Desde cuando mi madre me contó la historia de PINOCHO, yo me miraba al espejo siempre que decía alguna mentira. Con el paso de los años supe que los castigos por mentir no tenían nada que ver con el tamaño de mi nariz, al contrario, los mentirosos nunca sufrían alteraciones de su físico.  

 

Muchos años después empecé a darme cuenta que la  mentira tiene una suerte de imán, un embrujo particular al que es muy difícil resistirse, ésta se convirtió en una puerta de escape, para quienes llevan una vida rutinaria, una especie de pasaporte a un mundo al que jamás se logrará acceder, un mundo donde las cosas y las personas están diseñadas a nuestro antojo y donde cada cual cumple el papel que le asignamos. En resumen, la mentira nos da el poder de la ilusión. Lo mismo que Pinocho. ¿Era tan malo que un muñeco de madera quisiera ser humano? Claro que visto lo visto, más le valdría haber seguido con su corazón de madera.


La mentira logra lo que nosotros no podemos: nos hace guapos, triunfadores, millonarios, jóvenes, sabios y su ámbito no se limita a las cuatro paredes de nuestra habitación, muchos pueblos enteros viven su mentira cada día y su virtud consiste en eternizarla generación tras generación, como el caso de una población africana, una aldea en la que no hay infraestructura de ningún tipo, pero sus habitantes se empeñan en levantarse cada mañana a desempeñar sus tareas laborales en oficinas públicas que hace muchos años dejaron de existir, y a fin de mes hacen cola en la desvencijada ventanilla de pago para cobrar un sueldo que nunca llega.


Nos mentimos a diario, aceptamos las mentiras de los políticos, de las organizaciones de derechos humanos, de la iglesia, de los Estados y hasta las de nuestros amigos o pareja y no sabemos muy bien por qué lo hacemos, a algunas las revestimos de poesía, incluso las admiramos o les adjudicamos una gran dosis de fantasía con la esperanza de que alguna vez nuestros deseos se conviertan en realidad... como Pinocho, como todo el mundo, porque la mentira nos acerca a los demás, sólo ella es capaz de alejarnos del rincón solitario donde la edad nos va arrinconando cada año de forma inexorable.


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