18 de Enero, 2009, 11:41: SelváticaAlaprima




He logrado llegar al lugar más hermoso de la tierra.

Un lugar al final del universo.

Un mar salpicado de rocas y farallones que dan cobijo a todas las aves existentes.

Un atardecer de esos que uno quisiera eternizar

y una niña caminando de mi mano.

Una niña a la que enseño el mar y a jugar con las olas.

Una niña a la que llevo de la mano hasta una piscina enmarcada por las rocas, donde creo que no se hará ningún daño.

Luego la dejo allí para que aprenda de su propia experimentación.

Me alejo,

llego hasta una cueva,

me acuesto en el agua que invita y acaricia

una serpiente asoma la cabeza entre las aguas azules,

el pánico se apodera de mi

pero pienso en que debo hacerme la muerta,

un animal no dañará a un muerto,

la piel fría recorre mi cuerpo desnudo

ya casi me abandona, pero su lengua

da dentelladas contra el hueso de mi frente.

Unos jóvenes la espantan y juegan con ella demostrándome lo inofensiva que es.

Por: Selvática



18 de Enero, 2009, 11:27: GladysGeneral


La duda paralizó a Jaavier. No sabía que decisión tomar. Ese cuerpo tibio invitaba a la caricia, el aliento cálido podría derretir su frialdad cadavérica, derribar las barreras de la pasividad en la que se había sumergido al abandonar a Javier, y con él a su auxiliador mágico, cuando éste encontró el amor, pero es que no le quedaba más remedio, Javier era feliz, se había completado con una mujer desplazándolo a él, abandonándolo a su suerte sin darse cuenta que los dos se necesitaban mutuamente y que es una crueldad enorme dejar abandonado a su propio yo al destino fatal de los sin sombra. Y lo peor es que la única manera de vengarse que conocía tenía que ver con la debilidad de carácter de Javier, una debilidad de la que vivió siempre y que le había sido arrebata por esas extrañas manías que tiene el amor para alimentarse. Así que ahora, frente a la durmiente, la duda lo atosigaba, no estaba muy seguro de querer hacer el amor pues no experimentaba el impulso que hace olvidar la razón, por eso se mantenía en la oscuridad observando como un idiota el palpitar de ese cuerpo. También temía moverse o causar algún ruido que la sobresaltara, no soportaría el horror reflejado en ese rostro al verlo ahí en la oscuridad.

Una eternidad transcurrió mientras Jaavier se apartó del lecho, caminó y cerró la puerta del cuarto de la joven volviendo al suyo con una determinación clara: irse cuanto antes. No dar explicaciones que ni él mismo hallaba para su actitud. Una eternidad también en la calle mientras caminaba sin rumbo fijo por ese lugar desconocido. Lo peor de la soledad es una madrugada con olor a tierra palpitante, un olor que hace daño en las fosas nasales y que enajena los cerebros. En ese estado de inconsciencia recorrió el pueblo en el silencio de la noche, atemorizado por el rumor de sus pasos que en su cabeza resonaban como si arrastrara grilletes por los pasillos de la historia de la humanidad, en un mundo en el que ni los perros ladraban, en una madrugada en que la vida parecía abandonarlo.

Ya le dolían los pies cuando la oscuridad empezó a descoserse. Se detuvo en medio de la calle en busca de un refugio a las miradas que pronto llenarían el día, pensó en alejarse del pueblo y refugiarse en la carretera, en el campo desnudo,  decidido a ello encaminó sus pasos girando a la izquierda en una esquina cuando de repente topó con un haz de luz que cruzaba la acera como una daga en la piel de la noche. La curiosidad lo impulsó a asomar su cara de hombre desesperado. Se trataba de una taberna llena de humo y voces bajas donde resaltaba el ruido de las botellas de cervezas chocando entre si, algunas manotadas en la espalda y por encima de ello, el golpe seco del taco dando con la bola de billar.

Ese golpe maestro lo hizo entrar. Con paso decidido se acercó a la mesa donde los jugadores miraban expectantes el trazo que la bola dibujaba contra uno de los laterales como para tomar impulso y lanzarse contra otra bola que finalmente, por rebote, entraría en el hueco destinado como punto final por el hábil jugador.

Las risas inundaron el ambiente y Jaavier sintió algo parecido a una emoción recorrer su espalda, mientras las manos le sudaban acertó a felicitar al jugador; cuando éste le miro y pareció ubicarlo en el mundo despertó en él el espíritu de la competitividad y sin pensárselo dos veces lo retó a una partida.

