6 de Septiembre, 2008, 4:34: Charo GonzálezHablando de...


"Cuando digas "te quiero" dilo tan despacio que no desaparezca ninguno de sus sonidos por haberse perdido entre el ruido."

 

"Corazones de latas recicladas aún suenan con ecos de otras manos."

 

"Diez veces, ni uno solo, tres juegos en un solo tablero y perdemos el tiempo buscando las fichas…"

 

"Conoce aquello que presentas porque la ignoracia de ello se transformará en amenaza frente a ti."

 

"¡Tarde! debería representarse en figura de cachorro, ¿cómo fue que creció sin mostrar sus dientes de leche?"


Por: Charo González

6 de Septiembre, 2008, 4:19: SelváticaAlaprima




Me lo largó a los brazos como deshaciendose de él,
me lo lanzó como si le fastidiara

como si lo odiara.

Yo no supe qué hacer, lo miré pero me quede callada
por esa máldita loza de piedra que cierra mi boca cuando estoy asustada

ahora voy corriendo por la calle

con un niño muriéndose entre mis brazos
él le cortó el cuello y me lo dejó a mi moribundo

y sigo corriendo por la calle...

Por: Selvática

6 de Septiembre, 2008, 4:12: La DirecciónGeneral

 

“Sugestiones de la mente para evitar el dolor”. “Pensamientos que curan”. Caldito de papá con costilla, lo llamaba la abuela. Según el hacer de sus manos pecosas y arrugadas, no había nada como el caldito de papa para revivir muertos, y con esta expresión, significaba que esa comida bien servía para curar desde guayabos como males de amor. Es una lastima que ya no me puedas preparar el caldito ahora que tanta falta me hace, ya sé que es una tontería, que si tanta fe le tengo podría hacerlo yo mismo, que me cuesta comprar, pelar y cocer las papas, comprar la costilla y ponerla a hervir… no se trata de eso abuela, por un lado, los dolores que me hacen tener esta cara de pocos amigos, son el resultado de la tristeza, la soledad y la angustia de ver desfilar las horas de mi vida en completo silencio, caminando por calles en las que busco lo que no se me ha perdido, viendo a gente que jamás me preguntará si estoy bien, celebrando mis cumpleaños en un bar ruidoso mientras mi mente entona un desafinado cumpleaños feliz, no apago velas, no parto tarta, pero respiro hondo y en las noches me tomo una aspirina o un whisky para poder levantarme al día siguiente y al siguiente, y al siguiente…

Abuela, eso que tu llamabas caldo de papa se llama placebo, un manera de aliviar el dolor, una palabra que reemplaza la magia de tus manos, la sazón de tus guisos y tus historias interminables en las tardes lluviosas. Sé que no lo entiendes, sé que te reirías de mi y me sacarías corriendo de tu cocina con el cucharón en la mano, ¿tanto tiempo? tantas cosas han pasado, tantos pasos he dado y estoy tan cansado y curtido que ya ningún placebo me sirve, me he vuelto inmune a los remedios y tengo el estómago tan jodido que hasta tu caldito de papa actuaría como un veneno. No pongas esa cara, ya sé que me lo dijiste muchas veces, pero yo me empeñé en partir, me enredé entre los matorrales de otras culturas, y después, cuando la niebla se disipó, cuando la realidad apareció delante de mis narices ya no pude volver hasta ahora, momento en el que  la penúltima hoja de mi calendario está a punto de caer.


Por: La Dirección

 

 

6 de Septiembre, 2008, 4:01: GladysGeneral



 -En sus libros siempre encontramos un hombre sentado en la acera mirando un tornillo durante todo un día, una niña con un mechón de hebras de colores en la palma de sus manos, una anciana sentada en una cafetería mirando por la ventana mientras su helado de pistacho se escurre lentamente.  ¿Con esas figuras literarias pretende capturar el tiempo?  - preguntó el periodista.

La anciana lo miró fijamente a los ojos y su cerebro se puso en guardia.

- ¿Capturarlo? Esas figuras son seres humanos que pierden el tiempo en las páginas de un libro, mientras el lector se licua los sesos pensando en la metáfora del escritor, desesperándose por tratar de alcanzar las honduras de la mente, considerándose como un tonto por no ver más que un hombre desocupado en la acera, una niña curiosa jugando y una anciana esperando la muerte. Y a lo mejor es así, ¿para qué darles más vueltas? Todo el mundo acumula imágenes a lo largo de su vida, imágenes que se nos quedan grabadas en la memoria ya sea que las hayamos leído, o visto un día cualquiera de nuestras vidas. Imágenes que nos van llenando como álbumes de fotografías y las vamos haciendo nuestras, las guardamos en la trastienda del cerebro y más adelante las sacamos y exhibimos ante los nuevos amigos o los nietos como si fueran nuestras. Y sí, es que después de tanto tiempo lo más lógico es que las consideremos como propias. Por ejemplo, el señor del tornillo el lector se lo encontrará en una  página de Rayuela… Y la niña, es la protagonista de un cuento de un escritor, mucho menos conocido que Cortázar, pero que se quedó en mi cerebro y que me sigue visitando, sobre todo cuando camino sola por la playa y la anciana… la anciana puedo ser yo, me gusta pensar que soy yo pues ya en mi vida no me queda nada más por hacer que mirar por la ventana. Afortunadamente me encanta el helado. Son años, son millones de imágenes encerradas tras los barrotes de la vida y seguramente que el helado que se derrite en esa copa es de pistacho, porque es verde, es espeso, es ácido y la boca se me hace agua. Yo me pregunto, ¿por qué no puedo apropiármelos? Escuche usted joven, ¿a qué horas lee? Por la noche, metido entre sus sábanas, ¿a qué si? ¿Y no es suyo todo lo que hay en su habitación? Verdad que si, usted escogió su lámpara, su colcha, las sábanas, las almohadas, ese libro que pidió prestado en la biblioteca o que compró en la librería. ¿Es lógico o no mi razonamiento? Todo lo que hay en mi casa es mío… sólo yo decido si pierdo el tiempo con ellos, o como ellos, a nadie más le importa.

Su mirada se posó sobre el rostro salpicado de granos del periodista, éste sintió una corriente eléctrica en su espina dorsal que lo hizo tartamudear, pero no dijo nada, le sostuvo la mirada, al cabo de unos segundos el fuego se convirtió en hielo, millones de estalactitas provenientes de los ojos muertos de la escritora se clavaron en su frente

 – Señor, señor, ¿está usted bien? – Le apremió la voz de una joven a sus espaldas.

El periodista se dio la vuelta, la magia se había diluido entre las nieblas del cementerio. Su gran entrevista rodaba hecha añicos por el piso. Miró a la joven pero las palabras se negaban a salir de sus labios.

- A mi también me gustan mucho sus libros. – dijo la joven mirando la tumba de la famosa escritora mientras sus ojos le coqueteaban sutilmente.


Por: Gladys