Tengo Media hora libre, debo darme prisa, necesito concentrarme en lo verdaderamente importante para poder llenar esos treinta minutos de manera provechosa, interesante, y sobretodo, satisfactoriamente para mis clientes, mi empresa, mi jefe y… para mí. Un momento, ¿por qué yo en último lugar?,  no debería ser primero. Ya la gente me ha dicho que no me quiero mucho, que pienso siempre en los demás y me voy conformando con miguitas, siempre a la espera de una gran oportunidad, de la gran oportunidad, pero ésta parece que nunca llegará.  Pues no, no señor, estos treinta minutos serán para mí. Ya basta de pensar en todos los que me rodean, siempre he sido así y muchas veces me he arrepentido, si estaba con mis amigos, nunca les dije mi opinión personal para no indisponerme con ellos, jamás le protesté a mis profesores, cuando yo sabía que estaban equivocados y en mi mente surgían los argumentos para rebatir sus teorías, pero me quedaba en silencio, no quería polémica,  si yo me ponía a discutir, ellos alegarían argumentos a su favor, yo expondría los míos en contra y entre tanto mis compañeros de clase me maldecirían por alargar la hora, tampoco le puse los puntos sobre las ies a mis padres cuando nos peleábamos en mi época de las erupciones adolescentes. Ellos eran viejos y no me entendían, entonces para qué cabrearlos. Qué creyeran lo que les diera la gana, total yo casi siempre lo hacía.

     Después fueron los jefes, ellos mandaban, y nos pagaban, unos años después mi pareja… coincidíamos en todo, éramos la pareja perfecta, eso no solo lo pensaban los amigos que nos rodeaban, sino nosotros. Éramos felices, no discutíamos nunca, los días pasaban de largo llevándose la tersura de la piel y unas cuantas muelas. No sé por que estoy pensando en esto, justo antes de llegar a la oficina mientras camino por la carrera quince mirando las vitrinas, deteniéndome ante las agencias de viaje mirando ofertas turísticas, luego ante un almacén de ropa, miré los maniquís, la ropa expuesta, las costuras, los botones, los pliegues o accesorios, unos veinte pasos más adelante una joyería llamó mi atención, se trataba de un local de esos en las que uno jamás se imagina traspasando sus puertas. Tan iluminada, tan limpia pero sobre todo con ese aire elegante y lujoso que se yergue ante los pobres como una valla eléctrica invisible. Los brazaletes relucían en sus aterciopelados estuches, los anillos destellaban, los collares caían suavemente por escalones majestuosos creados por un genio del de la decoración publicitaria a mil leguas de distancia. No, no se crean que sentía envidia, simplemente miraba un mundo ajeno al mío, un mundo al que no envidiaba ni deseaba… no tengo especial predilección por las joyas, ni por los lujos, pero ahí estaba yo mirando la vitrina con su profusión de diamantes, zafiros y esmeraldas. Al fondo, en el centro del local, una pareja elegante daba vueltas por entre las estanterías de las joyas, se detenían, se agachaban, la chica se reía y le sonreía al hombre, éste no ocultaba sus ganas de comérsela enterita y sin cuchara. El dependiente, un hombre también elegante les sonreía, se afanaba en exhibir sus mejores joyas, siguiéndoles sus pasos y estudiando todos sus gestos con mucha discreción.

       En un momento dado, la chica tomó un hermoso collar, hizo ademán de colocárselo, diligentemente el dependiente le dio la espalda para alcanzarle un espejo, en ese segundo el collar se deslizó de la mano de la chica y cayó entre sus senos, de la otra mano surgió otro collar muy parecido, al menos eso me pareció y su compañero intentó cerrarlo en la nuca de la joven. El dependiente sostenía el espejo sonriendo, la joven sonreía, el caballero también,  ese trío habitaba un mundo feliz, yo en cambio sentía la cara ardiendo, mi corazón latía aceleradamente. Eran unos ladrones. Unos ladrones como en las películas. Mis manos sudaban, el corazón parecía querer abandonar mi pecho, en mi cerebro resonaban voces como: avisa al dependiente, denúncialos, no permitas que estafen a ese hombre, o simplemente grita: ¡ladrones!, ¡policía!,  ¡haz algo…! Pero no hice nada, di la vuelta y caminé despacio hasta la esquina, me senté en el quicio de una ventana, encendí un cigarrillo.

    Cuando iba a apagar la colilla los vi salir tranquilamente, riéndose se subieron a un elegante coche que los esperaba en frente de la joyería.

      Volví a la vitrina,  el dependiente sonreía satisfecho por la venta mientras acomodaba los collares, di la vuelta, entré a mi oficina a disfrutar de esos treinta minutos que… no había caso, mis treinta minutos se habían esfumado.

Por: Gladys