Pronto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, dibujó en su mente los objetos que ocupaban la estancia y sin quererlo los comparaba con los de su casa junto a Javier, aquellos tenían la magia de lo usado, el desgaste de la vida, las huellas del grato roce humano, estos en cambio estaban demasiado invadidos para aceptar nuevas experiencias, por eso lo rechazaban, incluso el colchón parecía no aceptar su cuerpo, se sentía incómodo, daba vueltas en la cama tratando de encontrar una posición para el descanso pero ésta parecía querer expulsarlo.

Jaavier se levantó, se sentó en el suelo apoyando la espalda contra la pared y miró con odio a la cama. Había ganado, lo había expulsado finalmente. Tuvo ganas de destripar ese colchón y lanzarlo por la ventana pero un suave murmullo proveniente de la otra habitación captó su interés, lo paralizó unos instantes, su cuerpo se tensó y ante sí se abrió un abismo, no sabía como se llamaba esa chica, nunca le preguntó el nombre y ahora se hallaba bajo su techo. Sintió odio hacía sí mismo, cómo podía ser tan torpe, tan estúpido,  inconsciente y mal educado, la vergüenza lo paralizó, y la necesidad de saber su nombre con urgencia lo impulsó a buscar algún objeto revelador, un documento de identidad o algo que le revelara el nombre de la joven, así, en la mañana cuando desayunaran juntos podría llamarla por su nombre sin complejos y si ella se asombraba de su falta e hiciera alguna mención, él le diría que tal vez ella no se acordara pero qué se lo había preguntado en el autobús, entonces ella le creería y pensaría que lo había olvidado. Esa estratagema lo libraría de ser juzgado de mala manera. Caminó de puntillas tanteando en la oscuridad hasta encontrar la puerta, abrió muy despacio y temeroso asomó la cabeza por el pasillo, allí reinaba una suave luz que entraba por la ventana, daba la sensación de ser un camino en campo abierto sin horizonte debido a la niebla. Avanzó despacio unos pocos metros hasta llegar a la puerta del dormitorio. Vio el cuerpo de la joven acostada de lado, apreció la línea de su rostro, y su corazón se estremeció al contemplar el gesto de inocencia y abandono de ella. Así somos cuando dormimos – pensó Jaavier – nos abandonamos y dejamos el cascaron vacío, indefenso ¿y si alguien se apoderara de él?

Avanzó hasta la cama, se sentó en el piso y contempló aquel rostro, tuvo ganas de dejar las huellas de sus manos sobre las mejillas, los párpados y los labios de la joven pero se contuvo, se conformó con mirarla conteniendo la respiración para no alterar la paz de aquel rostro. Podría quedarse hasta que amaneciera, podría matarla para eternizar ese instante, despertarla, asustarla o también podría aceptar su destino y largarse de ahí cuanto antes.

Por: Gladys