Escrito con pintura blanca, las letras chorreantes se destacan sobre el fondo rojo de los muros desconchados en edificios que se sostienen por la sola voluntad  de  hacerlo en cualquier ciudad o pueblo africano. Ni Europa ni América, rugen las escasas voces de un continente que se está quedando vacío.

Ni Europa ni América, un graffiti que aparece en muchos pueblos a la vera de los caminos, en las pequeñas poblaciones o sobre las piedras de carreteras interminables bordeando el Atlas majestuoso con sus cumbres nevadas. Es un grito estático, un rugido ronco sin voz porque los que podrían interpretarlo están agonizando por la avaricia de Europa y América, una frase que no se escuchará en el Palacio de Chaillot, sede del Museo del hombre en París, donde hace sesenta años un grupo de seres humanos firmó otra frase lapidaria: Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Aquellos que se declararon resueltos a “reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres (recientemente se han añadido los niños)...” así como a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad”. iniciaron un camino hacía una utopía que cada día se acerca más a la leyenda, por más organismos que se creen, por más ONGS que broten sobre los campos minados de la avaricia, todo queda como un grotesco remedo ante la  realidad de un mundo en el que sólo un mínimo porcentaje de seres humanos es amparado por dichos privilegios.

Lo único cierto es que la Declaración está pasando a la historia como un manuscrito inútil que no cambió la conciencia del ser humano, sesenta años de fracaso lo hacen evidente y un continente aniquilado la prueba palpable.

La Dirección