- …Bueno… será mejor que… nos digamos adiós – Le dijo la joven a Jaavier mientras se acomodaba el cuello de la chaqueta de cuero - Después tomó su bolso, se levantó dispuesta a irse, pero Jaavier seguía mudo contemplándola como si su cuerpo fuera un bloque de hielo bailando en el fondo de un vaso. Su cerebro aún no asimilaba lo que le había sucedido, el sexo había sido maravilloso, todo se había desarrollado como en una película mil veces ensayada, cada caricia, cada movimiento, cada gesto, incluso la emoción interna, sin embargo, no fue él quien le hizo el amor a esa desconocida, o si fue, lo hizo desde una dimensión que no alcanzaba a comprender, por eso no podía hablar, no podía ni siquiera andar, estaba paralizado mirando a esa mujer, a la mujer, a los millones de mujeres que ella encarnaba… los pensamientos parecían agitados por un motor a mil revoluciones y ella se iba, se alejaba dejándolo tan desamparado.

Ella avanzó un par de pasos pero la mirada del joven le quemaba la espalda. Se volvió, sin decir nada se sentó de nuevo y tomándolo de la mano le preguntó: ¿no tiene a donde ir verdad?

- No - contestó Jaavier en voz tan baja que ella apenas escuchó -

- ¿Ha escapado de su casa? –le preguntó–

- Algo así – le respondió mirando a la gente que presurosa recogía sus maletas y se encaminaba a tomar el autobús, a encontrarse seguramente con sus vidas, con sus familiares, con sus amores, él por el contrario se hallaba solo en medio de una estación sin saber si iba o venía de una vida que siempre creyó suya.

- Vamos a hacer una cosa – le dijo la joven – yo voy a pasar un par de semanas en casa de una amiga, si quiere puede quedarse mientras…

- Creo que unas semanas no me bastaran - contestó Jaavier volviendo a su lado - por favor no piense que soy un delincuente, es solamente que no sé qué hacer con mi vida.

-No tiene que explicarme nada, vamos y si necesita pensar o lo que sea no tiene que preocuparse, tampoco piense mal de mi, una chica no va ofreciendo su casa a cualquier desconocido, pero es que se ve usted tan… desangelado.

- Esa creo que es la palabra justa, soy un ser desangelado, pero no quiero hablar de eso no porque desconfié de usted, al contrario, creo que en estos momentos es lo mejor que me ha podido pasar, pero es que no sé qué sucedió, de un momento a otro lo que consideraba mío, se pasó a la orilla de enfrente y yo no hallo la manera de atravesar la calle.

La joven lo miró asombrada pero no preguntó nada, lo tomó de la mano y notó que estaba helada, suavemente tiró de su brazo obligándolo a levantarse y caminar a su lado, después metió la mano de Jaavier en su bolsillo para que se calentara un poco. Empezaba a llover.

Tomaron un taxi, ella indicó la dirección, luego se quedaron en silencio, cada uno mirando por su lado el devenir de las calles. Jaavier leía los avisos de los comercios, la nomenclatura de las calles, una que otra escultura callejera, ella por el contrario pensaba en su compañero, se preguntaba qué lo atormentaba de esa manera y se juró a si misma que no iba a cometer la indiscreción de preguntarle nada, al contrario lo dejaría libre hasta que él encontrara el camino para atravesar esa calle que le impedía volver a lo que le era familiar.

Al llegar a la casa, ella abrió todas las puertas y ventanas. Olía a humedad, rápidamente encendió luces, acomodó el escaso equipaje, abrió la nevera y salvo dos tomates podridos, no halló nada más.

- Tendremos que pedir una pizza le dijo a Jaavier.

- Esta bien, marinera me gusta mucho y a usted.

- Yo prefiero algo de dulce. La voy a pedir combinada si no le molesta.

Jaavier asintió con un leve movimiento de cabeza, al cabo de unos instantes ella empezó a moverse por el apartamento buscando cosas, acomodando otras, abriendo armarios para disponer la habitación que ocuparía Jaavier. Llegó la pizza, comieron en silencio y cuando éste empezó a ser insoportable la joven le señaló la habitación y se disculpó diciendo que estaba muy cansada dejándolo solo.

Cuando la puerta se cerró Jaavier se tiró sobre la cama, le dolía un poco la barriga por haber comido tan rápido, pero además sentía frío, sentía que el mundo era demasiado grande para su existencia. Cerró los ojos y pensó en Javier, en el hogar que antes compartieron y que terminó viendo por la ventana. Supo en ese momento que el mundo tenía ángulos agudos que le rasgaban la piel, supo que su cuerpo tenía límites y dentro de esos límites sintió un frío casi doloroso en todo su cuerpo, es lo que la gente llama soledad.

Por: Gladys