La duda paralizó a Jaavier. No sabía que decisión tomar. Ese cuerpo tibio invitaba a la caricia, el aliento cálido podría derretir su frialdad cadavérica, derribar las barreras de la pasividad en la que se había sumergido al abandonar a Javier, y con él a su auxiliador mágico, cuando éste encontró el amor, pero es que no le quedaba más remedio, Javier era feliz, se había completado con una mujer desplazándolo a él, abandonándolo a su suerte sin darse cuenta que los dos se necesitaban mutuamente y que es una crueldad enorme dejar abandonado a su propio yo al destino fatal de los sin sombra. Y lo peor es que la única manera de vengarse que conocía tenía que ver con la debilidad de carácter de Javier, una debilidad de la que vivió siempre y que le había sido arrebata por esas extrañas manías que tiene el amor para alimentarse. Así que ahora, frente a la durmiente, la duda lo atosigaba, no estaba muy seguro de querer hacer el amor pues no experimentaba el impulso que hace olvidar la razón, por eso se mantenía en la oscuridad observando como un idiota el palpitar de ese cuerpo. También temía moverse o causar algún ruido que la sobresaltara, no soportaría el horror reflejado en ese rostro al verlo ahí en la oscuridad.

Una eternidad transcurrió mientras Jaavier se apartó del lecho, caminó y cerró la puerta del cuarto de la joven volviendo al suyo con una determinación clara: irse cuanto antes. No dar explicaciones que ni él mismo hallaba para su actitud. Una eternidad también en la calle mientras caminaba sin rumbo fijo por ese lugar desconocido. Lo peor de la soledad es una madrugada con olor a tierra palpitante, un olor que hace daño en las fosas nasales y que enajena los cerebros. En ese estado de inconsciencia recorrió el pueblo en el silencio de la noche, atemorizado por el rumor de sus pasos que en su cabeza resonaban como si arrastrara grilletes por los pasillos de la historia de la humanidad, en un mundo en el que ni los perros ladraban, en una madrugada en que la vida parecía abandonarlo.

Ya le dolían los pies cuando la oscuridad empezó a descoserse. Se detuvo en medio de la calle en busca de un refugio a las miradas que pronto llenarían el día, pensó en alejarse del pueblo y refugiarse en la carretera, en el campo desnudo,  decidido a ello encaminó sus pasos girando a la izquierda en una esquina cuando de repente topó con un haz de luz que cruzaba la acera como una daga en la piel de la noche. La curiosidad lo impulsó a asomar su cara de hombre desesperado. Se trataba de una taberna llena de humo y voces bajas donde resaltaba el ruido de las botellas de cervezas chocando entre si, algunas manotadas en la espalda y por encima de ello, el golpe seco del taco dando con la bola de billar.

Ese golpe maestro lo hizo entrar. Con paso decidido se acercó a la mesa donde los jugadores miraban expectantes el trazo que la bola dibujaba contra uno de los laterales como para tomar impulso y lanzarse contra otra bola que finalmente, por rebote, entraría en el hueco destinado como punto final por el hábil jugador.

Las risas inundaron el ambiente y Jaavier sintió algo parecido a una emoción recorrer su espalda, mientras las manos le sudaban acertó a felicitar al jugador; cuando éste le miro y pareció ubicarlo en el mundo despertó en él el espíritu de la competitividad y sin pensárselo dos veces lo retó a una partida.

Los jugadores fueron rodeados por todos los hombres del bar, el silencio se impuso, los dos hombres se miraban y un espectador cualquiera podía pensar en un duelo, a la manera de las viejas películas del oeste en que los vaqueros se contemplan a prudente distancia con las manos cerca del revolver listos para disparar en cualquier momento.

Francisco, el retado miró a Jaavier un tanto sorprendido y unos segundos más tarde achinó los ojos como midiendo las posibilidades mientras pensaba que un cachaco desteñido no iba a enseñarle a jugar al billar a su edad.

El juego dio comienzo. Jaavier empezó la partida mientras pensaba que él con su juego le iba a borrar la sonrisa de superioridad a ese costeño engreído. Puso toda su atención sobre el triángulo que formaban las bolas y colocó el taco directo a su objetivo demostrando una habilidad prodigiosa para insuflar el recorrido más efectivo a sus intereses, los hombres apenas si apartaban la vista de la mesa mientras Francisco se iba sintiendo herido en su orgullo. “Cachaco de mierda, parece que si sabes de esto, pero no soy hueso fácil de roer, vas a tragar polvo de verdad que sí”.

Francisco se concentró en la jugada tratando de grabar cada movimiento de su compañero a ver si hallaba alguna debilidad que le permitiera decidir el juego a su favor. Luego de tres carambolas seguidas por fin Jaavier cedió el turno a su contendiente, que después de aspirar todo el oxigeno que quedaba en aquel antro se decidió a lanzar su contraataque. “Ahí lo tiene papá a ver que hace con eso” – se dijo Jaavier mientras Francisco rodeaba la mesa.

Francisco supo jugar muy bien y a cada lance provocaba bramidos entre los parroquianos, voces que insuflaban su ego de jugador hasta que el destino desvió la bola de su recorrido cediéndole el turno a su rival.

“Esta es mía - se dijo Jaavier -  Aquí te pillo aquí te mato costeño alborotador “y en ese duelo de tacos, bolas y habilidad se entretuvieron sin darse cuenta que la luz ya se había dado paso entre la densa humareda, pero ni los jugadores ni los mirones quería perderse quizás el mejor duelo que por aquellos lares se diera en muchos años. Pasados los primeros arrestos de hombría los rivales empezaron a comprender que el juego no terminaba ahí,  no era sólo una partida de billar entre un barranquillero y un bogotano, era un duelo a muerte entre dos colosos y la sentencia se dictó por unanimidad, jugarían hasta que uno de los dos se rindiera.

Por: Gladys