Y esta es la habitación, como usted puede apreciar, es amplia, cómoda y lo mejor – la anciana iba hablando mientras se acercaba teatralmente a la ventana -. Se detuvo, miró a María un segundo, guardó un intrigante silencio y subió la persiana. El efecto de la luz hizo que María parpadeara quedándose perpleja al contemplar la habitación, al mismo tiempo sintió que algo se escapaba de su cuerpo, las rodillas se le debitaron y estuvo a punto de caer. No era lo que buscaba, a pesar de que, en el fondo reconocía que estaba bastante bien, además, le parecía que la habitación palpitaba, quizás fueran tonterías suyas… pero su interior se revolvió incómodo. Observó a la anciana, su mente elaboró una delicada excusa para no tomar la habitación, sin embargo las palabras que salieron de su boca fueron: Me la quedo.

Después ya no supo como salir de allí, el entusiasmo de la anciana, la fuerza de esa mirada en contraste con sus manos temblorosas la inquietaban al extremo. Aquello sucedió hace veinte años, al principio trató de descubrir lo que la intrigaba de la habitación, averiguar en qué consistía esa especie de vida que parecía palpitar entre sus cuatro paredes, pero los días pasaban y ella, en su empeño por averiguar, se negaba a salir, obstinada en no abandonar la habitación ni un instante pues sentía que si salía el enigma desaparecería y ella jamás lo sabría. Además estaba la anciana, las pocas veces que sintió deseos de salir, casualmente llamaba a su puerta, y con la mejor de sus sonrisas le preguntaba cualquier tontería, entonces su voluntad se deshacía como hielo al sol. Poco a poco su espíritu aventurero la fue abandonando, los amigos se cansaron de llamar y el amor…

 Debajo de la ventana había colocado un sofá grande y una pequeña estantería que renovaba gracias al programa de préstamos de libros de la biblioteca de la ciudad. ¿Idea de la anciana? No podría afirmarlo. El tema era que en aquella habitación se le fueron veinte años de su vida y a la hora de poner los días uno tras otro en su memoria, reconoce que no hay gran cosa. Bueno, había existido un amor que un mal día desapareció sin saber muy bien por qué, hubo unos cuantos cuerpos más en esa ancha cama, unas ilusiones y tres álbumes de fotos, todas en aquellas cuatro paredes, es de suponer que ningún amor, por fuerte que sea, aguanta tanto encierro. Ahí estaba su juventud y su madurez, ahora al rozar la ancianidad sabía que debía empacar sus cuatro cachivaches y emprender una nueva vida. Lo supo cuando se miró a al espejo y vio como la carne de las mejillas empezaba a colgar en su barbilla, la certeza del deterioro, en vez de deprimirla la liberó, sintió alivio, supo que ya podía irse.

¡Qué afortunada!, le había dicho la inquilina del frente. Qué bueno poder empezar otra vez, aprovecha esta oportunidad antes de que la senilidad te borre del mundo. Nadie quiere a los viejos, menos en esta casa. Y así lo hizo. Entregó las llaves de esa habitación a la nieta de la anciana quién siguió con el negocio tras la muerte de aquella, cinco años atrás, una mujer maciza como un roble y de voz tan profunda que retumbaba por toda la casa, pero que con el correr de los días se iba pareciendo más a la anciana, ¿o serían figuraciones suyas?

¿Por qué cambiar? Se alcanzó a preguntar una madrugada de insomnio frente a la ventana.  No había una razón poderosa, sus recelos sobre la habitación no habían tenido fundamento, a pesar de que muy dentro de su corazón sabía que aquella habitación la retenía de alguna forma,  por eso nunca encontró la manera de salir de allí, ni siquiera cuando el amor la tentó: ahora era diferente,  la pérdida de la juventud, en recompensa le había dejado decisión,  y qué mejor oportunidad de ejercerla saliendo de allí sin ningún pretexto, solo porque le daba la gana.

En cuanto se mudó, empezó a salir, a frecuentar cafeterías, tiendas, cines, espectáculos y viajes, todo por llenar sus días con recuerdos nuevos, se mantenía tan ocupada que la nueva habitación le era prácticamente desconocida, si alguien en la calle algún día le preguntara de qué color tenía pintadas las paredes, seguramente no sabría qué contestar. Tampoco se preocupó por llenarla de cuadros, de fotos, de adornos suyos, a pesar de que por sus continuos viajes siempre se le iban los ojos detrás de una tetera bereber o una alfombra marroquí, o un cristal de bohemia. No, ella se negaba a comprar nada, lo consideraba inútil. Entretenía sus manos con folletos históricos que luego dejaba discretamente sobre una mesa o en la papelera de cualquier callejón.

Al llegar a su nueva habitación, solamente se preocupa por asearse, leer un poco y a lo mejor tomarse un café antes de irse a la cama a altas horas de la madrugada. Con esta rutina iba tejiendo día tras día hasta que el final la sorprendiera cualquier tarde.

Pasados un par de años llegó a cansarse de vagar por el mundo, además su dinero empezaba a menguar y debía limitar sus gastos, al principio la angustia del dinero la estremeció un par de días, pero luego, al hacer cuentas y tachar algunos caprichos se convenció de que podría tener una vida agradable con lo que le quedaba de su pingüe renta, para entonces los días parecieron estirarse, las horas se volvieron lentas y decidió dormir durante el día. Cerró las cortinas, fumaba un poco y se acostaba, entonces su mente soñaba, creaba mundos fantásticos y felices llenos de familiares amables, considerados y cariñosos con los que compartía horas, comidas, recetas, chismes y pequeños placeres, incluso hasta peleas y desacuerdos. Sin embargo, al caer la noche, cuando el silencio de su calle se hacía intolerable impidiéndole dormir, se arreglaba, se maquillaba y salía a recorrer la ciudad. Todas las noches su sombra se adhería a las paredes húmedas de viejos caserones, se deslizaba por los jardines de las casas en barrios residenciales o se mezclaba con las esculturas y mobiliario urbano que ornaba la parte comercial de la ciudad hasta que las luces del alba la obligaban a volver presurosa a su habitación, sin saber que mientras ella se iba a la cama en las madrugadas, un hombre de su misma edad, se desperezaba en una cama cercana a su residencia, se levantaba, se duchaba, desayunaba y salía a la calle con una foto suya ya desteñida en la palma de su mano, en una peregrinación eterna con la esperanza de recobrar el tiempo perdido.

Por: Gladys