Daba gusto mirar la luna esa noche, orgullosa allá en lo alto del cielo, imponente en su soledad, vestida con un traje de gasa iluminado por algunos rayos de luz robados al sol. Daba gusto sentir esa especie de parálisis en la nuca de tanto mirar arriba. Daba gusto sentir el frío de la noche, cuando se vive una noche así.

Pero también daba pena contemplar tanta belleza en soledad, daba pena no tener otra sombra para juntar a la propia, daba pena levantar la mano y encontrar solamente las líneas de destino, vida o muerte, mientras que la del amor era apenas una pequeña arruga que no representaba nada.

Si hay tanta belleza en el mundo, por qué tenemos que estar solos se preguntaba, mientras caminaba sin rumbo y sin ninguna meta en mente. Mientras, su cerebro acompañaba su soledad con párrafos de libros leídos, con estrofas de canciones, de aquella época en la que los versos salían como por encanto de su garganta y cuando la risa conmovía todo el cuerpo.

Ahora pertenecía al mundo de los muertos, ahora vagaba por el orbe en estado contemplativo, o más bien en estado de lamento eterno, lo único que le recordaba que aún podía sentir algo era esa especie de calor furioso que encendía su pecho cuando lamentaba tener tanta belleza a su alrededor y estar obligado a contemplarla solo.

Entonces recordó una frase de alguien, aunque su cerebro no le dictaba el nombre, y menos la ocasión en que fue pronunciada, pero decía algo así como que querer es poder, más o menos y entonces cerró los ojos, se concentró, dibujó en su cerebro las características de la Maga (la heroína de Rayuela) y casi con miedo fue abriendo los ojos,  fijándose primero en el piso, luego en las paredes, después en la boca del callejón hasta que de allí empezó a surgir una cabellera… era ella, y tuvo miedo, volvió a cerrar los ojos, se arrepintió, parpadeó y quedó paralizado por el pánico, en su confusión imaginó a Albertina, (en busca del tiempo perdido) con su talle ceñido, con aquel tocado que… abrió los ojos y un olor fresco le llegó por el lado izquierdo, alzó la vista y se encontró de lleno con la sonrisa de la mujer de Proust. Entonces el pánico se convirtió en terror, luego, en avaricia, en lujuria, y así fue como imaginó a Lolita, a Remedios la bella, a Ana Karenina, y a todas aquellas mujeres que llenaron sus horas de lecturas enfebrecidas.

Con ellas se pasea todas las noches por las calles bogotanas, a ellas cubre con un mantón especial para que no se resfríen, les cede el paso al girar en las esquinas y con ellas contempla las noches de luna llena en esta ciudad fantasma.

Eso me contaron de este personaje y la verdad no le dí mucha importancia, me pareció que era una historia estúpida de alguna mente sin oficio, sin embargo, acabo de entrar de la calle y me fijé que había luna llena, una luna enorme aún vestida con los rayos del sol, una noche para preparar un buen trago, encender la chimenea y releer a mis autores preferidos, pero cuando estaba dispuesto a hacerlo tomo el ejemplar de cien años de soledad y Remedios no esta,  y sí, imaginan bien, igualmente han desaparecido de la literatura Lolita, Ana, Albertina, y el pánico… 

Por: Gladys