Los jugadores fueron rodeados por todos los hombres del bar, el silencio se impuso, los dos hombres se miraban y un espectador cualquiera podía pensar en un duelo, a la manera de las viejas películas del oeste en que los vaqueros se contemplan a prudente distancia con las manos cerca del revolver listos para disparar en cualquier momento.

Francisco, el retado miró a Jaavier un tanto sorprendido y unos segundos más tarde achinó los ojos como midiendo las posibilidades mientras pensaba que un cachaco desteñido no iba a enseñarle a jugar al billar a su edad.

El juego dio comienzo. Jaavier empezó la partida mientras pensaba que él con su juego le iba a borrar la sonrisa de superioridad a ese costeño engreído. Puso toda su atención sobre el triángulo que formaban las bolas y colocó el taco directo a su objetivo demostrando una habilidad prodigiosa para insuflar el recorrido más efectivo a sus intereses, los hombres apenas si apartaban la vista de la mesa mientras Francisco se iba sintiendo herido en su orgullo. “Cachaco de mierda, parece que si sabes de esto, pero no soy hueso fácil de roer, vas a tragar polvo de verdad que sí”.

Francisco se concentró en la jugada tratando de grabar cada movimiento de su compañero a ver si hallaba alguna debilidad que le permitiera decidir el juego a su favor. Luego de tres carambolas seguidas por fin Jaavier cedió el turno a su contendiente, que después de aspirar todo el oxigeno que quedaba en aquel antro se decidió a lanzar su contraataque. “Ahí lo tiene papá a ver que hace con eso” – se dijo Jaavier mientras Francisco rodeaba la mesa.

Francisco supo jugar muy bien y a cada lance provocaba bramidos entre los parroquianos, voces que insuflaban su ego de jugador hasta que el destino desvió la bola de su recorrido cediéndole el turno a su rival.

“Esta es mía - se dijo Jaavier -  Aquí te pillo aquí te mato costeño alborotador “y en ese duelo de tacos, bolas y habilidad se entretuvieron sin darse cuenta que la luz ya se había dado paso entre la densa humareda, pero ni los jugadores ni los mirones quería perderse quizás el mejor duelo que por aquellos lares se diera en muchos años. Pasados los primeros arrestos de hombría los rivales empezaron a comprender que el juego no terminaba ahí,  no era sólo una partida de billar entre un barranquillero y un bogotano, era un duelo a muerte entre dos colosos y la sentencia se dictó por unanimidad, jugarían hasta que uno de los dos se rindiera.

Por: Gladys

18 de Enero, 2009, 11:05: JakoGeneral


Hay días en que no tenemos ganas ni de abrir los ojos, y no es que afuera esté lloviendo, ni estemos atravesando una fase depresiva,  me refiero a esos días en que sin motivo aparente decimos, hoy me alejo de mi mismo, no quiero ser yo, estoy cansado y nos encerramos en ese paréntesis.

Cerramos los ojos y las imágenes de nuestras obligaciones cotidianas nos azuzan desde el pie de la cama: Hey perezoso, levántate, no seas gandul, así no vas a llegar a ninguna parte, lo cual es absurdo pues no pensábamos salir.

Estiramos las piernas, damos vuelta a la almohada para sentirla fresquita,  mientras sentimos que los músculos se nos tornan laxos,  que la sombra agradable de la ensoñación logra deshacer los pensamientos elaborados por el espíritu obediente que lleva tantos años viviendo dentro de nosotros, la existencia es placentera,  no hay limites,  ni bordes afilados que nos puedan dañar, nos sumergimos en un estado en el que  no hay tiempo, ni recuerdos, ni deseos, dejamos de ser para tomarnos un respiro.

Pero si están pensando que ese respiro es el hálito que insufla las grandes obras, lamento desilusionarnos, de ese paréntesis no sacamos nada creativo, menos aún la formula mágica de la relatividad, sin embargo, al cabo de éste, el cuerpo mismo nos impulsa a levantarnos, a continuar el ritual del baño, vestido y desayuno, es verdad, nos rodean las mismas cosas pero nosotros no somos los mismos... nadie sale inmune de esos paréntesis. ¿O si? Continuemos.

