Hay días en que no tenemos ganas ni de abrir los ojos, y no es que afuera esté lloviendo, ni estemos atravesando una fase depresiva,  me refiero a esos días en que sin motivo aparente decimos, hoy me alejo de mi mismo, no quiero ser yo, estoy cansado y nos encerramos en ese paréntesis.

Cerramos los ojos y las imágenes de nuestras obligaciones cotidianas nos azuzan desde el pie de la cama: Hey perezoso, levántate, no seas gandul, así no vas a llegar a ninguna parte, lo cual es absurdo pues no pensábamos salir.

Estiramos las piernas, damos vuelta a la almohada para sentirla fresquita,  mientras sentimos que los músculos se nos tornan laxos,  que la sombra agradable de la ensoñación logra deshacer los pensamientos elaborados por el espíritu obediente que lleva tantos años viviendo dentro de nosotros, la existencia es placentera,  no hay limites,  ni bordes afilados que nos puedan dañar, nos sumergimos en un estado en el que  no hay tiempo, ni recuerdos, ni deseos, dejamos de ser para tomarnos un respiro.

Pero si están pensando que ese respiro es el hálito que insufla las grandes obras, lamento desilusionarnos, de ese paréntesis no sacamos nada creativo, menos aún la formula mágica de la relatividad, sin embargo, al cabo de éste, el cuerpo mismo nos impulsa a levantarnos, a continuar el ritual del baño, vestido y desayuno, es verdad, nos rodean las mismas cosas pero nosotros no somos los mismos... nadie sale inmune de esos paréntesis. ¿O si? Continuemos.

 

Los viajes en autobús nos permiten escaparnos de nosotros mismos sin grandes remordimientos,  ante los demás aparentamos que nos dirigimos a alguna parte, que somos personas responsables, de fiar, acuciadas por llegar a nuestros trabajos a tiempo... en resumen, somos excelentes ciudadanos. Sin embargo, no somos más que unos irresponsables, que en vez de ir a trabajar o a estudiar, preferimos huir y para que no nos descubran, tomamos el autobús y nos sentamos junto a la ventana para ver el mundo pasar, mientras nosotros permanecemos en esa caja de cristal que nos hace inmunes a la vulgar cotidianidad.

Allí, sentados en nuestra silla soñamos, elaboramos mentiras tan complicadas para que nadie nos sorprenda o ponemos todo el empeño en construirnos una vida fácil en la que siempre seremos triunfadores, nos amaran eternamente y sobre todo, seremos felices por siempre.

Así era hace unos años, cuando nos fugábamos del colegio para cumplir con esos recorridos interiores impuestos por la rebeldía adolescente, sé que lo que sigue es una tontería, pero desde hacía tiempo la idea de fugarme no se apartaba de mi cerebro.

Ese día, llevé a mis hijas al colegio, estuve atento a ella hasta que se perdieron detrás de la puerta, encendí el coche y conduje hasta las afueras de la ciudad, me quité  la corbata,   el reloj,  el móvil, incluso la billetera, solamente reservé mi documento de identidad y un billete de veinte. Dejé el coche en un aparcamiento cualquiera y me puse a caminar sin ninguna dirección específica. Al cabo de una media hora más o menos, recordé que por allí había una estación de autobuses y con ese propósito mis piernas tomaron con más vigor el tramo que me faltaba.

Allí estaban, una hilera de diez autobuses esperando a sus pasajeros,  todos limpios, milimétricamente aparcados, en las sillas destinadas al público la misma gente que a mis catorce años: mujeres gordas con amplios vestidos de flores, bolsas de plástico llenas de comida, sus carteras de charol ajenas a la moda, los hombres impecablemente vestidos y limpios,  sentados con las piernas abiertas y fumando un cigarro tras otro, la mirada perdida y de pronto, la explosión de alegría cuando divisan a otro pensionado conocido, entonces cambia el panorama, incluso dejan que el tabaco se consuma entre sus dedos, hablan, se ríen, recuerdan cosas, se citan para jugar al ajedrez o a las cartas, todo esto sucede en pocos minutos, las escenas son interrumpidas por el chófer que con aire de artista de cine se abre paso, saluda a uno y otra lado, se sube al autobús,  revisa un par de detalles mientras los pasajeros van subiendo. Una vez instalados, cierra las puertas, introduce la llave y nos ponemos en marcha.

El paisaje ha cambiado un poco, pero se siguen reconociendo ciertos barrios, cierto tipo de construcciones, las personas son las mismas, como si la vida no hubiera pasado nunca por ciertas calles, los rostros adquieren los mismos gestos, las mismas señoras con las bolsas de plástico, los mismos vestidos, los mismos ancianos, que en verdad debieron morir hace tanto tiempo...

Decido bajarme y regresar a pie. Acabo de darme cuenta que me he hecho mayor. 

Por: Jako