Recuerdo con especial emoción la época en que leí El club
de la buena estrella, el placer que sentía al ir descubriendo los pliegues en
la piel de esas mujeres chinas, que describía tan admirablemente Amy Tan,
luchando por renacer en una tierra diferente a la suya, en un mundo en el que
sus creencias, su cultura, su forma de ser no pasaba de ser un exotismo que una
nación poderosa se da el lujo de poseer, exhibir y explotar.
En el universo de El club de la buena estrella, todo
tenía un profundo sentido, una esencia casi palpable que nos poseía a medida
que avanzamos por sus páginas.
Sin embargo, en “Un lugar llamado nada”, no encuentro ese
mundo, no hay pliegues a pesar de que quien lo narra es alguien que alguna vez
nos traspaso… o quizás es por eso mismo,
los muertos son muy difíciles de entender y este es un libro narrado por un
muerto, por alguien que parece que ha dejado atrás la etapa de pliegues
sensibles y profundos para rendirse a la simplicidad de nuestro recién
estrenado siglo. Y ella misma nos lo anuncia desde el principio con ese anónimo
que encontramos nada más al abrir el libro y que nos habla de la experiencia de
un hombre piadoso que pesca para salvar a los peces de la muerte; el titulo también
nos lo advierte: Un lugar llamado nada, obviamente no ofrece nada, aunque esté
bien escrito, la nada seguirá siéndolo, está en su naturaleza.
Por: Ágata
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