 

Los viajes en autobús nos permiten escaparnos de nosotros mismos sin grandes remordimientos,  ante los demás aparentamos que nos dirigimos a alguna parte, que somos personas responsables, de fiar, acuciadas por llegar a nuestros trabajos a tiempo... en resumen, somos excelentes ciudadanos. Sin embargo, no somos más que unos irresponsables, que en vez de ir a trabajar o a estudiar, preferimos huir y para que no nos descubran, tomamos el autobús y nos sentamos junto a la ventana para ver el mundo pasar, mientras nosotros permanecemos en esa caja de cristal que nos hace inmunes a la vulgar cotidianidad.

Allí, sentados en nuestra silla soñamos, elaboramos mentiras tan complicadas para que nadie nos sorprenda o ponemos todo el empeño en construirnos una vida fácil en la que siempre seremos triunfadores, nos amaran eternamente y sobre todo, seremos felices por siempre.

Así era hace unos años, cuando nos fugábamos del colegio para cumplir con esos recorridos interiores impuestos por la rebeldía adolescente, sé que lo que sigue es una tontería, pero desde hacía tiempo la idea de fugarme no se apartaba de mi cerebro.

Ese día, llevé a mis hijas al colegio, estuve atento a ella hasta que se perdieron detrás de la puerta, encendí el coche y conduje hasta las afueras de la ciudad, me quité  la corbata,   el reloj,  el móvil, incluso la billetera, solamente reservé mi documento de identidad y un billete de veinte. Dejé el coche en un aparcamiento cualquiera y me puse a caminar sin ninguna dirección específica. Al cabo de una media hora más o menos, recordé que por allí había una estación de autobuses y con ese propósito mis piernas tomaron con más vigor el tramo que me faltaba.

Allí estaban, una hilera de diez autobuses esperando a sus pasajeros,  todos limpios, milimétricamente aparcados, en las sillas destinadas al público la misma gente que a mis catorce años: mujeres gordas con amplios vestidos de flores, bolsas de plástico llenas de comida, sus carteras de charol ajenas a la moda, los hombres impecablemente vestidos y limpios,  sentados con las piernas abiertas y fumando un cigarro tras otro, la mirada perdida y de pronto, la explosión de alegría cuando divisan a otro pensionado conocido, entonces cambia el panorama, incluso dejan que el tabaco se consuma entre sus dedos, hablan, se ríen, recuerdan cosas, se citan para jugar al ajedrez o a las cartas, todo esto sucede en pocos minutos, las escenas son interrumpidas por el chófer que con aire de artista de cine se abre paso, saluda a uno y otra lado, se sube al autobús,  revisa un par de detalles mientras los pasajeros van subiendo. Una vez instalados, cierra las puertas, introduce la llave y nos ponemos en marcha.

El paisaje ha cambiado un poco, pero se siguen reconociendo ciertos barrios, cierto tipo de construcciones, las personas son las mismas, como si la vida no hubiera pasado nunca por ciertas calles, los rostros adquieren los mismos gestos, las mismas señoras con las bolsas de plástico, los mismos vestidos, los mismos ancianos, que en verdad debieron morir hace tanto tiempo...

Decido bajarme y regresar a pie. Acabo de darme cuenta que me he hecho mayor. 

Por: Jako

18 de Enero, 2009, 10:42: AmeliaF1 Portal Sur

No quiero volverlo a releer, aunque sé que es de esos libros que tendrán la satisfacción de ser nuevamente abiertos con cuidado y releído con deleite.  Tan solo voy a dejar la memoria que me ha dejado el personaje femenino, apenas coprotagonista de la novela, apenas personaje en tiempo y letras dedicadas a ella, pero absolutamente encantadora.  Su nombre era Viola. Terca, infantil, bella, curiosa. Tenía un percherón y un perrillo lanudo. Todo en ella rebosaba frivolidad, capricho, mal humor sabiamente dosificado y dotes de manipuladora. No hacía nada más que aparecer y desaparecer, jugar con coquetería con su admirador, descolocarlo,  ahora era tierna, luego era perversa,  pero siempre sabedora de su belleza, de su atractivo, o tal vez ajena a él, lo que es cierto es que dejaba en el protagonista, EL BARÓN RAMPANTE, una desazón y un amor herido que compartíamos sus lectores.  Quizás no sea un ejemplo de mujer  tal como nos gustaría vernos reflejada en la literatura, como seres humanos con nuestros defectos y virtudes, tal vez parezca un arquetipo falso de la mujer coqueta y superficial, pero es que en el fondo, el autor no da excesivas pistas de cómo es Viola, porque Viola, como toda mujer, tiene sentimientos e inteligencia, pero a su manera, se defiende y trata a su enamorado con el desdén de quien tal vez sepa que no merece la pena entregarse, que en su condición de mujer, en una época en que no era precisamente un status satisfactorio, el hombre podía ser su fuente de desgracias y tal vez, por ello, lo castigaba con su desprecio, huyendo del amor perecedero que él le ofrecía.

