Desde que Javier encontró el amor, su parner anda de capa caída. Por las noches se le ve vagando por los rincones de la ciudad, persiguiendo gatos, espantando palomas, arrinconándose a la vida de su compañero sin delatar su presencia.

Todas las noches, con el rostro pegado a los cristales de las ventanas, los ve cenar mientras ven la tele, hablan mucho, se ríen, se miran a los ojos y aunque no exhiben grandes demostraciones de cariño, la atmósfera que los envuelve es irrespirablemente amorosa, pero no hay que llamarse a engaño, por más golosa y gelatinosa que sea la burbuja del amor tiene una resistencia digna de una nave espacial, nada ni nadie es capaz de clavarle el alfiler de la realidad. Eso le quedó bien claro en el momento en que Javier se escudó en su chica.

Jaavier permanece adherido a los cristales de la ventana de la vida de su amigo y con la indiferencia de los mudos asiste al día a día de una relación sólida, en la que la comprensión y la valentía forman las corazas que defienden las almas de esos dos seres… eh, cuidado, ha llegado alguien más, ahora son tres, como los mosqueteros… Jaavier se escurre sobre el pavimento y reanuda su vida nómada. Decide ir a la estación de autobuses más cercana, compra un billete de ida al lugar más apartado… bueno, hasta donde le alcanzó el dinero, que en la ficción también hace falta, quien lo diría. Espera sentado en un banco de metal con dos travesaños por espaldar y poco a poco el dolor en la columna lo obliga a cambiar de postura cada dos segundos hasta que llega el auto bus.

Para su fortuna los billetes no están numerados y puede sentarse donde le dé la gana, igual se felicita porque a esa hora y en un día tan aburrido como lo son los miércoles, casi nadie viaja, o los que lo hacen son gente tan anónima como el mismo.  Busca un lugar al fondo, junto a la ventana,  se quita la chaqueta, se cubre con ella el pecho, cierra los ojos y se dispone a dormir, cosa que consigue con facilidad gracias al arrullo de las llantas rodando sobre el asfalto. Empieza a soñar con los tiempos en que no había división,  en los días que se reventaban de cosas y aventuras, de risas y llantos, de descubrimientos y exploraciones, pero en su sueño, más que imágenes eran sensaciones las que lo embargaban y le abrían la boca en una expresión de enajenado que asustó mucho a la joven sentada a su lado.

Jaavier enrojeció, los dobles también lo hacen, y la chica le sonrió. A ella le produjo cosquillas en la columna vertebral el rubor de su compañero de asiento.

- ¿No tiene sueño? – le preguntó la joven mirándolo de reojo mientras sus labios húmedos sonreían y los pechos enormes temblaban.

- Las sillas no son… balbuceo Jaavier –

- No es primera clase, dijo la chica.

- Se nota asintió él.

- ¿Hasta dónde va? – preguntó la joven –

- Ocho horas de viaje, llegaremos sobre las ocho de la mañana.

- ¿No me quiere contestar verdad? – Perdone si lo molesté se disculpó la joven con un gesto que quería decir todo lo contrario.

- Oh, no, perdone, es que no manejo muy bien mis relaciones públicas –se disculpó jaavier -  Creo que me gustaría dormir un poco.

- Perdone – dijo la chica – yo haré lo mismo.

Mirándolo fijamente estiró su cuerpo, se cubrió con su propia chaqueta y una montaña en su pecho empezó a palpitar. Jaavier miró hacía la negrura del paisaje tratando obstinadamente de horadar la inmensidad de los precipicios al lado de la carretera, aunque en el fondo sabía que si miraba a la chica, sus caderas empezarían a seguir el ritmo de esa montaña en el pecho…


Por: Gladys