hilos de colores que ha recogido durante el día.
El
rojo por ejemplo lo encontró en la zona antigua de la ciudad, justo en medio de
la calle angosta que han delimitado para las vendedoras de sexo, recuerda que iba
distraída mirando los pechos de una mujer madura, que se hallaba ante una
ventana, esos enormes globos parecían a punto de reventar e inundar la calle
entera, luego su mirada se detuvo en el rostro de la mujer y no la encontró
particularmente guapa, al contrario, era más bien feilla, tenía la piel del
rostro manchada, seguramente secuelas de algún embarazo, y la piel ya empezaba
a escurrirse por sus carillos. Y pensó en el amor que vendía esa mujer, en las
caricias que ofrendaba y sintió envidia cuando un hombre, igualmente mayor y
deteriorado se le acercó y la besó exhibiendo una extraña ternura.
El
verde, fue cerca de un colegio, los chicos salían en tropel, se empujaban y
reían despreocupados, los más pequeños corrían a los brazos de sus padres que
los esperaban y los más jóvenes se lanzaban miradas llenas de deseo.
El
azul, en una zona comercial, tan impersonal como las marcas que exhibían las
vitrinas de los fríos almacenes, tan lejana como la mirada de los maniquís, una
zona que a ella particularmente no le gustaba mucho frecuentar pero que ese día
se había visto obligada a acudir para acompañar a su hermana, que si flipaba
con los centros comerciales…
Y
así, mientras iba sacando los hilos para ponerlos sobre la arena, iba
recordando el lugar donde los había encontrado, la situación especifica y hasta
los rostros de las personas que vio en cada momento y de ellas extraía su
mundo, raptaba sus cotidianidades para guardárselas en el cerebro aderezándolas
con cuanto detalle doméstico le revelaban los rasgos de aquellos rostros, las
arrugas de aquellas pieles, los tonos de los cabellos, el timbre de sus voces,
incluso hasta el olor de sus cabellos o de sus cuerpos hasta formar una galería
humana infinita como el mar ante el que depositaba sus tesoros.
Toda
esta actividad le llevaba la tarde entera y sólo abandonaba la playa ya muy
entrada la noche, porque incluso, algunas veces la luz de la luna llegaba a
añadir más sentimientos a su colección de hilos de colores. Finalmente, cuando
el cansancio o los guardias de la playa empezaban a hacerse demasiado
impertinentes, ella decidía emprender el camino de regreso a su casa. Se acostaba
y dormía profundamente, con la extraña satisfacción de hastío que producen las
tardes enteras en familia.
Por: Gladys
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