Hace muchos años una niña me preguntó si las cárceles existían. Iba a responder inmediatamente pero las palabras se me enredaron en la boca. Una niña de cinco años curiosa. Yo, una mujer mayor, que duda entre decirle la verdad, porque una cárcel a los cinco o a los cien años es un horror, qué le iba a decir, que la habían inventado los hombres como un castigo, y luego, ¿quiénes estaban en ellas, los asesinos, los ladrones, los inocentes? Y ¿quién los juzga? Los mismos hombres… total que me hice un lío, porque también pensé en las cárceles personales, en esos barrotes que erigimos alrededor nuestro para protegernos o escabullirnos… entonces eso llevaría a pensar que nos sentimos culpables, ¿de qué o por qué?

          No recuerdo muy bien como salí de aquel apuro, seguramente con alguna tontería para quitarme de encima a una niña preguntona, pero de vez en cuando me acuerdo de aquella ocasión, pienso además que las cárceles imaginarias, las que llevamos por dentro pueden ser tan dañinas o peores que las de cemento y hierro. Porque de aquellas se sale alguna vez, se tiene la oportunidad de volver a empezar, esas, son como un paréntesis en la vida, pero las otras, las personales no tienen limites, nos impiden realizarnos durante toda nuestra vida, incluso, me atrevería a decir que las construimos con ayuda de nuestros padres, con los sistemas educativos, la religión, la sociedad, los complejos, los miedos y también, si señor, la cobardía, el temor a enfrentarnos a nuestro destino. Pero eso no se le puede decir a una niña de cinco años, la confundiríamos con tanta explicación. Me pregunto, si le hubiese contestado simple y llanamente que si, ¿me sentiría mejor ahora, la habría olvidado ya? No lo sé y lo peor, es que no existe un tribunal a quien demandar, no hay abogado para esas causas, nos toca respirar hondo y elaborar nuestra propia lima para rebajar esos barrotes con la esperanza de obtener la libertad.


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