La luz de la tarde dibuja un triángulo dorado sobre el entablado del viejo y vacío salón,  sobre éste bailan millones de corpúsculos nerviosos que ella intenta atrapar con sus nerviosos dedos sin lograrlo, lo que le causa desasosiego.

Sus manos entran y salen del triángulo sin conseguir ninguno de esos mundos que anhela, en vano cierra su puño con fuerza, ayudándose con la otra mano, pero al abrirla, el mundo pelusa no está, desaparece y en su vacío deja a la incertidumbre temblando en la palma de su mano.

Habría que apurarse, en estos trópicos los atardeceres suelen durar un suspiro,  dentro de unos instantes caerá la noche otra vez, sin lograr su objetivo. Poco a poco una voz se impuso sobre los ruidos cotidianos, parecía venir del extremo oscuro del salón, una voz calida que brotaba de la entraña de la pared, era la voz de la abuela, pero al principio no logra entender sus palabras. Los códigos expresados no corresponden al vocabulario que ella domina. Sin saber por qué, se acercó al viejo secreter lleno de cajones que perteneció a la abuela, lentamente levantó la cerradura, el olor a naftalina hirió su nariz, pero allí, en el primer cajón encontró una preciosa palabra, frágil, blanca, delicada, que se dejó trasladar hasta la palma de su mano contagiándole su tibieza. Esto la emocionó renovando el rubor de su rostro, devolviéndole a su corazón nuevos y más fuertes movimientos, con afán abrió el siguiente cajón,  encontró otra, en el de más abajo otra, y otra. A medida que abría cajones encontraba las palabras, palabras que saltaban ansiosas y hasta podría decir que desesperadas a la palma de su mano para ser absorbidas por la piel y poder esparcirse por todo su cuerpo, viajando por sus venas hasta los más recónditos lugares de su ser. Poco a poco se iba llenando de ellas, poco a poco el mundo ya no le parecía un lugar hostil y la necesidad de atrapar corpúsculos en los atardeceres tropicales había desaparecido… también la luz… también el triángulo dorado sobre el entablado… también la abuela…

Ahora tiene todas las palabras en su ser, ahora no necesita de nadie, pero también ahora se halla en un rincón de la biblioteca, llena de polvo, amarilleándose con cada atardecer. Ya nadie usa el diccionario.

Por: Gladys