Por: Amelia

 

 

 

Título: El barón rampante

Autor: Italo Calvino

PERSONAJES

Cosimo Piovasco di Rondo:

Él protagonista se impone una norma: va a vivir en los árboles para siempre. Es un gesto de rebeldía contra la imposición familiar, pero extensible a la sociedad en general.

Batista: Es la hermana mayor de Cósimo. En la descripción que nos hace el narrador, nos dice que tiene la cara amarilla que parece un ratón. 

Padre: Su vida estaba dominada por ideas desentonadas. Quería ser Duque de Ombrosa y solo piensa en genealogías, sucesiones y alianzas con los vecinos y lejanos.

Madre: La llamaban la Generala y en sus ratos libres hacía encajes, bordados y flecos para desfogar su pasión guerrera.

Abate: Es como la niñera, pero en hombre. Es un viejecito seco y arrugado. Parecía tener vocación para la indiferencia.

Biagio: Es el hermano pequeño de Cósimo.Es el narrador de la historia. Biagio hace junto su hermano muchas travesuras pero no lo culpan nunca a él, ya que es el pequeño.

Viola: Es una niña rubia con peinado ridículo y lleva un vestido azul. Conoce a Cósimo el mismo día que él se sube al árbol. Es la cabecilla de un grupo de ladrones de fruta. A ella Cósimo le promete no bajar nunca más de los árboles.

 

Italo Calvino:

Nace en Santiago de Las Vegas, Provincia de la La Habana – Cuba Octubre de 1923 y fallece en Siena, Italia el 19 de septiembre de 1985. Ha sido uno de los escritores  italianos más importantes del S. XX.

Entre su obra encontramos cuentos, ensayos y novelas como:

Palomar (1983; Si una noche de invierno un viajero (Se una notte d'inverno un viaggiatore, 1979; El castillo de los destinos cruzados (Il castelo dei destini incrociati, 1969. Completado en 1973 con La taberna de los destinos cruzados (La taverna dei destini incrociati; La jornada de un interventor electoral (La giornata d'uno scrutatore, 1963; La nube de smog (La nuvola de smog, 1958; La especulación inmobiliaria (La speculazione edilizia, 1957; Trilogía Nuestros antepasados (I nostri antenati, 1960); El vizconde demediado (I visconte dimezzato, 1952; El barón rampante (Il barone rampante, 1957) Premio Viareggio; El caballero inexistente (Il cavalieri inesistente, 1959; Los jóvenes del Po (I giovani del Po, escrito en 1951 y publicado en 1957-1958 en la revista Officina; El sendero de los nidos de araña (Il sentiero dei nidi di ragno, 1946). Premio Riccione.

6 de Enero, 2009, 4:46: Charo GonzálezHablando de...




"Conozco el miedo a través de otros y la impotencia por mí mismo."

 "Por un instante sus ojos creyeron soñar realidades de pintores, escultores y escritores. Por un instante contempló la belleza del ser humano."

 "El amor no necesita saber qué es el respeto porque desconoce cualquier situación fuera del mismo."

 "Miraba desde la otra punta de la mesa pensando lo fácil que sería simplemente mover la silla un poquito más cerca."

 "Mañanas de cielos perezosos, de soles adormecidos y de lunas que no quieren permanecer."

Por: Charo González

6 de Enero, 2009, 4:38: SelváticaF1 Portal Sur

Uno de los personajes más fascinantes de Macondo. La gran obra de García Márquez. Remedios es una mujer bellísima y extraña, elemental y pura, que vive ajena a la vida ordinaria. Su belleza enciende el deseo de los hombres, pero aquellos que intentan consumarlo mueren de forma inesperada.

Es la idealización de la esencia femenina, el lado oculto de la mujer que jamás será conocido por el hombre, un territorio propio que defiende aún a costa de su propia vida.

Otros personajes:

Los Aurelianos, Arcadios y José Arcadios, Ursula Iguaran, Rebeca, Amaranta, Pilar ternera…

Gabriel García Márquez. Periodista y escritor colombiano, nacido Aracataca – Magdalena en 1927

[

 

 

   Obtuvo el Premio Nobel de literatura en 1982 Su obra se caracteriza por la fusión entre lo fantástico y lo real conformando un tranquilo mundo de imaginación exuberante que sirve de marco a  la vida y los conflictos de un continente.

