20 de Septiembre, 2008, 5:01: GladysGeneral


Y esta es la habitación, como usted puede apreciar, es amplia, cómoda y lo mejor – la anciana iba hablando mientras se acercaba teatralmente a la ventana -. Se detuvo, miró a María un segundo, guardó un intrigante silencio y subió la persiana. El efecto de la luz hizo que María parpadeara quedándose perpleja al contemplar la habitación, al mismo tiempo sintió que algo se escapaba de su cuerpo, las rodillas se le debitaron y estuvo a punto de caer. No era lo que buscaba, a pesar de que, en el fondo reconocía que estaba bastante bien, además, le parecía que la habitación palpitaba, quizás fueran tonterías suyas… pero su interior se revolvió incómodo. Observó a la anciana, su mente elaboró una delicada excusa para no tomar la habitación, sin embargo las palabras que salieron de su boca fueron: Me la quedo.

Después ya no supo como salir de allí, el entusiasmo de la anciana, la fuerza de esa mirada en contraste con sus manos temblorosas la inquietaban al extremo. Aquello sucedió hace veinte años, al principio trató de descubrir lo que la intrigaba de la habitación, averiguar en qué consistía esa especie de vida que parecía palpitar entre sus cuatro paredes, pero los días pasaban y ella, en su empeño por averiguar, se negaba a salir, obstinada en no abandonar la habitación ni un instante pues sentía que si salía el enigma desaparecería y ella jamás lo sabría. Además estaba la anciana, las pocas veces que sintió deseos de salir, casualmente llamaba a su puerta, y con la mejor de sus sonrisas le preguntaba cualquier tontería, entonces su voluntad se deshacía como hielo al sol. Poco a poco su espíritu aventurero la fue abandonando, los amigos se cansaron de llamar y el amor…

 Debajo de la ventana había colocado un sofá grande y una pequeña estantería que renovaba gracias al programa de préstamos de libros de la biblioteca de la ciudad. ¿Idea de la anciana? No podría afirmarlo. El tema era que en aquella habitación se le fueron veinte años de su vida y a la hora de poner los días uno tras otro en su memoria, reconoce que no hay gran cosa. Bueno, había existido un amor que un mal día desapareció sin saber muy bien por qué, hubo unos cuantos cuerpos más en esa ancha cama, unas ilusiones y tres álbumes de fotos, todas en aquellas cuatro paredes, es de suponer que ningún amor, por fuerte que sea, aguanta tanto encierro. Ahí estaba su juventud y su madurez, ahora al rozar la ancianidad sabía que debía empacar sus cuatro cachivaches y emprender una nueva vida. Lo supo cuando se miró a al espejo y vio como la carne de las mejillas empezaba a colgar en su barbilla, la certeza del deterioro, en vez de deprimirla la liberó, sintió alivio, supo que ya podía irse.

¡Qué afortunada!, le había dicho la inquilina del frente. Qué bueno poder empezar otra vez, aprovecha esta oportunidad antes de que la senilidad te borre del mundo. Nadie quiere a los viejos, menos en esta casa. Y así lo hizo. Entregó las llaves de esa habitación a la nieta de la anciana quién siguió con el negocio tras la muerte de aquella, cinco años atrás, una mujer maciza como un roble y de voz tan profunda que retumbaba por toda la casa, pero que con el correr de los días se iba pareciendo más a la anciana, ¿o serían figuraciones suyas?

¿Por qué cambiar? Se alcanzó a preguntar una madrugada de insomnio frente a la ventana.  No había una razón poderosa, sus recelos sobre la habitación no habían tenido fundamento, a pesar de que muy dentro de su corazón sabía que aquella habitación la retenía de alguna forma,  por eso nunca encontró la manera de salir de allí, ni siquiera cuando el amor la tentó: ahora era diferente,  la pérdida de la juventud, en recompensa le había dejado decisión,  y qué mejor oportunidad de ejercerla saliendo de allí sin ningún pretexto, solo porque le daba la gana.

En cuanto se mudó, empezó a salir, a frecuentar cafeterías, tiendas, cines, espectáculos y viajes, todo por llenar sus días con recuerdos nuevos, se mantenía tan ocupada que la nueva habitación le era prácticamente desconocida, si alguien en la calle algún día le preguntara de qué color tenía pintadas las paredes, seguramente no sabría qué contestar. Tampoco se preocupó por llenarla de cuadros, de fotos, de adornos suyos, a pesar de que por sus continuos viajes siempre se le iban los ojos detrás de una tetera bereber o una alfombra marroquí, o un cristal de bohemia. No, ella se negaba a comprar nada, lo consideraba inútil. Entretenía sus manos con folletos históricos que luego dejaba discretamente sobre una mesa o en la papelera de cualquier callejón.

