Título: Kafka en la orilla

Autor:  Haruki Murakami


Los asiduos de caelanoche, ya habrán adivinado mi gusto por los escritores japoneses, no soy tan erudita como para dictar cátedra sobre la literatura japonesa, solamente pretendo compartir, desde mi propia experiencia, la fascinación que me producen autores como Yukio Mishima, Oe Kenzaburo, Kazuo Ishiguro, Ishikawa  Tatsuzo, entre otros, tampoco pretendo hacerles publicidad, pienso que sobre todo, no la necesitan, para eso ya están las editoriales que bastante ganan con sus autores. En este espacio solamente hablamos de las impresiones que nos causan determinados libros o películas y son esos sentimientos los que compartimos con nuestros lectores y a la vez, les reiteramos la invitación a compartir sus experiencias con nosotros.


El autor de Kafka en la orilla es Haruki Murakami, hijo de monje budista y madre literata. La obra de Murakami,  a menudo es etiquetada como “literatura pop” no entiendo muy bien por qué, pero es así. Su ficción para mi es ante todo   humorística, surreal, y sobre todo, libre en la manera de abordar sus temáticas, en la creación de sus personajes y su entorno. En Kafka en la orilla, hay un anciano que tiene el don de entender el lenguaje de los gatos, hay amores imposibles, hay un cuervo que habla al protagonista – haciendo un guiño a Kafka por supuesto,  y sobretodo, hay soledad, por sus líneas vaga el deseo de aprehender de la vida lo que sea necesario para fortalecer el alma y poder enfrentarse al mundo con un mínimo de seguridad, y hay también desesperanza porque inexorablemente los personajes se dan cuenta que “Uno nace lleno y la vida lo va vaciando poco a poco”.


Pero no se crean que al llegar a la última página uno se queda con ese mal cuerpo de vacío, todo lo contrario en Kafka en la orilla, recorremos un mundo muy cercano, paseamos por los paisajes de la cotidianidad portando el arte como escudo… y les aseguro que salimos bien librados y con ganas de correr a la biblioteca más cercana a ver si nos pillamos cualquier otro libro de Marukami.


Por: Ágata