La
luz de la tarde dibuja un triángulo dorado sobre el entablado del viejo y vacío
salón,sobre éste bailan millones de
corpúsculos nerviosos que ella intenta atrapar con sus nerviosos dedos sin
lograrlo, lo que le causa desasosiego.
Sus
manos entran y salen del triángulo sin conseguir ninguno de esos mundos que
anhela, en vano cierra su puño con fuerza, ayudándose con la otra mano, pero al
abrirla, el mundo pelusa no está, desaparece y en su vacío deja a la incertidumbre
temblando en la palma de su mano.
Habría
que apurarse, en estos trópicos los atardeceres suelen durar un suspiro,dentro de unos instantes caerá la noche otra
vez, sin lograr su objetivo. Poco a poco una voz se impuso sobre los ruidos
cotidianos, parecía venir del extremo oscuro del salón, una voz calida que
brotaba de la entraña de la pared, era la voz de la abuela, pero al principio
no logra entender sus palabras. Los códigos expresados no corresponden al
vocabulario que ella domina. Sin saber por qué, se acercó al viejo secreter
lleno de cajones que perteneció a la abuela, lentamente levantó la cerradura,
el olor a naftalina hirió su nariz, pero allí, en el primer cajón encontró una
preciosa palabra, frágil, blanca, delicada, que se dejó trasladar hasta la
palma de su mano contagiándole su tibieza. Esto la emocionó renovando el rubor
de su rostro, devolviéndole a su corazón nuevos y más fuertes movimientos, con afán
abrió el siguiente cajón, encontró otra,
en el de más abajo otra, y otra. A medida que abría cajones encontraba las
palabras, palabras que saltaban ansiosas y hasta podría decir que desesperadas a
la palma de su mano para ser absorbidas por la piel y poder esparcirse por todo
su cuerpo, viajando por sus venas hasta los más recónditos lugares de su ser.
Poco a poco se iba llenando de ellas, poco a poco el mundo ya no le parecía un
lugar hostil y la necesidad de atrapar corpúsculos en los atardeceres
tropicales había desaparecido… también la luz… también el triángulo dorado
sobre el entablado… también la abuela…
Ahora
tiene todas las palabras en su ser, ahora no necesita de nadie, pero también
ahora se halla en un rincón de la biblioteca, llena de polvo, amarilleándose con
cada atardecer. Ya nadie usa el diccionario.
Enviado por Gabriela (Contacto, Página)
Fecha: 13 de Octubre, 2008, 6:40
AYYYY Gladys si las palabras tuvieran vida propia y no dependieran de la voluntad del escritor las sorpresas que nos llevaríamos.
Un abrazo y te felicito.
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Enviado por Gladys (Contacto, Página)
Fecha: 24 de Octubre, 2008, 6:37
Gracias Gabriela por tu comentario, un poco tarde, pero he andado muy liada y tengo un poquillo abandonada mi casa.
Y respecto a si las palabras tuvieran vida propia, me preguntó qué forma tendrían; animal? vegetal?
Vaya me has dado una idea para otra historia.
Gracias, un abrazo!!!