El escritor argentino Alberto Manguel, en una entrevista a la revista “Ñ” afirmó que “el capitalismo no puede permitirse un consumidor lento y la literatura necesita lentitud”, afirmación que me transporta unos años atrás cuando el mundo del arte se convulsionó ante el trabajo de un artista que logró vender sus eses a un  precio exorbitante. En aquella ocasión me asombré no ya solo de que un artista considerara sus residuos corporales como una obra de arte, sino que además hubiese quien la comprase y además pagase una suma de esas que causan escalofríos. En aquella ocasión pensé que era un hecho aislado, algún millonario excéntrico y no pensé más en ello. En vista de las actuales circunstancias pienso que aquello no fue casual, era más bien un síntoma de lo que se estaba incubando en nuestra sociedad capitalista, al igual que aquel millonario excéntrico, hoy nuestros respetados banqueros han comprado paquetes de mierda y ahora no saben que hacer con ellos.  Pasa lo mismo con la cultura, en estos momentos se producen más libros que nunca, más esculturas, más cuadros, más música, cine, danza, poesía… asistimos a una proliferación de cultura en todas sus manifestaciones, eso, desde luego debería alegrarnos, deberíamos de estar orgullosos de vivir en el mejor de los mundos posibles acunados por los más excelsos pensamientos y las más puras manifestaciones del arte humano, ahora por fin, los nuevos seres humanos mamarían de la pureza artística, en consecuencia serían mejores personas.

Ilusión vana, no hemos evolucionado, no somos mejores que nuestros cavernícolas y peludos antepasados, y no hemos avanzado nada porque no aprendimos a paladear, asimilar y digerir la cultura, nuestra sociedad no nos lo permite, no alcanzamos a leer la reseña de un libro cuando ya tenemos que estar leyendo otro, o bajándonos un concierto o una película por Internet, vivimos en una suerte de carrera de caballos y no podemos permitirnos el menor desliz, cualquier distracción nos dejará fuera de juego. En ese estado de cosas no podemos esperar que un lector se tome el trabajo de leer doscientas o trescientas páginas de una novela, claro, siempre y cuando no se trate de un Código Da Vinci por ejemplo, no hay tiempo para reflexionar, para pensar, para cuestionarnos la forma de expresión de determinado autor, para considerar por  unos cuantos minutos seguidos la forma de vida de determinados pueblos,  o culturas. Vivimos como zombis, compramos como entes, producimos desmedidamente sin pensar que estamos agotando nuestras fuentes… ¿llegaremos a esa evidencia de la misma forma que hoy contemplamos alucinados cómo nuestros más inteligentes ejecutivos compraron la mierda a precios exorbitantes?


La Dirección