Cuando supe que el voto de la mujer, había sido un ardid que se inventaron los hombres para ganar unas elecciones, y que el derecho a elegir, no lo habíamos conseguido nosotras; que ninguna de las protestas, de las arengas, sacrificios y peticiones de aquellas mujeres, había tenido eco en el mundo masculino, me llevé una gran desilusión. Pensé en mi abuela, viuda desde muy joven,  con escasos recursos, deslomándose trabajando para dar estudio a sus hijos, único pasaporte que podría brindarles un futuro mejor. Luego mi madre, ejerciendo un trabajo un poco más rentable que el de la abuela, pero igual de sacrificado e igualmente sola. Las dos mujeres más importantes de mi vida habían pasado la suya solas, dedicando su fuerza, inteligencia y valentía a la construcción de un mundo en el que sus hijos pudieran obtener un desahogo económico, formar un hogar feliz, unido y con suerte, con mucho amor; algo de lo que ellas carecieron pero que no les endureció el corazón jamás, a pesar de que no vivieron para sí mismas.

Como ellas, millones de mujeres estaban en lo mismo, y aunque  falta mucho, aún hay mujeres que se doblegan, mujeres temerosas que no se atreven a denunciar los maltratos por miedo, mujeres que mueren día a día sin haber  vivido plenamente; poco a poco el miedo cede el lugar a la acción, aunque en muchos casos el precio que se tiene que pagar es demasiado elevado: mujeres sin amor, sin esos trabajos fabulosos y excelentemente pagados como las protagonistas de la famosa serie y ahora película Sexo en Nueva York, pero que pusieron, seguramente sin saberlo, su grano de arena para que sus nietas y bisnietas pudieran decidir qué hacer con su vida y se lanzaran a ello sin miedo. Ahí está la clave de lo que ha estado pasando todos estos años en la sociedad, más que unos derechos impresos en papel, que unos sellos en los juzgados, lo que ha ido germinando es el valor en el corazón de las mujeres. Poco a poco el miedo se ha ido replegando y las mujeres empezaron a hablar sin titubeos, y si alguna duda las asalta, es sobre cómo lograr sus objetivos, nunca sobre su condición de mujeres.

De eso se trata, del mundo de la mujer desde las abuelas hasta las niñas de hoy, quizás se perdió esa batalla, me refiero a la del voto, pero se ha ganado en conocimiento de su condición femenina, en valentía, en tesón para buscar su lugar en el mundo. Un lugar donde ser felices, disfrutar del amor y vivir como seres humanos independientemente de sí se deciden a tener hijos, marido o no. Este conocimiento es como una bola de nieve que va creciendo a medida que avanza, ya no se trata de quemar sostenes, ni de pelearse con los hombres,  se trata de desechar lo que no  gusta o no  conviene, o no produce felicidad, por eso se está actuando, cada vez más mujeres se dedican a lo que les gusta y lo llevan a cabo, no importa si fracasan en el intento, se está haciendo, eso es lo esencial en ese nuevo mundo que se construye día a día. Suena raro a los más radicales, y hay quien se escandaliza o ridiculiza que una ministra insista en cambiar el lenguaje en el uso cotidiano para denominar un mundo que se etiqueta como masculino.  Eso es solamente un aspecto del fenómeno que está viviendo la mujer, ya viven de su profesión, salen de compras con su propio dinero, viajan o se quedan en casa, exigen fidelidad y la dan, se han  dado cuenta de que se puede cambiar el mundo y lo están haciendo. Eso es lo mejor de la película, aunque caiga en exageraciones como alquilar bolsos de marca por días, lo esencial es que las mujeres ya tienen su habitación propia como Virginia lo pedía a gritos. Lo que se haga en ella depende solo de las mujeres y está bien que así sea.

Por: Ágata