Por: La monja voladora

6 de Enero, 2009, 4:21: GladysGeneral



Pronto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, dibujó en su mente los objetos que ocupaban la estancia y sin quererlo los comparaba con los de su casa junto a Javier, aquellos tenían la magia de lo usado, el desgaste de la vida, las huellas del grato roce humano, estos en cambio estaban demasiado invadidos para aceptar nuevas experiencias, por eso lo rechazaban, incluso el colchón parecía no aceptar su cuerpo, se sentía incómodo, daba vueltas en la cama tratando de encontrar una posición para el descanso pero ésta parecía querer expulsarlo.

Jaavier se levantó, se sentó en el suelo apoyando la espalda contra la pared y miró con odio a la cama. Había ganado, lo había expulsado finalmente. Tuvo ganas de destripar ese colchón y lanzarlo por la ventana pero un suave murmullo proveniente de la otra habitación captó su interés, lo paralizó unos instantes, su cuerpo se tensó y ante sí se abrió un abismo, no sabía como se llamaba esa chica, nunca le preguntó el nombre y ahora se hallaba bajo su techo. Sintió odio hacía sí mismo, cómo podía ser tan torpe, tan estúpido,  inconsciente y mal educado, la vergüenza lo paralizó, y la necesidad de saber su nombre con urgencia lo impulsó a buscar algún objeto revelador, un documento de identidad o algo que le revelara el nombre de la joven, así, en la mañana cuando desayunaran juntos podría llamarla por su nombre sin complejos y si ella se asombraba de su falta e hiciera alguna mención, él le diría que tal vez ella no se acordara pero qué se lo había preguntado en el autobús, entonces ella le creería y pensaría que lo había olvidado. Esa estratagema lo libraría de ser juzgado de mala manera. Caminó de puntillas tanteando en la oscuridad hasta encontrar la puerta, abrió muy despacio y temeroso asomó la cabeza por el pasillo, allí reinaba una suave luz que entraba por la ventana, daba la sensación de ser un camino en campo abierto sin horizonte debido a la niebla. Avanzó despacio unos pocos metros hasta llegar a la puerta del dormitorio. Vio el cuerpo de la joven acostada de lado, apreció la línea de su rostro, y su corazón se estremeció al contemplar el gesto de inocencia y abandono de ella. Así somos cuando dormimos – pensó Jaavier – nos abandonamos y dejamos el cascaron vacío, indefenso ¿y si alguien se apoderara de él?

Avanzó hasta la cama, se sentó en el piso y contempló aquel rostro, tuvo ganas de dejar las huellas de sus manos sobre las mejillas, los párpados y los labios de la joven pero se contuvo, se conformó con mirarla conteniendo la respiración para no alterar la paz de aquel rostro. Podría quedarse hasta que amaneciera, podría matarla para eternizar ese instante, despertarla, asustarla o también podría aceptar su destino y largarse de ahí cuanto antes.

Por: Gladys


6 de Enero, 2009, 3:35: La Dirección.General

Escrito con pintura blanca, las letras chorreantes se destacan sobre el fondo rojo de los muros desconchados en edificios que se sostienen por la sola voluntad  de  hacerlo en cualquier ciudad o pueblo africano. Ni Europa ni América, rugen las escasas voces de un continente que se está quedando vacío.

Ni Europa ni América, un graffiti que aparece en muchos pueblos a la vera de los caminos, en las pequeñas poblaciones o sobre las piedras de carreteras interminables bordeando el Atlas majestuoso con sus cumbres nevadas. Es un grito estático, un rugido ronco sin voz porque los que podrían interpretarlo están agonizando por la avaricia de Europa y América, una frase que no se escuchará en el Palacio de Chaillot, sede del Museo del hombre en París, donde hace sesenta años un grupo de seres humanos firmó otra frase lapidaria: Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Aquellos que se declararon resueltos a “reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres (recientemente se han añadido los niños)...” así como a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad”. iniciaron un camino hacía una utopía que cada día se acerca más a la leyenda, por más organismos que se creen, por más ONGS que broten sobre los campos minados de la avaricia, todo queda como un grotesco remedo ante la  realidad de un mundo en el que sólo un mínimo porcentaje de seres humanos es amparado por dichos privilegios.

Lo único cierto es que la Declaración está pasando a la historia como un manuscrito inútil que no cambió la conciencia del ser humano, sesenta años de fracaso lo hacen evidente y un continente aniquilado la prueba palpable.

La Dirección