Al llegar a su nueva habitación, solamente se preocupa por asearse, leer un poco y a lo mejor tomarse un café antes de irse a la cama a altas horas de la madrugada. Con esta rutina iba tejiendo día tras día hasta que el final la sorprendiera cualquier tarde.

Pasados un par de años llegó a cansarse de vagar por el mundo, además su dinero empezaba a menguar y debía limitar sus gastos, al principio la angustia del dinero la estremeció un par de días, pero luego, al hacer cuentas y tachar algunos caprichos se convenció de que podría tener una vida agradable con lo que le quedaba de su pingüe renta, para entonces los días parecieron estirarse, las horas se volvieron lentas y decidió dormir durante el día. Cerró las cortinas, fumaba un poco y se acostaba, entonces su mente soñaba, creaba mundos fantásticos y felices llenos de familiares amables, considerados y cariñosos con los que compartía horas, comidas, recetas, chismes y pequeños placeres, incluso hasta peleas y desacuerdos. Sin embargo, al caer la noche, cuando el silencio de su calle se hacía intolerable impidiéndole dormir, se arreglaba, se maquillaba y salía a recorrer la ciudad. Todas las noches su sombra se adhería a las paredes húmedas de viejos caserones, se deslizaba por los jardines de las casas en barrios residenciales o se mezclaba con las esculturas y mobiliario urbano que ornaba la parte comercial de la ciudad hasta que las luces del alba la obligaban a volver presurosa a su habitación, sin saber que mientras ella se iba a la cama en las madrugadas, un hombre de su misma edad, se desperezaba en una cama cercana a su residencia, se levantaba, se duchaba, desayunaba y salía a la calle con una foto suya ya desteñida en la palma de su mano, en una peregrinación eterna con la esperanza de recobrar el tiempo perdido.

Por: Gladys

 

20 de Septiembre, 2008, 4:57: La Dirección.General

 


Algo se me empieza a ensanchar en el pecho cuando presencio una fiesta popular, poco a poco se va apoderando de mi hasta oprimirme las costillas y dejarme sin respiración, mi cuerpo empieza a convulsionar, una ola de calor recorre mi espalda, la voz se me resquebraja, el pulso se acelera y cuando ese algo se convierte en bola de fuego rompo a llorar, ese es el punto de fuga que me libera de tal desazón. Claro, me refugio en la espalda de alguien, o me disperso de los amigos que en ese momento me acompañan, no quiero que se den cuenta de lo que me sucede, afortunadamente la convulsión dura escasos segundos y cuando vuelvo en mi, empiezo a destripar la fiesta que estoy presenciando preguntándome cosas como: desde qué tiempos inmemoriales los mayores del pueblo se reúnen a bailar dando pequeños saltitos, tomados de la mano alrededor de una plaza XX, engalanados con trajes antiguos, o cuál es el objetivo de formar torres humanas, o lanzarse tomates, o desperdiciar el agua, o bañarse en lodo, despeñar una cabra desde lo alto de una torre, poner a rodar un queso por una montaña y correr detrás de él, caminar tres horas bajo un sol de justicia hasta llegar a una iglesia xx, dar vueltas alrededor de un palo, soltar unos toros y correr delante de ellos o correr tras el toro ensartándolo con filosas lanzas hasta que el animal muere.

          Claro, eso lo pensamos después de presenciarlo, o cuando ya estamos solos en nuestra  habitación, cuando nadie nos ve, porque al principio, aunque no seamos originarios de ese pueblo, nos entregamos al ritual como si fuéramos nativos, vivimos cada experiencia con intensidad y logramos trascender nuestra educación y nuestros prejuicios para reencarnar en un personaje ancestral que revive por pocos segundos, pero luego, la realidad se impone y el juicio empieza a analizar los motivos que llevan al hombre a repetir cada año los mismos rituales. Trabajo inútil por supuesto porque a cada conclusión que emitimos le surge una contraparte que la devalúa y en ese sopesar de ideas se nos va el entusiasmo y llega el próximo año y nos vemos corriendo delante de los toros, como el año pasado…

          Y sin embargo, aunque el miedo nos haga correr y la adrenalina rebose nuestros cuerpos, no dejamos de pensar en que en esos momentos somos más humanidad que seres individuales y que esa masa llamada humanidad está condenada a repetirse una y otra vez hasta el final de su existencia, para lo bueno y para lo malo. Ese es el embrujo de las fiestas populares, se han realizado desde que el hombre empezó a vivir en comunidades y mientras siga haciéndolo ejecutará los mismos movimientos, no importa que haya quien tilde de crueles tales procedimientos, ellos siempre serán minoría.


