No,  no voy a reflexionar sobre el deporte, aunque por estas fechas y dado lo que está aconteciendo uno no puede mirar para otro lado fingiendo que no pasa nada. Yo quiero contarles mi pasión por China, pero ese sentimiento es una mezcla de admiración y miedo; admiración por su cultura,  por sus obras, por su pensamiento, por la imprenta, el papel, las cometas, los paraguas, el ábaco, por nombrar sólo algunos de los inventos menos conocidos y miedo, por su carácter ancestralmente detallista, introvertido y hasta deshumanizado, que los ha impulsado a hacer lo imposible. Nadie ignora que ellos han destacado siempre en inventos que requerían de gran precisión y concentración,  en todos aquellos en los que las matemáticas juegan un papel considerable, sin olvidarnos de su literatura y filosofía.

    El papel de China en el desarrollo de Europa es mucho más grande del que imaginamos hasta el punto de que muchas de sus invenciones están presentes en nuestra vida diaria. China tuvo durante mucho tiempo un liderazgo tecnológico ya que la impresión, la navegación con el compás, la pólvora, eran tecnología punta siglos atrás y además eran instrumentos de dominación militar.

    Y sin embargo, a sabiendas de todo eso, el miedo a las culturas ajenas es una barrera que ni dos mil años de civilización occidental han podido derribar, nosotros con nuestro agotamiento cultural sentimos como amenaza el resurgimiento del dragón, y lo tememos en lo que más nos duele: el poderío económico, y lo que él representa para nuestro mundo consumista. Por eso el dragón se cierne sobre nosotros amenazando lo que hemos considerado avance de nuestra sociedad: el derecho a las vacaciones, el derecho a la individualidad, aspectos que a los chinos no les preocupa lo más mínimo, sus grandes logros han sido conseguidos a base de su laboriosidad extrema, y de su deshumanización: diez y ocho horas de trabajo en condiciones infrahumanas, con salarios mínimos, dejando de lado las comodidades más elementales, incluso sin recibir ninguna gratificación: el ejemplo lo tenemos en la fastuosa inauguración donde un millar de personas trabajaron como voluntarios para llevar a la perfección su presentación ante el mundo: la inauguración de las olimpiadas. Y la guinda: su silencio, sobre cuestiones sociales, política interna y externa y derechos humanos. Creo que ha llegado el momento en que el hombre debe reflexionar sobre si en realidad necesita consumir tanto hasta agotar el planeta, por parte de los occidentales o si es sensato matarse trabajando para satisfacer esa demanda, por parte de los orientales. Ningún extremo es saludable para la supervivencia del ser humano, se debe girar hacía una nueva concepción del universo, y este es precisamente el momento de cambiar, cuando tanto orientales como occidentales tenemos un pie en el aire.

La Dirección.