29 de Noviembre, 2008, 14:07: JimulHablando de...


Pensaron que era un juego, pero era la guerra. Imaginaron que era amor, su realidad era la prostitución. Buscaron salir de su propia miseria, encontraron gente miserable.

Hoy los han encontrado, les llevaban una pizca de ilusión. Demasiado tarde, los cadáveres de los niños se confundían con el fango asqueroso del poder económico de sus propios mayores.


Por: Jimul

29 de Noviembre, 2008, 13:51: GladysGeneral

 

 

Desde que Javier encontró el amor, su parner anda de capa caída. Por las noches se le ve vagando por los rincones de la ciudad, persiguiendo gatos, espantando palomas, arrinconándose a la vida de su compañero sin delatar su presencia.

Todas las noches, con el rostro pegado a los cristales de las ventanas, los ve cenar mientras ven la tele, hablan mucho, se ríen, se miran a los ojos y aunque no exhiben grandes demostraciones de cariño, la atmósfera que los envuelve es irrespirablemente amorosa, pero no hay que llamarse a engaño, por más golosa y gelatinosa que sea la burbuja del amor tiene una resistencia digna de una nave espacial, nada ni nadie es capaz de clavarle el alfiler de la realidad. Eso le quedó bien claro en el momento en que Javier se escudó en su chica.

Jaavier permanece adherido a los cristales de la ventana de la vida de su amigo y con la indiferencia de los mudos asiste al día a día de una relación sólida, en la que la comprensión y la valentía forman las corazas que defienden las almas de esos dos seres… eh, cuidado, ha llegado alguien más, ahora son tres, como los mosqueteros… Jaavier se escurre sobre el pavimento y reanuda su vida nómada. Decide ir a la estación de autobuses más cercana, compra un billete de ida al lugar más apartado… bueno, hasta donde le alcanzó el dinero, que en la ficción también hace falta, quien lo diría. Espera sentado en un banco de metal con dos travesaños por espaldar y poco a poco el dolor en la columna lo obliga a cambiar de postura cada dos segundos hasta que llega el auto bus.

Para su fortuna los billetes no están numerados y puede sentarse donde le dé la gana, igual se felicita porque a esa hora y en un día tan aburrido como lo son los miércoles, casi nadie viaja, o los que lo hacen son gente tan anónima como el mismo.  Busca un lugar al fondo, junto a la ventana,  se quita la chaqueta, se cubre con ella el pecho, cierra los ojos y se dispone a dormir, cosa que consigue con facilidad gracias al arrullo de las llantas rodando sobre el asfalto. Empieza a soñar con los tiempos en que no había división,  en los días que se reventaban de cosas y aventuras, de risas y llantos, de descubrimientos y exploraciones, pero en su sueño, más que imágenes eran sensaciones las que lo embargaban y le abrían la boca en una expresión de enajenado que asustó mucho a la joven sentada a su lado.

Jaavier enrojeció, los dobles también lo hacen, y la chica le sonrió. A ella le produjo cosquillas en la columna vertebral el rubor de su compañero de asiento.

- ¿No tiene sueño? – le preguntó la joven mirándolo de reojo mientras sus labios húmedos sonreían y los pechos enormes temblaban.

- Las sillas no son… balbuceo Jaavier –

- No es primera clase, dijo la chica.

- Se nota asintió él.

- ¿Hasta dónde va? – preguntó la joven –

- Ocho horas de viaje, llegaremos sobre las ocho de la mañana.

- ¿No me quiere contestar verdad? – Perdone si lo molesté se disculpó la joven con un gesto que quería decir todo lo contrario.

- Oh, no, perdone, es que no manejo muy bien mis relaciones públicas –se disculpó jaavier -  Creo que me gustaría dormir un poco.

- Perdone – dijo la chica – yo haré lo mismo.

Mirándolo fijamente estiró su cuerpo, se cubrió con su propia chaqueta y una montaña en su pecho empezó a palpitar. Jaavier miró hacía la negrura del paisaje tratando obstinadamente de horadar la inmensidad de los precipicios al lado de la carretera, aunque en el fondo sabía que si miraba a la chica, sus caderas empezarían a seguir el ritmo de esa montaña en el pecho…