La Dirección




20 de Septiembre, 2008, 4:43: ÁgataHablando de...



Título: Kafka en la orilla

Autor:  Haruki Murakami


Los asiduos de caelanoche, ya habrán adivinado mi gusto por los escritores japoneses, no soy tan erudita como para dictar cátedra sobre la literatura japonesa, solamente pretendo compartir, desde mi propia experiencia, la fascinación que me producen autores como Yukio Mishima, Oe Kenzaburo, Kazuo Ishiguro, Ishikawa  Tatsuzo, entre otros, tampoco pretendo hacerles publicidad, pienso que sobre todo, no la necesitan, para eso ya están las editoriales que bastante ganan con sus autores. En este espacio solamente hablamos de las impresiones que nos causan determinados libros o películas y son esos sentimientos los que compartimos con nuestros lectores y a la vez, les reiteramos la invitación a compartir sus experiencias con nosotros.


El autor de Kafka en la orilla es Haruki Murakami, hijo de monje budista y madre literata. La obra de Murakami,  a menudo es etiquetada como “literatura pop” no entiendo muy bien por qué, pero es así. Su ficción para mi es ante todo   humorística, surreal, y sobre todo, libre en la manera de abordar sus temáticas, en la creación de sus personajes y su entorno. En Kafka en la orilla, hay un anciano que tiene el don de entender el lenguaje de los gatos, hay amores imposibles, hay un cuervo que habla al protagonista – haciendo un guiño a Kafka por supuesto,  y sobretodo, hay soledad, por sus líneas vaga el deseo de aprehender de la vida lo que sea necesario para fortalecer el alma y poder enfrentarse al mundo con un mínimo de seguridad, y hay también desesperanza porque inexorablemente los personajes se dan cuenta que “Uno nace lleno y la vida lo va vaciando poco a poco”.


Pero no se crean que al llegar a la última página uno se queda con ese mal cuerpo de vacío, todo lo contrario en Kafka en la orilla, recorremos un mundo muy cercano, paseamos por los paisajes de la cotidianidad portando el arte como escudo… y les aseguro que salimos bien librados y con ganas de correr a la biblioteca más cercana a ver si nos pillamos cualquier otro libro de Marukami.


Por: Ágata

20 de Septiembre, 2008, 4:31: Charo GonzálezHablando de...


"De agradables sorpresas se llenan las horas, los minutos y los segundos, sólo hay que mirar con atención, no hay tedio, el gris es sólo una ilusión."

 

"Donde desaparecen las ilusiones lanzadas al viento renacen los sueños nunca contados."

 

"Siete veces de un mismo puchero, cucharones que esperan, antiguos remiendos."

 

"Esfera que encierra números, maquinaria que sigue un compás, quieta e ignorante gobierna el mundo."

 

"Acaricia su polvoriento lomo y no podrás resistirte a abrirlo.

"Ninguna de las cosas que encuentra parecen brillar lo suficiente, la opacidad de sus ojos no le deja disfrutar de la luz."


Por: Charo González


20 de Septiembre, 2008, 4:08: SelváticaAlaprima


Muero de hambre en el campo árido,
la fortuna me deja en las manos
lo que parece un saco de papas
son grandes, sanas, bonitas y seguramente estarán sabrosas.
Mi amiga y yo bailamos de la alegría
las venderemos
ganaremos un dinero
lo invertiremos
Tomamos el saco
vamos al otro pueblo
donde nadie nos conoce
el dia es gris
un campesino aparece entre la niebla
mira nuestras papas
yo siento que a lo mejor no tendremos que caminar tanto para venderlas
éste nos las comprará
el campesino toma una
la sopesa
le rasca la piel con la uña mugrienta
la lanza de nuevo al saco
y como escupiéndonos dice:
estos no son papas, son bellotas.
Caigo al piso, con mis sueños
y si de verdad son bellotas
jamás nadie me creerá
y si el campesino miente
las papas se pudriran
¿Serán bellotas o papas?

Por: Selvática