Yo era feliz. No era para menos, ya casi iba a terminar mi carrera de abogado, me faltaban dos semestres pero la vida se me torció disfrazada de “gran oportunidad”. Por esos días me dieron la noticia de que podía hacer prácticas en un juzgado, un poco lejos de mi lugar de residencia, pero bien valía la pena, por fin podía aplicar todos mis conocimientos, por fin me enfrentaría a un caso real. Esa era la “gran oportunidad” que había esperado desde que empecé a estudiar. Ya estaba cansado de los estúpidos ejemplos de mis maestros, en los que la solución resultaba obvia y predecible. Al fin mi talento encontraba un reto. Emocionado me frotaba las manos y daba una y otra vuelta por mi habitación calculando el tiempo que tardaría en llegar al juzgado para entrevistarme con mi primera clienta, porque era una mujer, un caso de divorcio, en fin, la cosa a lo mejor a simple vista no tenía mayor interés, pero era mi primer caso, algo que yo iba a resolver y dependiendo de cómo iniciara, así me iría el resto de mi vida. ¡Pendejo que es uno, señor!

Acicalado, perfumado y bien peinado me di un último vistazo ante el espejo y salí a la calle. Por esos años yo vivía en la carrera tercera, y de ahí hasta la Caracas, donde tenía que tomar el transporte, quedaba un buen trecho, así que como no me fiaba de la puntualidad en los alimentadores, decidí caminar hasta la estación del recién estrenado transmilenio. Esa mañana no me fijaba en las montañas, ni me daba cuenta del frescor del ambiente, como tenía por costumbre. Ese día respiraba un aire nuevo y estaba contento con él, con mi ciudad y mi caso. Aunque fuera un trivial divorcio. El mundo era completo, redondo y sin aristas punzantes.

Esperé unos cinco minutos, me entretuve leyendo por encima del hombro el periódico que otro hombre tenía desplegado y me enteré a medias de las noticias del día. Cuando el vehículo se detuvo, subí en volandas, empujado por los demás pasajeros y en cuanto pude me abrí paso hasta la parte central, donde había menos gente, pensando en pillar la primera silla en cuanto se me presentara la ocasión. El viaje era largo y no quería cansarme. Pero la ciudad no desfiló ante mis ojos, nunca conseguí sentarme y me perdí el despertar de las gentes, sus rostros, sus prisas, sus vidas y cotidianidades de un día cualquiera. Finalmente el vehículo se detuvo en la última estación, ahí debía acercarme hasta un puesto de policía y de allí me conducirían hasta el juzgado. Esas eran las instrucciones que me habían dado.

Una vez en el juzgado, un soldado joven me dijo que el capitán se disculpaba por no atenderme él mismo, pero complicaciones de última hora se lo impedían, así que él mismo me acompañaría. No tardaríamos mucho. Me aseguró.

Yo tuve una especie de premonición, de recelo o desconfianza. La cosa no parecía muy profesional, desde luego, pero a veces, hay casos, que…

Decidí no romperme más el cerebro con divagaciones, me concentré y repasé algunas teorías pertinentes a ese tipo de  casos  y me dejé conducir por el joven soldado. Nos subimos a una patrulla y él me entregó el expediente, que empecé a ojear.

“Hombre, de sesenta años, empleado de un prestigioso banco de crédito. Mujer, de cincuenta y cinco, modista de profesión. Dueña de una importante y prestigiosa boutique de alta costura. Al hombre se le conocía por su carácter fuerte, autoritario y extremadamente riguroso. Ella, por el contrario, a pesar de ser una exitosa mujer de negocios, exhibe rasgos sumisos y dependientes. Interrogada una testigo de primer orden, empleada por horas, en la casa de los señores XX manifiesta que el matrimonio, era más bien un arreglo de conveniencia pues los señores jamás se dirigían la palabra, el señor sólo abría la boca para comer y si la esposa le replicaba algo, él le lanzaba unas miradas fulminantes. La vida práctica de este matrimonio estaba regida por un reglamento de no más de diez puntos, que el señor había mandado enmarcar en ojilla de oro y que colgaba en la pared del comedor. Los puntos, según la empleada eran, como sigue:

1º.- Cada uno de nosotros dos, viviremos de sus propios recursos.

2º.- Yo pagaré la mitad de los gastos comunes y tu la otra mitad, haciendo, cada uno, lo que guste de su resto de peculio.

3º.- Sólo entiendo por gastos comunes los que hayan sido autorizados por mí.

4º.-  Para evitar confusiones, solo pagaré con recibos.

5º.- Comeré fuera casi siempre y cuando lo haga en casa, será de lo que yo compre y como yo lo guise.

6º.-Sólo necesitamos para el servicio de la casa, una empleada que venga una hora al día, excepto los domingos, y en esa hora, como en todas las demás, la única responsable será mi mujer.

Cuenta la empleada que cada vez que el marido quería decirle algo a su mujer le dejaba una nota en el comedor, “necesito las  zapatillas rojas” o “si no planchan mejor mis cuellos y puños, te cortó el cuello…”

Yo empecé a sentirme mal, me dio un  mareo, no sólo por lo que estaba leyendo, sino por el como. Nunca he podido leer cuando voy en un vehículo y el movimiento de la patrulla me producía náuseas. Cerré el expediente. Para calmarme un poco empecé a respirar lentamente, recordando unos ejercicios de yoga, junté los dedos para realizar una profunda y metódica respiración.

Al cabo de una media hora llegamos, nos condujeron por un pasillo y el joven soldado pidió que le acompañara al salón donde la mujer me esperaba.

Entré sintiendo que el corazón se me escapaba del pecho, sentada en un sofá forrado en imitación cuero me esperaba una mujer mayor, aún muy atractiva, delgada, de cabeza pequeña y cuello largo, de rostro redondo, grandes pómulos y ojos verdosos, divinos, como jamás había visto. Rápidamente se levantó, se me acercó, me tendió su mano y me la estrechó fuertemente, como lo hacen habitualmente los hombres para demostrar quien es el más fuerte. El soldado nos dejó solos. Nos sentamos uno al lado del otro y ahí empezó mi caída libre. Sentí que una corriente eléctrica me erizaba todos los vellos del cuerpo, la mujer no dijo nada, se puso a escribir y me pasaba notas con los arreglos que esperaba del divorcio.

 

 

Al cabo de una hora, cuando yo ya estaba completamente desquiciado, me pasó el último y definitivo letrero. Por supuesto, después de despedirnos asistí a la cita, sabía que no debía involucrar cama y profesión, pero quién mantiene el tipo con una mujer así. Sobretodo, me moría por escuchar su voz, pero ella siempre se negó, un día y otro y otro hasta que pasa lo que pasa.


Por: Gladys