Esta expresión se usa para nombrar aquella ropa que sirve de complemento, o salida de emergencia para el día a día. Aprovechando las rebajas, Silvia salió de casa con el fin de darle un aire a su “fondo de armario”. Después de atravesar la ciudad en el agobiante y caluroso metro, Silvia, literalmente fue vomitada a empujones, por la multitud que se asfixiaba ante las puertas de los grandes almacenes. A la hora en punto, el guardia musculoso del almacén posó sus enormes y rudas manos sobre la cerradura de la encristalada puerta y abrió echándose juiciosamente a un lado para que la multitud no lo aplastara. Silvia fue arrastrada en volandas por el primer piso del almacén y solo al cabo de unos segundos pudo colocar sus pies sobre las baldosas para poder hurgar entre los containers abarrotados de prendas a cincuenta céntimos.

Metió sus manos, revolvía la ropa pero sus ojos no veían los modelos, ni la calidad de la tela, ni podía distinguir si era una blusa, una camisa, un pantalón o una falda y mucho menos los precios. Sus ojos buscaban entre la multitud unas manos gruesas deformadas por la tensión de unas venas azules, unas uñas cuadradas muy bien cortadas y claro, lo que venía con eso.

Las demás personas, aprovechando su distracción le arrebataban de las manos las prendas de ropa, la empujaban, pisoteaban y sacudían a su antojo. Una voz por megafonía se imponía a los gritos: en el piso quinto todo lo que necesita para el hogar, en el segundo el escritor xx firma autógrafos, a los primeros diez compradores de su última novela se les obsequiará… Las manos del guardia de seguridad se erguían en mitad del cerebro de Silvia. Finalmente recobró la compostura, poco a poco fue saliendo del círculo de las rebajas y caminando en dirección opuesta a los clientes del almacén, se empeñó en buscar al dueño de aquellas manos.

Así fue como conoció a su personal fondo de armario, sonríe Silvia mientras contempla un viejo sueter de lana azul que ella le compró, ¿hace cuantos años? Silvia se sentó en el borde de la cama y miró sus propias manos, arrugadas, manchadas por los años vividos y recordó que en las noches de juerga sus amigos se reían de ellos llamándolos “amor de rebajas”, claro en broma, porque veinte años de felicidad no se encuentran en un container a cincuenta céntimos.

Por: Gladys