Por: Gladys

29 de Noviembre, 2008, 13:44: La Dirección.General



El escritor argentino Alberto Manguel, en una entrevista a la revista “Ñ” afirmó que “el capitalismo no puede permitirse un consumidor lento y la literatura necesita lentitud”, afirmación que me transporta unos años atrás cuando el mundo del arte se convulsionó ante el trabajo de un artista que logró vender sus eses a un  precio exorbitante. En aquella ocasión me asombré no ya solo de que un artista considerara sus residuos corporales como una obra de arte, sino que además hubiese quien la comprase y además pagase una suma de esas que causan escalofríos. En aquella ocasión pensé que era un hecho aislado, algún millonario excéntrico y no pensé más en ello. En vista de las actuales circunstancias pienso que aquello no fue casual, era más bien un síntoma de lo que se estaba incubando en nuestra sociedad capitalista, al igual que aquel millonario excéntrico, hoy nuestros respetados banqueros han comprado paquetes de mierda y ahora no saben que hacer con ellos.  Pasa lo mismo con la cultura, en estos momentos se producen más libros que nunca, más esculturas, más cuadros, más música, cine, danza, poesía… asistimos a una proliferación de cultura en todas sus manifestaciones, eso, desde luego debería alegrarnos, deberíamos de estar orgullosos de vivir en el mejor de los mundos posibles acunados por los más excelsos pensamientos y las más puras manifestaciones del arte humano, ahora por fin, los nuevos seres humanos mamarían de la pureza artística, en consecuencia serían mejores personas.

Ilusión vana, no hemos evolucionado, no somos mejores que nuestros cavernícolas y peludos antepasados, y no hemos avanzado nada porque no aprendimos a paladear, asimilar y digerir la cultura, nuestra sociedad no nos lo permite, no alcanzamos a leer la reseña de un libro cuando ya tenemos que estar leyendo otro, o bajándonos un concierto o una película por Internet, vivimos en una suerte de carrera de caballos y no podemos permitirnos el menor desliz, cualquier distracción nos dejará fuera de juego. En ese estado de cosas no podemos esperar que un lector se tome el trabajo de leer doscientas o trescientas páginas de una novela, claro, siempre y cuando no se trate de un Código Da Vinci por ejemplo, no hay tiempo para reflexionar, para pensar, para cuestionarnos la forma de expresión de determinado autor, para considerar por  unos cuantos minutos seguidos la forma de vida de determinados pueblos,  o culturas. Vivimos como zombis, compramos como entes, producimos desmedidamente sin pensar que estamos agotando nuestras fuentes… ¿llegaremos a esa evidencia de la misma forma que hoy contemplamos alucinados cómo nuestros más inteligentes ejecutivos compraron la mierda a precios exorbitantes?


La Dirección

29 de Noviembre, 2008, 13:37: NofretF1 Portal Sur

Creo que si tuviera que elegir uno, me quedaría con Papillón, de Henri Charière. Aunque lo veo con una óptica menos que adolescente, era casi una niña cuando lo leí y no hubo relecturas. Pero ya a esa edad la perseverancia de ese hombre me atrapó. Tenacidad que no disminuía ante el fallo de todos sus intentos por tener una vida. También me atrapaba su desesperada sed de venganza.

Sobre su historia, he oído que es falsa, que nunca pudo escapar de la prisión y murió en ella. Algunas de las cosas que narra, recordándola ahora, parecen muy poco probables, pero aún así, creo que fue el personaje que más me atrapó, al menos de los que puedo recordar.

 

Por: Nofret


Henri Charrière

Charrière nació en Ardèche, Francia.

A los 17 años se alistó en la Armada Francesa, y sirvió durante dos años. Tras abandonar la Armada, Charrière se convirtió en un miembro de los bajos fondos parisinos, fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad el 26 de octubre de 1931 bajo el cargo de  asesinato de un proxeneta - Roland le Petit -  Tras una breve estancia como preso en Caen,  es trasladado a la Isla del Diablo donde verdaderamente da comienzo a su extraordinaria historia.

Papillón detalla sus presuntos y numerosos intentos de escape, aventuras y recapturas de su encarcelamiento en 1932 hasta su escape final hacia Venezuela, donde se convierte en residente en 1945, se casó y abrió un restaurante en Caracas. El título del libro es el sobrenombre de Charrière, debido a su tatuaje de mariposa en su pecho (papillón quiere decir mariposa). La veracidad de lo acontecido ha sido cuestionada pero él siempre mantuvo que excepto por algunos huecos en su memoria era verdad. El gran crítico Morlans nos dice que la obra constituye uno de los mayores hitos de la literatura francesa.

Charles Brunier, un antiguo preso y amigo de Charrière confesó en el año 2005 que Charrière obtuvo muchas de sus historias de otros reclusos y ven un trabajo más de ficción que una autobiografía.

Aunque se pone en duda su veracidad, es interesante la vívida descripción de las inhumanas condiciones que padecen los reclusos. La novela fue un best Sellers  y existe una segunda parte llamada Banco en la cual se relata el camino que recorrió el autor desde que fue liberado definitivamente en América hasta que llegó a la masividad literaria, recorriendo caminos azarosos y muchas veces tan peligrosos como el mismo presidio.